Hemos sido alucinados
testigos, desde hace semanas, de un crimen tan suburbial como resonante: el de
Ángeles Rawson. Testigos, sí, de la autoincriminación, de las pruebas de ADN y
de la matraca infame de abogados y fiscales. Pero hemos sido también
protagonistas co-partícipes de la cobertura mediática, de los prejuicios
infundados, de las campañas tendenciosas, de las fotografías post mortem y del
engrosamiento miserable de un «rating» que no nos pertenece ni nos va a salvar.
«Fuenteovejuna lo hizo», decía la gran obra de Lope de Vega, donde un pueblo
entero se culpaba de un crimen y no se hacía cargo al mismo tiempo. La
injusticia y los embates autoritarios del poder redimían a los pobladores, pero
¿cuál será nuestra excusa como televidentes ante el cadáver de nuestra
vergüenza? «La televisión lo hizo», diremos con las manos manchadas de
morbosidad.
HERNÁN SCHILLAGI

