jueves, 18 de julio de 2013

Un poema encontrado en un sueño





vista desde la ventana



narrar un sueño es dar cuenta de lo poco
que deja esa historia una esquirla disuelta
en los solventes de la madrugada narrar
pues la nada verbos sin acción de un pasado imperfecto
y los ojos se cierran para que la boca hable

mi mujer dice «dormido anoche repetías peltre
peltre» de qué modo entonces retomar el hilo
a partir de una palabra opaca en mi cabeza
debo así reconfigurar un guion un espacio
y la inmaterialidad de los personajes

wikipedia «aleación maleable y se deforma
a la horma de la mano cuando se aprieta»
cuál es la fuerza que tengo que ejercer
para recuperar la estructura narrativa cuál
es el metal sin nobleza que fija un secreto
y oscuro se pasea por mi sueños revelados

«el peltre» leo ya sin sorpresa «es el material
que se utilizó para tomar la primera fotografía»


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 9 de julio de 2013

Cuando lo peor haya pasado de una vez





Pequeños combatientes, Raquel Robles. Alfaguara, Buenos Aires, 2013, 160 págs.*

            Ya desde su primera novela, Perder, que le valió el premio Clarín-Alfaguara  en 2008, la escritora Raquel Robles (Santa Fe, 1971) aborda sensiblemente las situaciones extremas de pérdida, ya que en esta obra narraba la historia de una madre que sufría la desaparición inesperada de su hijo en un accidente. Sin embargo, las raíces de cualquier relato llegan hasta lo más profundo de las experiencias de la autora: sus padres fueron detenidos-desaparecidos en la última dictadura militar de la Argentina. Por lo tanto en Pequeños combatientes, Robles invierte la mirada y expone una ficción de corte autobiográfico desde una niña a la que le ha sucedido “Lo Peor”.

            La protagonista tiene unos diez años aproximadamente y, junto a su hermano, queda al cuidado de unos tíos “grandes y comunistas”, luego de que un grupo de tareas secuestró una noche, sin un disparo, a sus padres militantes. La niña ha sido “adoctrinada” en la lucha subversiva y su visión es la del combate urbano y clandestino. Su pequeño hermano y ella son una célula guerrillera que ha quedado desmembrada a la espera de nuevas órdenes. Pero ella siente la culpa por no haber luchado con sus padres. Es aquí el mayor logro de la novela: la voz narradora. Robles ensaya un estilo indirecto libre al modo de una visión retrospectiva,  pero “contagiada” del enfoque y los giros de una nena que no puede asir un mundo demasiado complejo y doloroso: “Con el Enemigo si no se gana se pierde, por eso mi abuela no quiso arriesgarse. Cuando se perdió casi todo, lo que se tiene es muy importante: es lo que hace que no hayamos perdido todo”.

            Por eso, la historia irá contando al mismo tiempo las sucesivas pérdidas y los crueles aprendizajes al enfrentarlas. Pequeños combatientes, junto con Kamchatka e Infancia clandestina, viene a testimoniar la mirada silenciada de los que poco pudieron hacer ante el terror. Son esos niños que crecieron al desamparo y se hicieron adultos a la espera de Justicia. Al menos aquí, la literatura es una forma de combate que no cesa.


                                                                                 HERNÁN SCHILLAGI



*Publicado en el suplemento Escenario del Diario Uno el 6/07/2013

domingo, 7 de julio de 2013

El crimen perfecto






Hemos sido alucinados testigos, desde hace semanas, de un crimen tan suburbial como resonante: el de Ángeles Rawson. Testigos, sí, de la autoincriminación, de las pruebas de ADN y de la matraca infame de abogados y fiscales. Pero hemos sido también protagonistas co-partícipes de la cobertura mediática, de los prejuicios infundados, de las campañas tendenciosas, de las fotografías post mortem y del engrosamiento miserable de un «rating» que no nos pertenece ni nos va a salvar. «Fuenteovejuna lo hizo», decía la gran obra de Lope de Vega, donde un pueblo entero se culpaba de un crimen y no se hacía cargo al mismo tiempo. La injusticia y los embates autoritarios del poder redimían a los pobladores, pero ¿cuál será nuestra excusa como televidentes ante el cadáver de nuestra vergüenza? «La televisión lo hizo», diremos con las manos manchadas de morbosidad. 


HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 16 de junio de 2013

La visión del anfibio, de Hernán Schillagi





    Estos textos aparecieron originalmente —y no tanto— en la volátil virtualidad de los blogs personales Quebrantapájaros y Ciudadeseo entre 2004 y 2012; como así también en la no menos virtual revista de poesía y reflexión El Desaguadero. Un par de ensayos, además, vieron su luz analógica en distintos suplementos del Diario Uno de Mendoza. Sin embargo, todos han sido intervenidos, ampliados y hasta alterados genéticamente en el camino. Alguno empezó siendo un poema, otro como un relato o crónica y el último, por caso, fue primero un guion para una performance poética.


   Las nuevas tecnologías en la vida cotidiana y la poesía como última noticia. ¿Diego Maradona construye su segundo nombre? ¿Las ganas de mear mejoran las ficciones? ¿Cuándo se dice poema o poesía?  ¿Lloramos como un reflejo o una reflexión? ¿Se avizora una generación con medio cerebro? ¿Los poemas vienen en nuestro ADN y oxigenan el aire? ¿Se puede alquilar la felicidad? ¿Cómo nace un lector de poesía? 

 

    Las pocas ideas, o al menos mis esporádicas ocurrencias, no piden permiso para moverse, mutar y cambiar la frontera de sus vestiduras. Eso sí, de algo estoy seguro al menos: los ensayos brotan de la conversación divagante entre los amigos, de la observación alambicada como una prueba de contacto y de las lecturas tan apasionadas como inconformistas. Todas, fuentes híbridas que, en lugar de saciarnos la sed, queman de inquietud nuestras gargantas.

 

HERNÁN SCHILLAGI

 

miércoles, 22 de mayo de 2013

El humor sin sentido



La tele en su concepción es puro presente. Repetirla hasta «pulverizarse los ojos» como en el caso de los programas de Francella consigue, al menos, dos cosas: la molestia vacua de un «hit de verano» y la descontextualización. Al sketch de «La nena» (con sus defectos y sus escasas virtudes) no se le ha cambiado ni suprimido una escena, pero hoy nos hace ruido y nos incomoda. ¿Por qué? Se pasa al mediodía, a la tarde y a cada rato. Se pierde el «sentido» del humor, es decir, nos hemos desorientado en la reiteración. Así, juega con una incorrección que en su momento estaba casi invisibilizada. Nos cambió el humor, dicen. Pero es que, insisto, hemos perdido de vista el referente: ¿Es para adultos entre adultos? ¿Es picaresca o comedia blanca para toda la familia? Sospecho que hoy nadie lo sabe. Estamos cegados ante los guiños. Tenemos el ojo atorado de repeticiones, por eso del lacrimal solo nos sale intolerancia o incomprensión. Con la literatura pasa todo lo contrario, o acaso han escuchado decir a alguien: «Estoy 'repitiendo' la lectura de 'Ceremonia secreta'». Releer libros es contemplar el reverso de la realidad, bucear hasta el fondo para volver a descubrir cómo y por qué flota la forma. Porque la literatura es pretérito que se justifica en el futuro. La tele -¿tengo que repetirlo?- es puro presente.


HERNÁN SCHILLAGI

Los envases de la muerte



Releí Mortal y rosa de Francisco Umbral. Novela lírica que se sostiene en el ensayo y lo confesional. No cuenta, tañe. Por eso, en cada nota emitida, la metáfora se hace carne y núcleo narrativo. «Estoy oyendo crecer a mi hijo», dice en un endecasílabo suelto y abandonado, pero que se convierte en el agujero negro donde la materia anecdótica es absorbida y resignificada. La tragedia atraviesa todo el libro: el hijo ha muerto a los 5 años. Umbral apela a la «memoria simultánea» para narrar el dolor. El libro fue escrito -dice- en el transcurso de la enfermad hasta el fallecimiento. Tenso, así, un arco hasta La novela de la poesía de Tamara Kamenszain. Ella reflexiona sobre la imposibilidad de hablar de la muerte en un poema y dispara: «La prosa poética ya fue/ la novela lírica con evocaciones de infancia/ ya fue ya fue ya fue/ la poesía que se las da de narrativa/ también ya fue salvo cuando cuenta...». Entonces, una revisión obligada de mi escritura en estos últimos años se impone. Creo que estoy nervioso, pero expectante.


HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 2 de mayo de 2013

Un poema para los días húmedos






tormento eléctrico


ella cree presentir la lluvia
hay mañanas en que no bien traspasa
la galería y baja los dos escalones hacia la huerta
la humedad de la tierra se le sube por los pies
le recorre el blanco de las piernas
por debajo de la falda
se arremolina en su vientre
y provoca que se le erice
todo el vello que la cubre

así con el cuerpo en estado de alerta
enfrenta la jornada

«tal vez llueva un poco a la tarde» pronostica
aunque por las dudas va a conectar la manguera
pero sus manos ya no tienen la fuerza
suficiente para presionar en la boca del surtidor
cuando abre el paso del agua ella comprueba
que las pinchaduras se multiplican
a lo largo de toda esa lombriz plástica una lluvia
al ras del suelo se ha adelantado en su patio

no siempre llueve igual de noche que de día
el agua que cae desde la oscuridad
cuenta con la complicidad del que vela
entonces cada gota es un secreto
que se aplasta y mezcla con la tierra
de sus deseos ella sabe bien
qué hacer con ese barro

por eso enfrenta las palmas enlodadas
y empieza a frotarlas
y hace círculos concéntricos
las figuras sí no tardan en llegar
son trozos de la memoria que aparecen
informes luego pequeñas esferas
para que al final los dedos moldeen
a su capricho cada momento del pasado

«un hijo los libros y todas las ventanas
a punto de abrirse»

la atmósfera ahora se carga de iones
hay un cúmulo oscuro sobre su cabeza
miles de gotas se suman al riego y ella
que cree presentir la desgracia comprende
que en su cultivo algo sin retorno
se va a comenzar a pudrir 


HERNÁN SCHILLAGI