jueves, 17 de septiembre de 2015

Papel continuo





Con el tiempo resulta inevitable el cambio en el modo de escribir, ya que es el propio mundo el que continuamente se transforma. Al menos en los soportes. Quiero decir que hace más de 20 años escribía en cuadernos blandos o papeles sueltos con una lapicera azul lavable. Así, rayoneaba la parte de atrás del papel continuo que mi hermano me traía del banco con poemas mínimos, pero bravíos. Era un modo de apartarme poco a poco de la herencia financiera que venía desde mi viejo. Necesitaba -por motivos de una obsesión tumultuosa- pasar en limpio el poemita con las correcciones al lado del «muletto» y comparar cortes de versos, adjetivos eliminados, o verbos sin domesticar. En el anverso, los números de los balances sonreían con aire perdonavidas. Con el tiempo, tipeaba (más bien martillaba) los poemas en una prestada Olivetti Lettera 22 con caries, al decir de Sabina, y corregía in situ: si se me ocurría un cambio a último momento lo perpetraba sin culpas. Esa era mi manera modesta de fijar en molde la escritura. Después, con los procesadores de texto de las computadoras cambió todo y me volví un híbrido: redactaba en papel y lo terminaba en el Word. Hasta que un día prendí la lenta 486 y tecleé directamente los primeros versos intangibles «recibir el daño / en la mentira / en la coraza de los sueños / por cumplirse...». Así empezaba el poema golpes al azar, de lo que luego fue mi segundo libro. Tal vez el título quería decir -para variar- algo más. A partir de ese instante, la escritura a mano se volvió más esporádica o solo para tomar apuntes en libretas furtivas que se me viven extraviando. 

Por otro lado, al revés de lo que se piensa entre los poetas, necesito de cierta presión para escribir. También algo de método. Siempre estoy entre los horarios de salida de la escuela de mi hija o apremiado por el trabajo docente y, como casi no creo en la inspiración, provoco situaciones. Las netbooks (y su portabilidad a batería)  han venido a solucionar algunos problemas de logística, ya que no hay que ir hasta el escritorio y despertar a toda la familia; sino que tomando mate en la cocina, o friendo las milanesas, uno puede ir picoteando el teclado. A nadie le gusta, sin embargo, la yerba lavada o la carne cruda, como tampoco un texto escrito a las apuradas. No hay máquina del tiempo ni acelerador de partículas que apure el proceso escritural. Puedo dejar reposando un puñado de versos varias semanas y tirarles de nuevo aceite para que recuperen su textura crocante.
           
Así y todo, los formatos no modifican la escritura, la estimulan. Son juguetes serios para los que malamente disimulamos una adultez irremediable. No obstante dejan huellas en el procedimiento, como esas relaciones peligrosas e intensas que nos oscurecen hasta el tono de la voz. No llegué tampoco a tener experiencia con la pluma de ganso, pero tal vez, en los cuadernos se escriba corto y con firmeza; en libretas anilladas, sin preocupación; en las computadoras, largo y con tabulaciones a lo ancho. Laboratorios ambulantes que nos permiten continuar con ese papel que creemos haber elegido, aunque en realidad, nos ha envuelto para siempre. Hélène Cixous lo sabía bien: «Con una mano, sufrir, vivir, palpar el dolor, la pérdida. Pero está la otra: la que escribe…».



HERNÁN SCHILLAGI

lunes, 31 de agosto de 2015

Un poema en el espacio y el tiempo





estado del tiempo



tranquilo que un viaje es solamente
una manera distinta de ver pasar las formas
hay un cuerpo sí una máquina hecha de velocidad
y el tiempo como un árbol que se trepa en otoño
para llegar hasta la cima y contar las horas amarillas
que cayeron quebradas en el camino

tranquilo me susurrabas y mis oídos
eran esa antena solitaria que recibía
cada palabra como un golpe eléctrico
como el choque de dos bocas en la oscuridad
como ese mensaje que atraviesa letra a letra una borrasca
y cuando llega a destino es otro diferente
porque toda comunicación debería ser un engaño

como lo ves estoy tranquilo aquí
he tomado la decisión de perderte y seguirte
en todos los pasos que dibujan un mapa
seguirte en cada desvío de la memoria
que se rompe como un vidrio opaco
que la distancia cambia de color
y al girar los pedazos trazan una rosa simétrica
una estrella de cinco puntas contra el sol
un sendero empedrado sin salida
para que el caleidoscopio dé la última vuelta
y enfrente sus tres espejos contra el vacío

tranquilo me pedías mientras de tu boca salía
la sombra de una historia donde hace mucho
un dios castigaba a los hombres quitándoles la posibilidad
de viajar en el tiempo con sus artefactos de metal y de fuego
pero hubo una revolución sin fronteras
entonces ese derrotado dios concedió entre dientes
que los viajes no tendrían regreso

tranquilo me dijiste que todo viaje es una excusa
para cambiar de tiempo y no de espacio


HERNÁN SCHILLAGI, en Ciencia ficción (2014)

sábado, 25 de julio de 2015

Lectura obligatoria






Lea atentamente el siguiente texto

Atravesar el umbral de un aula y creer que los alumnos no han leído nada en su vida y que, además, detestan los libros puede ser tan cierto como peligrosamente suicida para un docente. Los pibes en la actualidad lo hacen todo el tiempo, aunque de un modo diferente: leen con el corazón en una mano (y la otra en el teléfono). «Limpia, fija y da esplendor» rezaba la leyenda con la que nació la Real Academia Española. Pues bien, una lectura obligatoria para los adolescentes debería ser todo lo contrario: «Sucia, inquieta y da temor». François Texier sugiere que «La lectura no es una actividad neutra: pone en juego al lector y una serie de relaciones complejas con el texto…».


Tema 1

¿Existe alguien con sentido de la responsabilidad que pueda aseverar sin fisuras y dar cuenta concreta de que la lectura es un acto intelectual que «hace bien»? ¿No es al menos discutible eso de que la lectura es vital para los seres humanos? Se pueblan los muros en las redes sociales de profesores/as bienintencionados/as que cuelgan, como en un pizarrón simpático y tecnológico, frases «bonitas» a favor de leer del tipo «Descubramos el mundo de fantasías que guarda cada libro», «Leer nos hace libres», o ese derroche de imaginación antitética que dice «Lee poco y serás como muchos… Lee mucho y serás como pocos». Todas, frases de innegable y meridiana verdad. Que facilita las conexiones neuronales, es cierto; que estimula la imaginación, cómo no. Sí, nadie puede estar en desacuerdo sobre lo importante que es ingerir alimentos para la subsistencia y, así y todo, hay personas con problemas de bulimia y anorexia.


Tema 2


También resulta bastante contradictorio que el libro insigne de nuestro idioma muestre desde la primera página a un personaje, Don Quijote, enloquecido de tanto leer: «Él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro…». La tragedia de la lectura, apunta con lucidez Susan Sontag; para rematar sobre el Caballero de la Triste Figura: «La lectura no solo ha deformado su imaginación; la ha secuestrado». Hoy, Alonso Quijano sería visto como un adolescente tardío, tan heroico como compulsivo, que no puede desprenderse del Facebook y que se cree, a pie juntillas, todo lo que su perfil dice de él (haber utilizado la locución adverbial «a pie juntillas» es una muestra pasmosa de la ruina intelectual que han hecho en mí tantas lecturas). Por lo tanto, ¿estas son las únicas armas argumentativas -memes robados, aforismos apócrifos, trémula militancia virtual- con las que contamos los docentes de Literatura para promover hoy el interés en las curriculares lecturas obligatorias? Theodor Adorno aseguraba sin malicia: «Los creadores de obras de arte significativas no son semidioses, sino seres humanos falibles, a menudo neuróticos y dañados…».


Elabore un juicio crítico

En Si una noche de invierno un viajero, Ítalo Calvino nos mostraba, con bastante ironía, a un «no lector»; es decir, un retirado de la lectura hasta de los carteles publicitarios. Esta saturación extrema puede verdaderamente sucedernos en la actualidad: internet, mensajería instantánea, noticias las veinticuatro horas, propagandas, pizarras informativas y, por qué no, libros, diarios y revistas. El maravilloso e ingrato oficio de hacer leer por obligación, además se da en los dientes contra nuevos modos de lectura juvenil, como las lavadísimas traducciones express de best sellers, la fanfiction (que deja el lugar para que las chicas coloquen su nombre y protagonicen aventuras con su cantante favorito de turno), o las novelas por entregas que corren candentes por las redes sociales. ¿Estamos «obligados» a competir, entonces, desde la escuela? Sépanlo: la batalla del entretenimiento está perdida desde que se creó hace décadas el Pacman. Lo que todavía tienen de imbatible los acartonados libros, alguien tiene que decirlo, es la transmisión de experiencias y la intensidad imperecedera con que pueden ser presentadas estas historias. «Donde existe una necesidad, nace un derecho», clamaba Evita con toda lucidez, y me atrevo a parafrasearla: donde existe una necesidad, nace un lector. Porque es en lo que les hace falta a los púberes por donde los docentes podemos entrarles troyanamente. Diversión y distracciones les sobran. No obstante, la reflexión crítica acerca de situaciones extremas, ponerlos en el lugar del otro, desgajarlos un poco de su ensimismamiento cerril; tal vez sean las carencias más urgentes. ¿Queremos lectores que pasen las páginas con la liviandad de apretar un joystik? Buscamos, sin duda, el placer y la felicidad de los alumnos. Pequeña tarea nos han dado a los profesores de Literatura. Pero también deberíamos darles armas eficaces para cuando se encuentren solos (si es con un lenguaje elaborado, mucho mejor). No hablo aquí de la famosa (y reaccionaria) «cultura del esfuerzo». Resulta muy cómodo hacer que los demás se agoten. Trato de decir que no existen clásicos inoxidables ni inamovibles, así como tampoco imposiciones prefabricadas del mercado editorial. «La literatura es memoria, y como tal, necesita un plus, una distorsión o un corrimiento de sentido, una fisura que nos permita ir en busca de lo que todavía desconocemos…», reflexiona María Teresa Andruetto en su libro que se llama, justamente, La lectura, otra revolución. Ningún buen libro en estos parámetros, por lo tanto, será homogéneo y, mucho menos, homogeneizante; sin embargo, hacer que un grupo lea obligatoria y necesariamente la misma obra en simultáneo, significa tomar el desafío de enfrentarla con diferentes, embrolladas, inquietantes y temerosas miradas. En fin, una diversión impuesta de las que no se olvidan.


HERNÁN SCHILLAGI


Algunas menciones
-Andruetto, María Teresa. La lectura, otra revolución. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2015.
-Sontag, Susan. Cuestión de énfasis. Alfaguara, Buenos Aires, 2007.

domingo, 14 de junio de 2015

La inteligencia de Charly García





             
Noche de guitarras de un amateurismo temerario. Brindis entre lo dulce y lo salado. Así, mal cantamos la insoslayable «Aprendizaje» de Sui Generis y no hace falta un fogón para elevar las gargantas y decirle a la fría cara de la adolescencia: «Siempre el miedo fue tonto…». Luego, alguien rasquetea los acordes de «El fantasma de Canterville» hasta promediar en un momento épico: «Pero siempre fui un tonto / que creyó en la legalidad…».  Tomo la posta e intento «Tribulaciones, lamentos y ocasos de un tonto rey imaginario, o no», sin embargo la letra no sale y la memoria se me entrevera con las notas mayores y menores. Fin de la anécdota.

Cualquiera que haya seguido el primer párrafo con atención y releído alguna de sus oraciones, no habrá tardado mucho en darse cuenta de que hay un objeto textual más que relevante repitiéndose falaz en cada una de las citas: Charly García insiste en colocar la palabra «tonto» en sus canciones. ¿Cuál será el motivo? Eso me preguntaba en la ruta, mientras regresaba de la fiesta. Casualidad, pensé para tranquilizarme en medio de la oscuridad. Sin embargo, al otro día, traté de hacer memoria y me descubrí entonando la canción «Yo no quiero volverme tan loco» justo en la parte donde dice: «Veo tantas chicas castradas / y tantos tontos que al fin…». Un momento: las señales son abrumadoras. Entonces, hice lo que todo intelectual del siglo haría en mi lugar: prendí la compu y escribí en la barrita del buscador «Charly García + tonto». La sorpresa fue reveladora.

Aquí debo hacer un alto para aclarar que el vocablo en cuestión no abunda en la poesía rockera ni en la cancionística popular (admiradores de Comanche, abstenerse). Es más, el cantante del bigote inestable es uno de los pocos que ha logrado el equilibrio entre una canción maravillosa en lo musical y una letra evocativa, contundente. «Tonto» y sus derivados en género y número son considerados antipoéticos, o de un coloquialismo ramplón. A Spinetta, por caso, le bastó en 1971 con una sola canción llamada «Era de tontos» (compuesta con Pappo) donde, por cierto, en ningún momento menciona la palabra, además del título. Después escribiría «Nena boba» y «A Starosta, el idiota», pero ese es otro cantar. El rastreo en Fito Páez arroja un par de resultados: en «Circo beat» (perdido en el recitado inicial antes de las estrofas) y en «Tu sonrisa inolvidable», como para demostrar que dos veces es casualidad y ya tres, sospechoso. Si hasta Calamaro, en su más que prolífico repertorio, presenta un solitario caso que confirma una regla no escrita. «Hacer el tonto» es el nombre del tema donde únicamente al final reflexiona: «tengo que pensarlo seriamente, / no es cuestión de hacer el tonto con la gente…». También León Gieco entraría en el podio con tres ocasiones, si no fuera que una de ellas es justamente una canción de Charly, la ya mencionada «El fantasma…». El poeta y ensayista Diego Colomba cuando analiza las letras de García habla de «oportunismo léxico» y de cierta «torsión semántica» en el modo de escribir: «desde sus discos iniciales están presentes sus rasgos de estilo: la intercalación de fragmentos figurativos con juegos de palabras, clichés o registros coloquiales; el uso de versos efectistas que buscan generar sorpresa en el auditor a través del absurdo y de recurrentes antítesis y enumeraciones…».

Releo lo anterior y no puedo dejar de decirme como en esa de Serú Girán: «Soy un tonto en seguirte / como un perro andaluz». Porque sí, resulta casi surrealista esta búsqueda antojadiza e inconsciente. ¿O acaso Charly no se hizo el loco (o el tonto, que es lo mismo) para que le dieran de baja en el Servicio Militar Obligatorio? Como también -a fuerza de metáforas bien elaboradas- con esa inteligencia bicolor logró zafar de la censura en los años de plomo. El mismo Fito describió a García de este modo: «Es una ráfaga de lucidez imparable; es un ícono auténtico y un artista lúcido en un país muy hipócrita. Charly percibe la tragedia de este mundo como nadie...». Cualquier jovencito incauto, hoy por hoy, podría verlo como un famoso extravagante  que vive de sus viejas glorias y con una voz más cercana al Pitufo Tontín -justamente- que a ese caudal poderoso y desgarrador con el que le decía a los dinosaurios de los militares en la cara que iban a desaparecer y aquello de «No bombardeen Buenos Aires».
          
La persistencia, por lo tanto, en reiterar una palabra tan insípida en su enorme obra funciona a modo de señal en el camino, migas de pan tan atolondradas como venenosas para que los pájaros muertos sean los que nos indiquen el regreso. ¿De qué nos quiere prevenir, entonces, Charly García? «Vos deseabas salir / de tu eterno jardín, / yo de mi tonto fulgor…», sugiere inquietante en «Llorando en el espejo».  Para más adelante, titular un disco completo como «Kill Gil», que en una traducción rápida y nada inocente diríamos: «Maten al tonto».

 En una entrevista, el cantante se defiende (y se define) ante la tontera generalizada: «Alguna gente me dice que soy inmaduro y hasta infantil, pero uno de mis grandes logros en la vida es no haber alterado las cosas básicas; me sigue gustando lo mismo: la inocencia en todas sus manifestaciones, musicales, amorosas, inteligentes...». Finalmente, la inteligencia de Charly García ha consistido siempre en estar alerta -en medio del fárrago de sus vaivenes personales-  para avisarnos de aquello que nos aplasta, nos quiere dominar  y hacernos ver que no somos tan estúpidos ni tampoco tan vivos como pensamos. «Hey, pará, cuidá ese corazón. / Tonto fui / y me creía el mejor…» dice en una versión autocrítica de un tema de  Stevie Wonder. Charly no va a parar, ya que él nunca tuvo dudas.


Hernán Schillagi



Menciones (por orden de aparición)

-«Aprendizaje», en Vida (1972), de Sui Generis
-«El fantasma de Canterville», en Adiós Sui Generis III (1975), de Sui Generis
-«Tribulaciones, lamentos y ocasos de un tonto rey imaginario, o no», en Confesiones de invierno (1973), Sui Generis
-«Yo no quiero volverme tan loco», en Yendo de la cama al living (1982), de Charly García
-Colomba, Diego. «Letras de rock argentino. Géneros, estilos y transposiciones (1965-2008)». Editorial Académica Española, 2011.
-«Perro andaluz», en La grasa de las capitales (1979), de Serú Girán
-Di Tomasso, Agustín. «Ese que ve lo que otros no». En: rebvelados.blogspot.com.ar/2009/07/ensayo-un-recorrido-por-las-canciones.html
-«Llorando en el espejo», en Peperina (1982) de Serú Girán
-Seitz, Maximiliano. «Charly García: rebelde busca la inocencia». En BBC Mundo. com: news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_6362000/6362687.stm
-«Wonder», en Rock and rol yo (2003), de Charly García

viernes, 22 de mayo de 2015

Un poema para captar en los radares



hombre invisible sobre el puente

para qué llegar pregunto si lo que importa
son los pasos que uno por uno construyen un puente
secreto y colgante sobre la piel del río de tu cuerpo
si tus ojos niegan todo lo concreto de mis palabras y se cierran
ante mi boca alucinada y son perros sin memoria
infieles a mi mano que dibuja en el aire una excusa
como las nubes crearon la lluvia y la sombra
para justificar su existencia

llegar es un punto más en el mapa un desvío
que se ensaña en volverse morada
por ese motivo cuando arribe a la margen
de tus pies sin sangre ni abrojos no podrás verme
seré invisible a los radares de cacería que montaste
seré el calor inaprensible que queda de una leyenda
una que decía «hemos llegado solos al final del invierno
y cuando la nieve se retire nada habrá para mostrarle
a la inesperada luz del sol»

HERNÁN SCHILLAGI, en "Ciencia ficción" (2014)

jueves, 21 de mayo de 2015

El poeta rebelde




«Lunes por la madrugada», decía una vieja canción, abro los ojos y veo la cara de la oficinista en la seccional que me da el número para sacarme uno de los trámites con el nombre más inverosímil e inquietante: «Certificado de buena conducta». Hace rato que los Reyes Magos se apiolaron y no adjuntan ni por equivocación un obsequio a mis zapatos. La docencia titularizada exige registros de comportamiento callejeros, pero no áulicos. En fin. «¿Primera vez?», me dice. Entonces, computadora mediante, la oficial me suelta una jauría policial de preguntas identificatorias, civiles y urbanas. Hasta ahí todo bien, todo «legal». Pero de pronto, saca de la manga otra pregunta a lo gas pimienta: «¿Algún pasatiempo?». Cómo habrá sido mi mirada de dormida extrañeza que agregó: «Fútbol, bicicleta, básquet…». Quise ser honesto; certero, más bien. Recordé a los que en el pasado tuvieron que incinerar libros a escondidas, los ocultaron como a un familiar expósito, o los enterraron en el patio trasero del terror. «Más allá de toda pena / siento que la vida es buena, hoy…», me susurraba conmovedoramente Miguel Abuelo. «¿Mi pasatiempo? No sé: leer», respondí con una hidalguía tan cerril como cándida. «No muy atlético, pero claro que es un pasatiempo», afirmó con una sonrisa cómplice y lo tecleó. Entonces, tomó un rodillo y lo untó con una espesa tinta negra. Mientras aplastaba con suavidad las huellas que me identifican en todo el territorio nacional, pensé que, tal vez, tendría que haberle dicho que escribía. Pero ese no es un hobbie como para pasar el tiempo y mantener conductas que puedan documentarse. Además, necesito el trabajo.


HERNÁN SCHILLAGI