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viernes, 2 de agosto de 2019

Manchas en el cielorraso

  

Para dormir, mi abuela me preparaba la cama en la antigua habitación de mi tía. Rodeado de muñecas, restos de actos escolares, carpetas y pilas de ropa vieja sobre las sillas; trataba de acostumbrarme al relieve del colchón vencido. A la mañana me despertaba el resplandor que venía del patio de luz. Abría los ojos y observaba el techo. Me quedaba así un rato largo. El cielorraso se había llovido tiempo atrás y las manchas de humedad se convertían en mapas de navegación, dragones voladores, conejos deformes saltando de nube en nube. Pienso que a todos nos cuesta conformarnos con la primera versión de las cosas. La literalidad me capturaba las palabras, pero no las imágenes. 
   La visión que tenía de mis abuelos paternos era la de una imagen simbólica, una metáfora de la felicidad duradera que les estaba negada a mis padres. Mis viejos eran esa mancha en lo alto que no cambiaba de forma. Solo podía esperar de ellos corrosión y derrumbe. Por eso, tal vez, cuando me encontré el último de los cuadernos de mi abuela, las palabras se me hacían borrosas hasta florecer en moretones de una piel nocturna. Así, yo iba adivinándoles el contorno entre el violeta y el amarillo verdoso. La rotura de los vasos capilares sin que la sangre saliera a la superficie volvía la lectura en una callada sala de emergencias.
   De este modo abrí ese cuaderno Gloria, de Gloria, sin Gloria ya, y con bastante pena. Tendría que haber utilizado una pinza y guantes esterilizados para dar vuelta cada página como hacen los coleccionistas de incunables. Sin embargo, mi primera lectura fue brusca, febril, exaltada. Por otro lado, no conocía otra manera de leer cuando se trataba de mi abuela y su caligrafía.

HERNÁN SCHILLAGI
Fragmento de "Los cuadernos de Gloria", (Ediciones Culturales, 2017)

lunes, 22 de octubre de 2018

Palabras para Gloria



¿Saga familiar?, ¿novela de aprendizaje?, ¿novela policial?, ¿novela pop?, ¿autobiografía velada?, ¿narración enmarcada? En apretadas 108 páginas, la narración que ofrece el autor a sus lectores tiene aditamentos de todas las clasificaciones enumeradas que, como un alquimista, ha sabido pasar por el alambique de su estilo conciso, transparente y libre de golpes bajos y sentimentalismos a pesar de que la argamasa de su texto está constituida por recuerdos propios ficcionalizados.

Hay quienes dicen que el mejor modo de salir de un laberinto es hacia arriba. Schillagi escapa de la madeja familiar y de sus redes afectivas, contradictorias pero firmes, de manera descarnada. El objetivo es documentar un rencor. Paradójicamente, toda la novela lo llevará al otro extremo del arco donde la reconciliación es posible a través de la palabra y la memoria.

Por supuesto, Hernán es otro. Es Franco. Un niño que se parece muchísimo al primero, pero vive su propia historia de papel en la que el autor ha editado su infancia a la manera de un niño: exagerando, mintiendo un poco e inventando lo suficiente para crear personajes muy singulares: Gloria, el Negro, Antonio; personajes, repito, que viven situaciones límite en el marco de la cotidianidad cansina de un pueblo y una finca.

PAULA SEUFFERHELD, 20/10/2018. Presentación de "Los cuadernos de Gloria", de Hernán Schillagi, Feria del Libro de Mendoza 2018.

sábado, 4 de agosto de 2018

El nombre de los cuadernos




NOTA 4/EL NOMBRE DE LOS CUADERNOS


MI ABUELA Gloria era poeta. Más precisamente, una poetisa. La diferencia marcada del género femenino va más allá de los ejercicios con que las maestras nos torturaban en la primaria: «abad/abadesa», «zar/zarina», «poeta/poetisa». Estoy seguro de que mis compañeros no sospechaban ni por asomo lo que significaban esos pares de palabras. Pero yo, al menos, conocía uno: poetisa era Gloria, y me daba orgullo decirlo. Aunque ella no hiciera nada distinto a las demás abuelas. Tejía, amasaba los fideos y nos cuidaba algunas tardes. Sin embargo, ser mujer y poeta en una pequeña ciudad de provincia no era lo esperado. Aunque poetisa, sí; ya que debía ser la que escribía, en sus momentos de ocio, versos en la siesta mientras esperaba al marido que regresara del trabajo. Versos dedicados a las cuatro estaciones del año, a los árboles, a los héroes de la Patria, a las calles del pueblo, a la madre, a Dios, a los hijos y, conforme al inevitable envejecimiento, a los nietos. Cómo no.
Una de las primeras palabras que aprendí a leer en mi vida fue «Gloria». Llegaba a la casa de mi abuela y, sobre la mesa blanca, se destacaba siempre el anaranjado de un cuaderno pequeño, además de los colores de la bandera argentina y unas letras enormes en blanco. «Esos cuadernos son míos», decía mi abuela cuando yo quería rayar el cuadriculado con los primeros palotes. Entonces sacaba del armario unas etiquetas de vino para que dibujara en el dorso. Pero yo quería saber qué decían esos cuadernos. Cuando el alfabeto se me volvió posible, mis ojos deletrearon la palabra «Gloria» en la tapa. Mi naturaleza textual hizo que volviera hasta mi propia casa para comprobar si había cuadernos con los nombres de «Teresa» o «Antonio». Solo encontré unos azules sin nada en la tapa, salvo un entramado retorcido de telarañas. Mis padres llenaban de columnas numéricas cada una de las hojas.
Después, Gloria me había dicho que le gustaban esos cuadernos porque no todo el mundo puede ver su nombre estampado en mayúsculas. Compraba siempre los de tapa blanda, papel obra, de 48 hojas cuadriculadas. Por más que en ellos copiara una receta, escribiera el borrador de una carta, o anotara la lista del almacén; jamás se le había ocurrido utilizar otros de mejor calidad o más extensos. Con los años había almacenado cientos y tirado otros más, pero no tenía un orden ni un lugar único donde guardarlos. Siempre había uno sobre la máquina de coser o entre las antenas del televisor. Tenía una especie de costumbre compulsiva, volvía a escribir todo el crucigrama del diario a uno de sus cuadernos. Día a día, como en un rito verbal, trazaba los cuadros negros y los blancos, para después resolver las consignas. Su excusa era tan lógica que nadie se atrevió nunca a discutírsela: «Por si alguien quiere hacerlo después». Así y todo no había otra persona en la familia que se le animara a las palabras cruzadas. Cuando mi abuela se iba a tender la ropa, yo buscaba algún cuaderno y aparecían dioses nórdicos, símbolos de la tabla periódica, ciudades de la antigua Persia que poblaban las carillas. Nunca vi un solo poema, pero sabía que los fijaba en los cuadernos Gloria.
***
La obra poética publicada de mi abuela se resumía en cinco poemas distribuidos en tres plaquetas y una antología grupal. Firmó siempre con el apellido de casada, sin olvidar el «de» en el medio luego de su nombre. Esto la encumbraba también en la cima de la inefable categoría de poetisa. Un poema al río Tunuyán, otro al general San Martín y un soneto dedicado a Alfonsina Storni; le valieron reconocimientos en diferentes certámenes. Luego, cuando tenía ochenta años, una asociación de poetas jubilados la invitó a participar con dos textos para un libro. Debía pagarse su página para que fuera posible la edición. La noche que presentaron la obra en conjunto, leí rápidamente los poemas sin hallar lo que buscaba. Uno hacía referencia a los cosechadores y el otro describía una alameda en otoño. Sin embargo, ninguno hablaba de mí. 
En esa velada, uno de los viejos poetas que había organizado la antología se acercó con un vaso de vino para hablarme. No paraba de referirse a su pasado triunfal, plagado de premios ignotos y dudosos laureles oficiales. Hasta que me lanzó la aciaga pregunta: «¿Vos también escribís poesía como tu abuela?». Cómo habrá sido la cara que le puse y el tono de mi voz para decir que no, que estiró –sin soltar el vaso− su mano derecha en mi hombro y me dijo a modo de confesión: «No te preocupés, Gloria no escribió poemas hasta que se mudó a la finca». La finca de la calle La Posta, pensé, adonde en vida había sido enterrada.


HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017)

viernes, 25 de mayo de 2018

Sobre "Los cuadernos de Gloria"



HERNÁN SCHILLAGI deleita con ‘Los cuadernos de Gloria’, una novela sencilla, amena, emotiva, que mereció el primer premio en su géne
ro, del Certamen Literario Vendimia 2017.
La prosa, llana, precisa y para nada mezquina, está exenta de adornos así como de golpes bajos, tentación siempre posible debido al tema.


El relato, en primera persona, da cuenta de las peripecias de un niño, tan querible y sincero como los otros personajes, particularmente la abuela Gloria. Entre otras virtudes, hay una escandida dosis de ternura, de alegría de vivir y de crítica que permiten la identificación desde la primera página.


A medida que se avanza, el autor nos sumerge en ese único paraíso que es la infancia y que, aun cuando ha sido dolorosa, la revivimos en los momentos gratos tanto como en aquellos que nos dejaron una marca, un sello, más la loable posibilidad de reflexión sobre la condición humana. 


La solidez narrativa, la capacidad para elegir el material literario de ese mare magnum que es la memoria y haber encontrado el tono, que se mantiene de una punta a la otra, hacen de esta una novela inolvidable y da cuenta, una vez más, de la madurez de nuestros escritores.


Los personajes se nos quedan y dialogan con los propios de cada uno. Es que, a la vez que Schillagi nos atrapa con la verosimilitud de un relato bien contado, subyace un texto aleccionador, desde un tiempo y un lugar que, por la calidad, se torna universal.




ANDRÉS CÁCERES, periodista y escritor

miércoles, 28 de febrero de 2018

La vida enterrada


ALGUNAS PERSONAS llevan recorridos muchos kilómetros, pero esto no quiere decir que sus vidas sean un viaje. Ella lo piensa mientras cierra la ventana de la cocina. Las verduras ya están listas. El vapor se ha disipado y ahora, con el aceite de oliva, dibuja caminos dorados sobre el puré. «Si tuviera a quién contarle qué es lo que vi en mi último paseo». Sin embargo, no hay un nieto, una hermana ni un vecino para desanudar las palabras que se le trenzan en el pecho.
 Tal vez, unos ojos se puedan acercar distraídos desde el alféizar de la ventana hasta la mesa, luego tomar asiento y servirse lentamente un vaso de vino común. Los ojos no son capaces de escuchar ni de beber –eso está claro–, pero tienen la posibilidad de arriesgarse a leer lo que los labios dicen y transcribirlo [...]

HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017)

sábado, 24 de febrero de 2018

Bitácora secreta


DIBUJAR HISTORIETAS supone un doble encierro para las palabras. El cuadro, en primer lugar, contiene el dibujo y los diálogos, como un cerco que juega a ser ventana a la vez. Por otro lado, el globo, ejecuta un segundo cerrojo a lo que dicen los personajes. Siempre me gustó la forma en que los italianos eligieron dar nombre al cómic: «fumetti». Es decir, una nubecilla, un humo se interpone ante el silencio para que las palabras sean posibles. La idea de lo efímero es más evidente, más real. Porque tenemos la ilusión irresponsable de que lo dicho se disuelve en el aire. «Uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio», me decía Gloria en ocasiones. Este viejo aforismo no funcionaba para las viñetas que yo delineaba desde los diez años con detectives en apuros. Todos conocen que los pensamientos pueden leerse en las historietas, solo hay que hacerlos salir en globos pequeños de la cabeza del personaje y rodearlos con una nube espesa. Mis investigadores privados, entonces, se cuidaban mucho de pensar, pero por alguna inexplicable razón tenían la facultad telepática de descubrir a los asesinos siempre que regresaban al lugar del crimen. Pero dejé los dibujos cuando tomé conciencia de que las historietas me interesaban menos que las historias. Eso sí, las palabras siempre portan cadenas. Pesadas cadenas [...]


HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017).