sábado, 18 de julio de 2020

Reescribir a papá



Leer otra vez un libro es un hecho peligroso, un acto de doble impiedad. El primer riesgo, qué duda cabe, es descubrir y constatar que esa historia que nos había deslumbrado, conmovido y la atesorábamos como un talismán secreto no era para tanto. En fin, que aquello que nos parecía iluminador, ahora apenas disimula el lugar común, que la prosa se volvió un plomo o, lo que es peor, demasiado lavada, que la magia que atravesaba sus páginas se esfumó sin aviso. Releer, entonces, puede convertirse en una vuelta obligada de las vacaciones, porque nos han llamado para decirnos que entraron a robar a nuestra casa.

Sin embargo, existe otra dificultad, esa que todo esfuerzo trae consigo: sentirse desarmado por una historia que habíamos interrumpido tiempo atrás y que, ahora, se nos ha vuelto imprescindible. La intemperie que le llaman.

Hace unos años comencé a leer la novela «Papá», del escritor argentino Federico Jeanmaire y la abandoné cerca de la página 40. Chau, a otra cosa. Nunca he sentido culpa por dejar un libro; luego de un par de arremetidas cargadas de esperanza, si la historia no sale del pantano prefiero pasar al que sigue. En una época en la que vamos saltando de link por vez, porque siempre puede haber algo más interesante en otra ventanita, nadie debería azorarse por este gesto desalmado. Conocida es la anécdota de Borges en la que les aconsejaba a sus alumnos que dejaran el libro si les aburría: «La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz…». Claro, en el medio se murió mi propio padre y mi mano fue hasta la biblioteca como si buscara un salvavidas. Ahí estaba la novela de Jeanmaire flotando en los estantes más altos.

El resultado de esa experiencia de lectura, por supuesto, fue completamente distinto: de un interés tibio, pasé a leer palabra por palabra como si sostuviera una brasa ardiente. Mis ojos febriles acompañaron a ese narrador/hijo que intenta retratar, entre disputas, a un progenitor un tanto particular: militar de carrera y dos veces intendente de gobiernos de facto. Jeanmaire compone cada oración de «Papá» como una posibilidad para entender: «Escribo porque el hombre es el único animal que escribe y porque, además, nunca pude comprender cómo es que hacen los hombres que no escriben para velar su propia conciencia de la muerte…». Qué injusto había sido en abandonar esta novela. O mejor dicho, yo me había atrevido a leerla en medio de una tormenta.

En resumen: leer, releer, escribir. Las letras de molde no cambian sobre las páginas, los mutantes somos nosotros. Pero qué sucede con la reescritura. Reverenciada por los autores para lograr el punto justo de lo que quieren expresar y así alejarse de los borradores iniciales, la reescritura no es otra cosa que la literatura. Nadie disfrutaría de un plato con la cocción dudosa, como tampoco de una casa con los hierros y las astillas a la vista. En la serie de ciencia ficción «Travelers», los humanos creaban una inteligencia cuántica capaz de enviar sus propias conciencias a través del tiempo a personas en el siglo XXI. Estos Marty McFly cerebrales asumían la vida de otros, de quienes se conocía el momento exacto en que iban a morir, para luego realizar con ese cuerpo misiones secretas y evitar un futuro apocalíptico. Cuando uno de los viajeros era descubierto, el equipo estaba obligado a «reescribir» su memoria, es decir, borrar y modificar a conveniencia cualquier desprolijidad que ponga en riesgo la linealidad temporal.

Destinado a leer y releer mi pasado, ¿será por eso que me empeño ―texto tras texto― en reescribir a mi papá? Novelas donde es un villano sin mucha vocación, poemas en que compartimos las cargas, cuentos que le dan una voz de espanto a la ternura. Para soportar «de palabra» su recuerdo, necesito un equilibrio; como si un empate sobre la hora y en posición adelantada fuera discutido eternamente en todas las formas conocidas.

Quizá reescribir sea otra posibilidad para comprender, un engaño a puertas abiertas, sin altura ni mucha franqueza, pero con una intensidad dolorosa que mantiene vivo un diálogo de un hijo con su padre desfasados en el tiempo. Finalmente, el mismo Jeanmaire arriesga una respuesta misteriosa y precisa: «Cosa rara el amor. Casi imposible de escribir».

HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 28 de junio de 2020

«Fritanga maravillosa», la autobiografía involuntaria de Schillagi






Diario MDZ

El poeta y narrador Hernán Schillagi estrena libro, un trabajo que reúne personalísimos ensayos y crónicas breves, muchos de ellos ya conocidos -y disfrutados- a través de sus redes sociales.

Hernán Schillagi, escritor y docente nacido en San Martín allá por el aciago 1976, es a esta altura de la tinta y los bits uno de los nombres insoslayables de la literatura de Mendoza, en virtud de una obra sólida y profunda, cuidadosa tanto en su concepción temática como estética.


Tal apreciación, subjetiva por cierto, puede corroborarse -o refutarse, por qué no- repasando sus incursiones en la poesía con Mundo ventana, Pájaros de tierra y Gallito ciego, entre otros; en la narrativa con las novelas De los Portones al Arco y Los cuadernos de Gloria; en los microrrelatos de El dragón pregunta; y en el ensayo con La visión del anfibio y el flamante Fritanga maravillosa.

Ganador del Certamen Literario Vendimia en 2008 y en 2017, profesor de Letras y editor junto a Fernando G. Toledo de la revista digital El Desaguadero y Libros de Piedra Infinita, Schillagi es de esos que respira literatura las 24 horas.

Estos ensayos y crónicas breves con los que regresa a la consideración de los lectores dan fe de que además de ser un autor relativamente prolífico también es un creador que se permite la imprescindible pausa para pensar y repensar acerca del oficio. Con sus luces y sombras. Con esos sabios laberintos en los que solemos perdernos una vez que entramos al mundo libro.
El texto que sigue es tanto un prólogo como su amable forma de abrirnos las puertas a las páginas que vendrán. Pasemos sin demora.

Del deseo y la intensidad

Por qué motivos alguien insiste en hablar en primera persona sobre situaciones que no le sucedieron del todo, que apenas fueron un roce cercano. Algunos responderían que es la ficción.
Sin embargo, lo escrito, visto, leído y vuelto a escribir aquí es absolutamente cierto, y no tanto: ensayos que surgen del deseo y la intensidad, crónicas de un acontecimiento microscópico, imperceptible para quienes transitan distraídos por esta realidad precipitada y servil.
Quizá, la suma de estos textos den el resultado lenguaraz y distorsionado del que escarba siempre en el mismo cajón de las palabras: una autobiografía involuntaria, expuesta y solapada en un único gesto acerca de mis pasiones (la lectura, el fútbol, el mate), de mis obsesiones (la escritura, lo cotidiano), como también un testimonio de mi perplejidad ante la tecnología y el comportamiento humano.
Como un Cesare Pavese un tanto descarado y meridional, que enfrenta el abismo de lo desconocido a punta de poesía y argumentos, elevo la apuesta y declaro: vendrá la muerte y leerá tus PDF.




lunes, 15 de junio de 2020

Fritanga maravillosa, de Hernán Schillagi




UNA AUTOBIOGRAFÍA INVOLUNTARIA


Por qué motivos alguien insiste en hablar en primera persona sobre situaciones que no le sucedieron del todo, que apenas fueron un roce cercano. Algunos responderían que es la ficción. Sin embargo, lo escrito, visto, leído y vuelto a escribir aquí es absolutamente cierto, y no tanto: ensayos que surgen del deseo y la intensidad, crónicas de un acontecimiento microscópico, imperceptible para quienes transitan distraídos por esta realidad precipitada y servil.

Quizá, la suma de estos textos den el resultado lenguaraz y distorsionado del que escarba siempre en el mismo cajón de las palabras: una autobiografía involuntaria, expuesta y solapada en un único gesto acerca de mis pasiones (la lectura, el fútbol, el mate), de mis obsesiones (la escritura, lo cotidiano), como también un testimonio de mi perplejidad ante la tecnología y el comportamiento humano.

Como un Cesare Pavese un tanto descarado y meridional, que enfrenta el abismo de lo desconocido a punta de poesía y argumentos, elevo la apuesta y declaro: vendrá la muerte y leerá tus PDF.


HERNÁN SCHILLAGI
San Martín, otoño de 2020





lunes, 8 de junio de 2020

Algunas frases que dejó la cuarentena



*No hay gmail que por bien no venga.
*Tanto va el dedo a la tecla que al final se envía.
*A cada chancho le llega su COVID.
*Si te gusta el videollamado, aguantate la interferencia.
*Y en la calle codo a codo, somos mucho más que tos.
*La letra con plataforma virtual enter.
*Más vale virus conocido que virus por conocer.
*Tapabocas vemos, caras no sabemos.

sábado, 23 de mayo de 2020

Un viaje cargado



Si en el viaje de vuelta del aserradero, luego de cargar en la chatita Fiat 1500 anaranjada unos tablones de MDF y dos rieles metálicos para el proyecto «Biblioteca Familiar», el fletero te cuenta con la nariz fuera del barbijo que fue combatiente de Malvinas, que vio al Espíritu Santo mientras buscaba un milagro para su hija enferma y que se probó de 11 en Independiente de Avellaneda; serán los 300 pesos mejor invertidos de este año. «Y un corazón no se endurece porque sí...», cantaba el Indio Solari.

domingo, 3 de mayo de 2020

Romance del prisionero en cuarentena




Que por mayo era por mayo,
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
Cuando sale a la baranda
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
Sino yo triste, aislado,
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
Sino por una mirilla
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.

ANÓNIMO

sábado, 25 de abril de 2020

Héroes no tan anónimos


Salgo a la calle de la cuarentena. Un mapeo cerebral anterior me asigna un itinerario conocido y peligroso: cajero automático, Rapipago y carnicería. Pero antes de enfrentar el exterior, me calzo un tapaboca y unos anteojos oscuros como si fuera el yelmo de una armadura perdida.
Mi clandestinidad involuntaria avanza hasta la cola del cajero. A los cinco minutos pasa el de la farmacia en bicicleta y me saluda tras su visera de acrílico: «¡Hernán!», grita. Lo miro pedalear y apenas le respondo con la mano. Luego voy al Rapipago, la fila es corta. Sale alguien de pagar, lleva barbijo negro y, cuando pasa a mi lado, me reconoce: un compañero de trabajo. Entro y camino hasta la ventanilla, una mujer con la vista en la pantalla me recibe las boletas. «La primera cuota de la luz y abril de la Muni», le digo. «Bueno profe», me contesta. Mientras le paso la tarjeta de débito, me cuenta que fue alumna mía hace una década. Última parada, la carnicería. Llego con los anteojos empañados y el tapaboca medio corrido. Atienden de a una persona, así que espero en la vereda mientras una mujer compra carne molida. Se da vuelta y me dice: «Hola, Hernán. ¿Todo bien?». Una simpática compañera de la primaria descubre mi identidad de superhéroe atribulado y venido a menos.
Bruno Díaz, Clark Kent, Diego de la Vega; qué difícil la hubieran tenido en estas épocas tan virósicas y prosaicas. La cuarentena nos ha desarrollado un sexto sentido de escaneo, captura y procesamiento de datos. Así no hay incógnito que resista.

HERNÁN SCHILLAGI