sábado, 23 de mayo de 2020
Un viaje cargado
Si en el viaje de vuelta del aserradero, luego de cargar en la chatita Fiat 1500 anaranjada unos tablones de MDF y dos rieles metálicos para el proyecto «Biblioteca Familiar», el fletero te cuenta con la nariz fuera del barbijo que fue combatiente de Malvinas, que vio al Espíritu Santo mientras buscaba un milagro para su hija enferma y que se probó de 11 en Independiente de Avellaneda; serán los 300 pesos mejor invertidos de este año. «Y un corazón no se endurece porque sí...», cantaba el Indio Solari.
domingo, 3 de mayo de 2020
Romance del prisionero en cuarentena
Que por mayo era por mayo,
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
Cuando sale a la baranda
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
Sino yo triste, aislado,
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
Sino por una mirilla
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.
ANÓNIMO
sábado, 25 de abril de 2020
Héroes no tan anónimos
Salgo a la calle de la cuarentena. Un mapeo cerebral anterior me asigna un itinerario conocido y peligroso: cajero automático, Rapipago y carnicería. Pero antes de enfrentar el exterior, me calzo un tapaboca y unos anteojos oscuros como si fuera el yelmo de una armadura perdida.
Mi clandestinidad involuntaria avanza hasta la cola del cajero. A los cinco minutos pasa el de la farmacia en bicicleta y me saluda tras su visera de acrílico: «¡Hernán!», grita. Lo miro pedalear y apenas le respondo con la mano. Luego voy al Rapipago, la fila es corta. Sale alguien de pagar, lleva barbijo negro y, cuando pasa a mi lado, me reconoce: un compañero de trabajo. Entro y camino hasta la ventanilla, una mujer con la vista en la pantalla me recibe las boletas. «La primera cuota de la luz y abril de la Muni», le digo. «Bueno profe», me contesta. Mientras le paso la tarjeta de débito, me cuenta que fue alumna mía hace una década. Última parada, la carnicería. Llego con los anteojos empañados y el tapaboca medio corrido. Atienden de a una persona, así que espero en la vereda mientras una mujer compra carne molida. Se da vuelta y me dice: «Hola, Hernán. ¿Todo bien?». Una simpática compañera de la primaria descubre mi identidad de superhéroe atribulado y venido a menos.
Bruno Díaz, Clark Kent, Diego de la Vega; qué difícil la hubieran tenido en estas épocas tan virósicas y prosaicas. La cuarentena nos ha desarrollado un sexto sentido de escaneo, captura y procesamiento de datos. Así no hay incógnito que resista.
HERNÁN SCHILLAGI
HERNÁN SCHILLAGI
lunes, 13 de abril de 2020
Un rayo en la casa
Ante la falta de diario para encender el fuego, buenas son las amarillentas fotocopias con las que atiborramos a los estudiantes año a año. Recuerdos de lo concreto en un ambiente virtual.
Sin aviso, la poesía me salió al encuentro y se dispuso a encender los leños de mi aislada -y en cuarentena- imaginación: «Todas las casas son ojos / que resplandecen y acechan...». Nadie puede negar que el poeta Miguel Hernández conocía bastante acerca de lo que es luchar y del tránsito de una angustia incomprensible.
Los troncos, entonces, se quemaron hambrientos en mi parrilla: «Y a un grito todas las casas / se asaltan y se despueblan...». ¿Existirá un noticiero más actualizado que un buen libro de poemas? Pero con una diferencia sustancial, la esperanza es lo que vende, no la catástrofe: «Y a un grito todas se aplacan, / y se fecundan, y esperan».
Nunca en esta casa un asado había ardido tan bien con el calor de un rayo que no cesa.
HERNÁN SCHILLAGI
domingo, 5 de abril de 2020
Llamadores
Viernes (o como se denomine este día en cuarentena): salí al patio luego de cinco horas de un trabajo tan virtual como sanguíneo: todo enviado. Como decía el poema de Amado Nervo: «¡Vida, nada me debes! / ¡Vida, estamos en paz!». De este modo, el sol acarició mi faz (de aquí en adelante, sigo citando al gran Amado), estiré un poco los brazos y, de repente, me dio una furia gimnástica: «Voy a hacer diez largos por el patio», me dije, como si fuera a arrojarme a la pileta de un club. Fui y volví con pasos enérgicos de una punta a la otra, desde la Pelopincho hasta el chulengo (estas palabras siempre me sacan una sonrisa). Pero en una de las pasadas, estrellé mi cabeza contra uno de llamadores de ángeles. El tintineo alterado me asustó más que el suave golpe, e hizo que alzara los ojos.
Entonces, me puse a mirar lo que colgaba de mi parra, más allá de un par de racimos maduros y una rama rebelde: vi un atrapasueños insomne, un llamador de caña bastante asoleado, otro que traje de Córdoba con el yin y el yang como un aviso. También vi una calabacita invertida que encontramos en la Alameda que hace sonar a unos surís de cerámica. Llamadores de ángeles: una forma humilde de traducir el idioma del viento. Vi también, y para variar el paisaje, una jaula blanca que jamás tendrá un pájaro adentro, con un malvón que estira en silencio sus extremidades fuera de los barrotes.
Para el final, mientras contenía la respiración, vi un llamador de amatista azul que compramos el mismo día que nos dieron el análisis positivo de embarazo de mi mujer. Nos ha acompañado con sus toques cantarines y sutiles en todas las mudanzas durante 19 años. Así, ha trinado como un jilguero colgado de barrales, techos y banderolas. Agudo y frágil, pero salió airoso de mil batallas, no sin un par de cicatrices. Dicen que la amatista tiene un valor emocional, energético. Para mí es un testimonio sonoro que nunca me permite olvidar en cada repique alegre: «que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: / cuando planté rosales, coseché siempre rosas...».
HERNÁN SCHILLAGI
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 14 de marzo de 2020
Un poema adentro de un cristal
tormenta imperfecta
la vi en la góndola del súper
con un transparente invierno adentro
atrapado como se aprieta un puño
ante la adversidad y los precios altos
con un transparente invierno adentro
atrapado como se aprieta un puño
ante la adversidad y los precios altos
una bola de cristal sí con su nieve falsa
y una porción del hemisferio norte
que se mueve en cámara lenta
para que tanta tempestad
se acumule doméstica en la mano
caiga sobre el trineo los renos
la tiesa sonrisa de papá noel
y borre por un instante este calor
en el cuerpo luego de las fiestas
y una porción del hemisferio norte
que se mueve en cámara lenta
para que tanta tempestad
se acumule doméstica en la mano
caiga sobre el trineo los renos
la tiesa sonrisa de papá noel
y borre por un instante este calor
en el cuerpo luego de las fiestas
en la góndola del súper la vi
pero ahora su frío duerme
en los estantes de mi biblioteca
un adorno fallido que se activa sin gracia
con las palabras de fondo
a la espera de que un sacudón ajeno
haga estallar el vidrio el agua y el deseo oscuro
de un feliz daño nuevo
pero ahora su frío duerme
en los estantes de mi biblioteca
un adorno fallido que se activa sin gracia
con las palabras de fondo
a la espera de que un sacudón ajeno
haga estallar el vidrio el agua y el deseo oscuro
de un feliz daño nuevo
HERNÁN SCHILLAGI, inédito.
domingo, 2 de febrero de 2020
La manzana certera
Soy bueno para elegir manzanas. Es decir, tengo un radar para detectar las arenosas, infames e incomibles arenosas. Con el tiempo he ido mejorando este dispositivo cuando llego a una verdulería. Si los cajones de frutas están a espaldas del vendedor, fuera de mi alcance, ni me molesto en pedirlas.
Avanzo, entonces, como el sonar de un submarino, ya que todos saben que una manzana contiene entre su cáscara, pulpa, fibras y semillas, casi un 85 por ciento de agua. Saludo a la verdulera, hablo del calor o de la lluvia de la noche, y me sumerjo para ejecutar el sistema de localización acústica: le pido medio kilo de cebollas ―que están siempre del otro lado― y, mientras busca en la bolsa, activo el sonar con esta frase: «¿Puedo ir eligiendo un par de manzanas?». Así, me acerco al cajón, a veces están envueltas en un papel para embalar; sin embargo, con frecuencia las encuentro expuestas como un pararrayos ante la tormenta de mis ojos. Desde ya advierto, la vista engaña. Por eso, tomo de a una con la mano, confirmo su roja tersura, el brillo prometedor y la lanzo al aire unos escasos diez centímetros para volverla a atrapar. Es en el encuentro brusco con mi palma, por tanto, donde se produce la diferencia. Si el choque me devuelve las vibraciones de un golpe sordo, plagado de virutas apelmazadas: peligro inminente de un banco de arena. En cambio, si el chasquido es seco, la promesa de frescura y delicia caben en un puño.
En todo lo hermético hay desafío, también intentos para un fracaso hermoso que no termina de entenderse. «Porque quiero dormir el sueño de las manzanas / para aprender un llanto que me limpie de tierra…», decía con bastante misterio y muerte García Lorca. Más de una vez, algún gusano furtivo se ha burlado de mis tenues pericias subacuáticas, o bien esas zonas oscuras que anuncian putrefacción fueron un cartel de retirada. Lo dicho, soy bueno para elegir manzanas, no sublime. Me aproximo, aunque no siempre suelo llegar. Como me pasó en ese invierno en el que nació mi hija y, luego de una mañana movida de nervios, llovizna y esperanza, salí en ayunas a la calle. Tenía un doble vacío que llenar en mi estómago: el hambre y la paternidad. Caminé hasta una verdulería y compré una única manzana. Aún no tenía desarrollada esta habilidad sonora de selección y tiré el primer mordisco a ciegas (o a sordas, que no es lo mismo). Un repiqueteo de campanas interiores comenzó a tronar y me devolvió el cuerpo. Sin manchas, el llamado fruto del pecado original recompuso mi condición de padre asustado y famélico con unos toques de glucosa, calcio y hierro, entre otros nutrientes del montón. Lo justo y necesario para hacerle frente a una nueva aventura en el océano del hogar.
Como un Guillermo Tell que acierta, pero no le convence el blanco, sigo buscando una manzana así, que me quite el deseo de un tarascón; sigo buceando en el fondo del corazón de las cosas que caen por su propio peso, aunque sin tanta gravedad; sigo persiguiendo una sabiduría de barrio que me dé, al menos, un tema de conversación entre las vecinas, que están siempre apuradas porque han dejado algo en el fuego.
HERNÁN SCHILLAGI
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