viernes, 27 de agosto de 2010

Un poema para ser colgado



eslabón de lujo


un niño ayuda a su padre a tender la ropa
juntos hacen una cadena efímera de manos y palabras
el niño pregunta y el padre cuelga las dudas
las aprisiona con los broches para que no se vuelen
para que sea más fácil luego plancharlas
pero el niño se queda solo en el patio eleva la cara
contra el sol así las gotas de las respuestas
golpean una a una en su cabeza esa piedra llena de poros
olvido y caricias húmedas de cien por ciento algodón
como si una fina lluvia en mangas de camisa
viniera a revelarle un deseo que ya conocía

y la piedra bajo un efecto de erosión inusitada
se abre para siempre

jueves, 19 de agosto de 2010

La máquina de hacer pasado


El presente se adelgaza más y más…
Marcela Basch

Mi vida es un flash. Cada movimiento lo capturo sin pensar y lo miro inmediatamente en el lcd de la pantallita. Mi cámara digital es la que viaja, la que baila, la que besa. Si ella no congela esas imágenes, la memoria de mi cuerpo apenas las registra. Mi presente cada vez se parece más a un hilo que pasa sin puntería por la aguja de mis emociones. Todo lo convierto en un ancho pretérito. Todo ya es pasado. «Yo fuiste aquel que hoy nomás decía», me digo -me dije- en este fugaz canto de vida y desesperanza.

sábado, 7 de agosto de 2010

Vianda terror delivery


La mañana es un cubo de hielo que todos vamos picando con la punta de los zapatos. ¿Qué querés, que en invierno haga calor? Me dice el carnicero. Le sonrío con el bigote lleno de escarcha y me voy con la bolsita colgando de uno de mis ateridos índices. En el camino, veo un 504 marrón estacionado frente a la casa de mi padre: el repartidor de la viandas.

Me acerco como para saludar y es inevitable comentar sobre el frío, la helada, los grados bajo cero, el peligro del monóxido, la hipotermia. Entonces, con la bandeja de los zapallitos rellenos aún en la mano, el repartidor nos larga -sin aviso- esta historia a mi viejo y a mí:

El auto del terror
«Mi barrio quedaba por las vías, donde pasa el canal matriz. No sé si por el lugar, o porque hace 20 años los inviernos eran más crudos, pero el frío era un tema serio allí. La cuestión es que siempre andaba un linyera que todos conocíamos de la canchita cerca del cañaveral. Una mañana lo descubrieron todo congelado y sin respirar, aunque había tratado de abrigarse con unos cartones y trapos. Entre los del barrio pagaron el sepelio y dicen que los de la cochería tuvieron que cagarle a combazos las piernas agarrotadas para que entrara en el cajón (cuando dijo esto, mi bolsa se volvió cenizas). Después fuimos con los chicos al velorio. Te acercabas al ataúd, estirabas la mano sobre el cadáver y sentías a 15 centímetros el frío que todavía le salía. Ah, buen provecho (aquí, los zapallitos explotaron)».

Así, el repartidor nos esboza una sonrisa gélida, cobra y parte en el peugeot; mientras con mi papá nos quedamos temblando, pero de otra cosa.

miércoles, 28 de julio de 2010

Detector de metales y mentiras


Así como se habla con un desconocido en el micro sobre el tiempo meteorológico, porque la incomodidad del silencio se nos vuelve intolerable en la garganta; así me referiré a las cucharas: con la furia abúlica de quien busca en la nada.

En el temible prefacio de uno de sus libros, Truman Capote se despacha con la siguiente frase: «Luego, un día, empecé a escribir sin saber que me había condenado, de por vida, a un amo noble y despiadado». ¿Qué sucede, entonces, cuando nos damos cuenta de que la escritura es una «música para camaleones»? ¿Que todo lo que experimentamos es el backstage y los protagonistas nos dan vuelta la cara? Por eso abro el cajón de la mesada: las cucharas grandes de mango plástico azul esperan revolverme este caldo desabrido, el cucharón negro me informa que es capaz de resistir 410 grados fahrenheit y su orgullo se hunde en el guiso de las palabras de un libro -Bradbury mediante- que soporta 41 grados más. Rancho aparte hacen las cucharitas en el organizador de cubiertos. Hermanas menores que, a pesar de su brevedad, son tan medidas para endulzar el café, tan tímidas en su corralito infantil esperando siempre la hora del postre. Me llama la atención un grupo de alpaca de origen alemán: firmes, en fila y serviciales en su orfebrería de rubias trenzas. Ajena, una cuchara distinta a todas practica torpes pasos de salsa y quiere negar lo que es: una bailarina «de madera».

Entonces, como Lope de Vega en el soneto a Violante, me doy cuenta de que ya tengo un buen trecho caminado en este ensayo de fiebre que no quiere salir al escenario. Soy esas bandas de garaje que se creen los Rolling Stones sin haber asomado la nariz de la guitarra a la calle.

Cierro, por tanto, el cajón. Cierro la excusa de cucharear contra el frasco de la nada y avanzo guiado por mi mano a la biblioteca hasta los Eclipses y fulgores de Olga Orozco frente a un plato de sopa. Abro sin azar: «Ahora que no hay nadie/ pienso que las cucharas quizá se hicieron remos para llegar muy lejos...»

Cuando la vida no pincha ni corta, cuando sólo nos está permitido tomar una porción mezquina de la realidad para «quemar la piedra» de nuestra locura imaginativa; se vuelve necesario activar todas las alarmas, detectar el metal de las mentiras y emprender -veloz como un latigazo- el tan bello como lacerante viaje de escribir literatura. Ya lo dijo hasta el célebre García Márquez: «porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aun con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan...»

miércoles, 21 de julio de 2010

Se supo: la culpa es de los otros

Messi-Musso

Hablar del asombroso parecido entre la estrella futbolística del Barcelona, Lionel Messi, con el actor y cantante que surgió en Hannah Montana, Mitchel Musso, es una obviedad.

Lo que aquí se quiere denunciar es la continuación del complot histórico de EE.UU contra Argentina. Como en un cuento de Fontanarrosa donde un espía norteamericano le revelaba a un turista argentino que la gran potencia desde siempre nos vigila, porque nos envidia el talento (le terminaba preguntado: ¿Por qué Ud. cree que Maradona sólo pudo ser echado de un Mundial en EE.UU.?). Entonces, quiero poner sobre el tapete esta verdad luego de finalizada la Copa 2010:

a) Es llamativo el guiño de la rima fácil y consonante "Lionel-Mitchel".

b)Es casi indisimulable el descaro de la similitud de los apellidos "Messi-Musso".

c)¿Debo repetir que los rostros y los peinados cuasi-flogger son idénticos por completo?

Reitero, por lo tanto, la pregunta del millón: ¿Por qué Messi no rinde fabulosamente en la cancha con la Selección como lo hace en el Barcelona?

Está cantado: cual "Principe y Mendigo", Lionel y Mitchel son obligados por la CIA a intercambiar sus personalidades. Así el pobre cantante yanqui no ve una en los partidos, boya triste en un deporte que no entiende (como el idioma que apenas conoce) y no mete ni un gol, cuando su gemelo argentino emboca más de 40 goles por temporada en el fútbol europeo.

De las performances del futbolista como cantante pop no tengo más noticias que fue atrapado haciendo playback en un recital, pero quién está libre de ese pecado.

No hay pista de fondo posible para gambetear a cuatro y clavarla en el ángulo.

jueves, 15 de julio de 2010

Un poema para no desaparecer




primera antropofagia



uno a uno hasta completar los diez
arrasa en sus dedos con la tijera
lo poco que le queda de salvaje

años de evolución cosmética hicieron falta
para domesticar un filo primal las uñas saltan
de su mano por los aires sin mirar atrás
las uñas ha pensado provocan tajos
en las dimensiones de la luz
y portan una porción de tierra
de este lado del planeta hacia el azar

por eso este sujeto identificado y civil
busca barrer su faena busca el orden
de un destino prefijado pero las uñas
no asoman sobre la alfombra ni bajo la mesita ratona
las uñas no le pertenecen ya
son las primeras muescas de un cuerpo
que empieza a desaparecer

de algún modo este motivo
justificaría la tosca costumbre
que tienen algunos de comerse
como un caníbal en la ciudad las propias uñas

miércoles, 30 de junio de 2010

Suárez y la leyenda de las cosas perdidas



La lógica lo permite. Por eso un día, Suárez comenzó a encontrarse con todo lo que alguna vez había perdido. Al principio, cosas sin importancia como unas bolitas japonesas, las llaves de su primer auto, un magiclick gastado. Luego, las botellas que había consumido, los amigos de la infancia, las novias de la adolescencia.

El control remoto lo seguía como un perrito faldero, las monedas de cinco centavos se le abultaban en los bolsillos hasta no dejarlo caminar. Suárez se mudó a casas cada vez más grandes. Compró vastos baúles sin llaves, para no tener que extraviarlas y recuperarlas después. Modificó su rostro con dolorosas operaciones, pero los viejos amores y las amistades de antaño se las ingeniaban para cruzarse en su camino. Las acusaciones de poligamia, de latrocinio y de avaricia ya no cabían en su museo ambulante y personal.

Cansado de haberse convertido en un agujero negro donde ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz podían escaparse; Suárez estiró la mano, buscó sin titubear en cualquiera de los cajones de un armario y sacó un revólver para llevarlo hasta su frente. Disparó. Nada. El arma no estaba cargada. Rastreó las balas por sus habitaciones con una sonrisa irónica. Nada otra vez.

A las cuatro horas de revisar hasta debajo de las baldosas, Suárez se dio cuenta de que estaba curado, libre de su magnetismo impiadoso. Sintió nostalgia por un breve instante. Ahora le quedaba recuperar solamente la sorpresa de los pasos perdidos de su antigua vida entregada al azar.