domingo, 24 de agosto de 2014

El peso de Borges


Todo el que me conoce sabe que soy un editor artesanal hace más de una década. Pequeños libros de poesía –propios y ajenos- han pasado por mis manos, más precisamente por las yemas de mis dedos, para plegar hoja por hoja, marcar las solapas, doblegar cada lomo, encolar hatos de infinita poesía emergente y abrochar los bordes de un sueño lúcido. El paso final es llevarlos a la imprenta para refilar los cantos con la guillotina. Sin embargo hay un penúltimo escalón antes de que los libritos pierdan la cabeza del todo: como las tapas quedan algo bolsudas y combadas por el pegamento, bajo de mi biblioteca los cuatro tomos de las Obras Completas de Jorge Luis Borges y se los tiro encima durante toda la noche, porque «Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. / La mano que esto escribe renacerá del mismo / vientre…», dice cíclicamente el autor. Así, la presión borgeana aplasta -a punta de puñal, espejos, laberintos, haikus, tankas, milongas y sonetos- toda una producción tan autogestiva como inesperada (en el sentido de que nadie espera un poemario ignoto). Pero quiero pensar que la alucinante prensa improvisada de cada uno de los tomos filtra en la oscuridad y alinea, sin imposiciones, un universo naciente de estrellas fugaces, aunque cargadas siempre de los deseos más luminosos.



HERNÁN SCHILLAGI

1 comentario:

Jorge Ampuero dijo...

Borges, siempre certero y entrañable sin duda.

Saludos.