domingo, 3 de febrero de 2013

De los Portones al Arco, Décimo sexta entrega





Décimo sexta entrega:



           

                

                  A naufragar

           

            Juano ha pasado una noche de domingo agitada, pero bajo techo. La tía Ricura lo convenció para que se metiera a la ducha y tratara luego de dormir un poco. A la mañana, abre los ojos hacia la claridad del lunes y da un salto sobre la cama: «El último día», dice en un grito. Cuando termina de vestirse, levanta su bolso y lo nota más pesado.  La tía, casi a punto de arrepentirse, a cambio de un par de tabletas de alcayota ha puesto unos sánguches de milanesa, tres duraznos pelones, una camisa del tío Cacho —que en paz descanse— y un pantalón de gabardina de procedencia desconocida. Escondido en uno de los bolsillos más pequeños,  hay un rollito con unos billetes.



            —¿Para qué me da esta plata, tía? —pregunta Juano.

            —Te tenía una sorpresa para cuando te levantaras —y estira la mano de la que cuelga un llavero de Boca—. Tomá, las llaves del Ami 8.

            —¿Cómo? ¿Qué me está diciendo?

            —Menos mal que la sorda soy yo, nene.



            En el umbral de la puerta, la tía Ricura le explica que el auto no andaba bien y que lo había llevado tirando un vecino con un tractor hasta La Dormida. Allí lo iba a arreglar Núñez, un mecánico de confianza de la familia. Gala no se fue con el del tractor, porque justo había venido ese hombre que ni entró a la casa para saludar. Juano agarra las llaves con fuerza y besa el escudo azul y oro. Nunca le trajo mucha suerte, aunque la superstición es quizá una forma extraña del amor.



            Juano entra en la mañana como si atravesara una esponja. Camina bajo los eucaliptos, pero la sombra no alcanza para aliviar la pastosa humedad que dejó la lluvia del día anterior. Piensa que Gala está cada vez más lejos y que el Ami se acerca. ¿Quién será el otro? ¿Tendrá sentido llegar hasta el Arco? De pronto escucha unos gritos alegres cerca del canal. Apura el paso y ve a tres chicos que se han subido a uno de los árboles más altos y se tiran de cabeza al agua. Mientras Juano se acerca, uno de los «bañistas» sale del canal, corre hasta una cuneta y trae un gomón enorme que le rodea la cintura. Da un salto rasante hacia el agua y se desliza a gran velocidad. Juano queda asombrado. Un grito lo devuelve a la realidad:



            —¿Qué mirás, huevón? —dice uno.

            —¿Sos o te hacés? —pregunta otro y se zambulle haciendo una bombita que salpica las zapatillas de Juano.

            —No se preocupen —dice el vendedor de tabletas—. Miraba porque no me podía decidir cuál de los tres se tira mejor del árbol.



            Inmediatamente, los chicos empiezan a dar saltos y a levantar los brazos. «Miren que hay un premio», les insinúa Juano y palmea su bolso. Uno de los chicos apoya el gomón-balsa en el tronco de un aguaribay y empieza a trepar por las ramas. Los otros dos lo siguen hasta la copa.



            —A la cuenta de tres se tiran —Juano toma aire y abre la boca—. A la una, a las dos y a las—. Entonces, en un solo movimiento, agarra el gomón y corre hasta la orilla del canal para arrojarse de panza con todas sus fuerzas.

            —¿Qué hacés, loco? —pregunta uno de los pibes.

            —No tengo tiempo de explicarles, pero gracias.

            —¿Y el premio, che? —dice otro a punto de largarse de cabeza.

            —Ahí va —Juano abre el bolso y tira una bandeja con seis tabletas a la orilla.



            Los pibes se arrojan al canal y buscan el paquete con desesperación. Juano se deja llevar por la corriente de agua, cierra tranquilo los ojos, porque sabe que en menos de una hora estará en Santa Rosa. Una lluvia de piedras casi lo hace caer. «¿Otra vez granizo?», piensa. Hasta que una piedra del tamaño de un puño le da en el hombro.



            —Devolvenos la balsa —grita uno mientras corre y agrega furioso—. Cómo nos vas a premiar con tabletas de alcayota, cabrón.



            El pibe apunta con una piedra, la tira y roza la cabeza del vendedor ambulante. Entonces, la balsa toma un rápido, baja por una pequeña cascada y  empieza a dar vueltas como las ideas de Juano. Así pasan los carros luminosos, los racimos voladores, las reinas, los Portones del Parque, los cosechadores burlones, la Chevy, las travestis con sus medias, la Aurorita desinflada, los gitanos, las alpargatas embarradas, el Ami 8 y Gala. Siempre Gala y su melena de fuego aparecen justo cuando Juano está a punto de naufragar.



            Sin embargo, un verdadero amigo no deja tirado al otro en el medio de la ruta. Un amigo que merezca llevar esa palabra en la frente y pueda sostenerle la mirada a los demás, vuelve en el camión remolque, busca a un mecánico —también amigo— le pide fiado para que le arregle el auto justo un sábado, sale a cobrarle a los clientes más morosos, llena el tanque de nafta aunque tenga que entregar hasta las uñas, apunta la trompa del auto hacia el Arco del Desaguadero y aprieta el acelerador como si quisiera dejar una huella caliente e imborrable en el asfalto.
             



HERNÁN SCHILLAGI


Soundtrack: La barca, por Lucho Gatica. 







domingo, 20 de enero de 2013

Un poema, una novela



strogoff


el argumento sería así alguien
un correo del zar por caso sale
para entregar un mensaje secreto
atraviesa las montañas la estepa el frío
los peligros y la humillación
niega a su madre ofrece hasta los ojos
pero a cambio encuentra el amor verdadero

«qué es un zar» decís «qué
un correo» acaricio las duras tapas
de un rojo traidor «por qué
el final anticipado» cada pregunta
abre un paréntesis y crecen puntos suspensivos
entonces oculto el libro entre los libros
hojas tinta más todo el polvo encima
se aprisionan y multiplican como las dudas
como las mentiras que sabemos
no somos capaces de proferir
pero sí de soportar


HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 13 de enero de 2013

Gorilas






   Mientras le hago frente al calor camino por la calle. Estoy por pasar frente a la parada de micro y veo a dos parejitas «socializando», como dice mi hija. Me abro un poco por pudor y complicidad y ¡fllluuuuussshhh!: piso una nefasta cáscara de banana, tambaleo, hago una fuerza extraordinaria con el pie izquierdo, la rugosidad del asfalto evita que la onomatopeya siga al estilo ¡pum! ¡paf! ¡crash! Entonces me acomodo como puedo la ropa y las sandalias, y trato de seguir con elegancia. 
   En las dos cuadras que restan para llegar a mi casa, el bochorno le fue dando paso a la indignación perpleja: ¿es posible que alguien se coma una banana y tire la consecuente cáscara en el preciso lugar donde termina de pelarla? ¿Qué nos han enseñado las caricaturas todos estos años? ¿No es un poco exhibicionista «lastrarse» una banana en plena calle? ¿Nadie piensa que en vez de pisarla un joven atleta como yo, se la podría encontrar una abuelita indefensa? 
   Finalmente me sentí Sigourney Weaver pero con gorilas en la niebla de una ciudad que no miran al de al lado, que solo se preocupan por su sustento y disfrutan en secreto del daño de sus propios hermanos. Y sí, lo dicho: son gorilas.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Un tanka entre los dientes






último en el ránking


se abre la puerta
y un viento frío trae
lejanas voces
    canciones que olvidaste
entre las mudas sábanas



HERNÁN SCHILLAGI


del libro La oscuridad de los ciruelos (inédito) 


martes, 18 de diciembre de 2012

Mensajes por debajo de la puerta







En la prehistoria, es decir hace unos 15 años, cuando casi nadie portaba un celular; siempre teníamos la sensación de llegar a la puerta de nuestra casa y que, en nuestra ausencia, alguien había venido. Entonces, al mover hacia abajo el picaporte y empujar, sentíamos arrastrarse un papelito.



Imaginábamos -o presentíamos- la angustia del visitante al no encontrar a nadie. No importaba el mensaje en sí. Importaba que un resabio amargo de esa desazón se había pegado a la hoja, que la caligrafía había mutado asombrosamente al apoyar el trozo de papel en la pared o en la mano, que la tinta de la bic se le había entrecortado al escribir horizontalmente, como un código morse privado. Además, el conocido en cuestión se iba sin saber la suerte que le deparaba a su nota.



Sin embargo hoy, la mayoría de las veces, cuando llegamos escupidos por las babas de una rabiosa realidad, movemos la hoja de la puerta y nada. Ni nadie.



¿Por cuál de todos los umbrales, ya dentro de la cocina, debemos arrastrar el mensaje avisando que todavía no habitamos aquí? 



HERNÁN SCHILLAGI

domingo, 9 de diciembre de 2012

Todos los poemas van al cielo






la última espera




a veces cuando preguntaba
sobre esos puntos de luz
que aparecen sin orden con la noche y los grillos
a veces cuando mi voz temblaba oscura
bajo el cielo de noviembre
mi padre a veces sabía contarme
que los astros eran unas naves lejanas
que atravesaban los canales de la galaxia
para decirnos sin más que la espera tenía un fin
que no éramos los únicos luego del estallido primero
ese que nadie se atrevió a escuchar
miles de naves espaciales aproximándose
con esa lentitud que tiene el viento
para darle forma a las rocas

pero a veces cuando las preguntas
comenzaban a caer de mi boca de niño
como esas estrellas que portan un fugaz deseo
mi padre elegía cerrarse en el silencio
hasta hacerlo crecer entre las nubes
entonces el planeta suma de océanos y de tierra
se perdía para siempre en el barro de su soledad


HERNÁN SCHILLAGI

del libro Ciencia ficción (inédito)

martes, 27 de noviembre de 2012

Tiene un poema sin leer







una llamada perdida


apagar el día como si fuera posible
un paréntesis entre los lazos que te unen
con el mundo exterior al finalizar
cada jornada sin embargo
con el pulgar sobre el teléfono
abrís el sueño para que las luces y los sonidos
que comandan tu cerebro agitado
clausuren los ojos los oídos y la garganta
ante la sorpresa y el sobresalto

es en cada amanecer por eso que apretás
con fuerza el teclado para recuperar la noche
como si fuera posible entonces
una llamada perdida en el registro
de tu tranquila conciencia viene a testificar
un pedido de auxilio una voz
que atravesó negra la ciudad
hasta tu refugio tan sin respuestas
como sin ninguna salida


HERNÁN SCHILLAGI