miércoles, 29 de abril de 2026

Tránsito animal

 

 


Pasé y las vi. En realidad, no entendí lo que mis ojos se habían topado tras la luz verde, esa que nos deja seguir hacia las preocupaciones del día: una mancha oscura y efervescente adosada al semáforo. «¿Qué hacen allí esas avispas?», me pregunté. Quizá, en su vuelo de hambre y producción melífera, una roja luz les indicó un alto en el camino y lo vieron como un hogar luminoso, cambiante.           

No es por moverles el avispero a los incautos transeúntes, que pasan con la cabeza gacha por miedo a ser aguijoneados por los precios altos, ni avispar a los agentes municipales de diversión nocturna, pero temo que en ese camoatí han instalado un boliche. Zumbidos libidinosos, bailes con palabras de miel, rodeos seductores y meneos de “cinturita de avispa” (¡claro que sí!) se dan cita en esas paredes hexagonales de fibra vegetal.

Lo que más suena entre el amarillo, el rojo y el verde: Sting y una de Los Ratones Paranoicos de los 90: «La avispa, / llega a mi mente cuando / dejo de hablar…». Por eso me quedé mudo cuando me acerqué, las miré con fascinación y sentí la picadura en una parte de mi cerebro. Dignas de una comedia de Aristófanes, encaramadas sobre un cíclope multiplicado, estas avispas disparan frases punzantes en el buscador mental: «Año de avispas, bueno para las viñas», dice el refrán popular; «La abeja y la avispa liban las mismas flores; pero no logran la misma miel», leo a golpe de teclado; como también ese aviso de Shakespeare: «Si soy como una avispa, mejor ten cuidado con mi aguijón».

Por eso, como un semáforo en medio de la noche, trato de encontrar luces y significados, mientras los autos pasan sin advertir —ni respetar— las señales.

 

HERNÁN SCHILLAGI