HERNÁN SCHILLAGI
jueves, 13 de marzo de 2014
Aparición (sub)urbana
viernes, 21 de febrero de 2014
Un poema escondido
tinta invisible
el ácido del
limón debilita el papel
pero refuerza un
secreto una escritura esquiva
para así
encender el fuego traicionar
un pasado
presente en cada mensaje «siempre
es tarde para
llorar» dice y los ojos del niño espía
hacen un
registro fugaz aunque señero de la frase
un tatuaje sin
épica ni dolor en la piel
que igual sangra
que de todos modos se corrompe
y su cuerpo cae
como un tintero desbocado
para manchar de
certezas un juego
donde las reglas
aún no pueden ser leídas
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 15 de febrero de 2014
Esa memoria con nombre de extranjero
A comienzos de este siglo, me mudé a mi
departamento de recién casado. Teníamos tanto que escribí un haiku a modo de
inventario: «un par de ambientes / la cama el sol la mesa / y la esperanza». Entre
otras cosas, carecíamos de cable y de ese lujo mágico llamado Internet. Así y
todo, la crisis nos regaló una vecina de unos 85 años con problemas de vértigo.
Le zumbaba en forma permanente un oído y casi no la dejaba pensar. Bien
temprano a la mañana golpeaba con su mano huesuda mi ventana y me decía con
desesperación: «Nene, te acordás cómo se llamaba ese actor tan lindo que se
mató de un balazo». Había pasado toda la noche en vela, enloquecida por la
maraña del olvido y el aturdimiento. «Casado con una rubia», agregaba. Tener
una madre novelera y haber visto a Mirtha Legrand toda la infancia siempre me
han dado beneficios inesperados: «No será Claudio Levrino –le decía-, el de Un mundo de veinte asientos, que dejó
viuda a Cristina del Valle». Mientras cerraba la ventana, escuchaba un aliviado
«Gracias, m’hijo». Otras tantas veces fracasaba en mis respuestas, aunque
intentara engañarla con rodeos o aciertos parciales. La mala memoria es
perfeccionista: no recuerda y encima no permite olvidar. ¡Cuánta verdad
tranquilizadora nos hubiera arrojado Google!
No obstante, esa era una época donde la memoria secundaria (o a largo plazo)
solo se activaba con el sudor analógico de las conexiones neuronales.
Con la masificación de la telefonía móvil, sumado a
una conectividad omnipresente y todopoderosa, nuestras embrolladas cabezas teclean
a oscuras un par de datos deshilachados y el milagro sucede: Susana fue novia
de un basquetbolista de apellido Draghi, la tragedia del Challenger fue en
1986, el malo de los Silverhawks se
llamaba Monstruón, Boca tiene más clásicos ganados. Información subsidiaria que
la mente había decidido desechar por salud. Sin embargo, ahora tenemos la
posibilidad de recordar todo o, lo que es peor, de olvidar lo poco que hemos
almacenado. Como les sucedía sin mucha explicación a los habitantes de Macondo
en Cien años de soledad: un olvido creciente
provocado por una epidemia de insomnio. Al principio se contentaban con la idea
de que así les iba a rendir más la vida, pero no dormir traía una manifestación
más crítica: «cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia,
empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el
nombre y la noción de la cosas, y por último la identidad de las personas y aun
la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin
pasado…». Los libros son los guardianes de la memoria, decían los antiguos, pero
los maravillosos buscadores de Internet, ¿no nos convierten en fundamentalistas
del dato chequeado tanto como en parásitos de un cerebro extranjero?
Hasta no hace mucho podíamos entretenernos en una
reunión tratando de recordar el nombre de una banda o de una serie vieja.
Cuando el grupo es grande, los temas de conversación en común -más allá del meteorológico-
no abundan. Ahora, ante toda duda, cualquiera desenfunda su celular
«inteligente» y pone en práctica ese verbo inédito y asombroso: googlear. La posibilidad de la polémica,
del intercambio de experiencias y del conjunto de asociaciones disparatadas se
esfuman en menos de un segundo. Por eso nunca me banqué del todo a He-Man. El
tipo era el hijo del rey, todo musculoso y con un séquito de hábiles ayudantes;
pero ante el menor de los peligros sacaba una espada, la alzaba fálicamente para
tener el poder y convertirse de este modo en un bronceado fortachón. Así
cualquiera es el amo del Universo. Como un Alzheimer elegido, entonces, ¿cuánto
de la pereza del príncipe Adam reservamos para los recuerdos? ¿Nos espera solo
ser rencorosos y no memoriosos como recita el miserable slogan de la diva de
los almuerzos?
Reconozco que la invención de la rueda no nos
atrofió las piernas ni por asomo en tantos siglos, aunque sería interesante
poner en la palestra un nuevo fenómeno: la vacilación nemotécnica. Nadie
asegura un dato sin haberlo rastreado antes en el buscador que, por cierto,
devuelve más errores que certezas. Sospecho que el periodismo ya adolece
viralmente de este vicio. ¿Seremos capaces de recuperar, en la caja negra del
pasado, el par de pistas que necesitaremos para activar el Google? Hablamos desde el temor y la incertidumbre. ¿Podremos
perdonarnos semejante omisión? Así tendremos que rememorar quién fue el causante
de nuestro mal para luego tomar revancha. Aunque Borges nos haya avisado precisamente que «el olvido es la única venganza y el único perdón». Por lo
pronto, ya siento otra vez que golpean mi ventana en busca de respuestas.
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 8 de febrero de 2014
Archivos revelados
Leo la novela de una amiga que me pasó por correo
electrónico. Pulso un «like» más o menos meditado en un poema inédito que
alguien colgó en el muro de Facebook. Me enredo en un comentario de largo
aliento tras un ensayo recién posteado en un blog literario. Marco detalles, tiro
de las hilachas, insinúo propuestas de trabajo. Pero hay algo que es cierto
aquí: todo lo compartido en las redes sociales o soportes virtuales es
borrador. Un borrador expuesto y vulnerable.
Más allá de los aparentes poderes de congelamiento
que poseen los archivos en formato PDF, lo leído en la pantalla tiene un
carácter de estado de intervención permanente. El cursor titila anhelante al
borde de una palabra y el puntero del mouse inquiere al texto como una maestra malhumorada;
entonces la tentación de sugerir un final diferente, cambiar una palabra de
lugar o eliminar una rima involuntaria se nos impone. Al mismo tiempo, lo
redactado carga con el sambenito de encontrarse en una etapa de muestreo, con
carteles subliminales que nos mendigan el favor de la lectura. Nuestro tiempo
es valioso, verdaderamente. Sobre todo cuando tenemos que apartar la vista de
la última pelea mediática o del morbo musicalizado de los noticieros para leer -con
gesto perdonavidas- un trémulo y expectante archivo. ¿Somos lectores más
activos o estamos enfermos de vanidad correctora?
En El
caballero inexistente, de Ítalo Calvino, todo un ser invisible se creaba a
partir de la conformación de una nube de voluntades abandonadas por el resto de
los mortales y se metía en una reluciente armadura: «Era una época (la Edad Media ) en la que
la voluntad y la obstinación de ser, de marcar una impronta, de rozarse con
todo lo que es, no se usaba enteramente…». Por lo tanto, ¿hacia dónde se van los
fragmentos de nuestras «no del todo ganas» de leer un libro ajeno en el procesador
de texto? ¿Este esfuerzo lector nos da derecho a una ojeada de soslayo y a la consabida
crítica constructiva? Es más, este modo de leer resulta tan mutante como horizontal.
Antiguamente, una persona subrayaba el libro, hacía anotaciones en los márgenes
o en libretas cajoneadas en el olvido, y luego quedaba satisfecho con solo intercambiar
sus apreciaciones con un amigo en el café. El escritor quedaba fuera de todo,
pero también a salvo. La impresión en papel, el supuesto filtro editorial y los
elogios de las presentaciones envolvían auráticamente (si existe la palabra) a
la obra. Por más críticas o elogios que surgieran, el libro ya estaba
publicado: «Nada puedo hacer, ya no me pertenece del todo», les he escuchado
decir con alivio a algunos poetas. Ni siquiera podemos aspirar a vender los
originales en un futuro –si nuestro amigo artista la pega- en Mercado Libre o
subastarlos ante los fetichistas del error que coleccionan esperpentos
literarios. Los documentos virtuales no dejan trazos para comerciar.
Desde hace unos años, el propio autor es el que
envía en un adjunto su «obra en construcción». Así, el lector incauto (amigo/pariente/conocido/¡follower!) recibe un tipo de lectura que
no desea, pero que lo incluye. Quizás viene a ser un reemplazo ralentizado del
otrora género epistolar. Cartas con cara de libro que esperan correspondencia
inmediata y fulminante. Intuyo, por tanto, que ya no se escribe igual tampoco:
el lector (no tan) ideal se encuentra allí, al alcance de la mano, tan manchada
de tinta y de esperanzas. Por eso, no puedo dejar de agradecer la confianza que
un autor deposita en mí cuando me arroja un archivo que aguarda –en el ida y
vuelta- ser revelado codo a codo entre tanta oscuridad y distracción. Ya lo
escribió Mario Benedetti y lo cantaron mejor Sandra y Celeste: «Somos mucho más
que Word».
HERNÁN SCHILLAGI
martes, 28 de enero de 2014
Helada basura virtual
Hago limpieza en cajones hinchados de papeles,
cartulinas y cuadernos. El verano nos vuelve irascibles ante el acopio atolondrado
del año y queremos descargar en bolsas negras un pasado sin épica. Somos la
cigarra que le canta canta liviana a las hormigas con sol y fabula lastimosa
con el frío. El polvo disimula las hojas arrugadas, la esperanza puesta en la
tinta sobre la pulpa. Todo va a parar a la basura, pero mis ojos antes hacen un
escaneo emocional. Pruebas, apuntes, borradores, carteles: «Una tumba caótica /
de cosas abandonadas a sí mismas / que demora en cerrarse», dice Joaquín Giannuzzi
frente a los desperdicios urbanos. De pronto aparece un diskette de tres y
medio pulgadas, sí, ese cuadro negro con un círculo metálico como un carozo
desabrido. Nada escrito en la carátula, ninguna boca donde insertarlo para que
ponga en funcionamiento su obsoleta forma de almacenar. No me liga ningún
recuerdo a este ni a ningún diskette, ya olvidé sin culpa un par de pendrives
llenos de virus. Nadie, en su sano juicio, alcanzaría a encariñarse con estos
objetos. Si los arqueólogos han sido capaces de recuperar una cultura con un
jarrón hecho trizas, qué revelarán estos dispositivos digitales dentro de mil
años. La tecnología nos libera espacio y nos ahorra el peso de la nostalgia. ¿Qué
nos pide a cambio, entonces? El tiempo hace su trabajo de hormiga y el invierno
no está tan lejos como parece.
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 10 de enero de 2014
La inteligencia del supersticioso
Somos desobedientes por naturaleza. Uno de nuestros dedos –el índice con seguridad- tuvo que tocar esa estufa al rojo vivo, o esa brasa candente para que aprendiéramos, sin retorno, a no curiosear con todo lo que nos saliera en el camino: «Tuto, nene», me decían las viejas de la familia. El mismo índice también quiso sentir de cerca la velocidad filosa de unas aspas de ventilador e introducirse hasta en esos agujeritos misteriosos de la pared que hacen funcionar la tele y la heladera: «Este se busca siempre la huevada», se quejaba mi madre.
Algunos dirán que la desobediencia y la curiosidad es lo que nos ha hecho avanzar como especie: pudimos controlar el fuego, curar enfermedades y viajar hacia la Luna. Sin embargo, estar sanos y vivos es lo que nos permite realizar cada una de estas proezas. Así de simple. Contrario a lo que la ciencia, la historiografía y la propia luminosa razón detentan para sí; pienso que es la superstición la que nos volvió los seres más evolucionados de la faz de la Tierra. Cruzo los dedos y avanzo.
No quiero adentrarme en cuestiones teológicas ni esotéricas. Me interesan las creencias populares que nos vuelven más despiertos y nos alejan de la estupidez supina o, al menos, nos salvan la integridad de la cabeza. «Pero si ser supersticioso es la ignorancia más grande que hay», me dirán los escépticos. Es cierto, y no tanto. «Siempre soñar, nunca creer / eso es lo que mata tu amor», cantaba precisamente el Flaco Spinetta en «Superchería». No sé si el amor, pero sí podría matarnos cualquier anhelo un tacho de veinte litros desde la altura de cinco metros. Conocida es la superstición de «No pasar por debajo de una escalera», ya que el mito dice que se forma un triángulo (símbolo sagrado si los hay en cuanto a religión o pirámides), entonces, para conjurar el mal, había que escupir tres veces luego de atravesarla. No sé ustedes, pero antes de salivar en la vía pública prefiero rodear ese «triángulo fatal» y de paso evitar la caída de herramientas ampulosas o el cuerpo mareado de un albañil con sobrepeso.
Así, las frases cabuleras de los mayores resultan ser un breve manual de higiene y seguridad que nos acompaña para estar a salvo de nuestra imprudencia innata: «Nace el hombre con la astucia / Que ha de servirle de guía- / Sin ella sucumbiría, / Pero sigún mi esperiencia- / Se vuelve en unos prudencia / Y en los otros picardía…», delegaba Martín Fierro a sus hijos. Sabido es que los consejos paternos son una brisa inocua que entra por un oído para salir inmediatamente por el otro. Sin embargo, disfrazar de hechicería y mala suerte una lección arbitraria nos regala salud y dinero. La sal, por caso, fue históricamente muy difícil de conseguir. Ha sido objeto de impuestos, monopolios y de guerras. Si hasta el jornal de los obreros se pagaba con cloruro de sodio. He allí la palabra «salario» para ser más convincentes. ¿Alguien duda, ahora, por qué se corrió el rumor desde el 3.500 a.C. de que derramar sal trae mala suerte? Pura economía del hogar, señores. Lo mismo pasa con los siete años de mala suerte asignados por romper un espejo. Lo que debemos leer entre líneas es: «M’hijo, dejate de joder con los espejitos que salen un ojo de la cara».
Cuántos ojos habremos ganado, además, con el sortilegio ese de «Abrir un paraguas bajo techo es de mala suerte». Como también proferir que nunca un cuadro debe estar torcido en una pared. Insisto, cuidar el correcto funcionamiento de nuestro cerebro trae buena fortuna. Cerrar las tijeras luego de usarlas, ya que en la antigua Grecia se creía que la moira Átropos cortaba con las tijeras abiertas el hilo de la vida. ¡Por favor! Cientos de manos y pies tan intrépidos como distraídos esquivaron el tajo gracias a este artificio mágico. Taparse la boca al bostezar trae buena suerte, porque así no se mete el demonio (ni las moscas, agrego yo). Un sombrero sobre la cama o los zapatos sobre la mesa es un mal presagio para sus dueños. Le quedará la mente en blanco en el primer caso y la repentina muerte en el segundo. ¿O es que así el sombrero zafaba de ser aplastado y era más pulcro comer sobre una mesa sin barro ni piedritas?
«Toca madera, / cruza los dedos, / toca madera», ironizaba un aflamencado Serrat, para avisar más adelante: «Nada tienes que temer / pero nunca están demás ciertas precauciones». Y sí, aunque no está comprobado, alguna vez hubo una comisión de iluminados que realizó un inventario tan certero como fascinante para que nuestros cuerpos transitaran lo más inmunes por este espinoso e inestable mundo. Por lo tanto, cubrieron de miel sibilina cada una de las normas profilácticas y ahorrativas para esparcirlas por todos los hogares susceptibles de accidentes domésticos. Porque la superstición (superstitio, superstitionis) en la Roma de los Césares era aquello que todavía estaba en pie por encima de una situación. El supersticioso, por tanto, era un superviviente. Su significado abarca las observaciones demasiado escrupulosas de la realidad. Pero prefiero pensar que, en vez de utilizar esa mirada como un amuleto milagrero, los humanos hemos tenido la suficiente inteligencia para ponernos sobre aviso ante los peligros cotidianos con gracia y fantasía. Aunque un gato negro se nos atraviese en la calle y nos toque el trece en el turno de la carnicería.
miércoles, 1 de enero de 2014
La novela del poema
escribe sobre un
cuaderno a rayas
y un alambre
espiralado sujeta
punto por punto los
caracteres anónimos
de una mujer que
ve la novela y copia
reproduce en
trazo grueso los episodios
remanidos urgentes
y melodramáticos de la jornada
como si fuera un
diario extranjero en su cocina
que espera ser
repatriado escribe «hoy se besaron
ella no lo ha
perdonado del todo» y da vuelta
la página como
un corte comercial
aunque percibe
su papel áspero en la historia
la birome de la
mujer corre azul por las líneas
salta los surcos
regados de tinta lavable hasta llegar
al margen
inferior y clavarse sin más en la materia
irresuelta de su
pasado para así tener la oportunidad
de alterar desde
el plagio la caligrafía de sus sueñosHERNÁN SCHILLAGI
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