jueves, 5 de noviembre de 2015

Un poema diagnosticado






letra de médico


un mal diagnóstico puede matar
al más feliz de los pacientes un mal
sin cura a toda una generación de poetas
porque en los trazos ocultos de un verso
en selecta tipografía preestablecida
y justificada a la izquierda de la pantalla
se encubre y se retuerce una mano tosca
sin gobierno que aunque acierte
no da en el blanco

un apunte mal tomado quizá la ligera
anotación que solo deja manchas negras
de una lectura tortuosa para simular un dictado
único de corrido sin faltas de ortografía intente
lo real es decir lo imposible «la vida está escrita»
lo leí ayer en un muro «con letra de médico»
así la cadena hereditaria suelta un eslabón bastardo
literal que se enferma de abandono y no admite
segundas opiniones


HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 24 de octubre de 2015

Voces rotas en la ventana




«No sabés lo que me hizo el cabrón de tu padre…», escucho que una voz femenina dice al pasar por mi ventana que da a la calle. Dejo el libro de lado, detengo el camino de la bombilla del mate hacia mi boca, paro las orejas y nada. El rumor de un taconeo sigue su camino y se lleva una historia a la que nunca le conoceré el final. Ni el comienzo. Pasa que esta vieja casa donde vivo, construida por mi bisabuelo con sus propias manos hace más de 80 años, no tiene jardín ni hall de entrada y tampoco un porche que nos aísle del traqueteo urbano. Pienso que el nono Olimpieri salía del otro lado por la tarde a regar su profunda huerta y recordaba -en un envidiable silencio- las aventuras que tuvo como soldado camillero en la Guerra del 14. Pero, entrado el siglo XXI, mis actividades cotidianas e íntimas conviven pared de por medio con el sonoro estremecimiento de una calle transitada y locuaz: un taller mecánico, un lavadero, parada de colectivos, una fábrica de conservas, consultorios médicos, inmobiliaria, rotisería, centro de estética y, cómo no, una escuela con sus turnos completos. Un ir y venir de cabezas fugaces que no dejo de observar desde los postigos abiertos. Pero a veces, esas cabezas hablan, insultan, lloran, o revelan secretos tan jugosos como fragmentarios. Son igual que esos mensajes por teléfono que llegan partidos y nunca se terminan de completar. «Vos tenés que ir con la frente en alto, un pedo se le puede salir a cualquiera…», le dice una ¿madre/tía/abuela? a su ¿hijo/sobrino/nieto? Es aquí donde estos microcuentos callejeros hacen que se nos dispare la imaginación familiar. Entre nosotros, comienza un risueño debate, hay que decirlo, para ver quién completa el relato del modo más original o estrafalario. También, nunca faltan los que hace cien metros andan buscando señal: «Hola, sí, hola…», ni los grupos de amigotes que vociferan hormonalmente conquistas nocturnas: «Después del boliche nos fuimos a…», y mi morbo entra en sordera cuando lo único que me queda son las risotadas cómplices al doblar la esquina. Hace meses que estoy tentado de tener en el alféizar un anotador tras las cortinas, para así registrar línea por línea un improvisado y furtivo poema de amor a las ciudades. Sin embargo, toda ventana desde su génesis es indiscreta, como sugería la película de Hitchcok. Hace unos días comprobé que, desde la ventanilla del micro, una misma señora me espía por los escasos segundos que las dos aberturas se enfrentan. Yo la veo pasar, ella me mira en mi atenta quietud. «Entonces las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá…», remata Eduardo Galeano, justamente, en el texto  «Ventana sobre la palabra». Pero ni la señora ni yo logramos oír siquiera una sílaba de lo que el otro pronuncia. El silencio compartido, aquí, solo marca ortográficamente lo que nadie se atreve a decir, aunque sea al pasar y a las apuradas: el inevitable punto final.  


HERNÁN SCHILLAGI 

jueves, 1 de octubre de 2015

Un poema marciano






los canales de marte


La tierra pareció estallar, encenderse y arder.
Las gentes de los porches extendieron las manos
como para apagar el incendio…

Ray Bradbury



si has probado el sabor de la arena roja
de un planeta que tiene su cara cortada
por sombríos canales de murmullos
que sabían encauzar la voz de los antiguos
sabrás que un vino sucio emborracha tu paladar
y de tu boca entonces saldrán barcas asustadas
como luciérnagas de una caverna

sin embargo si lo que llevaste a tus labios fríos
fue el recuerdo del agua y del sueño
y de los mil pájaros de fuego azul
que se reflejaron en los canales
y de los gritos de orilla a orilla
para avisar el cambio brusco del viento
y de las canciones nocturnas con estrellas
que arrullaban a los pescadores
podrás contar que todas las historias
van siempre en una misma dirección
y de tu boca por si no lo sabías
comenzarán a salir las palabras
como los golpes de un corazón
que se quedó latiendo en otro mundo


HERNÁN SCHILLAGI,  del libro Ciencia ficción (2014)

domingo, 27 de septiembre de 2015

10 máximas del rock para mi hija






#1 «Al principio, para ser el vocalista de una banda, había que cantar bien».

#2 «El reggae no es rock».

#3 «Charly García y diez más».

#4 «Como Gardel, el rock es argentino, no uruguayo».

#5 «El rock no va a ‘misa’, jijijí».

#6 «Spinetta no murió, hija, solo regresó a su galaxia».

#7 «Antes del rock, la poesía apestaba».

#8 «Una remera negra no te hará del rock, pero me gusta».

#9 «Un riff de guitarra en un tema de Valeria Lynch, es rock».

#10 «El rock hablará por mí en el futuro».


HERNÁN SCHILLAGI

lunes, 21 de septiembre de 2015

La vista demediada





Nunca me gustó pescar. Para eso leo y escribo. La simple idea de estar sentado, a la espera de que algo muerda el anzuelo, se parece a sostener un libro con la mirada o a intentar redactar uno con las manos. Por lo tanto, ir a un club de pesca que tiene la laguna completamente seca sería un modo de tirar líneas a lo imposible, la angustia de la página en blanco convertida en la parte impura de la metáfora. Así y todo, un par de veces al año cargo la parrilla al baúl del auto y -con intenciones carnívoras- redirijo las coordenadas habituales hacia ese locus amoenus donde «han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido…», como quería Fray Luis. En el camino, hemos pasado a buscar a un amigo, profesor y poeta también, para que nos acompañe. Mientras armo la torre de troncos, mi hija busca unas ramitas secas para avivar el fuego, mi mujer aliña con algo de sortilegio las ensaladas y el amigo en cuestión ameniza con su charla tan díscola como interesante. Nunca hay mucha gente. La emergencia hídrica ha provocado la migración de pescadores hasta humedales más prometedores.

Sin embargo, no es de estas salidas bucólicas de lo que quiero hablar, sino de un hecho (de un personaje) un tanto extraño que se repite cada vez que estamos por comer las mandarinas del postre. Es así: entra en su bicicleta despintada, con una especie de conservadora sobre la parrilla, un hombre ya no tan joven, flaco en extremo y con un bronceado callejero. De refilón, pienso, se parece a Medardo de «El vizconde demediado»; como si le faltara la mitad del cuerpo. Las sospechas de que podría ser un heladero que terminó su ronda se disipan cuando vemos que extrae de la cajuela una botella de cerveza y un motorcito de ventilador antiguo o algo por estilo. Despliega sobre el mesón las piezas del motor y, entre sorbo y sorbo, va limpiando obsesivamente con una estopa oscura los ejes de rotación, los imanes y el interruptor. Nosotros, mate en mano, abrimos los libros de poemas que hemos traído para leer entre los pinos y el canto de los pájaros. Han pasado dos horas y el flaquito sigue dale que dale al metal con una fruición concentrada. «Otra vez el loco este», digo. «Para mí está armando una bomba casera», teoriza mi amigo. «Mientras no la active aquí», advierte mi esposa, y nos reímos nerviosamente de la situación y las suposiciones paranoicas. Con la última luz del atardecer cerramos los libros y emprendemos el regreso. El vizconde demediado se queda en soledad: su faena compulsiva aún no ha terminado.

Ante este hecho, se me ocurre hacer un ejercicio que los profesores de Lengua y Literatura -en un desborde de originalidad- le pedimos a los alumnos siempre que leen un cuento: «Redactá en unos 12 renglones otro desenlace a la historia, pero cambiale el punto de vista al narrador»:

Siempre vengo a este cámping. No hay un sábado que no me compre una bien fresquita, la guarde entre las herramientas, y pedaleo por la calle de tierra hasta mi mesa junto a las churrasqueras. Desde que los pescadores no vienen más disfruto del silencio y de la siesta bajo los árboles. Me gusta desarmar el motorcito, limpiarlo bien y volverlo a armar. Así las manos se me mantienen hábiles. En cualquier momento me vuelven a llamar del taller y tengo que estar preparado. Soy, a mi modo, feliz en este lugar. Pero unas tres veces al año, viene un grupo bastante raro de personas. Se ríen fuerte y me ponen nervioso. Si por lo menos escucharan música. Pero no, a eso de las cuatro sacan unos libros coloridos y más flacos que yo. Leen con ademanes extraños y, los demás que escuchan, hacen como que cierran los ojos o miran al cielo. A mí no me van a agarrar. Yo no creo que estemos en los últimos días ni que se acerque el apocalipsis. Mejor sigo frotando las piezas de mi motorcito. Aunque disimulen con el mate, yo no los pienso ni saludar. Vaya a saber qué palabras me dicen y me convencen. 
 
HERNÁN SCHILLAGI