Me acuerdo que acababa de salir Libertinaje de la Bersuit, porque cuando fui a visitar a mi amigo estudiante de Filosofía a su nuevo departamento de universitario puso –como si el cd le quemara las manos- el revulsivo Sr. Cobranza. Aún la voz del Pelado Cordera nos resonaba en la cabeza cuando empezamos a recorrer el exiguo departamento: «Voy a la cocina, luego al comedor/ miro la revista y el televisor…» A los 5 minutos nos sentamos a discutir los beneficios de vivir cerca de la facultad, de la incomodidad del bañito, de cómo se iba a turnar con la hermana para estudiar en la pieza, de lo difícil de la situación. La conversación iba para largo, cuando de repente mi amigo soltó: «Y, el hombre es un animal de costumbres». Entonces, un silencio de gelatina nos tapó la boca.
Si bien las frases célebres y populares esconden alguna verdad, al mismo tiempo fosilizan posibilidades de diálogo, cercenan en seco aristas argumentativas, múltiples discusiones que pueden enriquecer puntos de vista se ven interrumpidos por una «sabiduría milenaria» de barrio. Como le pasó a mi hermano en la playa. Se sabe que las vacaciones dan una tentadora impunidad para criticar a los eventuales vecinos de sombrilla o de carpa. Pues cuando mi hermano más grande empezó a mofarse del tatuaje de Pepe Biondi en el hombro del bañero, de la tanga cavada de una abuela y de que si la recién casada tenía las tetas operadas; entonces, su mujer le asestó: «Dejalos, ¿y si son felices?». Fin de la sacada de cuero. Es sabido, «los hemanos mayores deben dar el ejemplo».
Sin embargo, las frases hechas traen algo más bajo su aparente poncho simpático y ocurrente: La soberbia. Hace poco escuché que una característica de los argentinos que más llama la atención a los extranjeros es que siempre anteponemos un «no» a cada respuesta; como también en lugar de decir «no estoy de acuerdo», sentenciamos todo con un «estás equivocado». Mucho tango ha corrido por debajo del puente y «el que no llora no mama», me dirá algún avivado.
Es que todos queremos tener la razón, o al menos, ser los que ríen últimos. No por nada Susan Sontag, en un potente ensayo sobre Roland Barthes, avisa con temeridad: «La naturaleza del pensamiento aforístico consiste en estar siempre en un estado de conclusión: el intento de tener la última palabra es inherente a toda construcción de frases poderosas». Por lo tanto, las frases populares son armas, cargadas de malicia y arrogancia, que aniquilan lo interesante de un debate que quizá –gracias al cruce de miradas- nos hubiera acercado a una certeza más pluralista. ¿Será por eso que la frase célebre del Quijote más repetida en la calle es apócrifa?
Así que, muy atentos todos aquellos que se relamen autoritariamente al cerrar discusiones con frases fáciles y masticadas. Tienen el poder y lo van a perder.







