sábado, 14 de enero de 2017

Un poema internacional


 
música extranjera

 

durante más de viente años escuchaste esa canción
en todos sus formatos desde la cinta temblorosa
hasta la fría compresión de la pantalla las palabras
así se volvieron un instrumento frágil
que se entrelazaba con los acordes
de guitarras y sintetizadores las palabras
así llegaban de un idioma lejano
para sin diccionario traducirse
en las vueltas oscuras del pabellón auditivo
 
escuchaste durante más de veinte años esa canción
y nunca entendiste ni dos frases seguidas
sin embargo un cúmulo de residuos extraños
se depositó en tu cuerpo para contaminarlo
de impurezas gramaticales y las palabras
así se agolparon en tu boca para decir
sin más el revés de lo conocido
 
por eso hoy escuchás de otro modo esa canción
porque el video corre con las letras blancas
contundentes castellanas y la confusión de tu boca
desaparece como desaparecen los éxitos veraniegos
de los primeros puestos de la radio


HERNÁN SCHILLAGI, inédito

lunes, 26 de diciembre de 2016

Un poema en una caja de libros




imagen y palabra

 
camino por la alameda
en una helada tarde de otoño
los mesones de libros viejos
se ubican en la tenue geometría
de las únicas tres manchas de sol

sé que no quiero comprar nada sé
que deseo sorprenderme con algo
entonces realizo con mis dedos
un escaneo tomográfico y emocional
best sellers algunos clásicos
ediciones de periódicos revistas de tejido
un islote austral de bibliotecas abandonadas
a la oferta y a la escasa demanda
 
de pronto un cajón de frutas
muchos libros adentro aunque yo vi uno solo
uno que supo abrirse en la infancia
con una devoción alerta sin disciplina
y creía cerrado para siempre
«palabra e imagen de 7° grado» editorial estrada
pregunté  el precio decliné y seguí
con la cabeza hecha un hielo
y las manos vacías

si esto fuera una escena capturada
por una cámara las indicaciones
exigirían ralentizar los fotogramas
hasta que el vapor de mi boca
quedara suspendido como a punto
de decir algo pero no imagen
y palabra no pueden ser prisioneras
ni del frío ni del presente
ni de un temporal olvido


HERNÁN SCHILLAGI, inédito 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Formas eufemísticas de decir "feo"



 
*"El corte de pelo te hace ver raro".
*"Tu bebé tiene cara de grande".
*"Tu look para vestirte es clásico".
*"Saliste bella, amiga, en la foto".

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un poema sin reverso




el día literal



luego de un régimen fascista
o de los otros qué importa
la poesía ha sido por fin borrada del mapa
además de los poetas por supuesto 

es decir trato de imaginar un futuro
donde la palabra sea eso la palabra
y nada más un largo día literal
preciso sin desviaciones del tipo
«la tarde está muriendo» y la jornada
termina sin las brasas de un hogar humilde
como quería falsear machado

la tarde de este modo se acaba sí
cerca de las veinte horas en castilla
al final del otoño y el hombre
mira triste el camino triste
como la princesa que ha perdido
el teclado de la computadora
que ha perdido el color del lenguaje
y con labios encendidos articula una cosa
en silencio mientras sus manos
redactan otra muy distinta diáfana

porque un porvenir de tinta sin reverso
ni metáfora merecerá luces donde haya luces
manchas y traición donde traición y manchas
alguien se atreva a escribir


HERNÁN SCHILLAGI



Menciones

«Campo», de Antonio Machado.
«Sonatina», de Rubén Darío












jueves, 10 de noviembre de 2016

Unas palabras sueltas


Aunque hace años que nadie la usa, antes teníamos una frase para cuando uno estaba diciendo algo que rumbeaba para el lado de los vegetales, más precisamente, de los tomates: «¿Te escuchaste hablar, vos?». Pues bien, desde que los teléfonos ostentan esa función de enviar un «audio», es decir, un mensaje de voz en lugar de escribir un texto breve (¡cuánta pereza!); sucede que la desconfianza se nota en cada envío. No tanto en el cifrado del mensaje, sino en el modo en que es ejecutado, ya que uno presiona con cierta fe virtual sobre el ícono del micrófono, profiere la parrafada y lo «suelta» con un grado de alevosa temeridad. En instantes nos enteramos de que el destinatario ya lo recibió y se dispone a escuchar eso que es un mínimo cadáver -fresco y arrepentido- del lenguaje. Por lo tanto, un nuevo trastorno algo compulsivo ha empezado a rondar por mis obsesiones: luego de enviar un mensaje de voz, «me» lo escucho de punta a punta. Iba a decir «lo escucho de nuevo», pero no es así. Porque cuando lo estuve lanzando al mundo de la telefonía celular, como esas cápsulas espaciales que llevan un anuncio de nuestra existencia humana y universal, en ningún momento me detuve para oír mis palabras. Otra vez la frase: «¿Te escuchaste hablar, vos?». De este modo es que ahora aprieto «play» con algo de pavor y repaso el fatídico mensaje, su gramática trunca, sus reiteraciones evitables, además de la dudas en la curva tonal: «De tu voz tiritando en la cinta del contestador...», vaticinaba con precisión poética Joaquín Sabina; para luego escribirlo mentalmente, puntuarlo en el aire y devolverle, inútilmente, la gracia sintáctica que nunca tuvo ni quiso tener. Debería escuchar -y leer- con más atención lo que digo.
 

HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 5 de noviembre de 2016

El momento Slash



 

            Parece una obviedad decirlo, pero el remate de un poema es fundamental. No solo porque es la confirmación de que el texto se dirigía hacia un lugar y no la desabrida suma de versos (imágenes, metáforas, comparaciones); sino que también, al leerlo en público golpea al oyente, y esa descarga eléctrica es la verdadera punta de lanza para atravesar el esquivo y distraído corazón (u oído, bah) del que escucha. El problema es que algunos lo olvidan. «¿Pero qué pasa en el punto en que el poema acaba?», se pregunta Giorgio Agamben en «El final del poema», para más adelante decir: «El poema así revela el objetivo de su altiva estrategia: dejar que el lenguaje finalmente se comunique a sí mismo, sin que quede inexpresado en lo que es dicho…». Pienso en el haiku, esa forma japonesa de tres versos, nada más. Es el remate hecho poema: «De no estar tú / demasiado enorme / sería el bosque»; el poeta Issa, en un único gesto, empieza y concluye uno de sus más conocidos haikus. ¿Habrá que garabatearlos un tiempo con la secreta misión de aprender a rematar una larga tirada? Así y todo, cualquier poema de mayor extensión -un soneto, por caso- se dirige siempre al verso final del último terceto, aunque sabemos que es el silencio contra el que se va a despedazar estrepitosamente. ¿Esa línea postrera tenemos que escribirla o leerla, entonces, del mismo modo? El poeta Hugo Padeletti nos avisa en una entrevista: «Yo tengo una tendencia hacia las formas cerradas. Tengo cierta dificultad para valorar debidamente a poetas que se inclinan por tender un hilo que nunca termina, que nunca se cierra…». Descarga eléctrica sugería al principio sobre los finales: «el momento Slash», le suelo llamar también; porque es como cuando el violero de los Guns N’ Roses, en el video de «November rain», sale de una capilla con su melena irredenta, atrás ha dejado una celebración que quizá no lo incluía del todo (sabemos que la poesía nunca va a estar invitada a los grandes festejos) y literalmente asesina la vastedad de un desierto con el mejor solo de guitarra jamás escuchado en la historia. Finalmente de eso se trata: nadie de la fiesta lo ha oído, pero a todos les será imposible olvidarlo. Ya remataba Bernárdez como los dioses: «Porque después de todo he comprendido / por lo que el árbol tiene de florido / vive de lo que tiene sepultado».


HERNÁN SCHILLAGI


Menciones


-Agamben, Giorgio. «El final del poema. Estudios de poética y literatura», Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2016.
-Issa. «Jaikus, poemas breves japoneses», Mondadori, Madrid, 1998.

-Padeletti, Hugo, en revista Ñ de Clarín, http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Hugo_Padeletti-osadia-poeta_0_1303669642.html
-Bernárdez, Francisco Luis. «Si para recobrar los recobrado...», en «Cielo de tierra», 1937.



 


domingo, 30 de octubre de 2016

Insertar una página en blanco



Una cosa es la página en blanco y otra, muy distinta, la borrada. Tres semanas tardé en escribir un poema. Nada épico. Es lo normal, nunca menos. De entrada, la excusa: «otra vez la ruta otra vez la noche», decía el primer verso. La intención era repetirme a cara descubierta, variarme. «La hoja en blanco lo invita a la aventura, / le hacen señas de fuego las palabras...», escribe Antonio Requeni sobre un hombre que, justamente, escribe. Un pibe yendo hacia una ciudad balnearia -así empezaba mi poema- sobre un micro mientras todos duermen. Más precisamente, la familia es la que ha cerrado los ojos. Por lo tanto, la vigilia le permite ser el único en seguir los subtítulos de una película clase B, donde una civilización se había tenido que ocultar debajo de la tierra luego de una tercera guerra mundial. El aire enrarecido era el mismo que el de su casa, las bombas estallaban como los gritos de sus padres. La última estrofa hacía coincidir la salida de la cueva para enfrentar un sol postnuclear con el inmenso amanecer que regala la llanura pampeana. Los ojos han visto el futuro, pero no aprendieron nada. El mar se acerca como una promesa difusa. Entonces, esta mañana entré al archivo, recorrí con la barra sus más de tres mil palabras y llegué a la página arrasada, esa que borré sin culpa hace dos días luego de terminar el poema. Un hueco lechoso seguía latiendo allí. No me atreví a escribir ni una letra, solo inserté otra página en blanco, otra vaga promesa en el mar de la intranquilidad. Un salto.


HERNÁN SCHILLAGI