La
consigna es clara, también tramposa: «Narrar tu primer recuerdo en unos diez
renglones». Con la excusa de un tema del programa —la biografía y la autobiografía— obligo a mis estudiantes a realizar un ejercicio
de memoria. Atrás quedó la teoría sobre una mirada retrospectiva narrada en
primera persona. Atrás, los conceptos de hibridez genérica entre la realidad y
la ficción, o de la dualidad del narrador con el personaje protagonista. Atrás,
también, las lecturas a modo de ejemplo como «Vivir para contarla», de García
Márquez: «La vida no es como uno la vivió, sino la que uno recuerda y cómo la
recuerda para contarla…», o la frase de Neruda en «Confieso que he vivido»: «Estas
memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así
precisamente es la vida…».
Recordar, entonces, a través de un intermediario:
la literatura. Por eso me inquieta tanto el título que Yukio Mishima eligió
para su novela autobiográfica: «Confesiones de una máscara». ¿Puede una
autobiografía ocultar más que un cuento? Escribir para poner en claro una
borrosa anécdota personal que, al ser narrada, se transforma en algo que los
demás pueden reconocer como propio. Si no hay emoción, el encanto se pierde. Así,
aparecen caídas épicas en bicicleta, travesuras con finales de hospital, juegos
infantiles sin retorno, incendios de bajo perfil, abuelas magas con trucos de albahaca
y azafrán. Poco a poco, el aula se enciende y las risas ahuyentan a los
fantasmas de la rutina, aunque las palabras se anudan en la garganta y las
lágrimas comienzan a puntuar el final de cada párrafo.
Sin duda, la memoria es contagiosa, ya que el
relato de un alumno rescata de la oscuridad la vivencia de algún otro y, tras el
primer recuerdo, comienzan a sumarse hechos dormidos que piden su lugar en el
podio. Quizá, por eso, la trampa —el
engaño, el ardid o la tramoya— sea pensar que solo podemos
ser narrados desde un punto de partida y en orden cronológico: «Crecer es el tránsito de la imagen precisa / a la distorsión…», dice la poeta Claudia Masin. Contamos para disimular o moldear
lo que nos desconcierta y nos deja abatidos. Sin embargo, dejar constancia en
un papel sobre el viaje que realizamos hasta los albores de nuestra historia
permite que nos hagamos cargo de una ausencia, esa que los años con sus días,
horas y minutos convirtieron en dolor: por hermoso, por terrible, por
irrecuperable. Y cuando el dolor se escribe o comparte se parece a un baile de
disfraces donde todos han olvidado sus caretas.
HERNÁN SCHILLAGI, inédito