sábado, 30 de octubre de 2021

Un poema para que no se vuele

 




el mes de los vientos



no hay medida que registre
la velocidad del viento en la cabeza
cuando cada uno de los sentidos
se abre para ver pasar doler confundir
una escritura impresa en el aire
al ras del suelo y de las páginas
pero que busca elevarse en intensidad
para que el anemómetro gire gire
hasta la locura o la revelación y diga no hay
agosto donde una ráfaga no te mate
sin dejarte con vida no hay
un monstruo que no te despeine
lo negro de la tinta y los recuerdos
no hay tampoco medida registro ni control
cuando el hambre corre invisible
en las palabras que ya sabías
se las lleva como siempre el viento


HERNÁN SCHILLAGI, inédito

 


sábado, 23 de octubre de 2021

Rockuerdos

  


Enero de 1985, camino con 9 años por Viña del Mar de vacaciones con mi familia. En el centro, en la feria, en la playa suenan las canciones de "Piano bar". Ese verano hubo un terremoto que se sintió en ambos lados de la cordillera de Los Andes. Charly García, un temblor parecido a la felicidad. Las réplicas siguen hasta hoy.

sábado, 24 de julio de 2021

La voz del exterior

 

 

Grande fue mi sorpresa cuando hace más de una década me enteré de que la voz de Súper Hijitus no era lo que yo creía desde la niñez. No solo me parecía extraño que un indigente (vivía en un caño y no tenía ni para zapatos) fuera amigo de un comisario y defendiera los intereses de los ricos; sino que, además, su dicción me resultaba nerviosa, apretada hasta lo artificial. García Ferré, su creador, probó de todas las maneras para encontrar el tono adecuado. Hasta que se le ocurrió acelerar la cinta de audio donde el doblajista Néstor D’Alessandro registraba los diálogos. Un héroe y su voz infantil habían nacido.

            Por lo mismo, cuando la omnipresente aplicación de Whatsapp anunció que iba a ofrecer un acelerador de audios, recordé sin asombro al salvador de Trulalá y su fraseo algo cocainómano. Hice la prueba: con timidez apuré un primer audio que sobrepasaba los dos minutos a «1,5 x», para escuchar a un amigo que narraba con el corazón en carne viva sus desgracias de la semana. Aún convaleciente de una enfermedad, se le había roto el auto, la computadora y el lavarropas. Entre risas, casi le respondo como Larguirucho: «Hablá más fuerte que no te escucho». Es decir, una aplanadora virtual había arrasado con el enojo, la amargura y la resignación para devolverme solo un puñado de palabras agitadas. Eso sí, me había ahorrado unos treinta segundos de mi preciado tiempo.

¿Por qué hay gente que envía audios tan largos?, pensé. Víctimas de oradores de bolsillo en los chats grupales, de jefes o directivos que no cierran la idea, de anécdotas o explicaciones insulsas, de madres contrariadas o de alumnos vacilantes; cada vez que leíamos la frase «grabando audio», nuestros ojos se ponían en blanco y solo anhelábamos que todo pasara con rapidez. Como de oír sea trata, justamente, nuestros deseos han sido escuchados. «Mereces lo que sueñas», susurraba Gustavo Cerati en una canción.

 Hace ya décadas que el cuerpo se nos acostrumbró a experimentar la realidad con un pantalla de por medio. Los dispositivos táctiles solo vinieron a sumar la ilusión de un tercer sentido a la castigada vista y al oído incauto. Con la alegre aparición de este acelerador de voz, ¿qué es lo que pretendemos ganar? Además, ¿qué sería eso «otro» tan importante que nos espera tras el punto final? Ya que pareciera que estamos apremiados por ir hacia una nueva distracción, hacia un chiste repetido, hacia una foto que no descarga, hacia el silencio. Quizá sea un truco para engañar a la muerte. Las catástrofes están a la vuelta de la esquina y solo tenemos prisa para avanzar.

 Pedro Salinas, un poeta español, escribió sin saberlo sobre los celulares y su uso: «Tú vives siempre en tus actos. / Con la punta de tus dedos / pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores / alegrías: es tu música…». El largo poema de 1933 se llama precisamente «La voz a ti debida». Por lo tanto, es probable que nos convirtamos en receptores que van camino a quedar en deuda con esa voz del interior que, en velocidad normal, está repleta de pliegues donde la pausa delata dudas, un suspiro aporta deseo y un tono alto nos anima a seguir. Salinas nos avisa más adelante: «La vida es lo que tú tocas…».

Finalmente, habitantes de una Babel precitada al barranco del tiempo y los compromisos fatuos, ¿qué es lo que vamos a tocar la próxima vez que, en una pantalla, un sistema de protección nos haga la pregunta de si somos una persona o un robot?

 

HERNÁN SCHILLAGI

lunes, 10 de mayo de 2021

Nuevas definiciones para un posible bloqueo de escritor






ESCRIBAR: filtrar las palabras hasta encontrar lo justo y preciso hasta la letra, el punto y la coma.

ESCRUBIR: escrutar lo redactado, examinarlo hasta rodearlo de indagaciones insoportables.

ES-CRACK-BIR: romper lo escrito con anterioridad y quebrar la lapicera/teclado/¿pluma?

ES-CRIC-CRIC-BIR: no se te ocurre nada y el silencio de la hoja en blanco acecha en medio de la noche.

EXCRIBIR: contentarse con lo publicado hasta el momento. Refritar, reeditar, ponerse un lubricentro.

ESCRIBIR: no hay remate.


HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 1 de abril de 2021

Poesía de lenguaje confidente




 

Sobre Lengua padre

Hernán: tu poesía me ha acompañado todo este tiempo. Poesía de lenguaje confidente, natural, conversado. Pero portador de una hondura que permite ver reflejada en ella la vida vivida y la vida esperada. Me permite también comprender (y oír) cómo suena este nuevo lenguaje de quienes, como vos, son más jóvenes y, por lo tanto, dueños de la promesa. 

Quiero destacar uno, pero vienen a la mente todos los poemas, como componiendo un escenario de nuestra cotidianidad. También de nuestros anhelos y miedos. Es un libro contemporáneo y necesario (valga la rima). Te mando un abrazo agradecido y, te repito, honrado por haberme dado un lugar en él.



Rafael Felipe Oteriño, e-mail del 24/03/2021

domingo, 28 de febrero de 2021

Un poema con temperatura

 
 

 

ola de calor 
 

el problema es cuando la noche llega
y el calor continúa bajo las sábanas
un sol que insiste desde el otro lado del mundo
como si no hubiera sido suficiente la siesta
sobre la brea y los techos

el sueño crece sube y estalla
como una ola en medio de la ciudad
frente a unos ojos abiertos a lo oscuro
así no hay figuras concretas hay distorsión
la realidad se vuelve espejismo
por eso pasan peces como vidrios rotos
meses como un suspiro final

cuando llega la noche el problema es
que la temperatura no baja y las visiones
se elevan hasta lograr una definición íntima
del deseo para ponerle nombre a cada cosa
que el frío había dejado en silencio

y bajo las sábanas el problema continúa


HERNÁN SCHILLAGI, inédito

jueves, 28 de enero de 2021

Animales semánticos y dónde encontrarlos


 

Cuando nos tocaba viajar en el asiento trasero del Ami 8 con mi hermano, durante la niñez de los 80, para pasar el aburrimiento inventábamos varios juegos durante el camino: descubrir quién veía primero el espejismo de agua en el medio de la ruta, encontrar horneros en los palos del tendido eléctrico, sacarle la lengua a todos los niños que pasaban, saludar a los camioneros con gesto de complicidad para que tocaran bocina y, si justo llegábamos a las vías y la barrera estaba baja, surgía la ruleta del tren; el triunfo era para el que adivinaba el número del último vagón. Todos esos entretenimientos salidos de nuestras cabecitas analógicas, en verdad eran un adiestramiento solapado para otro juego: el de cazar con la mirada. Pero no dependía de nosotros, sino del azar. Zorros, cuyis, serpientes, lagartijas, vizcachas y cuanto bicho de la fauna cuyana se atreviera a cruzar por el asfalto voraz. Entonces, atrapar ese flash viviente, con sus pelos, escamas o colmillos, te hacía ganar todas las jugadas. Es cierto que los juegos de niños estimulan la imaginación, aunque hay algunos que te definen para siempre.

En la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de 2016, guionada por la famosa J. K. Rowling, el mago Newt Scamander porta una misteriosa maleta con una docena de criaturas tan irreales como asombrosas. Así, atraviesa la ciudad de Nueva York sin poder dominar del todo a estas extrañas bestias que quieren colarse en un mundo sin magia, el nuestro. Con este muestrario particular, el protagonista es capaz de abrir cualquier cerradura, repeler maleficios, provocar tormentas, desaparecer para huir del peligro y aparecer cuando sea conveniente. Es decir, una persona con un aspecto similar al de un primo lejano, puede sorprenderte de un momento a otro con artilugios reconocibles y verdaderos.

Juegos y magia, diversión y maravilla. Quiero pensar que, del mismo modo, quizás un poeta sea una mago arrepentido que se olvidó de sus poderes, o un niño tardío que no se resigna a dejar de jugar. María Negroni nos revela en el precioso Pequeño mundo ilustrado: «Los cajones donde el niño guarda sus tesoros son arsenales y zoológicos. Los del poeta serán reservas de imágenes y retazos de lenguaje…». Esta zoología de la mente, por tanto, se traduce con los años en delgados y potentes libros de poemas, armas no solo cargadas de futuro —como quería Celaya—, sino de tiempo, uno que merece perderse sin consecuencias. Así como no hay discursos políticos para niños (aunque traten de engañarnos con puerilidades), tampoco existen libros de poemas enteramente para adultos. Escondidos en zonas infames y oscuras de las librerías comerciales, apretados hasta la invisibilidad en nuestras bibliotecas entre pesadas enciclopedias y novelas de éxito, recibidos con cierto desaire por lectores incautos en una presentación; estos especímenes de papel, tinta y sueños nos salen al encuentro en el momento que más los necesitamos: cuando una puerta se traba, cuando una nube negra no se aparta de nosotros, cuando el peligro de crecer en un mundo demasiado serio es un maleficio insoportable. Cuando,  finalmente, nos olvidamos que ser niños y  leer libros de poemas no deja de ser otra cosa que la búsqueda de algo vivo que se nos atraviese en el camino. 

 

 HERNÁN SCHILLAGI