Golondrina
Cuando tenía unos diez años, él jugaba con su hermano mayor a los espejismos. Con sus padres venían de San Martín algún que otro fin de semana a la capital, y competían para ver quién era capaz de descubrir el primer lago de la ruta. Fijaban la vista en el camino y, con los reflejos del sol sobre el asfalto, un cristal de agua fluía adelante sin mojar. La madre oficiaba de juez imparcial porque a veces veían lagos con el cielo todo nublado. Es por eso que, cuando Juano mira que un camión Bedford con un ramillete oscuro de hombres disminuye la velocidad a su lado, piensa que un inusitado espejismo le grita que suba, que lo acercan un poco más allá de la Feria La Banana. Entonces se lanza hacia la baranda en movimiento y dos manos enguantadas lo ayudan a subir.
Mientras agradece, Juano observa diez rostros que en un comienzo le parecen hermanos. La tierra encima iguala a todos. Uno de ellos le pasa un tetra de tinto. Ahora estarían iguales por dentro. Pero el vacío en el estómago de Juano hace que mil afileres infectados se le revuelvan. Intenta una arcada y todos lo miran como si fuera un niño miedoso. Juano cierra los ojos y se empina un último trago.
—Voy para El Desaguadero.
—Nosotros estamos yendo siempre de un lado a otro. Somos golondrinas.
—¿Quieren unas tabletas, muchachos?
Juano les pasa uno de los paquetes y les cuenta algo de su historia. De la nota, del Ami 8, de Gala.
—¿Te gustaba?, pregunta uno.
—¿Mi mujer?
—No, si va a ser el Ami.
Todos tienen las tabletas en la mano con una sola mordida, la de compromiso. El viento y el estruendo del motor hacen que las frases salgan y sólo estén de paso por los oídos. Las burlas de los cosechadores son un breve alivio para él. Burlarse de la farsa de su mujer, eso la vuelve menos cierta. A la farsa y a Gala. «Ojalá yo fuera golondrina, siempre en el aire y para adelante, sin tierra conocida para pisar», le hace pensar el vino a Juano. Gala y el Ami 8 lejos. Las ilusiones borrosas, ésas que –tal vez- no volverán.
El camión pasa por la feria de artículos regionales, donde una banana de chapa amarilla, como las del Ami 8, con un tamaño extraordinario se ofrece a toda la ruta. Ahora toman un desvío hacia el sur, el camino hace una subida pronunciada que el camión apenas puede trepar.
—¿No se romperá esta torta?, pregunta Juano.
—Estos camiones nunca tienen frenos. Sólo se usan cuando la vendimia.
Entonces, el Bedford baja por el sur como en una montaña rusa. Un Gordini verde viene saliendo de una finca. Por un instante las dos trompas, la de chancho del Gordini y la de elefante del camión, se van a enfrentar sin remedio.
—¿Sabés saltar vos?
—¿Qué me querés decir?, grita Juano.
Cuando termina de rodar por la tierra, ve que el peso del elefante alcanza a pisotear de refilón toda la trompa del Gordini. Pero mientras se sacude la ropa, lo que quiere limpiarse es la sombría imagen de Gala que se le hizo presente cuando cerró los ojos para saltar al vacío, como un pájaro.
Sountrack: Ave de paso, de Sandro