lunes, 15 de octubre de 2018
Un poema desde el norte
policial nórdico
por qué motivos un bosque blanco
de ramas secas enorme y helado hasta la parálisis
insiste en crecer sobre los terrenos de mi mente
cuando en verdad es un desierto gris
el que se abre en los bordes de este pavimento
donde cada una de las huellas las pistas
y los sospechosos transitan con inocencia
pero un cuerpo aparece bajo la nieve
para que lo oculto estalle y todo se detenga
a la velocidad de una lenta cámara
que sigue la caída de los copos «tic»
y registra sutil su punteo sobre la tierra «tic
tic»
camino entonces entre los árboles de hielo
atrapado por este frío serial que como un asesino
le hace preguntas a mi imaginación
antes del primer disparo
HERNÁN SCHILLAGI, de "Castillos sonoros" (inédito)
domingo, 7 de octubre de 2018
El miedo se parece a una paloma sobre tu reja
Justo terminaba de quitarme los auriculares y apoyarlos sobre la mesa, cuando un grito desgarrador vino desde la calle para entrar con todo su filo a mis orejas todavía adormiladas. Como buen descendiente de italianos, siempre pienso en una desgracia antes que otra cosa. Nunca falla. Un portazo que se cerró sin aviso por el viento, para mí es un disparo lleno de pólvora y odio. Pensar lo peor hace que todo, luego del sobresalto, sea un hermoso malentendido. La sangre siciliana y argentina que corre mezclada por mis venas hace que viva con el Jesús en la boca. Sin embargo, este aullido fatal en la mitad de la mañana, salió de una herida abierta y se cortajeaba en los oídos como si un puñal estuviera revolviéndose con saña. Corrí espantado hacia la ventana, vi pasar tres cabezas adolescentes que se reían, aunque un manchón a contraluz me distrajo la visual. Una paloma posada en la reja no dejaba de mirar para adentro de mi casa. Con una fragilidad extrema, el animal se sostenía sobre sus dos patitas. Me acordé, por supuesto, del personaje de «La paloma», de Patrik Süskind donde, la sola presencia de ese bicho alado en su habitación, tomaba proporciones de una pesadilla pavorosa. Le saqué medio tembloroso un par de fotos y abrí la puerta. El mecánico de enfrente también se había asomado y, entre los dos, convenimos que el escándalo había sido un juego de los chicos que pasaban. Le mandé, entonces, la foto a un grupo amigo y uno me preguntó si aún no había visto la serie «Zoo». Cuando le contesté que no, comencé a ver en el borde superior de la pantalla de mi teléfono un trabajoso «Escribiendo, escribiendo…». El mensaje, con todas sus alertas, por fin llegó: «Los animales dijeron 'ya basta'». Casi al mismo tiempo entró la foto de otra amiga, donde un aguilucho acechaba la tranquilidad de su hogar. Un grito feroz, una paloma inquisidora, mensajes cruzados y la mañana que aporta luz a los miedos oscuros que anidan en mi pecho. Los sustos que me hubiera ahorrado si el nono Francesco no hubiese venido desde Palermo, desde ese pequeño pueblo enclavado en la montaña que, justamente, se llamaba Rucca Palumba.
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 29 de septiembre de 2018
Un poema con insectos
kafka testimonial
el
libro cuenta otra cosa el libro
parece
un sueño que apenas se recuerda
porque
nadie se atrevió a documentar esa noche
las
verdaderas páginas finales
donde
los basureros de praga
vieron
un bulto enorme pero liviano
que
llamaría la atención de cualquiera
abrieron
la bolsa como se mira la oscuridad
debajo
de la cama y en vez de un monstruo
un
joven sutil un poco pálido y convexo
se
dibujó en el empedrado
un
cadáver común y corriente sí
en
los fondos de la respetable casa
de
la familia samsa que ahora hacía los planes
de
una última y feliz mudanza
HERNÁN SCHILLAGI, en "Castillos sonoros" (inédito)
domingo, 26 de agosto de 2018
Un poema para una crónica
una sustituta anunciada
Él parecía insensible a su delirio:
era como escribirle a nadie…
era como escribirle a nadie…
Gabriel García Márquez
la editorial sudamericana publica
este centenar de páginas sin orden
ni continuidad aunque sí tienen un principio
ese en el que ángela la menor de los vicario
se encuentra con su destino su tragedia su final
como un edipo que amasija a su padre
mientras huye de las palabras que lo condenan
la editorial decía allá a comienzos de los ochentas
diagrama un caos el reflejo roto
de la memoria colectiva y una culpa
que da nombre a un pueblo para siempre
este centenar de páginas sin orden
ni continuidad aunque sí tienen un principio
ese en el que ángela la menor de los vicario
se encuentra con su destino su tragedia su final
como un edipo que amasija a su padre
mientras huye de las palabras que lo condenan
la editorial decía allá a comienzos de los ochentas
diagrama un caos el reflejo roto
de la memoria colectiva y una culpa
que da nombre a un pueblo para siempre
por eso la que esta vez escapa de la deshonra
y de la sangre se tropieza con la poesía se cruza
con los versos mal cortados de un correo secreto
para que la fiebre haga del mercurio tinta solitaria
porque ángela la menor de los vicario decide
elige ser poeta mientras borda los años
y sustituye la vergüenza por un fajo de cartas
que nunca será abierto ni revelado
ante un lector que se corporiza
para decir «bueno aquí estoy»
y de la sangre se tropieza con la poesía se cruza
con los versos mal cortados de un correo secreto
para que la fiebre haga del mercurio tinta solitaria
porque ángela la menor de los vicario decide
elige ser poeta mientras borda los años
y sustituye la vergüenza por un fajo de cartas
que nunca será abierto ni revelado
ante un lector que se corporiza
para decir «bueno aquí estoy»
HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)
miércoles, 15 de agosto de 2018
Sálvate, Marty
Caminaba por Patricias Mendocinas de Ciudad, me sonó una notificación y, mientras sacaba el teléfono del bolsillo, una mujer me preguntó la hora. Miré la pantalla y tardé dos segundos más de lo que correspondía. Motivos: eran las 9.41. No sabía si ser preciso, o decirle "Son las diez menos veinte", o redondear para abajo. Opté por la imprecisión: "Son las 9.40". Pero lo que de verdad hizo que me detuviera en seco y que, por un rato, no me salieran las palabras; fue que creí anonadado que estaba ante una viajera del tiempo. ¿Qué otra persona, por lo tanto, enfrenta las calles del siglo XXI sin un celular? Podría entrar en detalles de tipo social y político. Cambios. Hoy vas entrar en mi pasado, decía el tango.
HERNÁN SCHILLAGI
sábado, 4 de agosto de 2018
El nombre de los cuadernos
NOTA 4/EL NOMBRE DE LOS CUADERNOS
MI ABUELA Gloria era poeta. Más precisamente, una poetisa. La diferencia marcada del género femenino va más allá de los ejercicios con que las maestras nos torturaban en la primaria: «abad/abadesa», «zar/zarina», «poeta/poetisa». Estoy seguro de que mis compañeros no sospechaban ni por asomo lo que significaban esos pares de palabras. Pero yo, al menos, conocía uno: poetisa era Gloria, y me daba orgullo decirlo. Aunque ella no hiciera nada distinto a las demás abuelas. Tejía, amasaba los fideos y nos cuidaba algunas tardes. Sin embargo, ser mujer y poeta en una pequeña ciudad de provincia no era lo esperado. Aunque poetisa, sí; ya que debía ser la que escribía, en sus momentos de ocio, versos en la siesta mientras esperaba al marido que regresara del trabajo. Versos dedicados a las cuatro estaciones del año, a los árboles, a los héroes de la Patria, a las calles del pueblo, a la madre, a Dios, a los hijos y, conforme al inevitable envejecimiento, a los nietos. Cómo no.
Una de las primeras palabras que aprendí a leer en mi vida fue «Gloria». Llegaba a la casa de mi abuela y, sobre la mesa blanca, se destacaba siempre el anaranjado de un cuaderno pequeño, además de los colores de la bandera argentina y unas letras enormes en blanco. «Esos cuadernos son míos», decía mi abuela cuando yo quería rayar el cuadriculado con los primeros palotes. Entonces sacaba del armario unas etiquetas de vino para que dibujara en el dorso. Pero yo quería saber qué decían esos cuadernos. Cuando el alfabeto se me volvió posible, mis ojos deletrearon la palabra «Gloria» en la tapa. Mi naturaleza textual hizo que volviera hasta mi propia casa para comprobar si había cuadernos con los nombres de «Teresa» o «Antonio». Solo encontré unos azules sin nada en la tapa, salvo un entramado retorcido de telarañas. Mis padres llenaban de columnas numéricas cada una de las hojas.
Después, Gloria me había dicho que le gustaban esos cuadernos porque no todo el mundo puede ver su nombre estampado en mayúsculas. Compraba siempre los de tapa blanda, papel obra, de 48 hojas cuadriculadas. Por más que en ellos copiara una receta, escribiera el borrador de una carta, o anotara la lista del almacén; jamás se le había ocurrido utilizar otros de mejor calidad o más extensos. Con los años había almacenado cientos y tirado otros más, pero no tenía un orden ni un lugar único donde guardarlos. Siempre había uno sobre la máquina de coser o entre las antenas del televisor. Tenía una especie de costumbre compulsiva, volvía a escribir todo el crucigrama del diario a uno de sus cuadernos. Día a día, como en un rito verbal, trazaba los cuadros negros y los blancos, para después resolver las consignas. Su excusa era tan lógica que nadie se atrevió nunca a discutírsela: «Por si alguien quiere hacerlo después». Así y todo no había otra persona en la familia que se le animara a las palabras cruzadas. Cuando mi abuela se iba a tender la ropa, yo buscaba algún cuaderno y aparecían dioses nórdicos, símbolos de la tabla periódica, ciudades de la antigua Persia que poblaban las carillas. Nunca vi un solo poema, pero sabía que los fijaba en los cuadernos Gloria.
Una de las primeras palabras que aprendí a leer en mi vida fue «Gloria». Llegaba a la casa de mi abuela y, sobre la mesa blanca, se destacaba siempre el anaranjado de un cuaderno pequeño, además de los colores de la bandera argentina y unas letras enormes en blanco. «Esos cuadernos son míos», decía mi abuela cuando yo quería rayar el cuadriculado con los primeros palotes. Entonces sacaba del armario unas etiquetas de vino para que dibujara en el dorso. Pero yo quería saber qué decían esos cuadernos. Cuando el alfabeto se me volvió posible, mis ojos deletrearon la palabra «Gloria» en la tapa. Mi naturaleza textual hizo que volviera hasta mi propia casa para comprobar si había cuadernos con los nombres de «Teresa» o «Antonio». Solo encontré unos azules sin nada en la tapa, salvo un entramado retorcido de telarañas. Mis padres llenaban de columnas numéricas cada una de las hojas.
Después, Gloria me había dicho que le gustaban esos cuadernos porque no todo el mundo puede ver su nombre estampado en mayúsculas. Compraba siempre los de tapa blanda, papel obra, de 48 hojas cuadriculadas. Por más que en ellos copiara una receta, escribiera el borrador de una carta, o anotara la lista del almacén; jamás se le había ocurrido utilizar otros de mejor calidad o más extensos. Con los años había almacenado cientos y tirado otros más, pero no tenía un orden ni un lugar único donde guardarlos. Siempre había uno sobre la máquina de coser o entre las antenas del televisor. Tenía una especie de costumbre compulsiva, volvía a escribir todo el crucigrama del diario a uno de sus cuadernos. Día a día, como en un rito verbal, trazaba los cuadros negros y los blancos, para después resolver las consignas. Su excusa era tan lógica que nadie se atrevió nunca a discutírsela: «Por si alguien quiere hacerlo después». Así y todo no había otra persona en la familia que se le animara a las palabras cruzadas. Cuando mi abuela se iba a tender la ropa, yo buscaba algún cuaderno y aparecían dioses nórdicos, símbolos de la tabla periódica, ciudades de la antigua Persia que poblaban las carillas. Nunca vi un solo poema, pero sabía que los fijaba en los cuadernos Gloria.
***
La obra poética publicada de mi abuela se resumía en cinco poemas distribuidos en tres plaquetas y una antología grupal. Firmó siempre con el apellido de casada, sin olvidar el «de» en el medio luego de su nombre. Esto la encumbraba también en la cima de la inefable categoría de poetisa. Un poema al río Tunuyán, otro al general San Martín y un soneto dedicado a Alfonsina Storni; le valieron reconocimientos en diferentes certámenes. Luego, cuando tenía ochenta años, una asociación de poetas jubilados la invitó a participar con dos textos para un libro. Debía pagarse su página para que fuera posible la edición. La noche que presentaron la obra en conjunto, leí rápidamente los poemas sin hallar lo que buscaba. Uno hacía referencia a los cosechadores y el otro describía una alameda en otoño. Sin embargo, ninguno hablaba de mí.
En esa velada, uno de los viejos poetas que había organizado la antología se acercó con un vaso de vino para hablarme. No paraba de referirse a su pasado triunfal, plagado de premios ignotos y dudosos laureles oficiales. Hasta que me lanzó la aciaga pregunta: «¿Vos también escribís poesía como tu abuela?». Cómo habrá sido la cara que le puse y el tono de mi voz para decir que no, que estiró –sin soltar el vaso− su mano derecha en mi hombro y me dijo a modo de confesión: «No te preocupés, Gloria no escribió poemas hasta que se mudó a la finca». La finca de la calle La Posta, pensé, adonde en vida había sido enterrada.
En esa velada, uno de los viejos poetas que había organizado la antología se acercó con un vaso de vino para hablarme. No paraba de referirse a su pasado triunfal, plagado de premios ignotos y dudosos laureles oficiales. Hasta que me lanzó la aciaga pregunta: «¿Vos también escribís poesía como tu abuela?». Cómo habrá sido la cara que le puse y el tono de mi voz para decir que no, que estiró –sin soltar el vaso− su mano derecha en mi hombro y me dijo a modo de confesión: «No te preocupés, Gloria no escribió poemas hasta que se mudó a la finca». La finca de la calle La Posta, pensé, adonde en vida había sido enterrada.
HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017)
viernes, 27 de julio de 2018
Un poema y un libro
un lázaro más
en un pasaje poderoso de la novela
«el evangelio según jesucristo» saramago
muestra a un resucitado lázaro que de nuevo
cae inerte al piso así el hijo de dios se arrodilla
ante el cuerpo sabe que tiene el poder divino
de pronunciar las palabras las sílabas
las letras imperativas para que una vez más
logre levantarse y andar como si nada
pero en ese preciso momento maría
la de magdala pone su mano en el hombro
para decir «nadie en la vida tuvo tantos pecados
que merezca morir dos veces» la ficción
de este modo quiere ser realidad sagrada
sonidos concretos que salen de una boca
ajena donde el verdadero castigo
es parecerse a otro silencio tenaz
eterno y sin rostro que mira desde arriba
HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)
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