viernes, 20 de marzo de 2015

Un poema para el viaje



la travesía



como una señal intermitente siento caer el granizo
sobre la membrana que cubre nuestro techo
golpes sordos de un hielo que se ha formado
fuera de este planeta

sin embargo el peligro hace de la casa una nave
que vuela hermética por el espacio de mis recuerdos
y como siempre la misión es conocer nuevas formas de vida
ampliar las fronteras de un jardín de flores fugaces
dibujar sobre el vidrio húmedo de las escotillas
el dragón de sombras tatuado en la luna

de pronto el granizo es una lluvia de meteoritos
que viaja en pedazos hacia la edad del silencio
para hacer estallar de mi pasado los escudos
de pronto las bitácoras se abren y revelan
cada página en blanco toda materia sin forma
resonancias de un cuerpo transparente
porque no hay travesía que no sea un anhelo por saciar

como una señal que se interrumpe espero la amenaza
de abrazarme a lo desconocido es decir el lugar oscuro
donde dos corazones comenzarán a unirse
sobre el encuentro de nuestros nombres




HERNÁN SCHILLAGI, del libro Ciencia ficción (2014)

viernes, 6 de marzo de 2015

Un poema para olvidar



máquina de frío

  
pronto las calles se volverán invierno
y cuando tu cuerpo baje de la velocidad del tren
hacia la quietud de este hielo el vapor de los recuerdos
te saldrá por la boca como un fantasma
que arrastra cadenas por tu garganta

es que has llegado al lugar equivocado el presente
por eso cualquier intento de encontrar sus ojos entre la multitud
te alejará de ella te llevará hasta los rincones de la sombra
que construiste una cicatriz que no termina de borrarse
así la señal de dolor te regresará
una vez más a la tormenta

has hecho de tu cerebro un circuito de puentes
puentes que han perdido una de sus orillas
has hecho un torrente de tu memoria
un dique que amenaza con romperse

una sentencia sin embargo te empuja hacia adelante
una voz que sabe cómo enfrentarse al químico
que activa el proceso creado para el olvido
porque cuando tus manos se acerquen
a ella y a su máquina de frío
por la boca te saldrá otra vez como un fantasma
un humo que terminará por decir «el veneno
de tu cabeza no pudo filtrarse en tu corazón»

los errores a veces son el comienzo del fuego
que enciende todas las palabras del pasado




HERNÁN SCHILLAGI, del libro Ciencia ficción (2014)

jueves, 26 de febrero de 2015

Una nube entre los dedos






          

Así, como quien no quiere la cosa, me apareció una mancha blanca en una uña. Mano derecha, dedo medio: un «fuck you» repentinamente velado por una nube inmóvil. Cuando era chico, me engañaban con que era una mentira enorme que había dicho. Me pasé la mitad de mi niñez con los dedos encogidos. «Si diviso una nube / debo emprender el vuelo», exageraba un poco Oliverio Girondo. Qué es lo que debería hacer, entonces, si ni siquiera me di cuenta de su irrupción tan espontánea como espectral. Cuál fue su origen si, además, este dedo tiene una vena que lo conecta directamente hasta el corazón (románticos, abstenerse). Aunque es improbable, si mi abuela estuviera viva me habría dicho a modo de sentencia familiar: «No busqués choteras en internet». No obstante, la tentación puede más y trazo en el teclado un tatetí de posibilidades: la leuconiquia, roturas microscópicas en la base de la uña producidas por un golpe imperceptible, o mala alimentación, muy frecuente durante la infancia. Por lo tanto, ¿seguiré siendo un niño residual, pero para nada mal alimentado? ¿Cuál es el hambre, si no, que me mancilla un extremo del corazón? O, de tanto esquivar (y soportar) golpes notorios, ¿me habré vuelto insensible ante el dolor minúsculo? «Pero este es mi dedo mayor, el central, el más largo de todos», me digo sin mucho convencimiento. Las uñas así, como quien no quiere la cosa, crecen de dos a tres milímetros por mes y se entregan premonitorias al filo cosmético de unas tijeras para que cualquier aviso nuboso de inquietud sea talado al ras. Solo es cuestión de tiempo, sí, aunque nos aferremos con uñas -y hasta con los dientes- a cualquier nube que pase por ahí.   

HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 19 de febrero de 2015

Un poema para la conquista





conquista del secreto


ahora luego de haber posado
toda la especie humana sobre mis dos piernas
doy el primer paso a la conquista
y comienzo a suprimir con el índice
el nombre originario de las cosas

como en un remoto juego las letras
deben alzar cruces ante mis ojos
y las palabras forman un cementerio del futuro
donde una civilización elegirá resistir
desde el desierto negro de las piedras
desde la lengua rota de las espinas
desde la boca cerrada de las cuevas
resistir toda la invasión
con el último trago de agua en la garganta

porque la conquista solitaria del silencio
sin gritos de sangre ni cuerpos como trofeos
es como capturar un secreto que finalmente
resulta demasiado grande para nuestros oídos



HERNÁN SCHILLAGI, del libro Ciencia ficción (2014)

sábado, 7 de febrero de 2015

Palabras a la noche




Casi nunca sueño. Es decir, no recuerdo nada de nada cuando abro los ojos a la primera luz del amanecer. Tampoco tengo sensaciones o resabios de alguna actividad onírica del tipo corazón agitado o sudor frío. Pero me niego a aceptar con docilidad ese desenchufe total de la mente por tantas horas: «Que no puedas perder lo que perdiste / no da tranquilidad, sino vacío…», dice Luis García Montero en un poema que habla de la noche y la nieve. Además, cuántos escritores han declarado que muchos de sus argumentos geniales les fueron dictados palabra por palabra en una pesadilla inolvidable y al despertarse, sin mayor esfuerzo, se pusieron a redactar cuentos o novelas como si los copiaran de una película. No es justo, estoy condenado a un forzoso desvelo creativo. Por eso es que me molesta tanto que alguien me cuente sus sueños en el desayuno, no puedo devolverle la pelota ni soñando (valga la metáfora).

Mi abuela tenía una frase que me inquietaba bastante; llegábamos a su casa con mi mamá y sin saludar nos largaba: «He hecho un sueño terrible». No lo había tenido, sino que ella te lo edificaba. Todo un esoterismo de barrio que mi niñez no estaba preparada para entender. Así nos narraba, entre mates con sacarina y esperanzas de quiniela, apariciones brumosas de tíos o vecinas que yo no conocía. Marco Denevi pensaba que no somos los mismos de noche que de día: «Durante la noche todos somos más espontáneos, más ricos, más intrigantes, y en el fondo, mucho más auténticos…». Y sí, el día es para las obligaciones. Tal vez ese sea el motivo por el que todos porfían en rescatar el poco material que dejan en el recuerdo las imágenes confusas de un sueño. Como si esa «otra vida» a ojos cerrados tuviera una importancia real, asible, a punto tal de hacer una edición casera para lucirse con la familia. ¡Y yo que no sueño nunca!

En La vida es sueño, Calderón de la Barca convertía a Segismundo en un príncipe despiadado para luego devolverlo a su cautiverio y hacerle creer que todo no había sucedido, salvo mientras dormía.  Conclusión: los recuerdos de libertad y los actos impuros torturan al protagonista durante la engañosa vigilia. ¿Para qué soñar, entonces, si los sueños son, como la vida, «una ilusión, / una sombra, una ficción…»?

Sin embargo, no hay mañana en que mi mujer no exclame con una sonrisa tan cómplice como adormilada: «Anoche tuvimos show». La función, pues, consiste en que hablo dormido sin parar, el llamado somniloquio: conversaciones disparatadas, risas contenidas o a mandíbula batiente, gritos desaforados y, hasta una vez, silbidos temerarios. Como un testigo involuntario, mi esposa se debate en la oscuridad entre el miedo y las carcajadas. Es que es una especie de stand up comedy, aunque horizontal. Tiro palabras a la noche que, de no ser por su resignada compañía conyugal, no podría recuperar de ningún modo. A veces me sorprendo de lo que me relata, ya que no logro conectarlo con ningún aspecto de mi realidad, como cuando me acaricié el pecho y solté un «Estuve reciclándolo», o esa oportunidad en que susurré un estribillo trasnochado y misterioso: «Peltre, peltre», que me llevó a buscarlo después en Wikipedia porque no recordaba bien el significado. Soy un rapero noctámbulo condenado a olvidarse la letra luego de cada canción. No obstante, hace un par de noches hubo un cambio preocupante, ya que me di una sonora cachetada para decir con los ojos fuera de órbita: «Tuve que hacerlo». Al menos, eso es lo que confiesa mi mujer, con la vista en su café, cuando intento aclarar los hechos. Por lo tanto prefiero no ahondar más en las preguntas, ella es el mejor público que alguien con ínfulas de comediante dormido podría tener.


HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 22 de enero de 2015

Un poema para ser regrabado



rock nacional


las caras son dos lado a y lado b así
los hermanos tratan de grabar una canción
de la radio en una tarde de los ochenta pero la cinta
ya contiene otra música la paterna
como si una piel anterior hubiera sido tatuada
por completo hasta enmudecerla de tinta el desafío
tal vez sea encontrar el poro por donde respirar
hacer de los carreteles una locura hacia adelante
hasta una tecla roja y lenguaraz que borre a los gritos
este silencio en pausa esta resonancia sin origen ni destino
porque no hay reducción de ruidos en esa caja aprisionada
y casera porque la copia gira por el recuerdo frágil
para perder con el paso del tiempo y honrosamente
toda la fidelidad posible



HERNÁN SCHILLAGI

miércoles, 14 de enero de 2015

El mate como tecnología





Como todos, al principio fue la leche. Sin embargo, una pasajera alergia a los lácteos me convirtió en un infante (e infamante) tomador de té: lo hacía con bombilla y con cuatro cucharadas soperas de azúcar. Toda una premonición. A los veinte, el café. Bien negro y casi amargo, una tinta esquiva que no tardó mucho en escribir en mi estómago esta sentencia: «Prohibido pasar». Un romance oscuro y matinal se agitó entre nosotros, pero donde hubo fuego interior, las cenizas vuelan. Así, mientras pisaba firme la treintena, llegué al mate. Aunque aquí debo hacer una aclaración: al mate en solitario. Desde la adolescencia era lo que se dice un «bebedor social». Me prendía a toda ronda y disimulaba mi cara de asco ante la patada áspera de un cimarrón. Pertenecer requiere de ciertos sacrificios. Poco a poco, el bufet de la facultad -entre almíbares y hieles- me domesticó el garguero. Así y todo, ¿qué puede decirse del mate que no se haya vociferado o escrito ya? Símbolo de una argentinidad facilonga, emblema presencial de la amistad, metáfora filosófica de la reflexión íntima. Ponemos en funcionamiento el «mate» cuando las ideas flotan en nuestro cerebro como palitos mal cebados. «Un mate es como un punto y aparte. Uno lo toma y después se puede empezar un nuevo párrafo…», sugería Cortázar en Rayuela. Martín Fierro se ponía rechoncho de verdes sentado junto al fogón a esperar las primeras luces del día. Como también el compadrito en la mala, al decir de Discépolo, lamentaba entre sus primeras cuitas: «Cuando no tengas ni fe, / ni yerba de ayer secándose al sol…». Desconfío de la gente que no toma mate, tanto como de los que desinfectan la bombilla como si de una jeringa se tratara. Es decir, una úlcera o las enfermedades infectocontagiosas no son excusas para no chupar de la lata y vincularse con el otro. El mate es presente perfecto y demora la muerte. Un mecanismo de conexión inalámbrica con un alcance de pocos metros, es cierto, pero que va con nosotros a la calle, a la plaza o a las reuniones. Compatible, asimismo, con diferentes organismos y dispositivos mentales. Por eso es que la idea del  «WiFi» le debe mucho al mate. ¿O acaso «guaifai» no les suena a una palabra en guaraní como «sapucai», el grito característico del chamamé? Las nuevas tecnologías se copian de nuestros rituales más atávicos. Tomá mate.




HERNÁN SCHILLAGI