sábado, 7 de febrero de 2015

Palabras a la noche




Casi nunca sueño. Es decir, no recuerdo nada de nada cuando abro los ojos a la primera luz del amanecer. Tampoco tengo sensaciones o resabios de alguna actividad onírica del tipo corazón agitado o sudor frío. Pero me niego a aceptar con docilidad ese desenchufe total de la mente por tantas horas: «Que no puedas perder lo que perdiste / no da tranquilidad, sino vacío…», dice Luis García Montero en un poema que habla de la noche y la nieve. Además, cuántos escritores han declarado que muchos de sus argumentos geniales les fueron dictados palabra por palabra en una pesadilla inolvidable y al despertarse, sin mayor esfuerzo, se pusieron a redactar cuentos o novelas como si los copiaran de una película. No es justo, estoy condenado a un forzoso desvelo creativo. Por eso es que me molesta tanto que alguien me cuente sus sueños en el desayuno, no puedo devolverle la pelota ni soñando (valga la metáfora).

Mi abuela tenía una frase que me inquietaba bastante; llegábamos a su casa con mi mamá y sin saludar nos largaba: «He hecho un sueño terrible». No lo había tenido, sino que ella te lo edificaba. Todo un esoterismo de barrio que mi niñez no estaba preparada para entender. Así nos narraba, entre mates con sacarina y esperanzas de quiniela, apariciones brumosas de tíos o vecinas que yo no conocía. Marco Denevi pensaba que no somos los mismos de noche que de día: «Durante la noche todos somos más espontáneos, más ricos, más intrigantes, y en el fondo, mucho más auténticos…». Y sí, el día es para las obligaciones. Tal vez ese sea el motivo por el que todos porfían en rescatar el poco material que dejan en el recuerdo las imágenes confusas de un sueño. Como si esa «otra vida» a ojos cerrados tuviera una importancia real, asible, a punto tal de hacer una edición casera para lucirse con la familia. ¡Y yo que no sueño nunca!

En La vida es sueño, Calderón de la Barca convertía a Segismundo en un príncipe despiadado para luego devolverlo a su cautiverio y hacerle creer que todo no había sucedido, salvo mientras dormía.  Conclusión: los recuerdos de libertad y los actos impuros torturan al protagonista durante la engañosa vigilia. ¿Para qué soñar, entonces, si los sueños son, como la vida, «una ilusión, / una sombra, una ficción…»?

Sin embargo, no hay mañana en que mi mujer no exclame con una sonrisa tan cómplice como adormilada: «Anoche tuvimos show». La función, pues, consiste en que hablo dormido sin parar, el llamado somniloquio: conversaciones disparatadas, risas contenidas o a mandíbula batiente, gritos desaforados y, hasta una vez, silbidos temerarios. Como un testigo involuntario, mi esposa se debate en la oscuridad entre el miedo y las carcajadas. Es que es una especie de stand up comedy, aunque horizontal. Tiro palabras a la noche que, de no ser por su resignada compañía conyugal, no podría recuperar de ningún modo. A veces me sorprendo de lo que me relata, ya que no logro conectarlo con ningún aspecto de mi realidad, como cuando me acaricié el pecho y solté un «Estuve reciclándolo», o esa oportunidad en que susurré un estribillo trasnochado y misterioso: «Peltre, peltre», que me llevó a buscarlo después en Wikipedia porque no recordaba bien el significado. Soy un rapero noctámbulo condenado a olvidarse la letra luego de cada canción. No obstante, hace un par de noches hubo un cambio preocupante, ya que me di una sonora cachetada para decir con los ojos fuera de órbita: «Tuve que hacerlo». Al menos, eso es lo que confiesa mi mujer, con la vista en su café, cuando intento aclarar los hechos. Por lo tanto prefiero no ahondar más en las preguntas, ella es el mejor público que alguien con ínfulas de comediante dormido podría tener.


HERNÁN SCHILLAGI

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