Mi
primer recuerdo con la lectura es la vergüenza y me acompaña desde que mis ojos
aprendieron a descifrar el alfabeto. Es así: a los 5 años, una tía abuela me
había regalado para mi cumpleaños un libro de cuentos con unos gatitos que me
miraban desde la tapa dura. No tengo memoria de qué trataba la historia, pero
sé que me parecían estúpidos: los gatos y los libros. A tal punto de que
escondí el ejemplar en un secreter que tenía mi ropero para no verlo nunca más.
Intuyo que para mi mente infantil de principios de los 80 eso era «de nenas» y
lo más alejado a jugar con una pelota.
La madre de un compañero de primer
grado me arruinó mi festejo de los 6 años cuando, en lugar de regalarme un
autito de colección o el Ludo Matic, su paquete escondía «La vuelta al mundo en
80 días», de Julio Verne. Al abrirlo, no solo me dio bronca, sino que la cara
de mi amigo estaba roja. Ni la palabra «perdón» podía pronunciar. Sin piedad,
tiré el libro en el cajón de la mesita de luz que compartíamos con mi hermano
mayor. Sin embargo, no sabía que en el mismo gesto de rechazo y pudor se había
activado un mecanismo secreto.
Así y todo, en mi casa se leía
bastante. Los libros iban y venían de las manos paternas para luego desaparecer
misteriosamente. Tan malo no podía ser eso de estar concentrado, pero sin hacer
nada. Hasta que se abrió una puerta inesperada y mi viejo me pidió que lo
acompañara al club del libro que quedaba en el centro. Allí descubrí la extraña
metodología de préstamos y canjes. En un estante medio oculto, encontré un
ejemplar de «El Principito». Había visto la serie animada por la tele y,
además, las hojas venían con unas ilustraciones hermosas. El librero me apuntó
con el dedo y dijo: «Tal vez para cuando seás más grande». Entonces, un nuevo
sentimiento apareció: el desafío. Y me lo traje. A la semana siguiente no sabía
qué hacer con esas páginas. No entendía ni una palabra de este pibe rubio que
venía de otro planeta y le gustaba hablar con metáforas. El libro partió de mi
casa con destino de trueque ilusorio y, una vez más, la vergüenza quedó escrita
en mi frente.
El tiempo, sin embargo, nos tiene
siempre reservada una sorpresa y aquel dispositivo de papel guardado en un
cajón, por fin estalló. Durante unas vacaciones entré a mi habitación y
descubrí a mi hermano enfrascado en el ejemplar de «La vuelta al mundo…». Me
dio celos y decidí en ese momento que quería ser lector. Uno siempre encuentra
el deseo entre lo ominoso y la comparación. Además, si mi propio hermano ―que
hacía poco me había revelado la verdad de los Reyes Magos y los padres― me
decía que la aventura estaba entre esos papeles, tenía que ser cierto. Así, nos
leímos todo lo que encontramos de la Colección Roja de Billiken con una pasión
de entomólogos. Cada libro era un bicho para diseccionar, analizar, reconocer
su veneno y volver a armarlo para que caminara o echara a volar. El problema es
que, con los años, me enteré de que todas esas historias que me habían formado
y dado una felicidad inmaculada eran meras adaptaciones infantiles de libracos
del siglo anterior. ¿De qué «corpus literario» podía jactarme, entonces ante los
demás?
Con
el correr de la tinta vinieron las lecturas obligatorias de la escuela y la
tentación de los resúmenes, las falaces fotocopias anilladas que «matan» el
libro ―como rezaba la leyenda―, las idas a la biblioteca a escondidas de mis
compañeros de básquet, porque no podía confesarles que leer era mi verdadero
deporte. La lectura me daba calor. Cómo podía explicar en plena adolescencia
que había llegado tarde a un festejo, no por un corte de energía, sino porque
me había quedado temblando a la luz de una vela sobre las páginas de «El
túnel», de Ernesto Sabato.
«Vergüenza es robar», decía mi
abuela. Pero me había pasado media vida ruborizándome por una actividad que
iba, sin escalas, del prestigio a la inutilidad. En esa época, yo todavía no
conocía la frase de Borges que lo justificaba todo desde la falsa modestia:
«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las
que he leído…». Ni Virgilio, ni Chesterton, ni la Divina Comedia habían pasado
bajo mis pestañas. Para empeorar las cosas, tenía redactados un par de cuentos
sin remate y un poema mal rimado, ¿de qué otra manera iba a sacar chapa de mis
lecturas cuando pusiera un pie en la Facultad de Filosofía y Letras? Porque sí,
aunque parezca contradictorio, quise seguir el profesorado de Lengua y
Literatura, aunque primero hice un tristísimo año de Derecho; ya que ―por
supuesto― me pareció deshonroso decir en mi casa que me iba a dedicar a leer,
en lugar de estudiar.
Por lo tanto, vergüenza es leer. Como
la primera vez que leí un poema propio en público, o al comprobar que tardaba
más tiempo que mis compañeros en terminar una novela. Ni hablar de la culpa que
sentí cuando en una toma de la facultad alguien me hizo ver que la lectura era
un placer de la burguesía. O en el preciso instante en que un alumno me miró
con desprecio y lanzó: «Profe, yo odio leer».
Finalmente, ¿dónde reside la nobleza
de la lectura? «La primera certidumbre de un escritor es aprender a leer la
vida de los otros, ser quien mira y también quien otorga sentido a lo que ve…»,
me avisa con lucidez María Teresa Andruetto. Es decir, leer para levantar la
mirada y reflexionar, atravesar la selva de los renglones y los párrafos para
ofrecer la sangre renovada, los ojos cada vez más alertas. Porque, hay que decirlo,
hoy nadie se sonroja por estar leyendo sin parar en cuanta pantalla se le
atraviese mientras la realidad, agitada y amenazante, le respira en la nuca.
¿Seremos capaces de establecer un
«Día del orgullo lector»? Uno en el que saquemos pecho ante las adversidades y
tengamos, justamente, vergüenza deportiva; esa que se impone cuando el partido
ya está perdido por goleada, pero vamos hacia adelante con nuestras debilidades
y torpezas, para que la derrota no solo sea digna, sino inolvidable.
HERNÁN SCHILLAGI