lunes, 10 de mayo de 2021

Nuevas definiciones para un posible bloqueo de escritor






ESCRIBAR: filtrar las palabras hasta encontrar lo justo y preciso hasta la letra, el punto y la coma.

ESCRUBIR: escrutar lo redactado, examinarlo hasta rodearlo de indagaciones insoportables.

ES-CRACK-BIR: romper lo escrito con anterioridad y quebrar la lapicera/teclado/¿pluma?

ES-CRIC-CRIC-BIR: no se te ocurre nada y el silencio de la hoja en blanco acecha en medio de la noche.

EXCRIBIR: contentarse con lo publicado hasta el momento. Refritar, reeditar, ponerse un lubricentro.

ESCRIBIR: no hay remate.


HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 1 de abril de 2021

Poesía de lenguaje confidente




 

Sobre Lengua padre

Hernán: tu poesía me ha acompañado todo este tiempo. Poesía de lenguaje confidente, natural, conversado. Pero portador de una hondura que permite ver reflejada en ella la vida vivida y la vida esperada. Me permite también comprender (y oír) cómo suena este nuevo lenguaje de quienes, como vos, son más jóvenes y, por lo tanto, dueños de la promesa. 

Quiero destacar uno, pero vienen a la mente todos los poemas, como componiendo un escenario de nuestra cotidianidad. También de nuestros anhelos y miedos. Es un libro contemporáneo y necesario (valga la rima). Te mando un abrazo agradecido y, te repito, honrado por haberme dado un lugar en él.



Rafael Felipe Oteriño, e-mail del 24/03/2021

domingo, 28 de febrero de 2021

Un poema con temperatura

 
 

 

ola de calor 
 

el problema es cuando la noche llega
y el calor continúa bajo las sábanas
un sol que insiste desde el otro lado del mundo
como si no hubiera sido suficiente la siesta
sobre la brea y los techos

el sueño crece sube y estalla
como una ola en medio de la ciudad
frente a unos ojos abiertos a lo oscuro
así no hay figuras concretas hay distorsión
la realidad se vuelve espejismo
por eso pasan peces como vidrios rotos
meses como un suspiro final

cuando llega la noche el problema es
que la temperatura no baja y las visiones
se elevan hasta lograr una definición íntima
del deseo para ponerle nombre a cada cosa
que el frío había dejado en silencio

y bajo las sábanas el problema continúa


HERNÁN SCHILLAGI, inédito

jueves, 28 de enero de 2021

Animales semánticos y dónde encontrarlos


 

Cuando nos tocaba viajar en el asiento trasero del Ami 8 con mi hermano, durante la niñez de los 80, para pasar el aburrimiento inventábamos varios juegos durante el camino: descubrir quién veía primero el espejismo de agua en el medio de la ruta, encontrar horneros en los palos del tendido eléctrico, sacarle la lengua a todos los niños que pasaban, saludar a los camioneros con gesto de complicidad para que tocaran bocina y, si justo llegábamos a las vías y la barrera estaba baja, surgía la ruleta del tren; el triunfo era para el que adivinaba el número del último vagón. Todos esos entretenimientos salidos de nuestras cabecitas analógicas, en verdad eran un adiestramiento solapado para otro juego: el de cazar con la mirada. Pero no dependía de nosotros, sino del azar. Zorros, cuyis, serpientes, lagartijas, vizcachas y cuanto bicho de la fauna cuyana se atreviera a cruzar por el asfalto voraz. Entonces, atrapar ese flash viviente, con sus pelos, escamas o colmillos, te hacía ganar todas las jugadas. Es cierto que los juegos de niños estimulan la imaginación, aunque hay algunos que te definen para siempre.

En la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de 2016, guionada por la famosa J. K. Rowling, el mago Newt Scamander porta una misteriosa maleta con una docena de criaturas tan irreales como asombrosas. Así, atraviesa la ciudad de Nueva York sin poder dominar del todo a estas extrañas bestias que quieren colarse en un mundo sin magia, el nuestro. Con este muestrario particular, el protagonista es capaz de abrir cualquier cerradura, repeler maleficios, provocar tormentas, desaparecer para huir del peligro y aparecer cuando sea conveniente. Es decir, una persona con un aspecto similar al de un primo lejano, puede sorprenderte de un momento a otro con artilugios reconocibles y verdaderos.

Juegos y magia, diversión y maravilla. Quiero pensar que, del mismo modo, quizás un poeta sea una mago arrepentido que se olvidó de sus poderes, o un niño tardío que no se resigna a dejar de jugar. María Negroni nos revela en el precioso Pequeño mundo ilustrado: «Los cajones donde el niño guarda sus tesoros son arsenales y zoológicos. Los del poeta serán reservas de imágenes y retazos de lenguaje…». Esta zoología de la mente, por tanto, se traduce con los años en delgados y potentes libros de poemas, armas no solo cargadas de futuro —como quería Celaya—, sino de tiempo, uno que merece perderse sin consecuencias. Así como no hay discursos políticos para niños (aunque traten de engañarnos con puerilidades), tampoco existen libros de poemas enteramente para adultos. Escondidos en zonas infames y oscuras de las librerías comerciales, apretados hasta la invisibilidad en nuestras bibliotecas entre pesadas enciclopedias y novelas de éxito, recibidos con cierto desaire por lectores incautos en una presentación; estos especímenes de papel, tinta y sueños nos salen al encuentro en el momento que más los necesitamos: cuando una puerta se traba, cuando una nube negra no se aparta de nosotros, cuando el peligro de crecer en un mundo demasiado serio es un maleficio insoportable. Cuando,  finalmente, nos olvidamos que ser niños y  leer libros de poemas no deja de ser otra cosa que la búsqueda de algo vivo que se nos atraviese en el camino. 

 

 HERNÁN SCHILLAGI

viernes, 4 de diciembre de 2020

Algunos motivos para leer "Lengua padre", de Hernán Schillagi

 


*porque aparece un Citroën 3 CV dos veces, además de una bicicleta y micros de corta y larga distancia.
 
*porque si la lengua madre es la primera, la lengua padre es -tal vez- la última.
 
*porque, además de la mía, aparecen las voces de mis vecinos, de mis viejos, de mi esposa, y, por supuesto, de mi hija.
 
*porque entre los poemas se escucha una zamba, un rock, un villancico, algo de Leonardo Favio y de Spinetta.
 
*porque está dedicado a mi hija, quizás a su pesar.
 
*porque está dedicado a mi papá, quizás a mi pesar.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Sakura

 


Vereda rota. Esquina abandonada con el techo caído y las paredes sucias. Un semáforo alterna sus tres flores eléctricas a un costado. De pronto, como si fuera una placa chillona de Crónica TV, saco el teléfono y escribo: «Estalló la primavera». Entonces, registro la foto del cerezo a las apuradas para así capturar: el final de un invierno desnudo y el comienzo de otra cosa, desconocida y prometedora.
En Japón, la sakura (el florecimiento de los cerezos, los ciruelos, los durazneros o los almendros) simboliza la belleza y la fugacidad de la vida. Por eso, los samuráis veían a los pétalos como gotas de sangre. Sigo leyendo en Wikipedia y veo que, también, bajo esta sombra luminosa, los japoneses se reúnen con familiares y amigos para reflexionar sobre el paso del tiempo, la muerte y celebrar el valor de estar vivos.
Pero aquí estamos en otra parte del mundo, hermosa, contradictoria, con otras costumbres. Así, una lluvia blanca y rosa cae en una esquina abandonada, sobre una vereda destruida por la erosión de tantos pasos que se arrastran, aunque no hay escándalo ni tradiciones. Solo salimos para barrer. Por eso doy estos graznidos incomprensibles en forma de palabras, hasta que el poeta Matsuo Bashō me tira una pista con solo tres versos: «Lluvia de flores / un cuervo busca en vano / su nido».
 
HERNÁN SCHILLAGI

viernes, 31 de julio de 2020

El ídolo inconsciente



Antes que Sandro, antes que Charly García, mucho antes que Miguel Mateos; yo tuve un ídolo: Juan Ramón.

No había cumplido aún los 8 años y llegó a mi casa el cassette «Juan Ramón 84» y fue como el «Álbum Blanco» de Los Beatles. La única cassettera del JVC de mi papá explotaba con la ranchera «La última carta» y seguía la cinta dando vueltas. Pasaban así la tristeza, el despecho, los celos, el amor y la nostalgia; todo cantado por una voz inusitada que podría haber atravesado la materia si se lo proponía.

El niño que yo era, de pronto se destapó cantando sus canciones con una potencia y una intensidad que asustó a mis padres. Como también, se deben haber reído a mis espaldas por la seriedad de mi interpretación y de cierta imitación a los yeites juanramonianos: vibraciones estrafalarias de la voz y los agudos matadores.

De este modo mi memoria, porosa y castigada, aprieta la tecla «play» sin linealidad ni contextualización: Juan Ramón en la tele y en la radio, toda la familia con mi vecina de al lado en un recital que dio en Mendoza, cierta leyenda animal con su pierna coja, los comentarios ignorantes sobre la suerte de su nombre, entre otros recuerdos del montón.

Sin embargo, como en todo cassette, hay dos caras. Y yo, desagradecido, grabé en el lado B de mi cerebro esta admiración popular, este fanatismo indecoroso. Sí, abjuré de Juan Ramón. Lo mandé al rincón de los placeres culposos, cuando quizá era el responsable de los momentos más reveladores de mi niñez. Como ese en el que vamos hasta Ugarteche, en Luján, a la casa de los hermanos de mi vecina. Luego de la cena, empezaron a templar sus guitarras, apareció un bombo de la nada y entonaron una zamba. De pronto, alguien me señaló y dijo: «El Negrito también canta...». Sin avisar, uno de los guitarreros buscó un grabador y aclaró la voz para registrar: «Con ustedes, el niño Hérnan (así, con acento en la 'e' como si fuera un artista internacional) va a hacer su debut como cantante...». Sonaron los tres acordes de «Mis harapos», cerré los ojos y abrí la boca para decir: «Caballero del ensueño, tengo pluma por espada, / mi palabra es el alcázar de mi reina la ilusión...». Toda una declaración para el resto de mis días.

Finalmente, la muerte de Juan Ramón en la mitad del invierno despierta parte de mi inconsciente, lo interpela y lo estira como una cinta gastada que, en este preciso momento, se corta.


HERNÁN SCHILLAGI