sábado, 29 de septiembre de 2018

Un poema con insectos




kafka testimonial



el libro cuenta otra cosa el libro
parece un sueño que apenas se recuerda
porque nadie se atrevió a documentar esa noche
las verdaderas páginas finales
donde los basureros de praga
vieron un bulto enorme pero liviano
que llamaría la atención de cualquiera

abrieron la bolsa como se mira la oscuridad
debajo de la cama y en vez de un monstruo
un joven sutil un poco pálido y convexo
se dibujó en el empedrado
un cadáver común y corriente sí
en los fondos de la respetable casa
de la familia samsa que ahora hacía los planes
de una última y feliz mudanza


HERNÁN SCHILLAGI, en "Castillos sonoros" (inédito)

domingo, 26 de agosto de 2018

Un poema para una crónica





una sustituta anunciada
                                                Él parecía insensible a su delirio:
                                                era como escribirle a nadie…
 
                                                        Gabriel García Márquez

la editorial sudamericana publica
este centenar de páginas sin orden
ni continuidad aunque sí tienen un principio
ese en el que ángela la menor de los vicario
se encuentra con su destino su tragedia su final
como un edipo que amasija a su padre
mientras huye de las palabras que lo condenan 
la editorial decía allá a comienzos de los ochentas
diagrama un caos el reflejo roto
de la memoria colectiva y una culpa
que da nombre a un pueblo para siempre
por eso la que esta vez escapa de la deshonra
y de la sangre se tropieza con la poesía se cruza
con los versos mal cortados de un correo secreto
para que la fiebre haga del mercurio tinta solitaria
porque ángela la menor de los vicario decide
elige ser poeta mientras borda los años
y sustituye la vergüenza por un fajo de cartas
que nunca será abierto ni revelado
ante un lector que se corporiza
para decir «bueno aquí estoy»


HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)

miércoles, 15 de agosto de 2018

Sálvate, Marty



Caminaba por Patricias Mendocinas de Ciudad, me sonó una notificación y, mientras sacaba el teléfono del bolsillo, una mujer me preguntó la hora. Miré la pantalla y tardé dos segundos más de lo que correspondía. Motivos: eran las 9.41. No sabía si ser preciso, o decirle "Son las diez menos veinte", o redondear para abajo. Opté por la imprecisión: "Son las 9.40". Pero lo que de verdad hizo que me detuviera en seco y que, por un rato, no me salieran las palabras; fue que creí anonadado que estaba ante una viajera del tiempo. ¿Qué otra persona, por lo tanto, enfrenta las calles del siglo XXI sin un celular? Podría entrar en detalles de tipo social y político. Cambios. Hoy vas entrar en mi pasado, decía el tango.

HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 4 de agosto de 2018

El nombre de los cuadernos




NOTA 4/EL NOMBRE DE LOS CUADERNOS


MI ABUELA Gloria era poeta. Más precisamente, una poetisa. La diferencia marcada del género femenino va más allá de los ejercicios con que las maestras nos torturaban en la primaria: «abad/abadesa», «zar/zarina», «poeta/poetisa». Estoy seguro de que mis compañeros no sospechaban ni por asomo lo que significaban esos pares de palabras. Pero yo, al menos, conocía uno: poetisa era Gloria, y me daba orgullo decirlo. Aunque ella no hiciera nada distinto a las demás abuelas. Tejía, amasaba los fideos y nos cuidaba algunas tardes. Sin embargo, ser mujer y poeta en una pequeña ciudad de provincia no era lo esperado. Aunque poetisa, sí; ya que debía ser la que escribía, en sus momentos de ocio, versos en la siesta mientras esperaba al marido que regresara del trabajo. Versos dedicados a las cuatro estaciones del año, a los árboles, a los héroes de la Patria, a las calles del pueblo, a la madre, a Dios, a los hijos y, conforme al inevitable envejecimiento, a los nietos. Cómo no.
Una de las primeras palabras que aprendí a leer en mi vida fue «Gloria». Llegaba a la casa de mi abuela y, sobre la mesa blanca, se destacaba siempre el anaranjado de un cuaderno pequeño, además de los colores de la bandera argentina y unas letras enormes en blanco. «Esos cuadernos son míos», decía mi abuela cuando yo quería rayar el cuadriculado con los primeros palotes. Entonces sacaba del armario unas etiquetas de vino para que dibujara en el dorso. Pero yo quería saber qué decían esos cuadernos. Cuando el alfabeto se me volvió posible, mis ojos deletrearon la palabra «Gloria» en la tapa. Mi naturaleza textual hizo que volviera hasta mi propia casa para comprobar si había cuadernos con los nombres de «Teresa» o «Antonio». Solo encontré unos azules sin nada en la tapa, salvo un entramado retorcido de telarañas. Mis padres llenaban de columnas numéricas cada una de las hojas.
Después, Gloria me había dicho que le gustaban esos cuadernos porque no todo el mundo puede ver su nombre estampado en mayúsculas. Compraba siempre los de tapa blanda, papel obra, de 48 hojas cuadriculadas. Por más que en ellos copiara una receta, escribiera el borrador de una carta, o anotara la lista del almacén; jamás se le había ocurrido utilizar otros de mejor calidad o más extensos. Con los años había almacenado cientos y tirado otros más, pero no tenía un orden ni un lugar único donde guardarlos. Siempre había uno sobre la máquina de coser o entre las antenas del televisor. Tenía una especie de costumbre compulsiva, volvía a escribir todo el crucigrama del diario a uno de sus cuadernos. Día a día, como en un rito verbal, trazaba los cuadros negros y los blancos, para después resolver las consignas. Su excusa era tan lógica que nadie se atrevió nunca a discutírsela: «Por si alguien quiere hacerlo después». Así y todo no había otra persona en la familia que se le animara a las palabras cruzadas. Cuando mi abuela se iba a tender la ropa, yo buscaba algún cuaderno y aparecían dioses nórdicos, símbolos de la tabla periódica, ciudades de la antigua Persia que poblaban las carillas. Nunca vi un solo poema, pero sabía que los fijaba en los cuadernos Gloria.
***
La obra poética publicada de mi abuela se resumía en cinco poemas distribuidos en tres plaquetas y una antología grupal. Firmó siempre con el apellido de casada, sin olvidar el «de» en el medio luego de su nombre. Esto la encumbraba también en la cima de la inefable categoría de poetisa. Un poema al río Tunuyán, otro al general San Martín y un soneto dedicado a Alfonsina Storni; le valieron reconocimientos en diferentes certámenes. Luego, cuando tenía ochenta años, una asociación de poetas jubilados la invitó a participar con dos textos para un libro. Debía pagarse su página para que fuera posible la edición. La noche que presentaron la obra en conjunto, leí rápidamente los poemas sin hallar lo que buscaba. Uno hacía referencia a los cosechadores y el otro describía una alameda en otoño. Sin embargo, ninguno hablaba de mí. 
En esa velada, uno de los viejos poetas que había organizado la antología se acercó con un vaso de vino para hablarme. No paraba de referirse a su pasado triunfal, plagado de premios ignotos y dudosos laureles oficiales. Hasta que me lanzó la aciaga pregunta: «¿Vos también escribís poesía como tu abuela?». Cómo habrá sido la cara que le puse y el tono de mi voz para decir que no, que estiró –sin soltar el vaso− su mano derecha en mi hombro y me dijo a modo de confesión: «No te preocupés, Gloria no escribió poemas hasta que se mudó a la finca». La finca de la calle La Posta, pensé, adonde en vida había sido enterrada.


HERNÁN SCHILLAGI, fragmento de la novela "Los cuadernos de Gloria" (2017)

viernes, 27 de julio de 2018

Un poema y un libro



un lázaro más
 

en un pasaje poderoso de la novela
«el evangelio según jesucristo» saramago
muestra a un resucitado lázaro que de nuevo 
cae inerte al piso así el hijo de dios se arrodilla
ante el cuerpo sabe que tiene el poder divino
de pronunciar las palabras las sílabas
las letras imperativas para que una vez más
logre levantarse y andar como si nada
pero en ese preciso momento maría
la de magdala pone su mano en el hombro
para decir «nadie en la vida tuvo tantos pecados
que merezca morir dos veces» la ficción
de este modo quiere ser realidad sagrada
sonidos concretos que salen de una boca
ajena donde el verdadero castigo
es parecerse a otro silencio tenaz
eterno y sin rostro que mira desde arriba


HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)

miércoles, 18 de julio de 2018

Un poema de ceremonia




cuento de hadas


otro libro del que quisiera hablarte
parece una pieza de relojería cada página
es un minuto que le ganamos a la muerte
tan preciso como los pasos de esa mujer 
de luto que camina hacia el cementerio
con ortigas en la mano en vez de flores
y repite y repite palabras para su soledad
de frío y manchas en el techo pero las espinas 
no duelen curan porque el daño es un atajo 
para que suceda el ritual cifrado de ser otro otra 
una madre que la razón niega sin embargo
los disfraces que da la locura son el abrigo 
para provocar el encuentro de una hija 
y su fantasma de una vida y sus secretos
donde un carnaval de muecas se descubre
y deja caer la última de las máscaras


HERNÁN SCHILLAGI, de «Castillos sonoros» (inédito)

lunes, 9 de julio de 2018

Ladrón de mi cerebro




Son pocas las sorpresas que a un pueblerino le pueden ofrecer sus veredas rotas y levantadas, sus árboles añosos y mal podados, su arquitectura baja y deslucida. Más allá de algún tropiezo inusitado, uno camina y camina con las boletas en una mano y con el corazón en la otra, tratando de que la vista se anime a dar un salto o, al menos, se desvíe de una rutina de planicie y pavor. Tal vez, las paredes rayoneadas sean una posibilidad sin arte, pero con precisión. Cuando mi mamá me llevaba a la escuela primaria, un grafiti de caligrafía firme prometía: «Seremos como el Che». Mi cabeza de niño no podía entender los meandros históricos y políticos del mensaje; pero una cuadra antes, ya ansiaba verlo, leerlo y darle forma silenciosa en mis labios a ese futuro simple. Luego, ya en mis veinte, cerca de la cancha, había otro que profanaba una pared de estilo colonial: «Chaca, ladrón de mi cerebro». Aquí sí sabía quién era el Chacarero, la referencia ricotera cargada de fanatismo, además de los magros resultados deportivos en el ascenso nacional que le trastornarían la cabeza a cualquiera.

«Y la ciudad, ahora, es como un plano / de mis humillaciones y fracasos…», gustaba comentar Borges de Buenos Aires. Sin embargo, toda urbe pequeña, o pueblo grande (que no es lo mismo, aunque se parecen), vive en «modo selfie» continuo; es decir, con la mirada puesta en uno mismo en primerísimo plano. Así, nos conocemos en escala 1:1 los detalles más escabrosos, nos contamos hasta la última de las costillas y se nos borronea el resto. Pues bien, hace unas semanas, alguien subió a las redes sociales una fotografía tomada por un dron, ese vehículo aéreo comandado a distancia; un juguete que los nenitos de mi generación ochentera hubiésemos dado un brazo por tenerlo. La foto en cuestión retrataba el festejo popular por un triunfo de la Selección en el Mundial de Fútbol. El resultado fue revelador y confuso, una conmoción efímera de belleza inesperada que me llevó a decir: «Esto no se parece a mi ciudad…». El dron te mejora hasta la cara del más feo, pensé, como también transforma la mirada que teníamos de las cosas. El valor de lo precario se sustenta en la lejanía, como esos rockeros veteranos que tienen un «buen lejos» solo en el escenario.

Traigo a la memoria las panorámicas del puente de Brooklyn, las tomas nocturnas de la Torre Eiffel, o aquella desde el Támesis para mostrar una Londres majestuosa. Insisto, los pueblerinos no estamos acostumbrados a esas postales, nos quitan el aliento tanto como nos dejan afuera. Por lo tanto, el dron, al borrar todo pormenor inconveniente, te roba también una parte del cerebro, esa que nos advierte de las decepciones y la frustración. «Una mirada desde una alcantarilla / puede ser una visión del mundo...», decía Alejandra Pizarnik; en qué consistirá, entonces, la rebelión de mirar lo cotidiano sin engañarse. Amar lo conocido y transitado con sus defectos más ominosos. Quiero una herida que no sea la calle donde nací.



HERNÁN SCHILLAGI