
Cuando nos tocaba viajar en el asiento trasero del Ami 8 con
mi hermano, durante la niñez de los 80, para pasar el aburrimiento inventábamos
varios juegos durante el camino: descubrir quién veía primero el espejismo de
agua en el medio de la ruta, encontrar horneros en los palos del tendido
eléctrico, sacarle la lengua a todos los niños que pasaban, saludar a los
camioneros con gesto de complicidad para que tocaran bocina y, si justo
llegábamos a las vías y la barrera estaba baja, surgía la ruleta del tren; el
triunfo era para el que adivinaba el número del último vagón. Todos esos
entretenimientos salidos de nuestras cabecitas analógicas, en verdad eran un
adiestramiento solapado para otro juego: el de cazar con la mirada. Pero no dependía
de nosotros, sino del azar. Zorros, cuyis, serpientes, lagartijas, vizcachas y
cuanto bicho de la fauna cuyana se atreviera a cruzar por el asfalto voraz.
Entonces, atrapar ese flash viviente, con sus pelos, escamas o colmillos, te
hacía ganar todas las jugadas. Es cierto que los juegos de niños estimulan la
imaginación, aunque hay algunos que te definen para siempre.
En la película Animales fantásticos y dónde
encontrarlos, de 2016, guionada por la famosa J. K.
Rowling, el mago Newt Scamander porta una misteriosa maleta con una docena de
criaturas tan irreales como asombrosas. Así, atraviesa la ciudad de Nueva York
sin poder dominar del todo a estas extrañas bestias que quieren colarse en un
mundo sin magia, el nuestro. Con este muestrario particular, el protagonista es
capaz de abrir cualquier cerradura, repeler maleficios, provocar tormentas, desaparecer
para huir del peligro y aparecer cuando sea conveniente. Es decir, una persona con
un aspecto similar al de un primo lejano, puede sorprenderte de un momento a
otro con artilugios reconocibles y verdaderos.
Juegos y magia, diversión y maravilla. Quiero pensar que, del mismo
modo, quizás un poeta sea una mago arrepentido que se olvidó de sus poderes, o
un niño tardío que no se resigna a dejar de jugar. María Negroni nos revela en
el precioso Pequeño mundo ilustrado: «Los cajones donde el niño guarda sus tesoros
son arsenales y zoológicos. Los del poeta serán reservas de imágenes y retazos
de lenguaje…». Esta zoología de la mente, por tanto, se traduce con los años en
delgados y potentes libros de poemas, armas no solo cargadas de futuro —como quería
Celaya—, sino de tiempo, uno que merece perderse sin consecuencias. Así como no hay discursos políticos
para niños (aunque traten de engañarnos con puerilidades), tampoco existen libros
de poemas enteramente para adultos. Escondidos en zonas infames y oscuras de las
librerías comerciales, apretados hasta la invisibilidad en nuestras bibliotecas
entre pesadas enciclopedias y novelas de éxito, recibidos con cierto desaire
por lectores incautos en una presentación; estos especímenes de papel, tinta y
sueños nos salen al encuentro en el momento que más los necesitamos: cuando una
puerta se traba, cuando una nube negra no se aparta de nosotros, cuando el peligro
de crecer en un mundo demasiado serio es un maleficio insoportable.
Cuando, finalmente, nos olvidamos que
ser niños y leer libros de poemas no
deja de ser otra cosa que la búsqueda de algo vivo que se nos atraviese en el
camino.
HERNÁN SCHILLAGI