viernes, 8 de febrero de 2019

Tu lengua lo resiste



Spinetta y los Socios del Desierto, Teatro Independencia, Mendoza, 1997.


«Esto es un desierto, asociémonos...». Corrían los años ‘90 y de esta manera, Luis Alberto Spinetta lo invitó al baterista Daniel Wirtz para formar una banda, a la que se sumó luego Marcelo Torres en el bajo. Eramos tres, también, y nos sentíamos en medio de un páramo mendocino y letal. Al mismo tiempo, nos unía de un modo tan extremo la literatura que la música era una excusa para juntarnos a hablar de Artaud, del ejemplar todo descosido de «El pesa-nervios» que yo había encontrado en la facultad, de «Las enseñanzas de don Juan», de los poetas mendocinos que lo citaban como un mantra, de cómo el surrealismo hacía que sus letras fueran un poema roto que se abría y cantaba imágenes alucinantes («Árbol, hoja, salto, luz, aproximación // Mueble, lana, gusto, pie…»). No entendíamos mucho, pero eso también formaba parte del encanto. Con nuestros veinte años éramos, además, un power trío unplugged, o bien, tres pibes enchufadísimos a la corriente alterna de los libros. Así, entramos medio temblando al teatro y subimos las escaleras hasta las económicas y oscuras butacas del Paraíso. Spinetta volvía ¿de dónde, de qué planeta distante, de qué nebulosa inaccesible? con una formación básica de guitarra, bajo y batería que recordaba a sus míticas bandas de los ‘70. «Agárrense de las muelas», dijo como intro nada inocente para «La luz te fue», y la electricidad nos sacudió: «Alimenta tus fantasías, no tus vanidades, nena...» . En un momento, alguien del público gritó que tocara «Muchacha». Entonces, el Flaco, estiró el mentón para adelante, cruzó los ojos y puso esa voz malévola y tierna del que se burla -pero avisa- para responder: «Vieja, traé la bolsa de agua caliente...». Con ironía y velocidad interestelar, este rabioso hombre de lata nos demostraba que el rock, en efecto, sí había muerto; siempre y cuando no se lo ejecutara de esa forma tan intensa como demoledora. Un recital, un recuerdo, una lengua que resiste el paso del tiempo.



HERNÁN SCHILLAGI

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