domingo, 3 de enero de 2010

Lo que dura un cigarrillo



Está sentada en el umbral. Los pies separados y sus rodillas juntas hacen crecer un triángulo falaz. Espera. Tiene el codo clavado en el vértice superior y desde allí se extiende el brazo. Gesto de sostener por una eternidad un marlboro. Desespera. El humo le hace rulos a su melena oscura. La boca se le abre para volverse más amarga. Una boca que dijo, Sabías cuidar de mí. Como un perro, me lamías antes de enterrarme.

La esperanza también puede ser un hueso sucio. Bocanada final.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Un soneto para (no) brindar


paz de noche


uno a uno caen copos de nieve
son números de una registradora
que acumula como una topadora
este frío saldo del dos mil nueve

uno a uno cayeron los artistas
a esa forma de sueño que denigro
fue «el año que vivimos en peligro»
como el perro que cruza la autopista

fue farrah fue peña también mercedes
fue michael sin seña ni caminata
lunar mas al que brilla no lo mata

la muerte con su olvido y sus paredes
no hay brindis si mengua la compañía
por eso mi copa hoy está vacía



para brithany murphy,
que no entró por la rima

viernes, 18 de diciembre de 2009

Cuando aliviarse hace literatura


¿Cuántas veces en el medio de una conversación tan apasionante como sesuda con amigos hemos interrumpido nuestras argumentaciones para ir al baño? “Disculpen, me voy a echar una meadita y la seguimos”. Frase falaz si las hay, pero que de ningún modo nos desautoriza ante la tribuna enfervorizada con el último partido de la Selección o el uso del narrador heterodiegético en una novela actual. Uno se aproxima al trono de loza, levanta la tapa y al “desaguarse” las ideas comienzan a tomar formas nuevas, sin crispaciones ni urgencias. Al salir del baño, la vejiga aliviada – que había estado comprimida por los demás órganos más de lo acostumbrado- es un motor en marcha para refutar cualquier diatriba reaccionaria contra el gobierno o algún escritor en ciernes.

El reflejo miccional –me ilustra Wikipedia- es un proceso medular automático, y si no se consigue, al menos provoca el deseo conciente de orinar. Es por eso que la tensión creciente propia de la estructura narrativa –el nudo le llamarían los profesores de la secundaria- antes del desenlace, provocaría en los nerviosos personajes de una novela o un cuento, una sensación muy semejante a las ganas de ir a hacer lo “primero”. Unas ramplonas ganas de mear, bah. No estoy desvariando, si hasta hay una propuesta de un tal Miguel U. de incluir el vómito en la literatura: “El vómito como final siempre funciona bien. Literariamente digo.” Siguiendo su línea de fundamentos, elevo la apuesta a una necesidad fisiológica mucho más frecuente que la expulsión violenta y espasmódica del contenido del estómago: propongo que las ganas de orinar son un lógico final para las tremendas ansiedades que experimentan personajes como Juan Preciado o Artemio Cruz en las ficciones.

Cualquier valiente que atravesó hasta el final ese ladrillazo denominado “Sobre héroes y tumbas” me dará la razón cuando hacia las últimas páginas, Martín Castillo y el camionero Bucich protagonizan uno de los finales novelescos más plásticos y prosaicos de la literatura argentina; escribe Sabato: “El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz de las estrellas, la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida. El olor ácido y acre de la orina se mezclaba con los olores del campo…” Para conluir así: “Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero contra a aquel cielo estrellado; mientras orinaban juntos, sintió que una paz purísima entraba por primera vez en su alma atormentada…”. Hemos acompañado al castigado protagonista durante 550 páginas en un tórrido y suicida romance con una chica que por poco lo lleva a la destrucción, para darnos cuenta que una simple meadita en la llanura pampeana le devuelve la esperanza y la paz. ¡Qué final más cercano a la realidad, señores!

Si volteamos la mirada a otras obras, hasta encontraremos respuestas a dudas existenciales de algunos personajes. El casi jubilado Martín Santomé de “La tregua” anota en la última entrada a su diario íntimo –muerta ya la mujer de su vida-: “Me siento simplemente desgraciado. Se acabó la oficina. Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él? Mejor me echo una meada.” Mario Benedetti tenía la respuesta más sensata a mano y no la supo ver. En fin.

Por otro lado, nadie me puede negar que hubiese sonado más verosímil si el elegante unitario de “El matadero”, en lugar de reventar de rabia por los ultrajes de la chusma rosista, sólo se hubiera desaguado sobre sus calzones por los nervios que el caso imponía. En el exilio, Echeverría no había dejado de ser un romántico. Faltaban, hay que reconocerle, unas cuantas décadas para que Duchamp y su mingitorio “revolucionaran” el arte. También qué tranquilas al terminar “El juguete rabioso” se hubieran quedado las “buenas conciencias” de la sociedad si, en vez de solazarse con su traición al Rengo, Silvio Astier hubiera hecho un verdadero “mea” culpa de su deleznable acto. Y no hubiese sido, por último, más evidente la cobardía de Alberto Aldecua si, al ver caer los álamos talados de su adolescencia, no se hubiera empapado las piernas con su propia e infame orina.

Finalmente, aquí no se quiere hacer un revuelo escatológico en el borde de las paredes de la literatura del nuevo siglo, sino salpicar apenas con un aporte realista, aunque quizá semió-tico, para la resolución de las tensiones creadas de futuras obras narrativas. Ya lo dijo Borges en uno de sus sonetos más famosos: “No nos une el amor sino el espanto/será por eso que la meo tanto”.

sábado, 5 de diciembre de 2009

La cajera sale a las 22


Soy la cajera del súper. Hace siete horas que no me levanto de la silla. Pasan el suavizante, el raid max, los caldos light, la mayonesa, el maple de huevos como una línea de naves espaciales que yo elimino con mi rayo láser. Tengo prohibido ir al baño y quiero gritarlo.

Mi lengua es un tícket que no puedo arrancar.

Pero hay una esperanza que no tiene precio: en media hora dejarán que me cambie los pañales.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Oda al peatón retirado


Punto muerto/Dichoso aquel

Qué descansada vida la del que huye hacia el mundanal ruido en cuatro ruedas y motorizado. Luego de apechugarla años y años a pie o, en su defecto, en bicicleta, tengo un auto.

Primera/Un poquito a pie y otro caminando

Apenas empecé a trabajar, la escuela me quedaba a más de dos kilómetros, así que me los caminaba casi a diario. La mirada del que transita con sus dos extremidades inferiores es muy diferente a la de los cómodos automovilistas. El relieve de las veredas se vuelve una geografía amenazante, el lado de la sombra es la región a conquistar y el sudor en la frente se vuelve un combustible más que renovable. El peatón jamás llega tarde, ya que es el único estúpido que debe salir más temprano que todos. Recuerdo que veía pasar tantos autos por el bulevar y pensaba “aunque sea uno de estos podría llevarme”. Ese tipo de solidaridad urbana nunca sucedió, era más factible que me pidieran que los empujara porque no les arrancaba el motor.

Segunda/El profe “Buenaverdura”

Después me encaramé a una bicicleta azul. Reacondicionamos la que le habían regalado a mi mujer a los 15 (¡porca miseria!). Creo que Atlas no ha soportado tanto peso en sus hombros como yo en mis dos piernas. La bici era carne de perro, pero estaba hecha con el acero de los cañones del Ejército de los Andes: un plomo con ruedas. Sin embargo, ser ciclista es otra cosa. Ya podía salir 20 minutos después al lugar de destino, pasar los semáforos en rojo, ser presa de canes malaonda y llegar con la melena toda revuelta. Justo en esa época estaba la novela de Osvaldo Laport, que era “el profe de Literatura rodado 24”. Hasta la última promoción que vio ese bodrio me tuve que bancar que mis alumnos me gritaran “ahí va Franco Buenaventura”. No tendré el lomo del uruguayo, pero la tonicidad de mis muslos eran envidiables de tanto pedalear.

Tercera/Máxima velocidad

Sin embargo, el hada madrina de las ciudades convirtió el zapallo de la bici en un Citroën 3CV rojo, modelo 75. Un añito más que su dueño, el latoso; aunque quizá más entero. No será la citronave que llevó por toda la Península Ibérica a los personajes de “La balsa de piedra” de Saramago, pero arranca a la primera en las mañanas. Para meter los cambios hay que hacer más fuerza que para manejar un tractor con arado y en las calles con serruchos salta más que un canguro con colitis. No por nada el techo es de cuerina y rebatible. Es preciso que la cabeza del conductor no esté rota para manejar, por eso no paso de los 50 km por hora.

Marcha atrás/Los que de un falso 0km se confían

Creo que uno es peatón hasta que se demuestre lo contrario. ¿De qué modo? Odio buscar estacionamiento, me pone nervioso el semáforo y los malabaristas, aún no me saco mocos esperando la luz verde, me olvido de apagar las luces y cerrar con llave las puertas. ¿A quién le devuelvo este miedo a que me lo roben/rayen/abollen o caguen las palomas? Hasta el momento, la sabiduría de Quino en la voz de Mafalda me reconforta cuando se refería al Citroën: “Es uno de los pocos autos en los que lo importante sigue siendo la persona”.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Fundación mítica de la diversión


Ansioso, no esperé tener el contacto con las verdes sierras puntanas ni encandilarme con el áspero azul de El Carrizal. Bocinas mediante, he aquí el poema (mejor dicho, post-ema):

Fundación mítica de la diversión


Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida

Enrique S. Discépolo


jugábamos a que un anillo
podía volar hasta atraparlo
y en un pase mágico fuera una luciérnaga
jugábamos porque la siesta
era eterna y todas las hojas de los árboles
no alcanzaban para esconder el sol
jugábamos lo sabés
a que un pedazo de yeso
podía dibujar a los saltos el cielo

porque no nos quedaba otra jugábamos

porque en la tele había dos canales
media hora de dibujos y gente seria
que oscurecía las nubes con malas noticias
y porque además el nintendo y la playstation
estaban tan lejos que nos divertíamos
al crear del aburrimiento un mito

domingo, 1 de noviembre de 2009

Cómo escribir un poema



Todo aquel lector que fantasea con el momento en que un poeta se sienta a escribir –atraído y atrapado por las musas inquietantes-, seguramente piensa que hay un clima propicio para la “inspiración”, un encadenamiento mágico de sucesos que favorecen la salida de los versos en un acto de éxtasis único y sibilante. Sin embargo cuando Alejandra Pizarnik escribió que “en oposición al sentimiento del exilio, al de una espera perpetua, está el poema -tierra prometida-"; tal vez quiso decirnos que, para llegar a la ejecución de un texto más o menos potable, antes hay que atravesar por las piedras y espinas de la vida cotidiana.

Cuando recién nació mi hija estaba sin trabajo (Argentina 2001, ¿les suena?). Entonces, mi mujer se iba a dar clases y yo comenzaba con la limpieza del dos ambientes. Las magras ollas entraban en franca ebullición y, como si fuera poco, la niña cada cinco minutos lloraba por mi atención. Pero nada impedía que encendiera mi 486, hiciera click en el Word e intentara picotear el teclado como un gallo que escarba en el patio por el sustento diario. Con un ojo miraba la hornalla de la cocina, con el otro seguía el derrotero del poema y con una pierna hacia un costado mecía el cochecito con la punta del pie para que la bebé durmiera al calor de la pantalla del monitor.

¿La intimidad de la noche? ¿La mesa de un bar oscuro de humo y alcohol? ¿La verdura de un campo florido? ¿El rumor de las aguas al caer? Mucha literatura ha corrido por las cunetas para que la idealización instale en las personas el llamado irónicamente locus amoenus de la creatividad. Ante las distracciones de la vida posmo, los escritores han ido formando en su interior anticuerpos como las sordinas de un piano. Pero justamente, el lugar de mi casa donde hoy escribo (lo que llamamos “el escritorito de la computadora”), poco a poco está entrando en emergencia sanitaria. Paso a más detalles:

Las dimensiones son de 3x2 y da a un patio no mucho más grande. A este “cubículo creativo” lo rodea, sin exagerar, el atolón bullanguero más potenciado del universo. Al este hay una playa de estacionamiento donde entran y salen autos y el portón da sus férreos gritos al cerrarse, pegado viven unos pibes con la madre, y ensayan allí con su banda de heavy metal ¿Necesito decir más? Hacia el norte, tengo a mi vecino artístico. Me corrijo, herrero artístico. Así que sus chirridos de sierra madrugadores, sus golpes -tan certeros como siesteros- crean una armonía punzante en mi cabeza que la van ovalando hasta que, de tan castigada, abandona todo intento de escribir. En el punto cardinal opuesto se encuentra lo peor: el fatídico sur. La insomne parada de micro, la salida del colegio, las flechas silvadoras del lavadero, el pelotero perverso donde ningún cumpleaños será feliz (al menos para mí). Finalmente, hacia donde se pone el sol, unos departamentos en construcción destruyen lo poco de paciencia que me queda. Todo esto sampleado por la molienda de la fábrica de conservas más grande de la zona, apenitas cruzando la calle.

Entonces, ante tanta conspiración auditiva, el destierro se impone como opción. La tierra prometida de la que hablaba la poeta, por el contrario ¿será el silencio? Porque de otro modo: ¿Cómo escribir un poema?