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domingo, 21 de junio de 2026

Mundial con una esquina rota

 


 

 

Nunca había pasado tan poco tiempo entre un mundial y el siguiente. Porque, si tenemos en cuenta la finalización del glorioso Qatar 2022 y este de 2026 repartido entre México, Estados Unidos y Canadá, aún nos faltaban seis meses para llegar a diciembre y que se cumplieran los cuatro años completos. Es decir, Argentina tendrá la corona de campeón medio año menos que cualquiera que la haya portado antes. Por eso, no había clima mundialista en las semanas previas: ninguna bandera colgada, nada de camisetas en las vidrieras, ni una gigantografía acartonada de nuestros héroes. «Primavera con una esquina rota», tituló una de sus novelas el gran Mario Benedetti. ¿Quién nos va a devolver ese pedazo de calendario, ese trozo de cima perdida, esa porción de gloria ajena e inolvidable? En fin, que la pelota empezó a hacer de las suyas con sus caprichos y misterios, para ser honrada con gambetas, pases, goles y, así, nadie la manche, como decía un poeta.

            Siempre que empieza este torneo, el más importante y popular del planeta, me pregunto qué páginas hubiera sumado Eduardo Galeano a «El fútbol a sol y sombra» (perdón que me puse un poco uruguayo). El autor llegó a presenciar el Mundial de Estados Unidos 1994 y ya se expresaba en tono crítico sobre el calor extremo y cómo se achicharraban los jugadores para satisfacer los horarios centrales de Europa. No sé si se habría imaginado estas piadosas «pausas de hidratación», que son aprovechadas para invadir con publicidad nuestro frágil y seco sistema nervioso. En «El hincha», decía con certeza: «En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades…». Ahora, las deidades son los productos que se suman a los carteles luminosos que rodean la cancha. De sacro, solo nos queda el huesito dulce de tanto estar sentados a la espera que reanuden el partido.

            Sin embargo, hablaba más arriba de alegría recortada, de una gloria que nació en el calor del desierto y se chocó con este frío junio del hemisferio sur que nos congeló la sonrisa dorada con sus tres estrellas. «¿Qué diría el mundo si dios / lo hubiera abandonado así…?», decía Alejandra Pizarnik en un poema llamado «El ausente». Hasta que vino Messi, dijo presente y decidió completar el tiempo arrebatado en solo noventa minutos para que la felicidad se triplicara con pases filtrados, amagues inauditos y goles al ángulo, o, mejor dicho, golpes de reparación milagrosa a esa esquina rota de un arco imposible. Que disfrutar sea un modo de aliento, para que los brotes de una primavera completa invadan este invierno que recién comienza.


HERNÁN SCHILLAGI

miércoles, 29 de abril de 2026

Tránsito animal

 

 


Pasé y las vi. En realidad, no entendí lo que mis ojos se habían topado tras la luz verde, esa que nos deja seguir hacia las preocupaciones del día: una mancha oscura y efervescente adosada al semáforo. «¿Qué hacen allí esas avispas?», me pregunté. Quizá, en su vuelo de hambre y producción melífera, una roja luz les indicó un alto en el camino y lo vieron como un hogar luminoso, cambiante.           

No es por moverles el avispero a los incautos transeúntes, que pasan con la cabeza gacha por miedo a ser aguijoneados por los precios altos, ni avispar a los agentes municipales de diversión nocturna, pero temo que en ese camoatí han instalado un boliche. Zumbidos libidinosos, bailes con palabras de miel, rodeos seductores y meneos de “cinturita de avispa” (¡claro que sí!) se dan cita en esas paredes hexagonales de fibra vegetal.

Lo que más suena entre el amarillo, el rojo y el verde: Sting y una de Los Ratones Paranoicos de los 90: «La avispa, / llega a mi mente cuando / dejo de hablar…». Por eso me quedé mudo cuando me acerqué, las miré con fascinación y sentí la picadura en una parte de mi cerebro. Dignas de una comedia de Aristófanes, encaramadas sobre un cíclope multiplicado, estas avispas disparan frases punzantes en el buscador mental: «Año de avispas, bueno para las viñas», dice el refrán popular; «La abeja y la avispa liban las mismas flores; pero no logran la misma miel», leo a golpe de teclado; como también ese aviso de Shakespeare: «Si soy como una avispa, mejor ten cuidado con mi aguijón».

Por eso, como un semáforo en medio de la noche, trato de encontrar luces y significados, mientras los autos pasan sin advertir —ni respetar— las señales.

 

HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 31 de enero de 2026

Cerrar un paraguas






¿Qué es lo que hace un paraguas cuando nadie lo ve? Arrumbado en un rincón del living, colgado en un perchero, o dentro del placard, el paraguas se perfecciona en la pregunta. Su inquietante forma de signo de interrogación se nos insinúa cuando vamos a buscar una campera al comienzo del otoño, o cuando corremos un sillón y, sin querer, este se cae y despliega su infausta sombra bajo el techo. Primo lejano de la sombrilla egipcia, carga injustamente con el sambenito de ofender a Ra, el dios del sol. 

Acusado de meterse en los ojos de los niños, de darse aires de bastón elegante, su penitencia es haber sido creado para el olvido y para ser olvidado: en un café del centro, en la sala de profesores, sobre el asiento de un colectivo. Por mi parte, he perdido paraguas, he encontrado paraguas. Siempre recuerdo que tengo que comprar uno cuando arrecia el temporal o una amenaza persigue mi cabeza. «Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia», decía con certeza Ramón Gómez de la Serna. Pero ¿qué sucede cuando queremos guarecernos de las dudas que nos atacan y las gotas golpean, una por una, hasta formar un barro de incertidumbre en el cuerpo? Las palabras, así, se precipitan desde un idioma nublado, gris y torrencial. 

¿Quién me salvará de esta pobre lluvia de ideas? ¿Qué artefacto activará su mecanismo para detener un aguacero feliz y traicionero? Juan Villoro propone una «Conferencia sobre la lluvia» cuando perdemos los apuntes y nos extraviamos en busca de ese discurso previo que nos mantiene cómodos: «La literatura es un lugar en el que llueve. He dedicado buena parte de mi vida a coleccionar chubascos literarios…». Paraguas. Singular y plural. Estallido de colores cuando todo se vuelve oscuro. Pocas palabras en castellano hablan de su función con tanta contundencia y con tanta ineficacia. ¿O será que se ofrece a los chorros que caen del cielo en vez de darles batalla? Cerrar un paraguas, entonces, es como disparar preguntas contra uno mismo. Las respuestas tampoco son un día soleado.
 
 
HERNÁN SCHILLAGI, inédito


sábado, 15 de noviembre de 2025

Lado B

 


Los que fuimos niños en el siglo XX, conocemos bien a qué se refiere la expresión «Lado B»: todo disco o cassette mostraba, cual moneda de cambio, dos caras. Aunque una siempre era la principal, aquella donde el «hit» esperaba que el operador de la radio no dudara. El resto de las canciones quedaba tras bambalinas a la espera de una mejor suerte. Desde la aparición del disco compacto, las nuevas tecnologías digitales arrasaron con esa costumbre hasta llevarse puesto el concepto de obra, las portadas épicas y los créditos detallados. Así y todo, tener el conocimiento de que cada objeto o idea podía portar un lado oculto, al menos nos hacía dudar. Y pensar.

En el cuento «El disco», de Jorge Luis Borges, se narra la historia de un leñador que ha perdido todo contacto con la sociedad, su cabaña está a la orilla del bosque, cierra la puerta con una piedra y cree que los barcos son casas de madera que flotan. Hasta que llega a su choza un anciano que dice venerar a Odín. El leñador lo toma como un viejo loco que todo el tiempo ha tenido la mano cerrada. Cuando entra en confianza, le confiesa que es el rey de los Secgens y que posee el disco: «Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey».

Como este monarca sin corona, quizá estemos en presencia de una nueva generación que cree, piensa, asegura que su visión de las cosas tiene una única manera, una sola forma de opinar, es decir, que la cara que perciben desde una pantalla es la verdadera sin discusión y todo lo demás es invisible. Déspotas de un trono tecnológico y virtual en la mano, se cancela toda posible complejidad, duda o resquicio para la concesión argumentativa. Reflexiones de un viejo vinagre o de un señor que atrasa los relojes, como cantaban Luca y Charly respectivamente. Puede ser. Pero algo de «inteligencia natural» que se apoya en lo tenue, tal vez sea una respuesta posible. Pongamos que hablo de poesía.

Como un artefacto vivo —o un animal electrizante—, los poemas entran a la escuela con la humildad de una moneda al fondo del bolsillo, dicen lo suyo ante unos oídos tachonados de ruido publicitario o apuestas online, y activan una maquinaria inestable de significados: «Hoy llueve mucho, mucho / y pareciera que están lavando el mundo…», lanza en plan hiperbólico Gelman. «No dejes caer los párpados pesados como juicios…», propone Benedetti ante la realidad, y —mientras Giannuzzi cranea metáforas de un futuro imperfecto para su hija: «Por la gracia de su vida / la noche comienza y el cuarto iluminado / es una palpitación de joven felino…»— Pizarnik les advierte que: «Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo…».

El egoísmo, la crueldad, el desánimo, el insulto, la mentira. El odio, si bien tiene mil caras, son rostros que siempre miran para el mismo lado: ese que nos aísla como un ermitaño en medio del bosque con la vista fija en un único árbol, ese que no se toma el tiempo de dar vuelta la mano para descubrir el reverso de su miseria.

Liliana Bodoc nos avisa en «La saga de los Confines» que el mal habla parecido a la verdad, pero que el canto lo hace retroceder: «Y lo que se rasgue de nuestra voz, permanecerá en otro sitio. Y así ha de ser porque lo verdadero tiene más tiempo y procrea más que lo falso…». Otro sitio, sí, donde la poesía sea la cara evidente de lo extraño y hermoso, el lado manifiesto de un mundo que resiste y, a punta de palabras reversibles, mantenga altas las defensas. 

 

HERNÁN SCHILLAGI, inédito

domingo, 24 de agosto de 2025

Compartir lectura




Viernes de una semana cargada de trabajo. Para darle un cierre de plomo, había programado dos exámenes escritos para un tercero y un cuarto de secundaria. Un joven y trémulo monstruo de setenta cabezas, con sus ciento cuarenta ojos, me espera desde la madrugada. Nervios, un insomnio mal disimulado, voces confundidas en busca de la respuesta precisa. Más como un reconocimiento que una estrategia, anoto en la pizarra los nombres de los personajes, palabras de ortografía inusual y debatimos un poco acerca de la historia. Trato de no preguntarles en ese momento si les gustó el libro, ya que a nadie le agrada el remedio antes del efecto. Luego de la evaluación, viene una alumna de cuarto y me dice: «Profe, ¿puedo sacar el celular?». Entonces me comenta que quiere contarle a su madre lo que hemos charlado sobre el desenlace de la novela. «Pasa que se ha quedado intrigada con el final…», y agrega: «Nos gusta leer los libros juntas». 

 Conocido es el pasaje de la novela «El juguete rabioso», de Roberto Arlt, donde un descarriado Silvio Astier se mete a robar en una biblioteca de escuela, pero mientras manotea ejemplares, se da el tiempo para leer en voz alta algo sobre Baudelaire. Hombro con hombro con su cómplice, comparte la voz extraña de un poeta maldito que les habla desde otro siglo para decirles que no están tan solos, que la belleza no tiene moral: "Yo te adoro al igual que la bóveda nocturna / ¡oh! vaso de tristezas, ¡oh! blanca taciturna...". Han venido por su valor monetario y se lo llevan a la casa por su hermosura. Quizás, hacer leer y obligar a rendir un libro sea el desencuentro más inquietante que un docente tenga que afrontar. También, es una apuesta en la ruleta del conocimiento. Y algo más.

 Por eso, escalón por escalón, renuevo el desafío y trepo hasta tercer año. La carga en el maletín ya no es solo de peso, sino de explosivos. El sol ha salido hace rato y me recibe un alboroto entre alegre y desencajado. El recreo y el azúcar los deja así, por suerte. Intento conversar, fibrón en mano, sobre la obra. Repito estrategias, resuelvo dudas y aclaro normas para el examen. La novela aborda un tema muy sensible y los chicos están afilados en sus comentarios. Las semanas anteriores, habíamos leído entre todos varios capítulos, intercambiando las voces, apuntando núcleos narrativos, personajes y conflictos. Graciela Montes propone la lectura como «La gran ocasión» para construir sentido, para ser más ágil en puntos de vista, para ser más libres, en fin, para edificar un lugar en el mundo. «Leer vale la pena…», tira en modo eslogan con honesta lucidez. Leer, agrego yo, también es una valiosa oportunidad de estar solos, pero sin egoísmo. No obstante, al tocar el timbre y ver cómo una nueva pila de hojas crecía sobre el escritorio, un alumno se acerca tímido, con una sonrisa de dientes apretados. «Nos encantó el libro…», me dice, y comienza a explicarme que la mamá lo ayuda siempre a leer los libros, aunque, esta vez, tenían que detener su lectura porque se emocionaban en algunos capítulos. Le di la mano en forma de agradecimiento, pero el corazón se me salía por la boca de ternura y revelación. 

 Salgo de la escuela, mientras pienso que voy hacia otra contractura en la espalda por las horas de corrección. Entro a mi casa y me estaba esperando «Archipiélago», el nuevo libro de Mariana Enriquez sobre su formación lectora. Recorro las primeras páginas y descubro esta frase como una isla del tesoro: «Leer es una conversación con alguien que te entiende…». 

Dos libros diferentes, dos alumnos que no se conocen, dos lecturas compartidas y dos madres que comprendieron que el amor puede caber entre dos tapas de cartón y un manojo de hojas blancas manchadas de tinta feliz.

HERNÁN SCHILLAGI (inédito)

viernes, 10 de enero de 2025

Guillermo Tell declara su nombradía

 


Siempre tuve buena puntería. Un tornillo en un tarro en el primer intento, una aceituna que vuela hacia la boca sin interrupciones, un gol del triunfo donde duermen las arañas, una media enrollada directo al canasto. Es decir, talento para acertar en lo vano, en lo intrascendente. Cuentan que el legendario Guillermo Tell no colocó solo una flecha en su ballesta, sino dos. La primera era para la manzana sobre la cabeza de su hijo, sin embargo sumó una segunda por si fallaba. Estaba dirigida al corazón del malvado gobernador que lo había condenado a una prueba tan brutal. Hasta el más certero de la historia dudaba de su capacidad y eso lo hizo un héroe inmortal.
    «Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia…», decía Borges en un poema que hablaba de la gloria literaria. Porque buena puntería no quiere decir que uno puede atinar en todas las ocasiones, sino que es una habilidad que no se nos niega del todo como otras: tocar el piano, bailar salsa, el modelado en arcilla. También, debo decir, me he destacado en más de una ocasión en abrir el hocico cuando había que quedarse callado, en tirar comentarios hirientes como dardos, o en llegar en el momento inesperado: «¡Qué puntería!», se quejaban mis padres o amigos. Y sí, ser inoportuno es una forma de dar en el clavo, pero cuando nadie lo desea.
    La memoria, así, me lleva hasta los doce años. Caminaba por el barrio con tres compañeros de la escuela. Parecíamos salidos de la película «Cuenta conmigo», pero grabada en Film Andes y con bajo presupuesto: pantalones cortos, gorras con visera, y hondas caseras en cada mano (gomeras, le dicen en otras provincias). Habíamos recorrido las vías del tren, subido a cada aguaribay o fresno para hacer un avistaje más preciso y explorado en las cunetas más profundas hasta recoger el arsenal pétreo que nos pesaba en los bolsillos. Nuestro objetivo: cualquier ser vivo, lata o botella que se nos cruzara. De pronto, una paloma enorme (el recuerdo la hace de dimensiones épicas) se posó sobre una antena de televisión. Uno de mis amigos se llevó el dedo a los labios en señal de silencio y tiró. Ni cerca. Me codeó como para continuar el desafío. Entonces saqué la mejor piedra, estiré la honda con una fuerza desconocida, tracé un cuadrante imaginario en el aire, apunté y le di, bien en el centro del pecho. Hasta llegó a escucharse el sonido seco del golpe contra las plumas. ¡Tac! La paloma abrió sus alas con una dignidad bíblica y voló. Voló sin acusar recibo del daño. Todos me felicitaron por mi triunfo de cazador furtivo, pero yo estaba feliz por otra cosa.
    Como Guillermo Tell, había tenido un segundo tiro bajo la manga: ese que acierta, pero no lastima. Pienso que quizá haya sido el primer poema que escribí: «Nuestro largo combate fue también un combate a muerte / con la muerte, poesía…», exclamaba Olga Orozco en «Con esta boca, en este mundo». Pues bien, la vida salvada de esa paloma de carne oscura y frágiles huesos fue la primera piedra que puse, justamente, en el camino hacia la poesía, camino plagado de blancos sin dar, de palabras que hacen un rodeo contra el silencio para decir lo inefable, de cotos de caza para acorralar el lenguaje y alejarlo de la mentira, de una música que advierte sobre la crueldad de los animales de la mente y, por fin, para que no nos crezca en el corazón «una bala de hielo negro», como cantaba María Elena Walsh. Porque escribir poesía no es acertar para el triunfo, se trata de estar próximo, cerca. Siempre cerca.

 

HERNÁN SCHILLAGI (inédito)