lunes, 15 de junio de 2020

Fritanga maravillosa, de Hernán Schillagi




UNA AUTOBIOGRAFÍA INVOLUNTARIA


Por qué motivos alguien insiste en hablar en primera persona sobre situaciones que no le sucedieron del todo, que apenas fueron un roce cercano. Algunos responderían que es la ficción. Sin embargo, lo escrito, visto, leído y vuelto a escribir aquí es absolutamente cierto, y no tanto: ensayos que surgen del deseo y la intensidad, crónicas de un acontecimiento microscópico, imperceptible para quienes transitan distraídos por esta realidad precipitada y servil.

Quizá, la suma de estos textos den el resultado lenguaraz y distorsionado del que escarba siempre en el mismo cajón de las palabras: una autobiografía involuntaria, expuesta y solapada en un único gesto acerca de mis pasiones (la lectura, el fútbol, el mate), de mis obsesiones (la escritura, lo cotidiano), como también un testimonio de mi perplejidad ante la tecnología y el comportamiento humano.

Como un Cesare Pavese un tanto descarado y meridional, que enfrenta el abismo de lo desconocido a punta de poesía y argumentos, elevo la apuesta y declaro: vendrá la muerte y leerá tus PDF.


HERNÁN SCHILLAGI
San Martín, otoño de 2020





lunes, 8 de junio de 2020

Algunas frases que dejó la cuarentena



*No hay gmail que por bien no venga.
*Tanto va el dedo a la tecla que al final se envía.
*A cada chancho le llega su COVID.
*Si te gusta el videollamado, aguantate la interferencia.
*Y en la calle codo a codo, somos mucho más que tos.
*La letra con plataforma virtual enter.
*Más vale virus conocido que virus por conocer.
*Tapabocas vemos, caras no sabemos.

sábado, 23 de mayo de 2020

Un viaje cargado



Si en el viaje de vuelta del aserradero, luego de cargar en la chatita Fiat 1500 anaranjada unos tablones de MDF y dos rieles metálicos para el proyecto «Biblioteca Familiar», el fletero te cuenta con la nariz fuera del barbijo que fue combatiente de Malvinas, que vio al Espíritu Santo mientras buscaba un milagro para su hija enferma y que se probó de 11 en Independiente de Avellaneda; serán los 300 pesos mejor invertidos de este año. «Y un corazón no se endurece porque sí...», cantaba el Indio Solari.

domingo, 3 de mayo de 2020

Romance del prisionero en cuarentena




Que por mayo era por mayo,
cuando no hay ventilación,
cuando barbijos reclaman
y están los arcos sin gol.
Cuando sale a la baranda
y no hay nadie en el balcón,
cuando los desconectados
buscan señal en el hall.
Sino yo triste, aislado,
que sigo en esta ilusión;
que ni sé cuando termina
ni cuando en un coche voy.
Sino por una mirilla
que me mostraba el color.
Tapómela un limonero;
déle Dios mal floración.

ANÓNIMO

sábado, 25 de abril de 2020

Héroes no tan anónimos


Salgo a la calle de la cuarentena. Un mapeo cerebral anterior me asigna un itinerario conocido y peligroso: cajero automático, Rapipago y carnicería. Pero antes de enfrentar el exterior, me calzo un tapaboca y unos anteojos oscuros como si fuera el yelmo de una armadura perdida.
Mi clandestinidad involuntaria avanza hasta la cola del cajero. A los cinco minutos pasa el de la farmacia en bicicleta y me saluda tras su visera de acrílico: «¡Hernán!», grita. Lo miro pedalear y apenas le respondo con la mano. Luego voy al Rapipago, la fila es corta. Sale alguien de pagar, lleva barbijo negro y, cuando pasa a mi lado, me reconoce: un compañero de trabajo. Entro y camino hasta la ventanilla, una mujer con la vista en la pantalla me recibe las boletas. «La primera cuota de la luz y abril de la Muni», le digo. «Bueno profe», me contesta. Mientras le paso la tarjeta de débito, me cuenta que fue alumna mía hace una década. Última parada, la carnicería. Llego con los anteojos empañados y el tapaboca medio corrido. Atienden de a una persona, así que espero en la vereda mientras una mujer compra carne molida. Se da vuelta y me dice: «Hola, Hernán. ¿Todo bien?». Una simpática compañera de la primaria descubre mi identidad de superhéroe atribulado y venido a menos.
Bruno Díaz, Clark Kent, Diego de la Vega; qué difícil la hubieran tenido en estas épocas tan virósicas y prosaicas. La cuarentena nos ha desarrollado un sexto sentido de escaneo, captura y procesamiento de datos. Así no hay incógnito que resista.

HERNÁN SCHILLAGI

lunes, 13 de abril de 2020

Un rayo en la casa



Ante la falta de diario para encender el fuego, buenas son las amarillentas fotocopias con las que atiborramos a los estudiantes año a año. Recuerdos de lo concreto en un ambiente virtual.
Sin aviso, la poesía me salió al encuentro y se dispuso a encender los leños de mi aislada -y en cuarentena- imaginación: «Todas las casas son ojos / que resplandecen y acechan...». Nadie puede negar que el poeta Miguel Hernández conocía bastante acerca de lo que es luchar y del tránsito de una angustia incomprensible.
Los troncos, entonces, se quemaron hambrientos en mi parrilla: «Y a un grito todas las casas / se asaltan y se despueblan...». ¿Existirá un noticiero más actualizado que un buen libro de poemas? Pero con una diferencia sustancial, la esperanza es lo que vende, no la catástrofe: «Y a un grito todas se aplacan, / y se fecundan, y esperan».
Nunca en esta casa un asado había ardido tan bien con el calor de un rayo que no cesa.

HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 5 de abril de 2020

Llamadores




Viernes (o como se denomine este día en cuarentena): salí al patio luego de cinco horas de un trabajo tan virtual como sanguíneo: todo enviado. Como decía el poema de Amado Nervo: «¡Vida, nada me debes! / ¡Vida, estamos en paz!». De este modo, el sol acarició mi faz (de aquí en adelante, sigo citando al gran Amado), estiré un poco los brazos y, de repente, me dio una furia gimnástica: «Voy a hacer diez largos por el patio», me dije, como si fuera a arrojarme a la pileta de un club. Fui y volví con pasos enérgicos de una punta a la otra, desde la Pelopincho hasta el chulengo (estas palabras siempre me sacan una sonrisa). Pero en una de las pasadas, estrellé mi cabeza contra uno de llamadores de ángeles. El tintineo alterado me asustó más que el suave golpe, e hizo que alzara los ojos.
Entonces, me puse a mirar lo que colgaba de mi parra, más allá de un par de racimos maduros y una rama rebelde: vi un atrapasueños insomne, un llamador de caña bastante asoleado, otro que traje de Córdoba con el yin y el yang como un aviso. También vi una calabacita invertida que encontramos en la Alameda que hace sonar a unos surís de cerámica. Llamadores de ángeles: una forma humilde de traducir el idioma del viento. Vi también, y para variar el paisaje, una jaula blanca que jamás tendrá un pájaro adentro, con un malvón que estira en silencio sus extremidades fuera de los barrotes.
Para el final, mientras contenía la respiración, vi un llamador de amatista azul que compramos el mismo día que nos dieron el análisis positivo de embarazo de mi mujer. Nos ha acompañado con sus toques cantarines y sutiles en todas las mudanzas durante 19 años. Así, ha trinado como un jilguero colgado de barrales, techos y banderolas. Agudo y frágil, pero salió airoso de mil batallas, no sin un par de cicatrices. Dicen que la amatista tiene un valor emocional, energético. Para mí es un testimonio sonoro que nunca me permite olvidar en cada repique alegre: «que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: / cuando planté rosales, coseché siempre rosas...».


HERNÁN SCHILLAGI