viernes, 5 de febrero de 2010

El rumbo de las noches de verano




rosa de los vientos



quisiera trasladarme como todo el mundo
con una orientación fija
sólo la circulación de mi sangre permite
que la velocidad haga entrar por la caladura
de mis sandalias el poco viento de las noches de verano pedaleo
y mis piernas son como una brújula en el polo norte
que ha perdido su compás magnético
soy para las ventanas iluminadas «la que anda sola» «la loca
de la bicicleta» me gusta pensar que por mí los niños
corren a refugiarse bajo las sábanas y esperan historias
que les cierren los ojos ante la verdad
donde el amarillo sucio de mis pelos
corone el rostro de sus brujas y madrastras

por eso el cielo áspero es otro asfalto gris por eso
la lluvia se convierte en brea y mi viaje sin orillas
entra en un pantano viscoso para morderle el cuello
a la bestia que grita mi nombre por los aires

jueves, 28 de enero de 2010

Los reyes son los hermanos


Un día de reyes cuando finalizaban los ’80, mi abuela nos regaló a mi hermano y a mí un caleidoscopio a cada uno. Tal vez Melchor, Baltazar o Gaspar habían desplegado sus dotes manuales, pero nos miramos cómplices con mi hermano y corrimos hasta la vereda para sentarnos en la acequia con los pies colgando.

El agua corría fresca y nos mojaba los cordones desatados. Nos pusimos sin más a mirar el sol del verano. No éramos dos idiotas, como dice la canción de Spinetta, sino que girábamos el cilindro de cartulina para descubrir las formas geómetricas que, según nos habían prometido, jamás iban a repetirse.

Al comienzo sentía cómo pasaban los autos y los micros, pero una flor de colores inquietantes se me presentó en el aire para abducirme como una nave espacial. Luego se formó un arcoiris de bolsillo, una vuelta más y el ojo vidrioso de un dragón me vigilaba. Hasta que sentí que me tocaban el hombro y, aún con los reflejos multicolores en mi retina alucinada, mi hermano extendió la palma y me dijo: “Mirá, lo desarmé y adentro tiene unos pedacitos de vidrio, tres lentejuelas y unos trapos. ¿A ver el tuyo?”.

lunes, 18 de enero de 2010

Apuntes de sal

(Un blogger en vacaciones)

  • Pinamar (y las localidades de la Costa Verde) conserva la mayoría de sus calles sin asfaltar. Casi todas son de arena y sin veredas. A la segunda cuadra, las ojotas se quedan varadas en la esquina como en un dakar vacacional. Por lo mismo, los perros cagan en cualquier lugar sin ninguna culpa. Si Donald viniera aquí cantaría con el dedo señalando al piso: El viento y la arena... un mojón, un mojón.
  • Primer día en la playa: dos chicas haciendo topless con sendos stickers en los pezones. Los señores casados del grupo (entre los que me encuentro) sufrimos una transformación diligente. "¿Alguien quiere ir a buscar agua caliente?" "¡Yo, yo!", decíamos. "¿Quién se vuelve al departamento a buscar un saquito de té?" "¡Yo voy!", se me adelantaba mi amigo. Todos los caminos, obviamente, conducían hacia los stickers. En los días siguientes no aparecieron más. Así que convenimos en que había sido un espejismo y después hicimos los mandados a regañadientes.
  • Un berretín pseudorromántico que se repite cada verano es ir a ver el amanecer sobre el mar. Aprovechamos la noche de año nuevo y aguantamos -fernet en mano- hasta las 4 a.m. No dábamos más (habíamos viajado 24 horas). Nos comimos todos los turrones, las garrapiñadas y el melón pepino de la melancia. Cuando íbamos a declinar, un canal de música puso los mejores videos de Michael Jackson: Bad, Thriller, Billie Jean... ¡Cómo levanta el desteñido! A eso de las 5:15 fuimos a pie hasta el muelle con las digitales a punto caramelo. El primer amanecer de 2010 fue de un nublado rabioso. Black or white.
  • Si Borges tituló uno de sus cuentos más conocidos "El libro de arena", no fue porque éste hablaba de un libro infinito que se multiplicaba a los ojos de los lectores. Debe haber sido cuando leía en la playa junto a Bioy y las Ocampo en Mar del Plata que se le ocurrió. ¡Cómo jode la arena en los ojos para leer! Los libros comienzan a crepitar, se arquean por la humedad de la bruma y las manos con bronceador les dan el tiro de gracia. Pero -sin duda- debe ser el momento más parecido a las vacaciones soñadas durante todo el año laboral.
  • Nadie me va a discutir que las pelirrojas son una belleza inesperada. Nuestras curiosas retinas están preparadas para miles de morochas, cientos de castañas y muchas rubias que nos roban el aliento. Bien, en la Costa Verde (Costa Roja la empezaré a llamar desde ahora) me crucé con coloradas a cada minuto y todas eran -a su modo- hermosísimas. Aunque luego comencé a preocuparme: ¿Y si son una secta que se reúne durante los veranos aquí? ¿Y si quieren dominar el mundo con sus cabezas de remolacha? ¡Hasta vi a familias enteras con sus pecas y crestas de fuego hipnótico! Como un Fernando Vidal playero, me propondré redactar "El informe sobre pelirrojos".
  • Nos esperan 1400 kilómetros de ruta. ¿Quién dijo que leer es como viajar estando quieto?

domingo, 3 de enero de 2010

Lo que dura un cigarrillo



Está sentada en el umbral. Los pies separados y sus rodillas juntas hacen crecer un triángulo falaz. Espera. Tiene el codo clavado en el vértice superior y desde allí se extiende el brazo. Gesto de sostener por una eternidad un marlboro. Desespera. El humo le hace rulos a su melena oscura. La boca se le abre para volverse más amarga. Una boca que dijo, Sabías cuidar de mí. Como un perro, me lamías antes de enterrarme.

La esperanza también puede ser un hueso sucio. Bocanada final.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Un soneto para (no) brindar


paz de noche


uno a uno caen copos de nieve
son números de una registradora
que acumula como una topadora
este frío saldo del dos mil nueve

uno a uno cayeron los artistas
a esa forma de sueño que denigro
fue «el año que vivimos en peligro»
como el perro que cruza la autopista

fue farrah fue peña también mercedes
fue michael sin seña ni caminata
lunar mas al que brilla no lo mata

la muerte con su olvido y sus paredes
no hay brindis si mengua la compañía
por eso mi copa hoy está vacía



para brithany murphy,
que no entró por la rima

viernes, 18 de diciembre de 2009

Cuando aliviarse hace literatura


¿Cuántas veces en el medio de una conversación tan apasionante como sesuda con amigos hemos interrumpido nuestras argumentaciones para ir al baño? “Disculpen, me voy a echar una meadita y la seguimos”. Frase falaz si las hay, pero que de ningún modo nos desautoriza ante la tribuna enfervorizada con el último partido de la Selección o el uso del narrador heterodiegético en una novela actual. Uno se aproxima al trono de loza, levanta la tapa y al “desaguarse” las ideas comienzan a tomar formas nuevas, sin crispaciones ni urgencias. Al salir del baño, la vejiga aliviada – que había estado comprimida por los demás órganos más de lo acostumbrado- es un motor en marcha para refutar cualquier diatriba reaccionaria contra el gobierno o algún escritor en ciernes.

El reflejo miccional –me ilustra Wikipedia- es un proceso medular automático, y si no se consigue, al menos provoca el deseo conciente de orinar. Es por eso que la tensión creciente propia de la estructura narrativa –el nudo le llamarían los profesores de la secundaria- antes del desenlace, provocaría en los nerviosos personajes de una novela o un cuento, una sensación muy semejante a las ganas de ir a hacer lo “primero”. Unas ramplonas ganas de mear, bah. No estoy desvariando, si hasta hay una propuesta de un tal Miguel U. de incluir el vómito en la literatura: “El vómito como final siempre funciona bien. Literariamente digo.” Siguiendo su línea de fundamentos, elevo la apuesta a una necesidad fisiológica mucho más frecuente que la expulsión violenta y espasmódica del contenido del estómago: propongo que las ganas de orinar son un lógico final para las tremendas ansiedades que experimentan personajes como Juan Preciado o Artemio Cruz en las ficciones.

Cualquier valiente que atravesó hasta el final ese ladrillazo denominado “Sobre héroes y tumbas” me dará la razón cuando hacia las últimas páginas, Martín Castillo y el camionero Bucich protagonizan uno de los finales novelescos más plásticos y prosaicos de la literatura argentina; escribe Sabato: “El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz de las estrellas, la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida. El olor ácido y acre de la orina se mezclaba con los olores del campo…” Para conluir así: “Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero contra a aquel cielo estrellado; mientras orinaban juntos, sintió que una paz purísima entraba por primera vez en su alma atormentada…”. Hemos acompañado al castigado protagonista durante 550 páginas en un tórrido y suicida romance con una chica que por poco lo lleva a la destrucción, para darnos cuenta que una simple meadita en la llanura pampeana le devuelve la esperanza y la paz. ¡Qué final más cercano a la realidad, señores!

Si volteamos la mirada a otras obras, hasta encontraremos respuestas a dudas existenciales de algunos personajes. El casi jubilado Martín Santomé de “La tregua” anota en la última entrada a su diario íntimo –muerta ya la mujer de su vida-: “Me siento simplemente desgraciado. Se acabó la oficina. Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él? Mejor me echo una meada.” Mario Benedetti tenía la respuesta más sensata a mano y no la supo ver. En fin.

Por otro lado, nadie me puede negar que hubiese sonado más verosímil si el elegante unitario de “El matadero”, en lugar de reventar de rabia por los ultrajes de la chusma rosista, sólo se hubiera desaguado sobre sus calzones por los nervios que el caso imponía. En el exilio, Echeverría no había dejado de ser un romántico. Faltaban, hay que reconocerle, unas cuantas décadas para que Duchamp y su mingitorio “revolucionaran” el arte. También qué tranquilas al terminar “El juguete rabioso” se hubieran quedado las “buenas conciencias” de la sociedad si, en vez de solazarse con su traición al Rengo, Silvio Astier hubiera hecho un verdadero “mea” culpa de su deleznable acto. Y no hubiese sido, por último, más evidente la cobardía de Alberto Aldecua si, al ver caer los álamos talados de su adolescencia, no se hubiera empapado las piernas con su propia e infame orina.

Finalmente, aquí no se quiere hacer un revuelo escatológico en el borde de las paredes de la literatura del nuevo siglo, sino salpicar apenas con un aporte realista, aunque quizá semió-tico, para la resolución de las tensiones creadas de futuras obras narrativas. Ya lo dijo Borges en uno de sus sonetos más famosos: “No nos une el amor sino el espanto/será por eso que la meo tanto”.

sábado, 5 de diciembre de 2009

La cajera sale a las 22


Soy la cajera del súper. Hace siete horas que no me levanto de la silla. Pasan el suavizante, el raid max, los caldos light, la mayonesa, el maple de huevos como una línea de naves espaciales que yo elimino con mi rayo láser. Tengo prohibido ir al baño y quiero gritarlo.

Mi lengua es un tícket que no puedo arrancar.

Pero hay una esperanza que no tiene precio: en media hora dejarán que me cambie los pañales.