Viernes de una semana cargada de trabajo. Para darle un cierre de plomo, había programado dos exámenes escritos para un tercero y un cuarto de secundaria. Un joven y trémulo monstruo de setenta cabezas, con sus ciento cuarenta ojos, me espera desde la madrugada. Nervios, un insomnio mal disimulado, voces confundidas en busca de la respuesta precisa. Más como un reconocimiento que una estrategia, anoto en la pizarra los nombres de los personajes, palabras de ortografía inusual y debatimos un poco acerca de la historia. Trato de no preguntarles en ese momento si les gustó el libro, ya que a nadie le agrada el remedio antes del efecto. Luego de la evaluación, viene una alumna de cuarto y me dice: «Profe, ¿puedo sacar el celular?». Entonces me comenta que quiere contarle a su madre lo que hemos charlado sobre el desenlace de la novela. «Pasa que se ha quedado intrigada con el final…», y agrega: «Nos gusta leer los libros juntas».
Conocido es el pasaje de la novela «El juguete rabioso», de Roberto Arlt, donde un descarriado Silvio Astier se mete a robar en una biblioteca de escuela, pero mientras manotea ejemplares, se da el tiempo para leer en voz alta algo sobre Baudelaire. Hombro con hombro con su cómplice, comparte la voz extraña de un poeta maldito que les habla desde otro siglo para decirles que no están tan solos, que la belleza no tiene moral: "Yo te adoro al igual que la bóveda nocturna / ¡oh! vaso de tristezas, ¡oh! blanca taciturna...". Han venido por su valor monetario y se lo llevan a la casa por su hermosura. Quizás, hacer leer y obligar a rendir un libro sea el desencuentro más inquietante que un docente tenga que afrontar. También, es una apuesta en la ruleta del conocimiento. Y algo más.
Por eso, escalón por escalón, renuevo el desafío y trepo hasta tercer año. La carga en el maletín ya no es solo de peso, sino de explosivos. El sol ha salido hace rato y me recibe un alboroto entre alegre y desencajado. El recreo y el azúcar los deja así, por suerte. Intento conversar, fibrón en mano, sobre la obra. Repito estrategias, resuelvo dudas y aclaro normas para el examen. La novela aborda un tema muy sensible y los chicos están afilados en sus comentarios. Las semanas anteriores, habíamos leído entre todos varios capítulos, intercambiando las voces, apuntando núcleos narrativos, personajes y conflictos. Graciela Montes propone la lectura como «La gran ocasión» para construir sentido, para ser más ágil en puntos de vista, para ser más libres, en fin, para edificar un lugar en el mundo. «Leer vale la pena…», tira en modo eslogan con honesta lucidez. Leer, agrego yo, también es una valiosa oportunidad de estar solos, pero sin egoísmo. No obstante, al tocar el timbre y ver cómo una nueva pila de hojas crecía sobre el escritorio, un alumno se acerca tímido, con una sonrisa de dientes apretados. «Nos encantó el libro…», me dice, y comienza a explicarme que la mamá lo ayuda siempre a leer los libros, aunque, esta vez, tenían que detener su lectura porque se emocionaban en algunos capítulos. Le di la mano en forma de agradecimiento, pero el corazón se me salía por la boca de ternura y revelación.
Salgo de la escuela, mientras pienso que voy hacia otra contractura en la espalda por las horas de corrección. Entro a mi casa y me estaba esperando «Archipiélago», el nuevo libro de Mariana Enriquez sobre su formación lectora. Recorro las primeras páginas y descubro esta frase como una isla del tesoro: «Leer es una conversación con alguien que te entiende…».
Dos libros diferentes, dos alumnos que no se conocen, dos lecturas compartidas y dos madres que comprendieron que el amor puede caber entre dos tapas de cartón y un manojo de hojas blancas manchadas de tinta feliz.
HERNÁN SCHILLAGI (inédito)
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domingo, 24 de agosto de 2025
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jueves, 24 de febrero de 2022
Un poema después de la tormenta
Soneto decapitado
Vi derrumbarse a las Torres Gemelas
vi derrocar a tiranos sin fin
vi derribar el Muro de Berlín
vi caer sin sorpresa hasta mis muelas
No vi tropezarse a la farolera
no vi la infame caída de Rosas
no me encontré a Dios en todas las cosas
ni miré para abajo en la escalera
pero una tarde helada de granizo
de nubes negras lluvia y correntada
como piedra del castillo de Gondor
vi caerse la cabeza del cóndor
porque el cielo feroz así lo quiso
y mis ojos ya no vieron más nada
HERNÁN SCHILLAGI
domingo, 13 de septiembre de 2020
Sakura
Vereda rota. Esquina abandonada con el techo caído y las paredes sucias. Un semáforo alterna sus tres flores eléctricas a un costado. De pronto, como si fuera una placa chillona de Crónica TV, saco el teléfono y escribo: «Estalló la primavera». Entonces, registro la foto del cerezo a las apuradas para así capturar: el final de un invierno desnudo y el comienzo de otra cosa, desconocida y prometedora.
En Japón, la sakura (el florecimiento de los cerezos, los ciruelos, los durazneros o los almendros) simboliza la belleza y la fugacidad de la vida. Por eso, los samuráis veían a los pétalos como gotas de sangre. Sigo leyendo en Wikipedia y veo que, también, bajo esta sombra luminosa, los japoneses se reúnen con familiares y amigos para reflexionar sobre el paso del tiempo, la muerte y celebrar el valor de estar vivos.
Pero aquí estamos en otra parte del mundo, hermosa, contradictoria, con otras costumbres. Así, una lluvia blanca y rosa cae en una esquina abandonada, sobre una vereda destruida por la erosión de tantos pasos que se arrastran, aunque no hay escándalo ni tradiciones. Solo salimos para barrer. Por eso doy estos graznidos incomprensibles en forma de palabras, hasta que el poeta Matsuo Bashō me tira una pista con solo tres versos: «Lluvia de flores / un cuervo busca en vano / su nido».
HERNÁN SCHILLAGI
lunes, 8 de junio de 2020
Algunas frases que dejó la cuarentena
*No hay gmail que por bien no venga.
*Tanto va el dedo a la tecla que al final se envía.
*A cada chancho le llega su COVID.
*Si te gusta el videollamado, aguantate la interferencia.
*Y en la calle codo a codo, somos mucho más que tos.
*La letra con plataforma virtual enter.
*Más vale virus conocido que virus por conocer.
*Tapabocas vemos, caras no sabemos.
sábado, 23 de mayo de 2020
Un viaje cargado
Si en el viaje de vuelta del aserradero, luego de cargar en la chatita Fiat 1500 anaranjada unos tablones de MDF y dos rieles metálicos para el proyecto «Biblioteca Familiar», el fletero te cuenta con la nariz fuera del barbijo que fue combatiente de Malvinas, que vio al Espíritu Santo mientras buscaba un milagro para su hija enferma y que se probó de 11 en Independiente de Avellaneda; serán los 300 pesos mejor invertidos de este año. «Y un corazón no se endurece porque sí...», cantaba el Indio Solari.
domingo, 3 de mayo de 2020
Romance del prisionero en cuarentena
Que por mayo era por mayo,
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
Cuando sale a la baranda
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
Sino yo triste, aislado,
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
Sino por una mirilla
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.
ANÓNIMO
sábado, 25 de abril de 2020
Héroes no tan anónimos
Salgo a la calle de la cuarentena. Un mapeo cerebral anterior me asigna un itinerario conocido y peligroso: cajero automático, Rapipago y carnicería. Pero antes de enfrentar el exterior, me calzo un tapaboca y unos anteojos oscuros como si fuera el yelmo de una armadura perdida.
Mi clandestinidad involuntaria avanza hasta la cola del cajero. A los cinco minutos pasa el de la farmacia en bicicleta y me saluda tras su visera de acrílico: «¡Hernán!», grita. Lo miro pedalear y apenas le respondo con la mano. Luego voy al Rapipago, la fila es corta. Sale alguien de pagar, lleva barbijo negro y, cuando pasa a mi lado, me reconoce: un compañero de trabajo. Entro y camino hasta la ventanilla, una mujer con la vista en la pantalla me recibe las boletas. «La primera cuota de la luz y abril de la Muni», le digo. «Bueno profe», me contesta. Mientras le paso la tarjeta de débito, me cuenta que fue alumna mía hace una década. Última parada, la carnicería. Llego con los anteojos empañados y el tapaboca medio corrido. Atienden de a una persona, así que espero en la vereda mientras una mujer compra carne molida. Se da vuelta y me dice: «Hola, Hernán. ¿Todo bien?». Una simpática compañera de la primaria descubre mi identidad de superhéroe atribulado y venido a menos.
Bruno Díaz, Clark Kent, Diego de la Vega; qué difícil la hubieran tenido en estas épocas tan virósicas y prosaicas. La cuarentena nos ha desarrollado un sexto sentido de escaneo, captura y procesamiento de datos. Así no hay incógnito que resista.
HERNÁN SCHILLAGI
HERNÁN SCHILLAGI
lunes, 13 de abril de 2020
Un rayo en la casa
Ante la falta de diario para encender el fuego, buenas son las amarillentas fotocopias con las que atiborramos a los estudiantes año a año. Recuerdos de lo concreto en un ambiente virtual.
Sin aviso, la poesía me salió al encuentro y se dispuso a encender los leños de mi aislada -y en cuarentena- imaginación: «Todas las casas son ojos / que resplandecen y acechan...». Nadie puede negar que el poeta Miguel Hernández conocía bastante acerca de lo que es luchar y del tránsito de una angustia incomprensible.
Los troncos, entonces, se quemaron hambrientos en mi parrilla: «Y a un grito todas las casas / se asaltan y se despueblan...». ¿Existirá un noticiero más actualizado que un buen libro de poemas? Pero con una diferencia sustancial, la esperanza es lo que vende, no la catástrofe: «Y a un grito todas se aplacan, / y se fecundan, y esperan».
Nunca en esta casa un asado había ardido tan bien con el calor de un rayo que no cesa.
HERNÁN SCHILLAGI
domingo, 5 de abril de 2020
Llamadores
Viernes (o como se denomine este día en cuarentena): salí al patio luego de cinco horas de un trabajo tan virtual como sanguíneo: todo enviado. Como decía el poema de Amado Nervo: «¡Vida, nada me debes! / ¡Vida, estamos en paz!». De este modo, el sol acarició mi faz (de aquí en adelante, sigo citando al gran Amado), estiré un poco los brazos y, de repente, me dio una furia gimnástica: «Voy a hacer diez largos por el patio», me dije, como si fuera a arrojarme a la pileta de un club. Fui y volví con pasos enérgicos de una punta a la otra, desde la Pelopincho hasta el chulengo (estas palabras siempre me sacan una sonrisa). Pero en una de las pasadas, estrellé mi cabeza contra uno de llamadores de ángeles. El tintineo alterado me asustó más que el suave golpe, e hizo que alzara los ojos.
Entonces, me puse a mirar lo que colgaba de mi parra, más allá de un par de racimos maduros y una rama rebelde: vi un atrapasueños insomne, un llamador de caña bastante asoleado, otro que traje de Córdoba con el yin y el yang como un aviso. También vi una calabacita invertida que encontramos en la Alameda que hace sonar a unos surís de cerámica. Llamadores de ángeles: una forma humilde de traducir el idioma del viento. Vi también, y para variar el paisaje, una jaula blanca que jamás tendrá un pájaro adentro, con un malvón que estira en silencio sus extremidades fuera de los barrotes.
Para el final, mientras contenía la respiración, vi un llamador de amatista azul que compramos el mismo día que nos dieron el análisis positivo de embarazo de mi mujer. Nos ha acompañado con sus toques cantarines y sutiles en todas las mudanzas durante 19 años. Así, ha trinado como un jilguero colgado de barrales, techos y banderolas. Agudo y frágil, pero salió airoso de mil batallas, no sin un par de cicatrices. Dicen que la amatista tiene un valor emocional, energético. Para mí es un testimonio sonoro que nunca me permite olvidar en cada repique alegre: «que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: / cuando planté rosales, coseché siempre rosas...».
HERNÁN SCHILLAGI
HERNÁN SCHILLAGI
martes, 14 de enero de 2020
Hanzel en un brete
Todas las mañanas sacudo el mantel en el patio y Piquito, un gorrión de plumas marrones con manchas blancas y negras, viene a completar la tarea de orden y limpieza. No tengo bien en claro si me está esperando desde temprano, apostado como un comensal furtivo entre las ramas del paraíso de la vereda; o se encuentra ocupado en sus menesteres ornitológicos y siente la obligación de suspender sus faenas -la edificación de un nido o la resistencia de un gusano- para que el piso reluzca con los primeros rayos del sol. Por el momento, su timidez rasante, como su veloz desconfianza, no han permitido que lo retrate con la alta definición exigida en estas redes: solo fotos movidas de una realidad común y corriente. Soy un Hanzel en apuros que sale al bosque suburbano y ve cómo sus migas, con ínfulas de GPS, se pierden en el camino y lo dejan recalculando.
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 13 de diciembre de 2019
Carteles y sorpresas
Breve
caminata de mañana fresca por San Martín. Sorpresas y carteles: un
intento de castellanizar en homenaje a "Stan" Lee, una falta de tilde en
una pescadería que bien podría proponer un oficio peligroso; como
también, una panchería pícara que se cuelga de un famoso y ofrece
tamaños llamativos. De repente, alguien tropieza. Una remolacha en medio
de la vereda es una trampa resbaladiza. ¿O era una beterava? Quizás era
el corazón de la ciudad que me andaba contando chistes.
HERNÁN SCHILLAGI
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 8 de febrero de 2019
Tu lengua lo resiste
Spinetta y los Socios del Desierto, Teatro Independencia, Mendoza, 1997.
«Esto es un desierto, asociémonos...». Corrían los años ‘90 y de esta manera, Luis Alberto Spinetta lo invitó al baterista Daniel Wirtz para formar una banda, a la que se sumó luego Marcelo Torres en el bajo. Eramos tres, también, y nos sentíamos en medio de un páramo mendocino y letal. Al mismo tiempo, nos unía de un modo tan extremo la literatura que la música era una excusa para juntarnos a hablar de Artaud, del ejemplar todo descosido de «El pesa-nervios» que yo había encontrado en la facultad, de «Las enseñanzas de don Juan», de los poetas mendocinos que lo citaban como un mantra, de cómo el surrealismo hacía que sus letras fueran un poema roto que se abría y cantaba imágenes alucinantes («Árbol, hoja, salto, luz, aproximación // Mueble, lana, gusto, pie…»). No entendíamos mucho, pero eso también formaba parte del encanto. Con nuestros veinte años éramos, además, un power trío unplugged, o bien, tres pibes enchufadísimos a la corriente alterna de los libros. Así, entramos medio temblando al teatro y subimos las escaleras hasta las económicas y oscuras butacas del Paraíso. Spinetta volvía ¿de dónde, de qué planeta distante, de qué nebulosa inaccesible? con una formación básica de guitarra, bajo y batería que recordaba a sus míticas bandas de los ‘70. «Agárrense de las muelas», dijo como intro nada inocente para «La luz te fue», y la electricidad nos sacudió: «Alimenta tus fantasías, no tus vanidades, nena...» . En un momento, alguien del público gritó que tocara «Muchacha». Entonces, el Flaco, estiró el mentón para adelante, cruzó los ojos y puso esa voz malévola y tierna del que se burla -pero avisa- para responder: «Vieja, traé la bolsa de agua caliente...». Con ironía y velocidad interestelar, este rabioso hombre de lata nos demostraba que el rock, en efecto, sí había muerto; siempre y cuando no se lo ejecutara de esa forma tan intensa como demoledora. Un recital, un recuerdo, una lengua que resiste el paso del tiempo.
HERNÁN SCHILLAGI
domingo, 7 de octubre de 2018
El miedo se parece a una paloma sobre tu reja
Justo terminaba de quitarme los auriculares y apoyarlos sobre la mesa, cuando un grito desgarrador vino desde la calle para entrar con todo su filo a mis orejas todavía adormiladas. Como buen descendiente de italianos, siempre pienso en una desgracia antes que otra cosa. Nunca falla. Un portazo que se cerró sin aviso por el viento, para mí es un disparo lleno de pólvora y odio. Pensar lo peor hace que todo, luego del sobresalto, sea un hermoso malentendido. La sangre siciliana y argentina que corre mezclada por mis venas hace que viva con el Jesús en la boca. Sin embargo, este aullido fatal en la mitad de la mañana, salió de una herida abierta y se cortajeaba en los oídos como si un puñal estuviera revolviéndose con saña. Corrí espantado hacia la ventana, vi pasar tres cabezas adolescentes que se reían, aunque un manchón a contraluz me distrajo la visual. Una paloma posada en la reja no dejaba de mirar para adentro de mi casa. Con una fragilidad extrema, el animal se sostenía sobre sus dos patitas. Me acordé, por supuesto, del personaje de «La paloma», de Patrik Süskind donde, la sola presencia de ese bicho alado en su habitación, tomaba proporciones de una pesadilla pavorosa. Le saqué medio tembloroso un par de fotos y abrí la puerta. El mecánico de enfrente también se había asomado y, entre los dos, convenimos que el escándalo había sido un juego de los chicos que pasaban. Le mandé, entonces, la foto a un grupo amigo y uno me preguntó si aún no había visto la serie «Zoo». Cuando le contesté que no, comencé a ver en el borde superior de la pantalla de mi teléfono un trabajoso «Escribiendo, escribiendo…». El mensaje, con todas sus alertas, por fin llegó: «Los animales dijeron 'ya basta'». Casi al mismo tiempo entró la foto de otra amiga, donde un aguilucho acechaba la tranquilidad de su hogar. Un grito feroz, una paloma inquisidora, mensajes cruzados y la mañana que aporta luz a los miedos oscuros que anidan en mi pecho. Los sustos que me hubiera ahorrado si el nono Francesco no hubiese venido desde Palermo, desde ese pequeño pueblo enclavado en la montaña que, justamente, se llamaba Rucca Palumba.
HERNÁN SCHILLAGI
miércoles, 15 de agosto de 2018
Sálvate, Marty
Caminaba por Patricias Mendocinas de Ciudad, me sonó una notificación y, mientras sacaba el teléfono del bolsillo, una mujer me preguntó la hora. Miré la pantalla y tardé dos segundos más de lo que correspondía. Motivos: eran las 9.41. No sabía si ser preciso, o decirle "Son las diez menos veinte", o redondear para abajo. Opté por la imprecisión: "Son las 9.40". Pero lo que de verdad hizo que me detuviera en seco y que, por un rato, no me salieran las palabras; fue que creí anonadado que estaba ante una viajera del tiempo. ¿Qué otra persona, por lo tanto, enfrenta las calles del siglo XXI sin un celular? Podría entrar en detalles de tipo social y político. Cambios. Hoy vas entrar en mi pasado, decía el tango.
HERNÁN SCHILLAGI
lunes, 9 de julio de 2018
Ladrón de mi cerebro
Son pocas las sorpresas que a un pueblerino le pueden ofrecer sus veredas rotas y levantadas, sus árboles añosos y mal podados, su arquitectura baja y deslucida. Más allá de algún tropiezo inusitado, uno camina y camina con las boletas en una mano y con el corazón en la otra, tratando de que la vista se anime a dar un salto o, al menos, se desvíe de una rutina de planicie y pavor. Tal vez, las paredes rayoneadas sean una posibilidad sin arte, pero con precisión. Cuando mi mamá me llevaba a la escuela primaria, un grafiti de caligrafía firme prometía: «Seremos como el Che». Mi cabeza de niño no podía entender los meandros históricos y políticos del mensaje; pero una cuadra antes, ya ansiaba verlo, leerlo y darle forma silenciosa en mis labios a ese futuro simple. Luego, ya en mis veinte, cerca de la cancha, había otro que profanaba una pared de estilo colonial: «Chaca, ladrón de mi cerebro». Aquí sí sabía quién era el Chacarero, la referencia ricotera cargada de fanatismo, además de los magros resultados deportivos en el ascenso nacional que le trastornarían la cabeza a cualquiera.
«Y la ciudad, ahora, es como un plano / de mis humillaciones y fracasos…», gustaba comentar Borges de Buenos Aires. Sin embargo, toda urbe pequeña, o pueblo grande (que no es lo mismo, aunque se parecen), vive en «modo selfie» continuo; es decir, con la mirada puesta en uno mismo en primerísimo plano. Así, nos conocemos en escala 1:1 los detalles más escabrosos, nos contamos hasta la última de las costillas y se nos borronea el resto. Pues bien, hace unas semanas, alguien subió a las redes sociales una fotografía tomada por un dron, ese vehículo aéreo comandado a distancia; un juguete que los nenitos de mi generación ochentera hubiésemos dado un brazo por tenerlo. La foto en cuestión retrataba el festejo popular por un triunfo de la Selección en el Mundial de Fútbol. El resultado fue revelador y confuso, una conmoción efímera de belleza inesperada que me llevó a decir: «Esto no se parece a mi ciudad…». El dron te mejora hasta la cara del más feo, pensé, como también transforma la mirada que teníamos de las cosas. El valor de lo precario se sustenta en la lejanía, como esos rockeros veteranos que tienen un «buen lejos» solo en el escenario.
Traigo a la memoria las panorámicas del puente de Brooklyn, las tomas nocturnas de la Torre Eiffel, o aquella desde el Támesis para mostrar una Londres majestuosa. Insisto, los pueblerinos no estamos acostumbrados a esas postales, nos quitan el aliento tanto como nos dejan afuera. Por lo tanto, el dron, al borrar todo pormenor inconveniente, te roba también una parte del cerebro, esa que nos advierte de las decepciones y la frustración. «Una mirada desde una alcantarilla / puede ser una visión del mundo...», decía Alejandra Pizarnik; en qué consistirá, entonces, la rebelión de mirar lo cotidiano sin engañarse. Amar lo conocido y transitado con sus defectos más ominosos. Quiero una herida que no sea la calle donde nací.
«Y la ciudad, ahora, es como un plano / de mis humillaciones y fracasos…», gustaba comentar Borges de Buenos Aires. Sin embargo, toda urbe pequeña, o pueblo grande (que no es lo mismo, aunque se parecen), vive en «modo selfie» continuo; es decir, con la mirada puesta en uno mismo en primerísimo plano. Así, nos conocemos en escala 1:1 los detalles más escabrosos, nos contamos hasta la última de las costillas y se nos borronea el resto. Pues bien, hace unas semanas, alguien subió a las redes sociales una fotografía tomada por un dron, ese vehículo aéreo comandado a distancia; un juguete que los nenitos de mi generación ochentera hubiésemos dado un brazo por tenerlo. La foto en cuestión retrataba el festejo popular por un triunfo de la Selección en el Mundial de Fútbol. El resultado fue revelador y confuso, una conmoción efímera de belleza inesperada que me llevó a decir: «Esto no se parece a mi ciudad…». El dron te mejora hasta la cara del más feo, pensé, como también transforma la mirada que teníamos de las cosas. El valor de lo precario se sustenta en la lejanía, como esos rockeros veteranos que tienen un «buen lejos» solo en el escenario.
Traigo a la memoria las panorámicas del puente de Brooklyn, las tomas nocturnas de la Torre Eiffel, o aquella desde el Támesis para mostrar una Londres majestuosa. Insisto, los pueblerinos no estamos acostumbrados a esas postales, nos quitan el aliento tanto como nos dejan afuera. Por lo tanto, el dron, al borrar todo pormenor inconveniente, te roba también una parte del cerebro, esa que nos advierte de las decepciones y la frustración. «Una mirada desde una alcantarilla / puede ser una visión del mundo...», decía Alejandra Pizarnik; en qué consistirá, entonces, la rebelión de mirar lo cotidiano sin engañarse. Amar lo conocido y transitado con sus defectos más ominosos. Quiero una herida que no sea la calle donde nací.
HERNÁN SCHILLAGI
martes, 17 de octubre de 2017
Con textos de encierro (y poesía)
***FERIA DEL LIBRO DE MENDOZA 2017, V Festival Internacional de Poesía de Mendoza – Jueves 12/10/2017 – Penal Almafuerte, Luján de Cuyo***
La jornada del jueves 12 de octubre -y haciendo un poco de honor a lo que conmemora el día acerca de la diversidad cultural- trasladamos el «V Festival Internacional de Poesía de Mendoza» hasta el penal Almafuerte. Llegamos con la poeta chilena Melissa Carrasco, pasamos los controles y, por fin, nos encontramos con un sonriente Facundo López enfundado en su campera negra. El frío, el viento y la lluvia del llano, se había desplazado hacia la montaña. ¿Podrán las palabras transmitir algo de calor? Escuela del penal, patio con galerías donde unos 50 alumnos nos miraban expectantes. Algunos tomaban mate, otros se acercaban a saludarnos. Facundo dijo unas palabras de bienvenida, no solo a nosotros, sino a la misma poesía.
Melissa abrió la tanda de lectura con uno de los poemas de su libro «Plantas». Yo hice lo mismo con un texto de mi libro «Gallito ciego». Así, fuimos alternando las voces, aunque también tratábamos de hablarles a los internos, de mirarlos a los ojos, de recordar uno por uno esos rostros. Risas, silencios, gestos de sorpresa y un aplauso agradecido al finalizar cada poema. Invitamos, luego, a que Facundo López leyera de su nuevo libro «Niños que corren a explotar», y fue un instante de descubrimiento para todos los alumnos. En medio de la lectura de un poema, vi cómo unas gotas se mezclaban con las letras. Le dije a Melissa Carrasco que cerrara y, con el último verso, una breve granizada puso el punto final.
Después, entrevista en la Biblioteca para la revista «Demoliendo fronteras» que hacen los profesores con el aporte de los chicos del penal. Allí recordamos al «Festival Internacional VaPoesía», pionero en acercar la lírica a lugares no convencionales, hablamos de nuestra historia con la escritura y, para nuestra sorpresa, nos pidieron que escribiéramos un poema donde expresáramos lo que nos había provocado estar en Almafuerte. Dos internos, Leo y David, nos acompañaban en silencio. David apretaba un cuaderno a rayas contra su pecho mientras oía la entrevista. Le pregunté si escribía y dijo que sí, que eran poemas a la madre de su hijo. Dio vueltas el cuaderno y comenzó a leer. Sus palabras sonaron a libertad, o como el diccionario quiera llamar a la poesía. ¿Podrán estas palabras, entonces, transmitir algo de calor y traspasar el encierro? La respuesta, seguramente, la vamos a encontrar -como quería Bob Dylan- soplando (y leyendo, agrego yo) en el viento.
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 21 de abril de 2017
Volante ofensivo
Sufro al manejar. Mejor dicho, ir al volante de un automóvil me genera fastidio, cansancio y una concentración excesiva de cirujano con Parkinson. Cada pedal apretado es un corte de bisturí a la piel del asfalto. Cada luz o cambio de velocidad, una sutura desprolija. De este modo, niego la herencia familiar de un abuelo chofer de micros que llegó a hacer viajes temerarios en coche hasta el otro lado de la cordillera. Por eso es que, cuando me bajo del auto, en mi cuerpo se ha dado una batalla sorda a los gritos. Servicial ante nadie, derrotado ante todos: manejo a pesar de mí, ya que me ofende de modos inexplicables. ¿Será que prefiero ser de los que miran el paisaje y fantasean con que son transportados a otras dimensiones? ¿Seré un rockstar en desgracia que ha perdido su limousine? ¿Por qué no me sucede como a Fabián Casas en sus poemas?: «Acelerás despacio, / el aire en la cara te reconforta…», para preguntarse luego: «¿Qué es lo que hace / que una vida funcione y avance?». Estoy seguro de que el poeta es de esos conductores presuntuosos que guían solo con la derecha, y la izquierda la llevan colgando por la ventanilla para ofrecerla al sol de la ruta. Hago giros a diestra y siniestra, bajo y subo las luces, abro puertas para cerrarlas después, freno y avanzo. En fin, conducir y conducirse. «Primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento…», decía el tango. No puedo dejar de pensar, entonces, que esos versos son las más certeras lecciones de manejo que jamás se han escrito.
HERNÁN SCHILLAGI
miércoles, 8 de febrero de 2017
Tiene un mensaje sin leer
Llegué al mediodía a mi casa, luego de una mañana completa de exámenes psicofísicos que me habían pedido en el trabajo. En el escalón de la puerta estaba alguien esperándome: una paloma. Nada extraño. Sin embargo intenté abrir y ella ni se movió siquiera con el tintineo del llavero. La miré bien y tenía un anillo naranja en la pata derecha. No sabía qué hacer ni qué decir. «Deja la vida volar, / tu boca junto a mi boca, / paloma, palomitay», me graznaba Víctor Jara del otro lado de la cordillera, o de la existencia.
De un saltito llevó sus plumas grises a pasear por la vereda. Pasó la vecina de la farmacia y cuando le quise consultar me dijo: «Les tengo fobia, chau». De pronto, el vecino de al lado salió en la bici y me explicó que no era cualquier «bicho», sino una paloma mensajera. «Debe estar perdida», dijo don Hugo. La Primera Guerra Mundial se nos había trasladado al este de Mendoza. «Qué hacemos», le pregunté, mientras el alado animal ya cruzaba «a pie» la calle y daba muestras claras de sus dificultades para volar. No se dejaba atrapar por ninguno de nosotros. Entré a mi casa y a internet -otra forma extraña de hogar sustituto- y me enteré de que hay que darles agua y comida, llamar a la asociación de colombófilos y pasarles el número de identificación que está en el anillo. Luego tener paciencia, mucha, como había tenido yo esa mañana cuando la «otorrina» me había estirado la lengua con su mano enguantada, mientras me pedía que vociferara vocales abiertas a las cuatro paredes del consultorio.
Por supuesto, la paloma se escapó. Pero antes de entrar, le pregunté a don Hugo -medio en broma- cuál sería el mensaje que me había traído el pájaro y no pude leer: «Seguro que uno bueno», sentenció y comenzó a pedalear con tranquilidad. En vez de sonreírle, tragué saliva y un dolor lejano me hizo acordar de los tironeos de lengua de la doctora, como si las palabras dejaran un residuo punzante en la raíz antes de empezar a volar por el aire hasta los oídos de los demás.
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 28 de enero de 2017
El celular de otro
Estoy en la terminal de una ciudad desconocida con el pasaje de regreso en una mano y la valija en la otra. El micro lleva una demora de cuarenta minutos. Una mujer, con los atuendos típicos del Altiplano, bate en mi oreja el parche de un pequeño tambor -o caja- mientras habla con su amiga. Es como un corazón que expone sus latidos. «Pum», «pum, pum». No para. Nervioso miro la hora, chequeo mensajes, rastreo la señal débil, mientras la batería se va a pique. Guardo el celular en mi bolsillo. «Pum», «pum, pum». De pronto saco el teléfono y mis ojos no lo pueden creer, ya que todos los datos están en un idioma tan extranjero como extraño. Acentos por todos lados: circunflejos, invertidos, hasta subidos al techo de las consonantes. Alguna lengua eslava o romance perdida en el este de Europa. Me siento un agente encubierto de la Guerra Fría que ha olvidado su misión. «Pum», «pum, pum»; esta vez los golpes son en mi pecho. Pero, en verdad, soy más como Vicente Holgado, ese personaje madrileño de Juan José Millás que un buen día se despierta y sus pensamientos son de un tipo irreconocible, promiscuo y en francés. «La memoria de otro», se llama el cuento. Intento enviar un texto y el teclado se resiste a escribir como Cervantes manda. «Me cambiaron el celular», pienso, y con la ayuda de los íconos trato de entrar en la configuración; sin embargo, no hay manera de cambiar el idioma. Las opciones son inteligibles para mi cabeza y cada vez que aprieto algo un desastre se precipita en la pantallita. Hasta que «pum», la batería se muere y todo queda negro. Levanto la vista y los vivos colores de la mujer del tambor me estallan en la cara como una epifanía material e insoportable: se puede cambiar de espacio, de tiempo, hasta de celular; pero la lengua madre siempre se refugia en el miedo. Toda madre es un breve terror intraducible que siempre nos va a acompañar en cada latido, en cada silencio.
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 27 de enero de 2017
Aquí la poesía
Dos jornadas completas de música y de poesía. También de músicos y de poetas, que no es lo mismo. Porque el verdadero encuentro fue ese, la voz en distintos formatos, intensidades y, sobre todo, tonalidades: catamarqueños, jujeños, santafesinos, salteños, tucumanos, cordobeses y mendocinos, por supuesto. Subir a un escenario llamado Armando Tejada Gómez, leer ante 150 personas, oír los silencios y los aplausos ante mi lectura de pie, el abrazo al bajar, además de las generosas palabras de aliento del público y los colegas. Texturas visuales que las fotos no pueden atrapar. «Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá», se preguntaba un plateado Charly García. Quizás porque la distancia la imponen los que callan y miran para otro lado. Quizás porque abrazar música y poesía en Cosquín, sea el modo de darle un inmejorable nombre a una celebración, es decir, «Encuentro Nacional de Poetas con la Gente». Gracias a Jorge Felippa y a Patricia Coppola por la invitación y la oportunidad.
HERNÁN SCHILLAGI, San Martín, Mendoza, 27/01/2017
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