La señora Sandy espera el remís. La
señal convenida: dos toques cortos, un espacio y un bocinazo largo al final.
«Si no es así, yo no me fío. Haga de cuenta que no existo», había dicho la
señora por teléfono. Frenada en la puerta, un toque corto. Ahora el segundo. La
señora Sandy espera y cuenta los segundos con cada golpe del corazón. El auto
contratado se va sin cumplir el pacto. El
corazón ha dejado de latir.
martes, 10 de julio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
Puma en mi cabeza
Cómo nace un lector de poesía
El recuerdo me llega siempre como
debe ser: sin aviso. Una vez que se completa en mi cabeza, la sensación es de
una felicidad sin manchas. Es así: me encuentro a los cinco años de edad
corriendo solo por el camping de los bancarios en Chacras de Coria. Sé que mis
padres andan por ahí, pero no los veo. De pronto, llegan desde los
altoparlantes las estrofas de una canción que provocan que disminuya el paso.
«Dueño de ti
dueño de qué...»
Me detengo por completo, apunto las orejas con total interés y la potencia deforme de la voz del Puma Rodríguez me hace estremecer por la revelación.
«Dueño del aire
y del reflejo
de la luna
sobre el agua.
Dueño de nada...»
Entonces, al escuchar esas palabras, algo dentro de mí se modifica. Hay desasosiego y paz al mismo tiempo. Lo inasible y lo etéreo se aparecieron, sin comprenderlo, en forma de palabras. Fin del recuerdo.
Me detengo por completo, apunto las orejas con total interés y la potencia deforme de la voz del Puma Rodríguez me hace estremecer por la revelación.
«Dueño del aire
y del reflejo
de la luna
sobre el agua.
Dueño de nada...»
Entonces, al escuchar esas palabras, algo dentro de mí se modifica. Hay desasosiego y paz al mismo tiempo. Lo inasible y lo etéreo se aparecieron, sin comprenderlo, en forma de palabras. Fin del recuerdo.
Una vez, alguien me dijo que la
cursilería -como toda cualidad- no es esencia sino circunstancia. Más de un
cuarto de siglo transcurrió para que yo viniese a comprender que, tal vez, ese
fue el primer momento en que capturé la esquiva belleza de las palabras, para
hacerla mía. Aunque solamente por un instante.
Sin embargo, por la acequia de las
afinidades electivas empezó a correr el agua de otras voces (y otros ámbitos).
Cuando mi hermano mayor cumplió sus 15, un iluminado amigo le regaló el
cassette de Parte de la religión, del
genial/inefable/voluptuoso Charly García.
Un hachazo en la cabeza nos hubiera ocasionado menos daños colaterales que
oírle decir a su boca bicolor frases como «Tengo prejuicios que no puedo
sacar/tengo un cuerpo que quiere amarte…», o eso de «Nos divertimos en
primavera/y en invierno nos queremos morir…». Pero cuando todavía nos duraba la
risa con el «Rap de las hormigas», una caja de música imposible comenzó sonar desde
el fondo, luego un piano crudo y la batería que batía el parche como un corazón
oscuro.
«Adela
en el carrousell
y los espejos son sonrisas
la sortija un aparato de amor…»
y los espejos son sonrisas
la sortija un aparato de amor…»
Yo ya tenía la nebulosa edad de 11
años, donde no podía saber que esa extraña Adela estaba también abandonando la inocencia
y que la suma de las metáforas impuras, con dos filosas elipsis (ahora lo analizo),
abrían el juego grato de lo ambiguo, de aquello que pronuncia la realidad como
un guante reversible. No obstante, el puente de la canción me susurró al oído
un par de versos que me inquietaron.
«Ten piedad, no seas así
no le des patadas a los locos.
Ten piedad no seas así,
voy desvaneciendo sin tu amor…»
no le des patadas a los locos.
Ten piedad no seas así,
voy desvaneciendo sin tu amor…»
Lo brutal y lo perverso expresados casi sin
retórica, pero inaccesibles al entendimiento. A Borges le gustaba pensar que «Sentimos
la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o
una bahía…». Para preguntarse inmediatamente: «¿a qué la diluimos en otras
palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos…»[1]. Por lo
tanto, mi preadolescencia se dejaba golpear por lo poético y lo disfrutaba,
además, en todo el cuerpo. Porque en esa época, la lírica me llegaba fragmentariamente
como el rocío helado toca luego de que una ola se ha roto. Pero no había caso,
quería entender, ir más allá. Dar el salto y sumergirme en el mar. Charly, en
tanto, seguía haciéndome hermosas zancadillas.
«La luna empieza a llorar
y cuando todo es tan plateado
hay colores que no pueden entrar...»
y cuando todo es tan plateado
hay colores que no pueden entrar...»
Finalmente, el tiempo hizo su
trabajo y descendí por el sótano de la poesía, conté los consabidos escalones y
miré por su modesto «aleph». Entonces vi a otros animales de la mente: vi a
Spinetta, a Fito, a Mateos, a Moura, a Cerati, a Bochatón y, más allá, vi a
Sabina. Vi, también, a los malditos y surrealistas franceses; vi a Garcilaso, a
Lope, a Quevedo, a Bécquer, a Machado y a los del ’27. Vi a Darío, a Vallejo y
a Paz; como así también a Whitman y a
Eliot y a Pound. Vi a Girondo, a Marechal, a Juarroz, a Orozco. Vi a Borges
mirándolos sin ver. Vi a Pizarnik, a Giannuzzi, a Sylvester y a Adúriz; como vi
a Kamenszain, a Gandolfo, a Bignozzi, a Casas y a Aulicino. Vi a los poetas de Mendoza:
a Bufano, a Tudela, a Ramponi; como también a Lorenzo, a Tejada y a Levy; vi, más
cercanos, a Silanes, a Valle, a Rodón, a Toledo y a Ballarini. Me vi a mí mismo
plegando hoja por hoja un pequeño e interminable libro de arena.
Por eso es que cuando salí otra vez a
la calle, el universo me parecía conocido, pero así y todo continué sorprendiéndome.
Porque leer poesía y dejarse atravesar físicamente por las palabras es como
tener un puma en la cabeza, una feliz voracidad que se repite; sin embargo,
nunca es igual. Aunque sigo siendo un niño que corre perdido, tropieza con las
palabras y jamás las puede atrapar del todo. Sigo siendo, en fin, dueño de
nada.
HERNÁN SCHILLAGI
[1]
Borges, Jorge Luis (1997), Obras
Completas III, Barcelona, Emecé.
domingo, 24 de junio de 2012
Un tanka para el regreso
libro de pases
has vuelto dije
y no hubo amanecer
en esa tarde
de brasas sin hogar
más oscuro y más diáfano
del libro La oscuridad de los ciruelos (inédito)
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 16 de junio de 2012
Un poema para el juego final
lengua y
literatura
las niñas juegan a congelar un secreto
pero mientras pasa el tren de la siesta pasa la edad
las avispas rayan de eses el pizarrón
del silencio y no hay un sujeto que responda
simple a la pregunta «quién realiza la acción»
como si el hierro de las palabras cobrara
más peso en el aire un mensaje vuela
aferrado a una tuerca y cae en esa frontera
borrosa imposible y sin nombre entonces
ellas las niñas descubren qué va a suceder
cuál será la modificación indirecta
para el futuro casi perfecto que habían soñado
alguien promete un «hasta siempre» alguien
subraya con rojo el dolor y atraviesa las vías
para dejar atrás la infancia alguien más
se atreverá a decir como una impura
metáfora «vas a ver que mañana
se acaba el juego»
para
julio cortázar
HERNÁN SCHILLAGI
miércoles, 6 de junio de 2012
La última cuenta regresiva
Hace muchos años, cuando tenía nueve, pasaron en uno de los canales mendocinos una película que le restó varios meses a mi niñez. Era verano y estaba solo. Seguramente, mi familia había salido luego de la cena, como acostumbraban, a tomar el fresco con sus sillas plegadizas bajo un cielo estrellado de provincia. No recuerdo nada, ni los actores ni el director y mucho menos el nombre de la peli. Sí, obvio, era de la factoría yanqui donde todo puede suceder por unos cuantos millones (probablemente haya sido la que protagonizó Rock Hudson). Pero hubo una escena que me sobrecogió el corazón. Era una pareja (él se veía bastante mayor que ella) que miraba en la oscuridad del firmamento un planeta verde azulado (yo pensé que ellos observaban desde la Luna), y de fondo se sentía un largo y amenazante conteo regresivo. Cuando la neutra voz dijo «Diez, nueve, ocho...», los dos se abrazaron fuertemente «...uno, cero.» El verde del planeta se convirtió en rojo y amarillo. Una explosión sorda refulgió en el cielo y cegó a todas las estrellas. La chica comenzó a llorar. Y no me acuerdo más.
Tiempo después, como en el ‘89, llegó de manos de mi maestra de séptimo, uno de los capítulos de Crónicas marcianas de Ray Bradbury. El título rezaba: «Noviembre de 2005. Los observadores». El fragmento hablaba de unos pocos colonos que estaban hacía unos tres años en Marte y con sus sillas plegadizas salían a «observar» el espectáculo. Finalmente la Tierra, luego de una de sus tantas guerras, estallaba y ardía muda en el espacio. Los colonos seguían todo por radio y extendían inútilmente sus manos como para apagar el incendio. Lo último que se vio que atravesaba los millones de kilómetros entre un planeta y otro era la onda sonora que decía: «VUELVAN, VUELVAN.» Mi cabeza preadolescente hizo una red de conexiones con el pasado, pero un cable quedó tendido hacia un no tan lejano futuro.
Luego pasaron los dieciséis años de existencia que nos daba el viejo Ray: «Noviembre de 2005». Ahora pienso: ¿Escuchamos ese mes, realmente, la explosión? ¿O nos quedamos sentados en una silla plegadiza, con la cara al suelo y no al cielo como aquella vez? Acaso, como lo hicieron los de mi familia, miramos absortos sin entender y dejamos que pasara el tiempo. Ciegos frente a las llamas que quemaban la memoria de los libros, sordos ante un dragón que se nos venía encima, mudos por sentir el ruido de un trueno. Bradbury mostró como nadie hasta dónde los humanos somos capaces de conocer nuestros límites para así poder traspasarlos. Lo hizo desde la mejor poesía con que se puede narrar una historia de ciencia ficción, ya que la poesía es el verdadero lugar donde todo es posible.
Si en este momento miramos la
suela de nuestros zapatos, estoy seguro de que tenemos una mariposa muerta que
no deberíamos haber pisado.
para Ray Bradbury (1920-2012)
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 2 de junio de 2012
De los Portones al Arco, Décimo quinta entrega
Décimo quinta entrega:
La noche de las alpargatas
Soto, el mecánico de Las Chimbas,
le había contado que Gala tenía apuro por ir a lo de de su tía de Giagnoni. Por eso, Juano camina sobre una calle
de tierra y recuerda que la tía Ricura era, tal vez, el único pariente vivo que
le quedaba a su mujer en esos lugares. También piensa que es muy probable que
ella ya no esté en la casa de la tía, aunque la esperanza de encontrar una
respuesta, una mínima pista hace que sus pasos avancen con rapidez.
Ricura es la menor de las hermanas del abuelo. Gala siempre contaba que era tan
golosa de chica que se dormía todas las noches con un caramelo de leche en la
boca, a escondidas de la familia. Una mañana se despertó y no podía hablar
porque se le habían pegado los dientes. Cuando lograron abrirle la boca con un yerbiado
como para pelar chanchos, la niña
gritó entre lágrimas: «Es que era una ricura». Ahora, la tía debe tener más de
85 años.
La noche fría se ha concentrado entre las viñas y
los durazneros. Después del granizo, las primeras fogatas aparecen a lo lejos
para amortiguar la posible helada en el amanecer. Juano se guía por los
callejones con las luces del fuego. «Debe ser por acá», se dice Juano y corta
camino por unas hileras todas embarradas. Se siente adentro de un sueño, donde
él mismo se mira desde arriba tambaleando, con los brazos caídos, entre las
cañas de una orilla y una hijuela turbia de la otra. De pronto escucha unos
gritos. Dos hombres, armados con zapas, vienen furiosos hacia él. Juano corre
por entre los cañaverales que le lastiman las manos y la cara, salta una zanja,
trata de trepar un álamo; aunque los
perseguidores siguen sin perderle pisada. Hasta que tropieza con otros
surcos empantanados. Juano se acuerda de Rambo, la primera, y se unta de barro
para no ser descubierto y queda agazapado, mientras aguarda el ataque. Poco a
poco, los cuadros oscuros que forman los viñedos son fotogramas de una película
de súper-acción.
Escucha las voces acercarse a la trinchera
improvisada, sin embargo él no se mueve de su posición. Los hombres dejan de
hablar entre ellos y Juano no siente más los pasos. «Ya pasó todo»,
piensa. Hasta que el crepitar de las hojas y el humo le demuestran que está
equivocado. Uno de ellos ha prendido fuego la viña con un mechero. Juano se
abalanza sobre el otro que ha dejado
la zapa a un costado. Se asusta tanto al verlo lleno de barro que sale
corriendo, se tropieza y se le sueltan las alpargatas. El del mechero empieza a
gritar y se le viene con la zapa en alto. Pero cuando llega a la nariz del
vendedor ambulante realiza un gesto inexplicable. Tira la herramienta hacia un
costado y agarra las alpargatas recién abandonadas. Con un solo movimiento lo
desafía a pelear con él a alpargatazo limpio.
La película hace una pausa.
—¿Qué le pasa, maestro?—le dice Juano medio entre
risas— ¿Se ha vuelto loco?
—Callate, chorro de cuarta.
—Amigo, yo nada más ando buscando la casa de mi tía
Ricura.
—Mirá que no estoy jodiendo—grita el otro con asco
y le tira una de las alpargatas a la cara. Juano la ataja y le responde:
—Creo que es de mi número—y se pone a saltar como
un boxeador.
Los detalles de la pelea son difíciles de precisar.
Si Juano quisiera contárselos un día a su amigo Santi, en su memoria quedarán
errantes y dispersos por los golpes. Desde lejos se habrán oído los chasquidos
en los hombros y las caras, aunque es imposible porque no había nadie más que
ellos dos entre esos callejones. Debe haber sido, por lo tanto, una lucha tosca
y oscura, sin los brillos que hubieran dado un par de simples puñales. Pero en
un momento, Juano está acorralado contra el fuego. Un insoportable calor le abrasa la espalda. El otro levanta la
mano para darle el golpe final con la alpargata llena de barro y de sangre.
Entonces, Juano alcanza a esquivar a tiempo el alpargatazo y empuja a su
contrincante hacia las llamas. El otro sale espantado con la camisa encendida,
se revuelca un poco en la tierra, corre hasta la hijuela de agua podrida y se
lanza de cabeza.
Fin de la película. Así, Juano se levanta mareado,
busca el bolso que nunca se le pierde y comienza su carrera. Esta que partió
desde los Portones del Parque entre carros vendimiales y trompetas de alegría.
Mira para atrás y se dice: «Me voy antes de que empiece Rambo II».
Cuando por fin llega a la casa de la tía Ricura es
casi la medianoche. Golpea despacito la puerta. Nadie. Mira por la ventana y la
luz tenue del televisor muestra a la tía que cabecea entredormida en un sillón.
Un perro ladra desde el fondo, aunque parece que está atado. Juano insiste con
la puerta. Se asoma otra vez por la ventana y la tía no está. El perro ya no
ladra. El corazón de Juano es un caballo desbocado, pero apoya la oreja contra
la puerta y por la cerradura intenta ver si la tía viene arrastrando los pies.
Nada. Un hierro helado se le clava en el cuello.
—¿Se puede saber qué quiere Usted a esta hora,
m’hijo?—dice la tía Ricura mientras le apunta con una Winchester del siglo XIX.
—Tía, soy yo, Juano—dice con los dientes
apretados—. El esposo de su sobrina Gala.
—Hable más fuerte que escucho poco y veo menos.
Dese vuelta, mocoso.
—Tía—le explica Juano—. Mi mujer es la Galatea, hija de su
sobrina Chicha, casada con el Chiche.
—¿Chicha, Chiche?—duda la tía, pero enseguida
recuerda algo—. Ah, sí la colorada.
—Sí, yo soy el marido y la busco desde ayer sábado.
La tía baja la escopeta, e intenta abrir la puerta
con la llave, pero tarda una infinidad en acertar dentro de la cerradura.
—Pasá, nene. Debés estar muy cansado— dice mientras prende la luz del comedor y lo mira a
Juano de la cabeza a los pies—. Vos tenés que pegarte un baño urgente.
—Disculpe, tía. ¿Sabe algo de su sobrina?
—¿Traés algo rico en ese bolso mugriento?—y busca
con los ojos casi ciegos.
—Sí, unas tabletas mendocinas exquisitas—Juano contraataca—¿Gala, la hija de la Chicha, ha venido a visitarla?
—Sí, unas tabletas mendocinas exquisitas—Juano contraataca—¿Gala, la hija de la Chicha, ha venido a visitarla?
—Claro, m’hijo, si estuvo aquí hasta recién.
Juano casi da un salto sobre sí mismo. Todas las
preguntas se le juntan contra los labios y lo hacen tartamudear:
—Le, le di-dijjjo algo de po-por qué se ha ido de
mi-mi casa.
—No te entiendo nada, muchacho.
—¿Sabe por qué me abandonó?
La tía Ricura baja la mirada y pone suavemente su
mano sobre la de Juano. Da un largo suspiro y con la voz entrecortada, pero
firme, le dice:
—La Galatea se fue con otro hombre.
HERNÁN SCHILLAGI
viernes, 25 de mayo de 2012
De los Portones al Arco, Décimo cuarta entrega
Décimo cuarta entrega:
Camino y piedra
El granizo cae y no hay refugio posible contra esos golpes fríos en la cabeza y
en la espalda encorvada. Juano corre por el parque que divide en dos la ciudad.
Atrás quedaron el barrio San Pedro y los gitanos. Corre una, dos, tres cuadras
entre los pinos, los ciruelos y las palmeras que miran desde lo alto sin
enterarse de su desgracia. Lleva el bolso como única protección. Adentro, las
tabletas de alcayota resisten el zapateo de la piedra. El canal lo acompaña a
la derecha y se traga en silencio los trozos de hielo. Hasta que Juano
encuentra una parada de micros solitaria con un
descascarado techo de lata.
La manga de piedra termina. Es como si el otoño entero se hubiera concentrado
en quince minutos. Todas las hojas destrozadas en el suelo. Inmediatamente, un
invierno húmedo y sin piedad se instala en las calles. Juano tiembla bajo el
alero y ya no distingue el origen de los numerosos chichones que tiene en su
cabeza. Nadie pasa. Le queda poco a la tarde. Sombras, nada más.
Lentamente, otro domingo se le arrima desde el frío a Juano. Aquel día en que
fueron todos al Cerro de la
Gloria en el Ami 8 amarillo que tanto les gustaba. Con su
hermano jugaban en la parte trasera a hacerles burla a todos los niños que
pasaban en otros coches. Es fácil reírse de los demás cuando la felicidad cabe
adentro de un auto. Debe haber tenido unos nueve años porque todavía llevaba el
brazo derecho enyesado y el hermano rondaba los trece. Al llegar buscaban
piedras de formas raras y se las tiraban a la nube de smog sobre la ciudad. De
pronto, el padre de Juano se enfureció por algo que le dijo la madre. Discutían
fuerte. Aunque los niños no podían
seguir el hilo de la pelea, los desesperaba que, sin darse cuenta, hubieran
llegado al borde del abismo. A centímetros de
sus pies se terminaba abruptamente el camino. Los gritos eran cada vez más
terribles, se decían de todo. Hasta que el padre la agarró del brazo y comenzó
a sacudirla cada vez más cerca del precipicio, más cerca de la muerte. Es ahí
cuando una especie de aullido de cachorros lo despertó al padre y lo devolvió a
la realidad. Entonces, el hombre la soltó sin
ganas y les ordenó que subieran al Ami. Otro tipo de grito trae de nuevo a
Juano hasta este domingo de granizo.
—¡Será posible, carancho asado!
De dónde viene esa voz que se parece a los truenos de más temprano. Un hombre
empuja un vehículo salido de la carrera de «Los Autos Locos». Una especie de
Pier Nodoyuna del Este mendocino.
—¡Qué lo tiró de las
patas!—, el hombre está por continuar con sus insultos de manual del tiempo de
María Castaña, pero Juano lo interrumpe.
—¿Lo ayudo, maestro?
El vendedor de alcayotas se acerca como para empujar el auto y observa que
alguna vez fue una Falcon Rural de comienzos de los setenta, modificada en el
laboratorio del doctor Frankenstein para que funcione como chata de carga.
Sobre el techo, un cartel rojo de latón tiene pintada a
mano, con letras blancas y temblorosas, la palabra «FLETE». ¿Será demasiado
pedirle al gremio de los fleteros que obligue a sus choferes a hacer un curso de caligrafía? Así son los tiempos
de crisis.
—Arrimate, pibe—dice Pier Nodoyuna—. Yo me subo a la falconeta y le doy
arranque hasta que se cante encima.
Juano comienza a hacer fuerza y la chata tironea, pero no arranca. Un humo
negro sale del escape que no deja ver nada.
—¡Empujá más fuerte, la Constitución Nacional!—, grita el fletero.
La falconeta por fin hace la última explosión y empieza a rugirle a la tarde
que se termina. Juano logra convencer al chofer para que lo acerque, ya
que el hombre, antes de que el motor se le ahogara, había terminado una changa
extra de domingo y estaba listo para ir a su casa en Alto Verde. Una vez en
marcha, el vendedor ambulante saca de su bolso una tableta de alcayota y se la
ofrece con una sonrisa al chofer.
—Me gustan más que la miércoles—, dice el hombre y de un solo bocado se come la
mitad. Por las comisuras de la boca le cuelgan unos hilos de la alcayota. Juano
da una arcada, saca la cabeza por la ventanilla para tomar aire y descubre que
el viento no lo despeina.
—¿Por qué vamos tan despacio?
—La pucha. Yo a esta mañosa no te la piso a más de 40 kilómetros—dice el
fletero—. Sentí, pibe. El motor parece una orquesta.
«A la que se le han dormido todos los músicos», piensa Juano. Así van casi a
paso de hombre. Pier Nodoyuna le cuenta que él, en realidad, tenía un taller
metalúrgico en San Martín donde, con sus propias manos y un soplete, había
armado la falconeta. Hasta que un día le alquiló a unos «bolitas» la casa de
atrás del taller.
—Gente trabajadora y honesta—, dice con sinceridad Juano como para suavizar el
término.
—Contámela a mí. Una mañana fui a abrir el taller y me le habían atravesado un
candado al portón así de grande—, le responde el chofer, mientras abre
exageradamente el pulgar y el índice.
—¿Quiere otra de alcayota, jefe?
—Dale. Es que me acuerdo y me dan ganas de matar a alguien. ¡La punta del Cerro
de La Gloria!
El Cerro de La Gloria, sí. Entonces, Juano
asoma otra vez la cabeza a la calle para no mirar al fletero comerse la
tableta, y así puede imaginar ese último viaje del pasado en el Ami 8. De
vuelta, uno de sus padres, no recuerda bien cual, dijo: «Esto no va más». El
hermano comenzó a llorar sin consuelo y les rogó, les imploró que no se
separaran, que Juano era muy chico aún, que él mismo no iba a poder soportarlo.
Nadie dijo más nada. El silencio los lastimó todo el camino hasta San Martín.
Antes de llegar y sin aviso, el padre sentenció: «Voy a poner en venta el Ami».
—Flaco, ¿estás medio dormido?—, le
grita el fletero.
—Disculpe, cuénteme qué hizo con
la gente cuando le quitaron la casa y el taller.
—Le maté uno de sus hijos a la
boliviana. Así, mirá, así—suelta el volante, junta los puños y los retuerce
como un trapo.
Juano se queda tieso. Trata de
sonreír, pero el hombre tiene la cara roja por el odio. Toma de nuevo el
volante y acelera demencialmente, a 45 kilómetros por
hora. Abre la boca y dice:
—Cuando salí de la cárcel, me puse
el flete—entonces lo mira a Juano y remata sin cuidar las formas—. Y que se
vaya todo a la puta madre que lo parió.
En ese momento, Juano abre con un
manotazo la puerta y se tira del auto, pero va tan lento que casi se baja
caminando. Sin darse vuelta empieza a correr, otra vez a correr. Atraviesa unas
viñas castigadas por la piedra. Así busca su camino hacia la tía de Gala. Corre
mientras se promete, mejor dicho, se jura no confiar nunca más, en su revinagre
vida, en alguien a quien le gusten las tabletas mendocinas de alcayota.
HERNÁN SCHILLAGI
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