miércoles, 15 de agosto de 2018

Sálvate, Marty



Caminaba por Patricias Mendocinas de Ciudad, me sonó una notificación y, mientras sacaba el teléfono del bolsillo, una mujer me preguntó la hora. Miré la pantalla y tardé dos segundos más de lo que correspondía. Motivos: eran las 9.41. No sabía si ser preciso, o decirle "Son las diez menos veinte", o redondear para abajo. Opté por la imprecisión: "Son las 9.40". Pero lo que de verdad hizo que me detuviera en seco y que, por un rato, no me salieran las palabras; fue que creí anonadado que estaba ante una viajera del tiempo. ¿Qué otra persona, por lo tanto, enfrenta las calles del siglo XXI sin un celular? Podría entrar en detalles de tipo social y político. Cambios. Hoy vas entrar en mi pasado, decía el tango.

HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 4 de agosto de 2018

El nombre de los cuadernos




NOTA 4/EL NOMBRE DE LOS CUADERNOS


MI ABUELA Gloria era poeta. Más precisamente, una poetisa. La diferencia marcada del género femenino va más allá de los ejercicios con que las maestras nos torturaban en la primaria: «abad/abadesa», «zar/zarina», «poeta/poetisa». Estoy seguro de que mis compañeros no sospechaban ni por asomo lo que significaban esos pares de palabras. Pero yo, al menos, conocía uno: poetisa era Gloria, y me daba orgullo decirlo. Aunque ella no hiciera nada distinto a las demás abuelas. Tejía, amasaba los fideos y nos cuidaba algunas tardes. Sin embargo, ser mujer y poeta en una pequeña ciudad de provincia no era lo esperado. Aunque poetisa, sí; ya que debía ser la que escribía, en sus momentos de ocio, versos en la siesta mientras esperaba al marido que regresara del trabajo. Versos dedicados a las cuatro estaciones del año, a los árboles, a los héroes de la Patria, a las calles del pueblo, a la madre, a Dios, a los hijos y, conforme al inevitable envejecimiento, a los nietos. Cómo no.
Una de las primeras palabras que aprendí a leer en mi vida fue «Gloria». Llegaba a la casa de mi abuela y, sobre la mesa blanca, se destacaba siempre el anaranjado de un cuaderno pequeño, además de los colores de la bandera argentina y unas letras enormes en blanco. «Esos cuadernos son míos», decía mi abuela cuando yo quería rayar el cuadriculado con los primeros palotes. Entonces sacaba del armario unas etiquetas de vino para que dibujara en el dorso. Pero yo quería saber qué decían esos cuadernos. Cuando el alfabeto se me volvió posible, mis ojos deletrearon la palabra «Gloria» en la tapa. Mi naturaleza textual hizo que volviera hasta mi propia casa para comprobar si había cuadernos con los nombres de «Teresa» o «Antonio». Solo encontré unos azules sin nada en la tapa, salvo un entramado retorcido de telarañas. Mis padres llenaban de columnas numéricas cada una de las hojas.
Después, Gloria me había dicho que le gustaban esos cuadernos porque no todo el mundo puede ver su nombre estampado en mayúsculas. Compraba siempre los de tapa blanda, papel obra, de 48 hojas cuadriculadas. Por más que en ellos copiara una receta, escribiera el borrador de una carta, o anotara la lista del almacén; jamás se le había ocurrido utilizar otros de mejor calidad o más extensos. Con los años había almacenado cientos y tirado otros más, pero no tenía un orden ni un lugar único donde guardarlos. Siempre había uno sobre la máquina de coser o entre las antenas del televisor. Tenía una especie de costumbre compulsiva, volvía a escribir todo el crucigrama del diario a uno de sus cuadernos. Día a día, como en un rito verbal, trazaba los cuadros negros y los blancos, para después resolver las consignas. Su excusa era tan lógica que nadie se atrevió nunca a discutírsela: «Por si alguien quiere hacerlo después». Así y todo no había otra persona en la familia que se le animara a las palabras cruzadas. Cuando mi abuela se iba a tender la ropa, yo buscaba algún cuaderno y aparecían dioses nórdicos, símbolos de la tabla periódica, ciudades de la antigua Persia que poblaban las carillas. Nunca vi un solo poema, pero sabía que los fijaba en los cuadernos Gloria.
***
La obra poética publicada de mi abuela se resumía en cinco poemas distribuidos en tres plaquetas y una antología grupal. Firmó siempre con el apellido de casada, sin olvidar el «de» en el medio luego de su nombre. Esto la encumbraba también en la cima de la inefable categoría de poetisa. Un poema al río Tunuyán, otro al general San Martín y un soneto dedicado a Alfonsina Storni; le valieron reconocimientos en diferentes certámenes. Luego, cuando tenía ochenta años, una asociación de poetas jubilados la invitó a participar con dos textos para un libro. Debía pagarse su página para que fuera posible la edición. La noche que presentaron la obra en conjunto, leí rápidamente los poemas sin hallar lo que buscaba. Uno hacía referencia a los cosechadores y el otro describía una alameda en otoño. Sin embargo, ninguno hablaba de mí. 
En esa velada, uno de los viejos poetas que había organizado la antología se acercó con un vaso de vino para hablarme. No paraba de referirse a su pasado triunfal, plagado de premios ignotos y dudosos laureles oficiales. Hasta que me lanzó la aciaga pregunta: «¿Vos también escribís poesía como tu abuela?». Cómo habrá sido la cara que le puse y el tono de mi voz para decir que no, que estiró –sin soltar el vaso− su mano derecha en mi hombro y me dijo a modo de confesión: «No te preocupés, Gloria no escribió poemas hasta que se mudó a la finca». La finca de la calle La Posta, pensé, adonde en vida había sido enterrada.


HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017)

viernes, 27 de julio de 2018

Un poema y un libro



un lázaro más
 

en un pasaje poderoso de la novela
«el evangelio según jesucristo» saramago
muestra a un resucitado lázaro que de nuevo 
cae inerte al piso así el hijo de dios se arrodilla
ante el cuerpo sabe que tiene el poder divino
de pronunciar las palabras las sílabas
las letras imperativas para que una vez más
logre levantarse y andar como si nada
pero en ese preciso momento maría
la de magdala pone su mano en el hombro
para decir «nadie en la vida tuvo tantos pecados
que merezca morir dos veces» la ficción
de este modo quiere ser realidad sagrada
sonidos concretos que salen de una boca
ajena donde el verdadero castigo
es parecerse a otro silencio tenaz
eterno y sin rostro que mira desde arriba


HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)

miércoles, 18 de julio de 2018

Un poema de ceremonia




cuento de hadas


otro libro del que quisiera hablarte
parece una pieza de relojería cada página
es un minuto que le ganamos a la muerte
tan preciso como los pasos de esa mujer 
de luto que camina hacia el cementerio
con ortigas en la mano en vez de flores
y repite y repite palabras para su soledad
de frío y manchas en el techo pero las espinas 
no duelen curan porque el daño es un atajo 
para que suceda el ritual cifrado de ser otro otra 
una madre que la razón niega sin embargo
los disfraces que da la locura son el abrigo 
para provocar el encuentro de una hija 
y su fantasma de una vida y sus secretos
donde un carnaval de muecas se descubre
y deja caer la última de las máscaras


HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)

lunes, 9 de julio de 2018

Ladrón de mi cerebro




Son pocas las sorpresas que a un pueblerino le pueden ofrecer sus veredas rotas y levantadas, sus árboles añosos y mal podados, su arquitectura baja y deslucida. Más allá de algún tropiezo inusitado, uno camina y camina con las boletas en una mano y con el corazón en la otra, tratando de que la vista se anime a dar un salto o, al menos, se desvíe de una rutina de planicie y pavor. Tal vez, las paredes rayoneadas sean una posibilidad sin arte, pero con precisión. Cuando mi mamá me llevaba a la escuela primaria, un grafiti de caligrafía firme prometía: «Seremos como el Che». Mi cabeza de niño no podía entender los meandros históricos y políticos del mensaje; pero una cuadra antes, ya ansiaba verlo, leerlo y darle forma silenciosa en mis labios a ese futuro simple. Luego, ya en mis veinte, cerca de la cancha, había otro que profanaba una pared de estilo colonial: «Chaca, ladrón de mi cerebro». Aquí sí sabía quién era el Chacarero, la referencia ricotera cargada de fanatismo, además de los magros resultados deportivos en el ascenso nacional que le trastornarían la cabeza a cualquiera.

«Y la ciudad, ahora, es como un plano / de mis humillaciones y fracasos…», gustaba comentar Borges de Buenos Aires. Sin embargo, toda urbe pequeña, o pueblo grande (que no es lo mismo, aunque se parecen), vive en «modo selfie» continuo; es decir, con la mirada puesta en uno mismo en primerísimo plano. Así, nos conocemos en escala 1:1 los detalles más escabrosos, nos contamos hasta la última de las costillas y se nos borronea el resto. Pues bien, hace unas semanas, alguien subió a las redes sociales una fotografía tomada por un dron, ese vehículo aéreo comandado a distancia; un juguete que los nenitos de mi generación ochentera hubiésemos dado un brazo por tenerlo. La foto en cuestión retrataba el festejo popular por un triunfo de la Selección en el Mundial de Fútbol. El resultado fue revelador y confuso, una conmoción efímera de belleza inesperada que me llevó a decir: «Esto no se parece a mi ciudad…». El dron te mejora hasta la cara del más feo, pensé, como también transforma la mirada que teníamos de las cosas. El valor de lo precario se sustenta en la lejanía, como esos rockeros veteranos que tienen un «buen lejos» solo en el escenario.

Traigo a la memoria las panorámicas del puente de Brooklyn, las tomas nocturnas de la Torre Eiffel, o aquella desde el Támesis para mostrar una Londres majestuosa. Insisto, los pueblerinos no estamos acostumbrados a esas postales, nos quitan el aliento tanto como nos dejan afuera. Por lo tanto, el dron, al borrar todo pormenor inconveniente, te roba también una parte del cerebro, esa que nos advierte de las decepciones y la frustración. «Una mirada desde una alcantarilla / puede ser una visión del mundo...», decía Alejandra Pizarnik; en qué consistirá, entonces, la rebelión de mirar lo cotidiano sin engañarse. Amar lo conocido y transitado con sus defectos más ominosos. Quiero una herida que no sea la calle donde nací.



HERNÁN SCHILLAGI



martes, 19 de junio de 2018

El corazón es una isla fría (Mundialeras 2018 #2)


La calefacción a todo vapor, el mate en la mano, 80 grados para el agua, la pastafrola casera y las tortitas tibias en la bolsa de papel; como también, un par de kilos de carne que se descongela en una bandeja y toda la leña para encender el fuego de la esperanza. Así empezó el Mundial, el verdadero, para cada habitante de este planeta futbolizado, más conocido como Argentina.
A medida que se acercaba el partido contra Islandia, se le iba restando un gol a nuestro inevitable triunfo. Porque el lunes ya ganábamos 5 a 0. Con los días, íbamos conociendo datos de los jugadores, de sus triunfos alarmantes, de su potencia física. Entonces el verbo ganar se volvió cada vez más difícil de ser conjugado.
Teoría caprichosa número uno: los partidos de Argentina deben disputarse 48 horas antes de que la realidad contradiga todos los pronósticos.
Pero los días pasaron y nos tocó en suerte un sábado gélido y sin corazón. Que el Mundial se juegue en el verano ruso es apenas un detalle, debido a que el frío del Polo Norte traído por los islandeses, más el aportado por el de nuestras latitudes australes, tuvo su concentración en el estadio del Spartak de Moscú. Islandia, tierra helada, de vikingos fornidos y carniceros. Argentina, tierra de plata, de la medalla de plata, digo, por tantos segundos puestos. Pues bien, trataba de explicar que las bajas temperaturas nos tenían apretados frente al televisor, cuando el gol del «Kun» Agüero derritió los carámbanos que nos colgaban de la nariz y, entre saltos y gritos, los abrazos templaron el ambiente. Solo cuatro minutos duró este calor ilusorio, porque un tal Finnbogason metió un derechazo que sonó más fuerte que el martillo de Thor. ¡Sálvame, Odín! O san Messi, como más les guste.
Aunque faltaba mucho para que el partido terminara, en mi cabeza empezó a rodar la serie televisiva «Trapped». Trata, casualmente, de un pueblo al norte de Islandia donde un barco queda detenido, atrapado, varado en el puerto, porque un cadáver sin miembros ni cabeza aparece en las costas durante su llegada. Del mismo modo, el equipo albiceleste flotaba en el campo de juego sin ideas ni pies que conectaran con fluidez para poder destrabar la férrea y helada marca de los nórdicos. Las «taras» de nuestros jugadores no tardaron en aparecer: pases intrascendentes, distribución lenta, fallas en las asociaciones y, cómo no, cortocircuitos desde el punto del penal. Así, tanto relatores como televidentes, empezamos a vociferar cambios milagrosos, a tirar runas estratégicas para conocer un futuro más promisorio que nunca llegó.
Teoría caprichosa número dos: siempre el que está afuera es mejor que el titular.
No podía saber Julio Verne, el gran escritor francés, que al situar en la lejana Islandia su novela «Viaje al centro de la Tierra», donde los protagonistas se trasladan hasta Snæfellsjökull, volcán por el que se introducen para alcanzar el corazón terrestre; no podía saber Julio Verne, repito, que luego de este primer partido por el Grupo D, ese corazón era de un impenetrable hielo oscuro, y no de lava ardiente.
Teoría caprichosa final: cuando dejemos de emocionarnos con la canción de Italia ’90, vamos a salir campeones otra vez.

HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 10 de junio de 2018

Un alargue de cuatro años (Mundialeras 2018 #1)



Publicidades que motivan y arengan desde un nacionalismo gritón y sin alma. Promociones inverosímiles que nos quieren acercar más al producto comercial que a la tierra de Iván Drago. Fotos de jugadores en los paquetes de pan rebanado, en los cartones de jugos naturales, en las botellas de cerveza que, sospechosamente, ya tenían la lista de titulares antes que el director técnico. ¿Acaso me quieren decir, avisar y advertir que un nuevo Mundial de Fútbol está cerca? Pues se equivocan, amigos de los precios altos y los sueños bajos, el Mundial no ha terminado aún. Al menos para la Argentina y su «hinchada bullanguera».

Es así: empate en cero entre alemanes y argentinos en suelo carioca, pitazo final para los reglamentarios 90 minutos, el alargue y los consabidos penales. Un dato para los desmemoriados; la Selección Nacional venía de vencer por tiros desde los doce pasos a los holandeses, con un arquero convertido en héroe (Mascherano mediante). De este modo, un rubiecito llamado Mario Götze la paró de pecho a los 115, y con un zurdazo tan sutil como mortífero, puso arriba en el marcador a todo el alemanaje. Decime qué se siente, gritó un brasilero en perfecto castellano. Bien, ningún problema. Porque así como Osvaldo Soriano escribió sobre «El penal más largo del mundo», cualquier futbolero nacido en este país puede hablar y dar testimonio del alargue más extenso e insoportable que se haya conocido jamás.

En la novela «Zama», Antonio Di Benedetto proponía a un personaje torturado por la espera, víctima de encontrarse en un puesto incorrecto y en el momento equivocado. Tal vez, por eso, hemos transitado estos cuatro años como en falsa escuadra, con las piernas molidas, arrastrando un peso invisible que fatiga y nos tiene la cabeza sin oxígeno: el estado de alargue permanente. Mienten los que dicen que son apenas dos tiempos de 30 minutos en total. ¿O no fueron suficientes los alargues sufridos y perpetrados en las Copas América de Chile y Estados Unidos para entender que esto no estaba concluido? Tres subcampeonatos al hilo es una forma corta de ver la realidad. Campeón es el que sabe aguantar, el que se sienta cerca del trofeo para ver pasar el cadáver de sus frustraciones. «Todo el mundo quiere olvidar…», nos avisa Charly García, en una canción que se llama, justamente, «El amor espera». ¿O no es amor, entonces, estar haciendo un asado y que, en un silencio incómodo, alguien recuerde: «Palacio le tendría que haber pegado por abajo…»? Así, entre achuras y cortes vacunos, vuelve el penal no cobrado, esa de Messi al lado del palo y los injustos chistes sobre los pifies de Higuaín. Un eterno retorno, una lágrima en la llaga tanguera que el humo permite disimular.

Y si de recuerdos se trata, no puedo dejar de notar, con tristeza, que este será el primer Mundial sin Eduardo Galeano. El escritor uruguayo, antes de hablar una sola palabra sobre el deporte más popular y hermoso del planeta, repasaba necesariamente todas las injusticias y vejámenes que se vivían en ese momento. Por eso tituló su obra «El fútbol a sol y sombra». Brillos que ciegan tanto como manchas que salen a la luz. Allí está como muestra el video de las Madres de Plaza de Mayo entrevistadas por los periodistas «deportivos» que venían a cubrir el Mundial ’78. Qué nos esperará luego de tanta espera. No hay Mundial que por bien no venga.




HERNÁN SCHILLAGI