miércoles, 30 de marzo de 2011

De los Portones al Arco, Novena entrega



Novena entrega:


Los flamencos


La ropa sobre una piedra se está secando con el último sol de la tarde. Juano revisa su bolso y descubre, desnudo, que no le falta nada. «Lamentablemente», piensa; ya que las tabletas de alcayota sonríen babeantes desde lo profundo. Las cuenta una por una, mecánicamente, y le dice al aire del atardecer: «Me quedan tantas como para hacer dulce de leche». Y la contradicción repostera lo hace reír en voz alta por primera vez en esta historia de abandono, ruta y decepción.

—¿Quién se ríe solito por ahí? Pregunta una voz entre el yuyal.

Juano se viste rápidamente con las prendas apenas oreadas. Está de espaldas en el suelo, se sube el cierre del pantalón y avisa:

—Termino de vestirme y salgo.
—Disculpame, mi amor, pero nadie aquí se va a asustar por ver a un hombre en bolas.

Entonces, Juano se asoma agachado por entre los juncos y ve un grupo de piernas que se mueven trepadas a unos tacones inverosímiles para esa geografía, con unas minifaldas bien ajustadas a unas caderas confusas y envasadas en unas medias a rayas como las de los flamencos del cuento. Pero esto no es un cuento de la selva. Las pelucas, el maquillaje en caras de ángulos marcados y las risas de voces ambiguas provocan que piense que sigue aún en una farsa, o en una fiesta, pero de disfraces. Aunque siente que algo verdadero hay en estas travestis. Decide, entonces, acercarse y hablar:

—Me acaban de asaltar.
—Vos no tenés cara de que te puedan robar mucho, le contesta una con la melena a lo Gloria Trevi.
—Es cierto. Todo lo que tenía se fue en un Ami 8 y está muy lejos de aquí. Tengo hasta el lunes para llegar al Arco del Desaguadero y encontrarme con mi mujer.
—¿De que color era? Pregunta Gloria Trevi.
—Mi mujer se tiñe de un rojo que parece que las ideas le queman en la cabeza.
—¿Sos medio nabo, ah? Le grita otra con el rimmel en la mano. Te preguntamos por el auto, nene, el auto.
—Un Ami 8 Club, amarillo, modelo 75. Impecable.
—Parece un aviso clasificado ambulante este pelotudo, dice la del rimmel y lo apunta nerviosa hacia los ojos de Juano.
—Sí, yo soy vendedor ambulante. Aunque de tabletas mendocinas. Me quedan algunas. Bah, si quieren.
—Ahora no -le contesta una con la boca torcida tal vez por el inevitable asco-, puede ser quizá que en la madrugada pasara una colorada en un citrulo amarillo. Ya me acordé –y abre la mano como si sostuviera una foto-. La chica era linda, pero el Ami de «impecable» no tenía mucho.

Allí las voces se amontonaron como las pepitas de una granada en los oídos de Juano para decirle que el Ami no le arrancaba, que la colorada se veía furiosa, que no, que estaba triste, que unos hombres de una finca se ofrecieron a remolcar el auto hasta el carril Chimbas, que hablaron de un taller cerca de las vías, para ver si lo arreglaba un tal Soto. De pronto, la granada estalló:

—Necesito ir ya hasta el Chimbas. Ayúdenme.
—Tenés suerte. Nosotras vamos a trabajar para allá, o algo así.
—En media hora pasa el cartonero que nos lleva en su carretela, dice la de la boca torcida.
—Eso sí. El Panza es medio celoso. Va a creer que sos un cliente y no te va a dejar subir.
—Yo tengo la solución, dice Gloria Trevi a las risas, con una minifalda en la mano y unas medias rayadas.

Ya casi no quedan luces. Los bordes del río se ven apenas como unos finos labios que murmuran algo intraducible. Tal vez quieran contar en lo oscuro, entre las cortaderas, la imposible transformación de un vendedor ambulante en flamenco.


Soundtrack: Una canción diferente, de Celeste Carballo

lunes, 21 de marzo de 2011

Infantil literatura




Reunión del área de Lengua y Literatura. La coordinadora pregunta a las atentas profesoras:

-¿Qué libros les parece que demos en 1° de Polimodal?
-Para mí, este año tenemos que «ajustar» más, dice una de las profesoras en tono indignado.
-¿En qué sentido lo decís?¿En cuanto a los libros, la ortografia, o...?
-No, no -dice la profesora-. Dar libros de «calidad».
-¿Por ejemplo?, inquiere la coordinadora.
-Anoche estuve hasta las 3 de la mañana leyendo uno. "Pedrito" Páramo, se llama. ¡Es tan bonito!

Nadie pudo escuchar lo que alcanzó a decir la coordinadora antes de desmayarse. ¡Plop!

sábado, 5 de marzo de 2011

Un poema para leer sin filtro



arqueólogo del café


escarba escarba el frasco de café
y se vuelve instantáneo el recuerdo
sin filtro la comparación con ese coronel retirado
a quien el correo le retenía las palabras
como una esperanza que se sabe analfabeta como
toda una correspondencia en blanco
que flota inmóvil en su río sin descendencia
porque clava la cuchara hasta el fondo
una herramienta de arqueología que excava excava
en el pedregal de los granos molidos
para que frente a sus ojos el vapor de la pava
provoque la apertura de un sobre vedado
la historia soterrada de un hombre
que niega para sí el derecho a sentir dolor
encontrarlo en la calle refugiarlo en la casa
de su cuerpo y darle un nombre
como si fuera un perro veterano
que perdió el olfato y sus huesos

sábado, 26 de febrero de 2011

De los Portones al Arco, Octava entrega


Octava entrega:


Cruzando el río


Dentro de la oscuridad suelen verse las cosas más claras. Juano siente que su rumbo sigue firme. Gala lo dejó, se llevó en un único gesto sus dos amores para dejarlo en la completa soledad del baúl de un auto. La respiración se le hace difícil, porque lo metieron a presión con todo lo robado. Relojes, ropa, pulseras unos canapés de aceituna, un par de centros de mesa y unos triples de miga. Pronto los canapés sufrirán una sensible baja.

De pronto, el Chevy disminuye la velocidad y Juano percibe cómo el vehículo se inclina a los saltos. «Debemos estar bajando por una calle de tierra», alcanza a deducir. Y se traga a los apurones dos triples juntos. El miedo lo hace sentirse hermético en la caja negra del baúl y poco a poco nota que está en una cápsula espacial con destino a las estrellas más lejanas; o hasta la Luna, al menos

Por una escotilla que se abre presionando un botón secreto, puede observar la espesura del cosmos en su plenitud. Así, encerrado al vacío y a miles de años luz de Los Portones del Parque, Juano piensa que el olvido es una posibilidad y se siente feliz. De los Portones al Arco o, mejor dicho, De la tierra a la Luna. Pero de repente, un cometa de cola larga trae una luz que lo enceguece, y, cuando abre los ojos, un cinturón de estrellas ha dibujado, sin aviso, la sonrisa de Gala.

El Chevy se detiene y los de adentro abren las puertas.

—Bajate, pelotudo. Y un culatazo alcanza de refilón la cabeza de Juano.

Confundido, salta del baúl y tiene la boca bordeada de mayonesa y crema de aceituna. El golpe de la pistola no lo durmió, sin embargo está mareado. Entonces empieza a girar y ve los borrones de una costa, el salitre que enciende la tierra, más allá unas cortaderas altas, y el río. El río marrón como una víbora de barro. «Debo estar en San Roque o Palmira», y en esa duda Juano da un último giro y cae sentado al suelo.

Desde abajo, se frota los ojos y mira cómo la novia ya no tiene el vestido blanco. Ahora calza un jean negro, una polera roja ajustada y se ha atado el pelo con un colín blanco. Al principio, Juano cree que ella está recostada sobre el hombro de uno de los asaltantes porque no puede mantenerse en pie del susto. Pero lo que no logra explicarse es por qué cuando le falta el aire lo toma de la boca del ladrón. La farsa vuelve a representarse ante Juan Orlando Salicio y escucha.

—Cuando dijiste «Camacho» casi me muero.
—Pero salió todo bien, mi amor.
—Lástima este choto que se nos metió de prepo.
—Y, se ofreció él solito. Si no agarrábamos viaje se iban a dar cuenta.
—Nos vamos por el norte hasta San Juan. Cuando se calmen los ánimos, volvemos.

Juano escuchó esto último con terror. Un desvío así podía significarle la pérdida de todo. Y el Ami sólo lo esperaba al pie del Arco hasta el lunes.

—Sacate le ropa.
—¿Cómo dijo, señor?
—Dale, tarado. Sacate los lompas y metete al río que hasta acá llegaste.

Lentamente obedece y camina hacia la orilla mientras se saca las topper. De pronto comienza una carrera alocada por las cortaderas haciendo zigzag para esquivar las balas que no escucha por los golpes de su corazón agitado. Toma vuelo y se lanza de cabeza al agua. Comienza a bracear pero una de sus rodillas choca con una piedra que lo detiene por el dolor. En ese momento se da cuenta que el agua no le llega ni a la cintura. Mira para atrás y nadie lo persigue.

Al rato siente que el motor del Chevy negro ruge contra el silencio y se aleja. Aunque sabe que, a pesar de que los falsos ladrones lo han abandonado, el peligro de perderlo todo se encuentra todavía al acecho más allá de las cortaderas.


Soundtrack: Mis harapos, por Antonio Tormo.

sábado, 19 de febrero de 2011

De los Portones al Arco, séptima entrega


Séptima entrega:


La otra fiesta


El Gordini llega a los bocinazos, y a los de la fiesta les hace recordar los gritos del chancho que acaban de matar para el almuerzo. Juano no ha tenido tiempo de ensayar, ya que en el auto venían más que apretados.

El padre de la novia los recibe con un vaso de tinto a cada uno. «Para que las cuecas les salgan más alegres», dice el hombre. Pero la alegría realmente se completa cuando aparecen unas empanadas recién sacadas del horno.

—Ahí llegan los novios, grita uno.

Así que Juano se encarama por sobre la espalda del guitarrista lastimado y comienzan a tocar a dúo. El novio mira extrañado al padrino como preguntándole quién es ese músico monstruoso de cuatro brazos, pero no hay respuesta posible.

En la mitad del Blanca y radiante, un Chevy negro con dos llamaradas naranjas ploteadas a los costados irrumpe en la fiesta a toda velocidad. Se abren las cuatro puertas al mismo tiempo y cuatro caños se asoman amenazantes. Los gritos de las mujeres no dejan escuchar bien si esto es un asalto o un acto de fanfarronería. Pero Juano sale de toda duda cuando uno de los hombres encapuchados le saca de un manotazo el reloj al novio.

—No te vayás a hacer el vivo, Camacho, le dice el ladrón.

«Y yo que quería vender tabletas en la otra fiesta», se lamenta entre dientes Juano. En un momento, uno de los ladrones toma del cuello a la novia y le apunta.

—Ahora nos vamos -dice el asaltante-; si alguien nos sigue o avisan a la policía, la quemamos a ella.

Hay veces que una oportunidad se parece al peligro. Hay veces que a un hombre apenas le queda ir para adelante. Hay veces que las palabras se disparan como una bengala en pleno día.

—Señores, yo también voy con ustedes.
—¿Y de qué nos vas a servir vos? Dice el de la capucha.
—Con dos rehenes se puede siempre ganar más tiempo. Explica Juano, mientras piensa que la única salida que tienen es por San Luis.
—Pero vas a ir en el baúl, por huevón.

Hay veces, también, que un hombre debe pensarlo dos veces antes de querer ser el héroe de la fiesta.




Soundtrack: La novia, por Antonio Prieto 

sábado, 12 de febrero de 2011

Abanico literario


Familia de tres. Por lo tanto, en los viajes en micro me toca siempre ir solo o con un pasajero desconocido.

Voy del lado del pasillo. Mar del Plata ha quedado apenas en la memoria de mi cámara y en los alfajores y los libros que traigo de regalo. Me llama la atención que la chica que esta vez viaja a mi lado no se aturda el cerebro con el i-pod o el celular. Lee A sangre fría de Truman Capote y tiene otro libro en su regazo que, me parece, es de Cortázar.

De pronto cambia de libro y, sin aviso, se apaga el aire acondicionado. El sol del atardecer en la Pampa pega sin interrupciones del lado de la ventanilla. La chica lectora comienza a abanicarse con Julio Cortázar. «No se aguanta el calor», me dice.

Pizpeo el libro y alcanzo a leer en la tapa su título. Entonces le señalo la voluminosa novela de Capote y le digo sonriente:

—Es que para que te dé un aire más fresco, deberías abanicarte con A sangre fría y no con Todos los fuegos el fuego.

sábado, 5 de febrero de 2011

Verdura adolescente y anacrónica




Todos la deben tener presente. Hace un par de meses que anda dando vueltas la publicidad de una de las dos gaseosas de lima-limón más conocidas.

Presenta en Bariloche a un coordinador de viaje -tan típico como bizarro- dando un discurso conmovedor y plagado de lugares comunes a un grupo de estudiantes egresados.

No me importa el mensaje. Es gracioso y hasta positivo: «Que no se corte tu frescura adolescente». Los protagonistas, por lo tanto, se ven eligiendo una actitud (¿o pose?) suelta y espontánea 20 años después.

De fondo vamos escuchando «Una canción de despedida» del grupo español Los Lunes. Esa ñoña y ultra pop canción que empezaba: «Madrid a 6 de julio del '91...»

Sin embargo, me mata que en el final, el paródico coordinador arenga con la gaseosa en la mano: «Promoción '88, que no se corte».

Semejante anacronismo me obliga a dos preguntas:


*¿Era tan difícil encontrar un hit de los '80 que precisamente no contradijera en el comienzo la época?

*¿Cuál es la canción que hoy te avergüenza, pero que en tu adolescencia te enloquecía hasta el paroxismo?

Si no me contestás, entenderé que te fuiste de Pachanga con una rubia en el avión, directo a Brasil...