Nunca
había pasado tan poco tiempo entre un mundial y el siguiente. Porque, si
tenemos en cuenta la finalización del glorioso Qatar 2022 y este de 2026
repartido entre México, Estados Unidos y Canadá, aún nos faltaban seis meses
para llegar a diciembre y que se cumplieran los cuatro años completos. Es
decir, Argentina tendrá la corona de campeón medio año menos que cualquiera que
la haya portado antes. Por eso, no había clima mundialista en las semanas
previas: ninguna bandera colgada, nada de camisetas en las vidrieras, ni una
gigantografía acartonada de nuestros héroes. «Primavera con una esquina rota»,
tituló una de sus novelas el gran Mario Benedetti. ¿Quién nos va a devolver ese
pedazo de calendario, ese trozo de cima perdida, esa porción de gloria ajena e
inolvidable? En fin, que la pelota empezó a hacer de las suyas con sus
caprichos y misterios, para ser honrada con gambetas, pases, goles y, así,
nadie la manche, como decía un poeta.
Siempre que empieza este torneo, el
más importante y popular del planeta, me pregunto qué páginas hubiera sumado
Eduardo Galeano a «El fútbol a sol y sombra» (perdón que me puse un poco
uruguayo). El autor llegó a presenciar el Mundial de Estados Unidos 1994 y ya se
expresaba en tono crítico sobre el calor extremo y cómo se achicharraban los
jugadores para satisfacer los horarios centrales de Europa. No sé si se habría
imaginado estas piadosas «pausas de hidratación», que son aprovechadas para
invadir con publicidad nuestro frágil y seco sistema nervioso. En «El hincha»,
decía con certeza: «En este espacio sagrado, la única religión que no tiene
ateos exhibe a sus divinidades…». Ahora, las deidades son los productos que se
suman a los carteles luminosos que rodean la cancha. De sacro, solo nos queda
el huesito dulce de tanto estar sentados a la espera que reanuden el partido.
Sin embargo, hablaba más arriba de
alegría recortada, de una gloria que nació en el calor del desierto y se chocó
con este frío junio del hemisferio sur que nos congeló la sonrisa dorada con
sus tres estrellas. «¿Qué diría el mundo si dios / lo hubiera abandonado así…?»,
decía Alejandra Pizarnik en un poema llamado «El ausente». Hasta que vino Messi,
dijo presente y decidió completar el tiempo arrebatado en solo noventa minutos para
que la felicidad se triplicara con pases filtrados, amagues inauditos y goles
al ángulo, o, mejor dicho, golpes de reparación milagrosa a esa esquina rota de
un arco imposible. Que disfrutar sea un modo de aliento, para que los brotes de
una primavera completa invadan este invierno que recién comienza.
HERNÁN SCHILLAGI




