miércoles, 26 de diciembre de 2012

Un tanka entre los dientes






último en el ránking


se abre la puerta
y un viento frío trae
lejanas voces
    canciones que olvidaste
entre las mudas sábanas



HERNÁN SCHILLAGI


del libro La oscuridad de los ciruelos (inédito) 


martes, 18 de diciembre de 2012

Mensajes por debajo de la puerta







En la prehistoria, es decir hace unos 15 años, cuando casi nadie portaba un celular; siempre teníamos la sensación de llegar a la puerta de nuestra casa y que, en nuestra ausencia, alguien había venido. Entonces, al mover hacia abajo el picaporte y empujar, sentíamos arrastrarse un papelito.



Imaginábamos -o presentíamos- la angustia del visitante al no encontrar a nadie. No importaba el mensaje en sí. Importaba que un resabio amargo de esa desazón se había pegado a la hoja, que la caligrafía había mutado asombrosamente al apoyar el trozo de papel en la pared o en la mano, que la tinta de la bic se le había entrecortado al escribir horizontalmente, como un código morse privado. Además, el conocido en cuestión se iba sin saber la suerte que le deparaba a su nota.



Sin embargo hoy, la mayoría de las veces, cuando llegamos escupidos por las babas de una rabiosa realidad, movemos la hoja de la puerta y nada. Ni nadie.



¿Por cuál de todos los umbrales, ya dentro de la cocina, debemos arrastrar el mensaje avisando que todavía no habitamos aquí? 



HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 9 de diciembre de 2012

Todos los poemas van al cielo






la última espera




a veces cuando preguntaba
sobre esos puntos de luz
que aparecen sin orden con la noche y los grillos
a veces cuando mi voz temblaba oscura
bajo el cielo de noviembre
mi padre a veces sabía contarme
que los astros eran unas naves lejanas
que atravesaban los canales de la galaxia
para decirnos sin más que la espera tenía un fin
que no éramos los únicos luego del estallido primero
ese que nadie se atrevió a escuchar
miles de naves espaciales aproximándose
con esa lentitud que tiene el viento
para darle forma a las rocas

pero a veces cuando las preguntas
comenzaban a caer de mi boca de niño
como esas estrellas que portan un fugaz deseo
mi padre elegía cerrarse en el silencio
hasta hacerlo crecer entre las nubes
entonces el planeta suma de océanos y de tierra
se perdía para siempre en el barro de su soledad


HERNÁN SCHILLAGI

del libro Ciencia ficción (inédito)

martes, 27 de noviembre de 2012

Tiene un poema sin leer







una llamada perdida


apagar el día como si fuera posible
un paréntesis entre los lazos que te unen
con el mundo exterior al finalizar
cada jornada sin embargo
con el pulgar sobre el teléfono
abrís el sueño para que las luces y los sonidos
que comandan tu cerebro agitado
clausuren los ojos los oídos y la garganta
ante la sorpresa y el sobresalto

es en cada amanecer por eso que apretás
con fuerza el teclado para recuperar la noche
como si fuera posible entonces
una llamada perdida en el registro
de tu tranquila conciencia viene a testificar
un pedido de auxilio una voz
que atravesó negra la ciudad
hasta tu refugio tan sin respuestas
como sin ninguna salida


HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 17 de noviembre de 2012

Pesada cadena de favores



        

Se lo escuché decir de refilón el lunes pasado en el micro a un hombre de unos 45 años: «Sabés que se lo voy a agradecer toda la vida...». Entonces pensé: «Pobre, allí va un nuevo esclavo». Porque -pregunto-, ¿es necesario extender la gratitud hasta los límites de la usura y la extorsión? Ya en la época de los romanos, Virgilio fustigaba a los demás con: «Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido».


Mi madre me dijo hace tiempo en una pelea: «No seás desagradecido. La tía te ayudó muchísimo en tu casamiento» Y sí, era verdad, pero yo en su momento, allá por el 2000 (aunque estaba medio borracho, juro que me acuerdo), la abracé a mi tía, le zampé un sonoro beso y le di las merecidas gracias. Punto.

 

 Pero no. De ahora en más debo agradecer, retribuir y remunerar hasta mi último aliento los favores obtenidos, de ella y de otros. Mi libertad está mensurada por la ayuda recibida, y ¡ojo! no alcanza con devolverlo con el famoso «favor con favor se paga», que hemos escuchado decir en la calle; porque todos saben que la balanza de las gratitudes siempre se inclina hacia el lado de la culpa. Como nos quiere hacer reflexionar esa espantosa película Pay it forward, que aquí se tituló Cadena de favores. Allí aparecía el pibito de El sexto sentido, Haley Joel Osment, que se proponía mejorar el mundo ayudando a tres personas en algo que no podrían lograr por sí mismas, pero con la condición de que una de ellas repitiera la fatídica e interminable «cadena». Así le fue. Al final de la peli lo terminan amasijando unos matones desalmados. Osment tendría que haber reformulado la frase por la que se lo recuerda hasta el día de hoy: «Veo gente muerta… y desagradecida».

 

 Nos pasamos confundiendo, además,  gratitud con deuda moral. Estar agradecido, entonces, sería una experiencia a corto plazo, y más que positiva. Recibir un desinteresado favor de una persona que apenas conocemos, puede ser el comienzo de una hermosa amistad (¡ah, Casablanca!). Pero solo eso, el puntapié inicial para empezar a forjar una confianza que se extienda en el tiempo, y no una cicatriz en medio de la frente que duela y se ponga roja cuando haya humedad. En un inolvidable gesto de incorrección política, el francés Diderot decía enciclopédicamente: «El agradecimiento es una carga, y todos tienden a librarse de ella». Como también quedará en la memoria -Youtube mediante- esa frase aplanadora de Gustavo Cerati en la despedida de Soda Stereo en 1997 y que no dejó dudas (ni deudas): «Gracias totales». Y no nos pidan nada más, habrá pensado el cantante.

 

Borges tuvo que padecer la ceguera para luego llegar a la patética conclusión de que debía agradecerle a Dios los irónicos dones de «los libros y la noche», ya que había estado abrasado por la fiebre de la lectura desde niño y ahora se encontraba tan director de la Biblioteca Nacional como no vidente. Es cierto, no se puede tener todo en la vida. Como tampoco me convence la idea de andar agradeciendo como un perdulario a lo Oliverio Girondo que sabía vociferar con acidez: «Muchas gracias al humo/ a los microbios,/ al despertar/ al cuerno/ a la belleza,/ a la esponja/ a la duda…». Y si de situaciones literarias hablamos, me quedo con el capitán Nemo en La isla misteriosa (Julio Verne) que socorría con víveres y herramientas a unos náufragos, mientras se ocultaba en el fondo del mar sin pedir nada a cambio.

 

Que no hay nada peor que ser un desagradecido. Que olvidar una ayuda nos deposita en el círculo más oscuro y tortuoso del infierno. Que no hay tiento que no se corte ni deuda que no se pague. Frases hipócritas y paralizantes de nuestra sociedad temerosa donde siempre, como en una sutil cadena, caerán pesados los eslabones del reproche y uno pensará sin remedio posible: «es que le estoy eterna y condenadamente agradecido». 

 

 

HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un tanka a la intemperie





precipitaciones aisladas


he descubierto
ayer tu nombre escrito
en la ventana
ahora me doy cuenta
la última lluvia juntos



de La oscuridad de los ciruelos (inédito) 



HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 20 de octubre de 2012

Un poema de herencia





la medianoche de los gallos


porque un padre tiene siempre
la última palabra picotea el teclado
en una riña contra las letras y la noche
como si fuera un gallo que indaga
la tierra en busca del sustento diario

así deja muescas sobre el planeta táctil
de los hijos un sistema braille
que ciega la memoria y perfora
punto por punto el mapa de la lengua
materna porque un padre siempre
improvisa la última palabra
para recibir mientras todos duermen
el primero de los silencios que vendrán


HERNÁN SCHILLAGI

miércoles, 10 de octubre de 2012

Variaciones a partir de las hormigas





 1.Mal bicho

Una mañana de lunes me levanté francamente incendiado. Mi cara en el espejo volvió a enumerarme los vasos de cerveza, las salsas picantes y la chocolatosa torta que mi hígado había tenido que soportar en el cumpleaños de una amiga. Cuando pude fijar la vista, noté sobre el blanco de la cerámica del baño, una fila interminable de hormiguitas negras exploradoras. Peregrinaban en imperturbable línea recta, de izquierda a derecha, como un renglón que le peleaba duro al hambre.

Enseguida recordé un mandato supersticioso que arrastro desde la infancia: «Las hormigas rojas son del Diablo y las negras, de Dios». Como no eran de las coloradas, aplasté con el dedo -sin temor a represalias demoníacas- las que más pude. Luego rocié con raid todo el impronunciable trazo que formaban hasta la banderola del baño.

           
2.Alma, si tanto te han querido
José Saramago

Era la siesta. Leía en el baño a José Saramago y se me entrecerraban los ojos: «Qué poder es ese el tuyo, Veo lo que hay dentro de los cuerpos...» Se me nublaba la vista, cabeceaba cada dos segundos: «Has visto el alma, Nunca la vi...» Entonces apreté derrotado los párpados y volví a abrirlos. Líneas y líneas de pequeñas hormigas de tinta intentaban redactar en las hojas del libro otro Memorial del convento. Manoteé hacia la mochila del inodoro, pero esta vez el insecticida era inocuo para esta clase de hormigas verbales que iban y venían sobre el papel. Algo sospechó de esto, seguramente, Anahí Mallol cuando escribió en un poema: «una hormiga/ se aventura/ más allá/ siempre más allá/ del límite marcado con su olor».

           
3.Mensaje en una botella

Me fui a la habitación un poco confundido. Unos versos de mi amigo Fernando G. Toledo se me venían empastados a la memoria y empujaban para salir. Busqué en mi biblioteca su libro Diapasón y leí como si ya lo viniese paladeando, «Me he preguntado quién/ En esta espera errónea/ Escribirá para otros/ Las cosas que yo necesito». El poema, en efecto, habla de posibles «emisarios» que tal vez andan por el mundo redactando las palabras justas para cada uno de nosotros. Entonces volví a pensar en las hormigas, en esa hilera indómita de puntitos negros sobre un fondo blanco, pensé en las palabras de los personajes de Saramago, en cómo las hormigas se retorcían mudas por el veneno y borraban para siempre esa frase sin idioma, que tal vez yo andaba precisando, pero que aniquilé sin piedad. ¿Es, acaso, la literatura -con sus escritores- un emisor involuntario e inesperado de señales que una a una vamos eliminando con el olvido o la distracción sin saber que nos estaban salvando?
           
Es posible que dentro de mi cuerpo de lector no tenga un alma. Pero de ahora en más voy a estar siempre atento. Ya que quizás, también los libros inoculen un veneno imperceptible que dura años en llegar al corazón del sistema nervioso, como una botella que flota sin rumbo hasta que alguien en una orilla destapa su breve pero potente mensaje y ya nada vuelve a ser como antes.


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 2 de octubre de 2012

Un poema para adelante





mecánico de la palabra


como una escena robada de una película
del cine nacional empuja con los dedos engrasados
de tinta su viejo auto bajo la lluvia
«para qué me sirve la poesía» repite «para qué»
si el motor no responde a sus bucólicas quejas
empuja puja y campuja vocablos contra el paragolpes
y las balizas le marcan la intermitencia
de su confundido corazón la indolencia
de su mecánica literaria ante el carburador
las oscuras transmisiones y los cables indiferentes
por eso empuja con el cuerpo entero
para llevar la mole de su torpeza hacia adelante
hasta que sin más toda la lengua le quede afuera


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 25 de septiembre de 2012

Quieren rock



Acto único

ÉL: (con malicia) - ¿Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas?
ELLA: (desdeñosa) -¡Me arde! Me duele todo el cuero.
ÉL: -No te culpes, mi amor, si te falta valor. Porque nada es para siempre.
ELLA: (con furia) -¡Podés saltar de un trampolín!
ÉL: (reflexivo) -Comprenderás que es amor lo que sangra.
ELLA: -En esta sucia ciudad, no hay que dormir ni parar.
ÉL: (levantando el índice) -¡Casualmente, yo te conocí una noche como hoy!
ELLA: (con sorna) -¿Cuál es tu tumba, tu tumba?
ÉL: -¡Andá por la sombra y cerrá bien el portón!
ELLA: -Voy camino rumbo al sur, donde no cortan la luz.
ÉL: (arrepentido) -Te amo, te odio. ¡Dame más!

lunes, 10 de septiembre de 2012

Un poema para comprar una casa







un nuevo hogar


a ella le gustaba visitar casas en venta
a ella le sobrecogía el corazón sentir el eco
de sus pasos en los cuartos vacíos a ella también
le erizaba la piel sentirse amenazada por la presencia
única del vendedor inmobiliario en los pasillos oscuros

a él le gustaba que le tocaran clientas solitarias
a él le sobrecogía el corazón echarle llave
a una casa deshabitada a él además
le erizaba la piel el tono de voz de una mujer
con miedo en los pasillos sin luz

«aquí se podría gritar y nadie vendría
a mirar qué sucede» dijo ella
«salvo que los gritos fueran capaces
de derrumbar las paredes» dijo él

uno de los dos sonrió primero
pero la penumbra apresada dentro de  la casa
no permitió que alguien lo viera
para poder narrarlo tiempo después


HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 25 de agosto de 2012

Un poema para El Eternauta




 como la canción del mano


 sin embargo el miedo admite su derrota
y no has terminado de arriar la última de tus banderas
para que un viento oscuro llegue te cierre los ojos
y una fina ceniza comience a caer de tu rostro

si tan solo con un soplido sobre tu frente
pudiera borrar todo rastro de terror en tus recuerdos
para que volvieran a levantarse las montañas heladas
de tu blanco hogar hace tiempo abandonado
tal vez así alcanzarías el valor de tu numerosa mano
y el reflejo de dos soles comenzaría a jugar en tus cabellos
como dos niños desnudos en el agua

sin embargo no el miedo expulsa su veneno
y es un barro íntimo que sofoca toda rebelión
una lengua amarga que libera tus secretos
un artificio que te muerde las venas por dentro
hasta que de tu garganta nace un himno de muerte

como si tanta belleza fuera un antídoto
para todos los que nos quedaremos sin tu voz



                                                           para Héctor G. Oesterheld  


HERNÁN SCHILLAGI


del libro Ciencia ficción (inédito)

*Algo inconcebible en estos tiempos, quieren prohibir el ingreso de El Eternauta en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires. Leé aquí.

lunes, 20 de agosto de 2012

Está lenta la computadora


    

            Apretás un botón, se enciende una luz verde y la pantalla abre su ojo de cíclope que lo observa todo. Tenés acceso a Internet las 24 horas, los archivos de todos estos años de trabajo, una novela por terminar y tarea, mucha tarea atrasada. Sin embargo, una barrita que va de izquierda a derecha, como un gusano recurrente, te detiene el ímpetu.

            Después se pone todo negro. Tus dedos comienzan a tamborilear. Luego aparece el escritorio de la compu más cargado que una mesa de cidís truchos: archivos, programas, fotos, videos, carpetas. Pareciera que un manco medio dormido está repartiendo las cartas en la oscuridad. Ponés la pava para el mate. Volvés y el antivirus te avisa que hay que renovarlo y que lo podés hacer más tarde, o reiniciar el equipo. ¡Con lo que te costó llegar hasta allí!

            Entonces, agarrás el mouse con bronca y querés cancelar, eliminar, negar todo lo que te propongan. Hacés el gesto con la mano de bronca y desprecio, pero el puntero está estacado en un rincón. El ventilador de la torre empieza a bufar y un infame relojito de arena se pega al puntero y no te deja hacerle click a nada. Tu dedo índice se convierte en un minero furioso de tu nariz y de tu oreja. Te vas a lavar las manos, volvés y notás que la página del buscador en la web se ofrece dócil. Querés comentar un post, no lo publica. Entrás a Facebook, no se ven las fotos ni los mensajes privados. Te morís de ganas de ver un video en Youtube, se corta tres veces hasta que se detiene para siempre. Te dormís y soñás que enviaste un archivo adjunto en menos de 20 minutos. Cuando te despertás, una ruedita burlona sigue dando vueltas. Por mientras, ya leíste completo un libro de recetas de cocina que estaba sobre la impresora, lavaste, secaste y guardaste los platos, terminaste de tejer bufandas para toda tu familia y te bajaste cuatro termos de mate (con sus respectivas idas al baño).

            Finalmente, golpean la puerta. Es un amigo. Le contás que la computadora está hecha una tortuga, que se clava como una papa a cada rato, que la vas a prender fuego.

            -Tranquilo- te dice-. ¿Por qué no la llevás a arreglar?
            -Estás loco. ¡No tengo tiempo!

lunes, 6 de agosto de 2012

Un poema sin futuro




el orden natural


tarros de leche entre las ramas
hacen su nido colgante
y raspan de óxido el aire
en la media mañana

mi vecino sostiene con una mano
sus pantalones de gabardina y con la otra
castiga a cinturonazos toda la quietud del tronco
de un naranjo «hay que ofenderlo con golpes y basura
para que corra la savia» me dice y las palabras
se le mezclan con la sal del sudor

los alambres de púa rodean el cuello del rehén
sus flores blancas son los gritos
de una espinosa confesión arrancada
no hay corteza que soporte la escritura relampagueante
del miedo los tejidos de conducción permiten la fluidez
del agua los azúcares y los minerales
los quejidos sin dirección buscan el fruto
detenido que se resiste bajo la tierra

porque una vez que la naranja
sea presa del puño humano y ceda
al filo del cuchillo sus palabras serán amargas
y sin semillas un agridulce mensaje
de no continuidad que subvierte el orden natural
es cierto pero que no se delata



HERNÁN SCHILLAGI

lunes, 30 de julio de 2012

El amor en los tiempos del dengue





Ellos son dos autómatas y se abrazan. Tienen la orden de hacer bullir el aceite de su sangre para que los mecanismos internos funcionen a la perfección. De pronto, el ojo telescópico de él visualiza a un insecto alado en la nalga de acero de su torneada co-equiper sexual. Identifica las pintitas blancas del mosquito y sin dudarlo, por una piadosa sanidad, cachetea el culo de ella. El sonido, tan dulce de perverso, los despierta y los vuelve humanos.




HERNÁN SCHILLAGI


del libro de relatos El dragón pregunta. 

sábado, 21 de julio de 2012

Un poema para leer con la nariz


desde adentro


a veces pienso que escribir poemas
cuentos cartas mails post mensajitos
en la heladera del facebook
tiene una cierta analogía con soplarse la nariz

ya sé que puede sonar escatológico
pero hay que detenerse un minuto
y reflexionar contar los latidos del cursor
una dos treinta veces

porque inmediatamente después
de que estremecemos con una fuerza inusitada
todos nuestros cornetes sobre el clínex
abrimos el arrugado papel
y con perverso asco
observamos toda esa masa viscosa
mezclada con sangre y recuerdos
que estaba hace segundos en nuestro interior
entonces nos avergüenza y la tiramos a la basura

a veces pienso que a la literatura le sobra audacia


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 10 de julio de 2012

Mujer de palabra y víctima de la inseguridad





            La señora Sandy espera el remís. La señal convenida: dos toques cortos, un espacio y un bocinazo largo al final. «Si no es así, yo no me fío. Haga de cuenta que no existo», había dicho la señora por teléfono. Frenada en la puerta, un toque corto. Ahora el segundo. La señora Sandy espera y cuenta los segundos con cada golpe del corazón. El auto contratado se va sin cumplir el pacto.  El corazón ha dejado de latir.

viernes, 29 de junio de 2012

Puma en mi cabeza




        Cómo nace un lector de poesía



            El recuerdo me llega siempre como debe ser: sin aviso. Una vez que se completa en mi cabeza, la sensación es de una felicidad sin manchas. Es así: me encuentro a los cinco años de edad corriendo solo por el camping de los bancarios en Chacras de Coria. Sé que mis padres andan por ahí, pero no los veo. De pronto, llegan desde los altoparlantes las estrofas de una canción que provocan que disminuya el paso.

            «Dueño de ti
            dueño de qué...»

            Me detengo por completo, apunto las orejas con total interés y la potencia deforme de la voz del Puma Rodríguez me hace estremecer por la revelación.

            «Dueño del aire
            y del reflejo
            de la luna
            sobre el agua.

            Dueño de nada...»

            Entonces, al escuchar esas palabras, algo dentro de mí se modifica. Hay desasosiego y paz al mismo tiempo. Lo inasible y lo etéreo se aparecieron, sin comprenderlo, en forma de palabras. Fin del recuerdo.

            Una vez, alguien me dijo que la cursilería -como toda cualidad- no es esencia sino circunstancia. Más de un cuarto de siglo transcurrió para que yo viniese a comprender que, tal vez, ese fue el primer momento en que capturé la esquiva belleza de las palabras, para hacerla mía. Aunque solamente por un instante.

            Sin embargo, por la acequia de las afinidades electivas empezó a correr el agua de otras voces (y otros ámbitos). Cuando mi hermano mayor cumplió sus 15, un iluminado amigo le regaló el cassette de Parte de la religión, del genial/inefable/voluptuoso Charly García. Un hachazo en la cabeza nos hubiera ocasionado menos daños colaterales que oírle decir a su boca bicolor frases como «Tengo prejuicios que no puedo sacar/tengo un cuerpo que quiere amarte…», o eso de «Nos divertimos en primavera/y en invierno nos queremos morir…». Pero cuando todavía nos duraba la risa con el «Rap de las hormigas», una caja de música imposible comenzó sonar desde el fondo, luego un piano crudo y la batería que batía el parche como un corazón oscuro.

            «Adela en el carrousell
            y los espejos son sonrisas
            la sortija un aparato de amor…»

            Yo ya tenía la nebulosa edad de 11 años, donde no podía saber que esa extraña Adela estaba también abandonando la inocencia y que la suma de las metáforas impuras, con dos filosas elipsis (ahora lo analizo), abrían el juego grato de lo ambiguo, de aquello que pronuncia la realidad como un guante reversible. No obstante, el puente de la canción me susurró al oído un par de versos que me inquietaron.

            «Ten piedad, no seas así
            no le des patadas a los locos.
            Ten piedad no seas así,
            voy desvaneciendo sin tu amor…»

          Lo brutal y lo perverso expresados casi sin retórica, pero inaccesibles al entendimiento. A Borges le gustaba pensar que «Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía…». Para preguntarse inmediatamente: «¿a qué la diluimos en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos…»[1]. Por lo tanto, mi preadolescencia se dejaba golpear por lo poético y lo disfrutaba, además, en todo el cuerpo. Porque en esa época, la lírica me llegaba fragmentariamente como el rocío helado toca luego de que una ola se ha roto. Pero no había caso, quería entender, ir más allá. Dar el salto y sumergirme en el mar. Charly, en tanto, seguía haciéndome hermosas zancadillas.

            «La luna empieza a llorar
            y cuando todo es tan plateado
            hay colores que no pueden entrar...»

            Finalmente, el tiempo hizo su trabajo y descendí por el sótano de la poesía, conté los consabidos escalones y miré por su modesto «aleph». Entonces vi a otros animales de la mente: vi a Spinetta, a Fito, a Mateos, a Moura, a Cerati, a Bochatón y, más allá, vi a Sabina. Vi, también, a los malditos y surrealistas franceses; vi a Garcilaso, a Lope, a Quevedo, a Bécquer, a Machado y a los del ’27. Vi a Darío, a Vallejo y a Paz;  como así también a Whitman y a Eliot y a Pound. Vi a Girondo, a Marechal, a Juarroz, a Orozco. Vi a Borges mirándolos sin ver. Vi a Pizarnik, a Giannuzzi, a Sylvester y a Adúriz; como vi a Kamenszain, a Gandolfo, a Bignozzi, a Casas y a Aulicino. Vi a los poetas de Mendoza: a Bufano, a Tudela, a Ramponi; como también a Lorenzo, a Tejada y a Levy; vi, más cercanos, a Silanes, a Valle, a Rodón, a Toledo y a Ballarini. Me vi a mí mismo plegando hoja por hoja un pequeño e interminable libro de arena.

            Por eso es que cuando salí otra vez a la calle, el universo me parecía conocido, pero así y todo continué sorprendiéndome. Porque leer poesía y dejarse atravesar físicamente por las palabras es como tener un puma en la cabeza, una feliz voracidad que se repite; sin embargo, nunca es igual. Aunque sigo siendo un niño que corre perdido, tropieza con las palabras y jamás las puede atrapar del todo. Sigo siendo, en fin, dueño de nada.



            HERNÁN SCHILLAGI






[1] Borges, Jorge Luis (1997), Obras Completas III, Barcelona, Emecé.