Mostrando entradas con la etiqueta ciudadficciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudadficciones. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de julio de 2012

El amor en los tiempos del dengue





Ellos son dos autómatas y se abrazan. Tienen la orden de hacer bullir el aceite de su sangre para que los mecanismos internos funcionen a la perfección. De pronto, el ojo telescópico de él visualiza a un insecto alado en la nalga de acero de su torneada co-equiper sexual. Identifica las pintitas blancas del mosquito y sin dudarlo, por una piadosa sanidad, cachetea el culo de ella. El sonido, tan dulce de perverso, los despierta y los vuelve humanos.




HERNÁN SCHILLAGI


del libro de relatos El dragón pregunta. 

martes, 10 de julio de 2012

Mujer de palabra y víctima de la inseguridad





            La señora Sandy espera el remís. La señal convenida: dos toques cortos, un espacio y un bocinazo largo al final. «Si no es así, yo no me fío. Haga de cuenta que no existo», había dicho la señora por teléfono. Frenada en la puerta, un toque corto. Ahora el segundo. La señora Sandy espera y cuenta los segundos con cada golpe del corazón. El auto contratado se va sin cumplir el pacto.  El corazón ha dejado de latir.

martes, 24 de abril de 2012

Continuidad de los fraudes




            Ser engañado es la confirmación de que el azar no existe. Algún día nos tiene que tocar. Por eso, cuando me enteré por el mayordomo de que mi mujer tenía un romance con el apoderado, entendí que el destino empezaba a escribir con tinta indeleble para ensuciarse, por fin, las manos.

            Siento ya sus pasos. Debe haber pasado la sala azul y subido por la escalera alfombrada. Puedo imaginar que todavía le arde el chicotazo de la rama en la cara. Puedo ver que el puñal le tiembla en la mano, como también puedo adelantarme unas páginas y saber qué va a continuar en la historia. Miro el parque y las hojas. Los buenos lectores somos más tramposos que los amantes furtivos.


HERNÁN SCHILLAGI

miércoles, 11 de abril de 2012

Lo que callan los espejos


           

            Entran los dos al ascensor. La puerta se cierra con un chasquido que corta el aire y abre el silencio. Se miran con rapidez y agradecen que el espejo sea una excusa para no hablar. Ahora son cuatro y son dobles las palabras a punto de decir, pero no salen. Tienen miedo de que el reflejo haga de sus frases un guante reversible. Que uno diga «Roma» y el otro escuche «amor», por caso. O peor, que una boca forme la palabra «sube» la suelte y que, por efectos de la velocidad comprimida, llegue a los otros oídos como «beso». Es el espejo el que no deja que se hablen.

            Por eso nunca fue tan oportuno este corte de luz en toda la ciudad.


HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 25 de marzo de 2012

Sola y su arma



La mujer se pone de pie. Esos golpes contradicen con furia su soledad en el universo. Camina con paso firme hacia la puerta. «Todos los seres han muerto», repiten ajenos sus labios. Abre. El libro, como un gatillo, ya le quema en los dedos.


HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 10 de marzo de 2012



Nadie se atrevió a contar qué es lo que vieron los basureros de Praga esa noche. Un bulto enorme, pero liviano llamaría la atención de cualquiera. Abrieron la colcha a la espera de algo monstruoso, aunque se encontraron con un esmirriado joven, un poco encorvado y pálido. Un cadáver común y corriente, sí, en los fondos de la respetable casa de la familia Samsa.


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 21 de febrero de 2012

Todos los poetas atrasan



Elevó la birome como una espada e hirió de pasado toda la música escondida en ese cassette. Vueltas y vueltas para agotar la mano antes que las pilas. Luego se puso a escribir un poema, pero las palabras estaban mareadas y no querían salir a bailar ya con nadie más.


HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 13 de octubre de 2011

Peter Pum





Crecer es el límite. El cuerpo de los adultos se agiganta solo para que le entre más basura. No deseo para mí un hogar, como la traidora de Wendy. Aprieto el gatillo. Pum.

Era la última cebita. Ahora me queda aprender a caminar entre tanta gente sin alas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El pequeño escribiente lavallino




Hasta que un día su padre le puso la tiza en la mano y le dijo: «Los melones ahora cuestan el doble, andá». El niño atravesó el patio. La cuenta se le enredaba entre los rulos. Esa tarde, el granizo había ensayado un malambo helado sobre el lomo amarillo de las frutas. Llegó hasta el pizarroncito, borró y escribió: «El cielo nos ha subido los precios» Y más abajo estampó un doce grande al lado de una k y un punto.

domingo, 19 de junio de 2011

El juego de las lágrimas


Luna llena. Salgo, porque así mi vestido es más luminoso. Tengo pies, pero los dejé una noche a la orilla del río para no olvidar el lugar donde tiré a mi hijito. Hace tiempo que no lloro. Siglos, tal vez. Como cuando me subía a los caballos y, con un abrazo de hielo, detenía para siempre el rumbo de los pecadores.

Mienten los que ahora dicen que me han visto lagrimear triste por las rutas asfaltadas. Solo me dejo atravesar por el filo de los autos y camiones hasta que, de tantas cosquillas, lloro de la risa.

martes, 7 de junio de 2011

Exagerada quiromancia del nuevo mundo



La gitana le dijo por dos monedas que iba a morir si viajaba en avión, que nunca se le ocurriera subir a ese Boeing 747, porque terminaría en el fondo del mar Caribe.

Entonces, la reina se hizo católicamente la señal de la cruz, despidió a la adivina y por fin le concedió la audiencia a ese genovés que la esperaba hace una semana con un huevo en la mano.

viernes, 7 de enero de 2011

Arrastrada



Una mujer como escapada de una fotografía del año 1920 contempla, en el mármol grisáceo y familiar, las borrosas inscripciones de Aquiles Arrufat, Leonides Llegat de Arrufat y Robertito Arrufat. Todos muertos el mismo año y el mismo día. Y a la misma hora, piensa la vestida toda de negro, con un sombrero en forma de turbante y un bolso que asemeja a un higo más que podrido.

Hoy tampoco les traje flores. Disculpen. Pero si les contara que todo este tiempo fui otra, me entenderían. Jugué a ser madre, tía, justiciera. También a ser feliz. Y no la arrastrada que ustedes decían. Tampoco la que supo equivocarse y recibió nada más que odio y repulsión. Hoy terminé la ceremonia que empezó la mañana que les dejé el café preparado con veneno antes de salir de nuestra casa. Les gustará saber que, desde entonces, he sido una santa.


para Marco Denevi

viernes, 22 de octubre de 2010

La tranquilidad de una madre


«Me tenés toda la noche con el Jesús en la boca», le decía la madre a su hijo que volvía tardísimo de la bailanta. Harto, el muchacho la hizo examinar por el curandero de la esquina, y luego la llevó hasta la tele a un programa charlatán de fenómenos paranormales.

La gente del barrio construyó un altar en los labios de la madre, encendió velas en su dentadura postiza y le rezaba en procesión para que los hijos regresaran salvos antes del amanecer.

Fue un milagro tanta convocatoria. Hasta que, a los dos meses, otra vecina aseguró frente a las cámaras que había visto una calle que era «una auténtica boca de lobo». Todos corrieron a fotografiar los colmillos.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La nave de cartón



La caja del viejo televisor de mi abuela, con las tapas abiertas como alas, hacía las veces de nave espacial intergaláctica. O bien podía ser una cápsula que se cerraba al vacío para los viajes sin rumbo por las estrellas. Siempre las comunicaciones con la base terrestre fallaban. A veces, el roce de la cola de un cometa me hacía dar vueltas por toda la cochera hasta dar contra el portón.

Juan verifica que todos los controles estén calibrados para el descenso. La nave que comanda despide hacia abajo unos chorros de humo gris que la hacen flotar con suavidad hasta tocar la corteza. Éste, sin dudas, es el planeta que siempre ha querido visitar.

Mi abuela me observaba. No quería que saliera lastimado de mis excursiones. Ella era un satélite atento con esa voz que se parecía a una luz intermitente en la noche. Enviaba mensajes cortos pero definitivos.

Juan pisa sin sentir el suelo. La atmósfera es un cartón que no le permite respirar bien. Su abuela le había dicho que el día que saliera de la Tierra la empezara a buscar como se busca un recuerdo. Juan nota que el volumen de oxígeno en el aire es escaso.

Estaba solo hacía mucho rato. Años luz para el niño asustado que yo era. Seguía adentro y nadie me llamaba. La cápsula había mutado de pronto en una marchita caja de un toshiba. Intenté hallar con los radares mal dibujados la voz de mi abuela en los límites de la cochera y el comedor. Nada.

Un poco antes de perder el conocimiento, Juan sintió en ese extraño pero deseado planeta, una voz que le decía «Vamos. Es hora de tomar la leche».

jueves, 19 de agosto de 2010

La máquina de hacer pasado


El presente se adelgaza más y más…
Marcela Basch

Mi vida es un flash. Cada movimiento lo capturo sin pensar y lo miro inmediatamente en el lcd de la pantallita. Mi cámara digital es la que viaja, la que baila, la que besa. Si ella no congela esas imágenes, la memoria de mi cuerpo apenas las registra. Mi presente cada vez se parece más a un hilo que pasa sin puntería por la aguja de mis emociones. Todo lo convierto en un ancho pretérito. Todo ya es pasado. «Yo fuiste aquel que hoy nomás decía», me digo -me dije- en este fugaz canto de vida y desesperanza.

miércoles, 30 de junio de 2010

Suárez y la leyenda de las cosas perdidas



La lógica lo permite. Por eso un día, Suárez comenzó a encontrarse con todo lo que alguna vez había perdido. Al principio, cosas sin importancia como unas bolitas japonesas, las llaves de su primer auto, un magiclick gastado. Luego, las botellas que había consumido, los amigos de la infancia, las novias de la adolescencia.

El control remoto lo seguía como un perrito faldero, las monedas de cinco centavos se le abultaban en los bolsillos hasta no dejarlo caminar. Suárez se mudó a casas cada vez más grandes. Compró vastos baúles sin llaves, para no tener que extraviarlas y recuperarlas después. Modificó su rostro con dolorosas operaciones, pero los viejos amores y las amistades de antaño se las ingeniaban para cruzarse en su camino. Las acusaciones de poligamia, de latrocinio y de avaricia ya no cabían en su museo ambulante y personal.

Cansado de haberse convertido en un agujero negro donde ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz podían escaparse; Suárez estiró la mano, buscó sin titubear en cualquiera de los cajones de un armario y sacó un revólver para llevarlo hasta su frente. Disparó. Nada. El arma no estaba cargada. Rastreó las balas por sus habitaciones con una sonrisa irónica. Nada otra vez.

A las cuatro horas de revisar hasta debajo de las baldosas, Suárez se dio cuenta de que estaba curado, libre de su magnetismo impiadoso. Sintió nostalgia por un breve instante. Ahora le quedaba recuperar solamente la sorpresa de los pasos perdidos de su antigua vida entregada al azar.

jueves, 6 de mayo de 2010

La rebelión de los oscuros



A poco de empezar la crisis energética, los tecnosabios descubrieron que podía extraerse electricidad del dolor y las penas de la gente. Una usina melodramática permitiría seguir viéndonos por las noches el rostro en los espejos solitarios.

Sin embargo, la unión de dos bocas en la sombra hacía apagar las heladeras. El regreso de un hijo descarriado cegaba en el acto tres manzanas de la ciudad. Hasta que un apagón general aterrorizó a la Compañía Doloeléctrica. Un ejército, entonces, salió a cantar patéticos boleros a los balcones, a empujar cartas de despedida bajo las puertas, a vocear noticias de un apocalipsis inminente por las esquinas. Ni a los inútiles faroles lograron conmover.

Cuando de repente, una luz de esperanza llegó al comité directivo. La rebelión de los oscuros sería aplastada. Pero al brindar por la idea fue tanta la alegría, que la última de las afligidas lámparas se extinguió para siempre.

sábado, 27 de marzo de 2010

Sombras de la poesía



Nadie se va del todo cuando sale de su casa. Por eso es que este mediodía, una ventana sobre una Hondita Dax casi me lleva por delante. Por suerte, yo venía con la puerta de par en par y pasó a mil hasta mi patio, donde una parra apenas se defiende de la furia de la tarde.

Ahora sé que al volver, voy a estar obligado a mirar por los vidrios de esa ventana intrusa al ocaso como una herida que sangra.

La poesía obvia no deja de perseguirme.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Última parada: Plaza Cortázar


Cuando me subís al micro quiere que lo sentamos en filas separadas. Primera. Segunda. Tercera. Pero un singular grito nos vuelvo un puño cerrado: «al fondo hay lugar». Llorás un pibe, cantamos esa vieja un bolero, temed yo una mano indebida. Hasta que algunos tocaste el timbre y las primeras personas bajan al frío de la plaza con los brazos estirados al tope para que nadie los abracemos.

domingo, 3 de enero de 2010

Lo que dura un cigarrillo



Está sentada en el umbral. Los pies separados y sus rodillas juntas hacen crecer un triángulo falaz. Espera. Tiene el codo clavado en el vértice superior y desde allí se extiende el brazo. Gesto de sostener por una eternidad un marlboro. Desespera. El humo le hace rulos a su melena oscura. La boca se le abre para volverse más amarga. Una boca que dijo, Sabías cuidar de mí. Como un perro, me lamías antes de enterrarme.

La esperanza también puede ser un hueso sucio. Bocanada final.