Frío
en pleno septiembre. De pronto, aguanieve sobre la ciudad: silenciosa, leve y polar.
También irresuelta. Porque cae y se disuelve como un idioma recién creado y que
nadie entiende. Así, el invierno se resiste con un par de ases bajo la manga
antes de que el polen, las abejas y los brotes arrasen con el sistema
inmunológico de los peatones.
Mientras hago las compras, con bastante
menos poesía, se me aparecen en carteles otras delicias del lenguaje:
salchichón primavera, asado banderita, chorizo bombón, tomate perita, durazno
prisco y las anoto con una imaginaria pluma fuente en mi cuaderno espiral. Los
significados vienen, van como autos que doblan sin frenar por la bocacalle al
esquivar alguna falda pantalón que cruzó sin mirar sobre el paso cebra.
Me calzo los auriculares y el rock
pop sacude mis estructuras gramaticales, primero con los Peligrosos Gorriones: «Agua
miel / agua sorda / agua piel / agua mar / agua agria / agua cal…». Francisco Bochatón ensaya modulaciones con
las piruetas verbales que, justamente, solo puede atreverse un «Agua acróbata».
Después, el salto me hace caer en las aguas sutiles de Usted Señálemelo: «Tu
cuerpo bailaba / mi cabeza se enroscaba / y el agua marfil confundiendo todo
aquí…». Otra vez el desconcierto que provoca un encuentro inesperado de
términos que se desean, a pesar de tener un origen disímil.
Finalmente, sigo camino por la calle
helada y la nieve no aparece. El cielo se niega a precipitar esa gran hoja en
blanco para escribir sobre ella un par de párrafos temblorosos pero seguros.
Sin embargo, miro hacia atrás y las palabras se han acumulado una sobre otra:
«Aunque esta herida duela como dos / aunque te busque y no te encuentre…», dice Mario Benedetti en un poema llamado,
no por casualidad, «Corazón coraza».
HERNÁN SCHILLAGI, inédito

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