nido en la garganta
escucho el aleteo de las palomas
sobre el parral de febrero
ramitas vienen ramitas van
para construir un nido que se oculta
de los depredadores
su torpe arquitectura se basa
en apilar cada miedo en sostener lo frágil
en conocer el vacío y hacerle frente
con unos huevos a punto de explorar
todo un espacio aéreo de edificios
antenas cables y torres de alta tensión
escucho también el ronroneo de un gato
que hace equilibrio entre el hambre y la noche
el picoteo de los chimangos en el aire
el chapoteo de unos gorriones
y el deletreo sobre un teclado
que apila mensajes de supervivencia
y afila una por una las palabras
para unas palomas y su nido
HERNÁN SCHILLAGI, inédito
lunes, 16 de febrero de 2026
Un poema entre las palomas
sábado, 31 de enero de 2026
Cerrar un paraguas
¿Qué es lo que hace un paraguas cuando nadie lo ve? Arrumbado en un rincón del living, colgado en un perchero, o dentro del placard, el paraguas se perfecciona en la pregunta. Su inquietante forma de signo de interrogación se nos insinúa cuando vamos a buscar una campera al comienzo del otoño, o cuando corremos un sillón y, sin querer, este se cae y despliega su infausta sombra bajo el techo. Primo lejano de la sombrilla egipcia, carga injustamente con el sambenito de ofender a Ra, el dios del sol.
Acusado de meterse en los ojos de los niños, de darse aires de bastón elegante, su penitencia es haber sido creado para el olvido y para ser olvidado: en un café del centro, en la sala de profesores, sobre el asiento de un colectivo. Por mi parte, he perdido paraguas, he encontrado paraguas. Siempre recuerdo que tengo que comprar uno cuando arrecia el temporal o una amenaza persigue mi cabeza. «Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia», decía con certeza Ramón Gómez de la Serna. Pero ¿qué sucede cuando queremos guarecernos de las dudas que nos atacan y las gotas golpean, una por una, hasta formar un barro de incertidumbre en el cuerpo? Las palabras, así, se precipitan desde un idioma nublado, gris y torrencial.
¿Quién me salvará de esta pobre lluvia de ideas? ¿Qué artefacto activará su mecanismo para detener un aguacero feliz y traicionero? Juan Villoro propone una «Conferencia sobre la lluvia» cuando perdemos los apuntes y nos extraviamos en busca de ese discurso previo que nos mantiene cómodos: «La literatura es un lugar en el que llueve. He dedicado buena parte de mi vida a coleccionar chubascos literarios…». Paraguas. Singular y plural. Estallido de colores cuando todo se vuelve oscuro. Pocas palabras en castellano hablan de su función con tanta contundencia y con tanta ineficacia. ¿O será que se ofrece a los chorros que caen del cielo en vez de darles batalla? Cerrar un paraguas, entonces, es como disparar preguntas contra uno mismo. Las respuestas tampoco son un día soleado.
Acusado de meterse en los ojos de los niños, de darse aires de bastón elegante, su penitencia es haber sido creado para el olvido y para ser olvidado: en un café del centro, en la sala de profesores, sobre el asiento de un colectivo. Por mi parte, he perdido paraguas, he encontrado paraguas. Siempre recuerdo que tengo que comprar uno cuando arrecia el temporal o una amenaza persigue mi cabeza. «Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia», decía con certeza Ramón Gómez de la Serna. Pero ¿qué sucede cuando queremos guarecernos de las dudas que nos atacan y las gotas golpean, una por una, hasta formar un barro de incertidumbre en el cuerpo? Las palabras, así, se precipitan desde un idioma nublado, gris y torrencial.
¿Quién me salvará de esta pobre lluvia de ideas? ¿Qué artefacto activará su mecanismo para detener un aguacero feliz y traicionero? Juan Villoro propone una «Conferencia sobre la lluvia» cuando perdemos los apuntes y nos extraviamos en busca de ese discurso previo que nos mantiene cómodos: «La literatura es un lugar en el que llueve. He dedicado buena parte de mi vida a coleccionar chubascos literarios…». Paraguas. Singular y plural. Estallido de colores cuando todo se vuelve oscuro. Pocas palabras en castellano hablan de su función con tanta contundencia y con tanta ineficacia. ¿O será que se ofrece a los chorros que caen del cielo en vez de darles batalla? Cerrar un paraguas, entonces, es como disparar preguntas contra uno mismo. Las respuestas tampoco son un día soleado.
HERNÁN SCHILLAGI, inédito
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