sábado, 17 de noviembre de 2012

Pesada cadena de favores



        

Se lo escuché decir de refilón el lunes pasado en el micro a un hombre de unos 45 años: «Sabés que se lo voy a agradecer toda la vida...». Entonces pensé: «Pobre, allí va un nuevo esclavo». Porque -pregunto-, ¿es necesario extender la gratitud hasta los límites de la usura y la extorsión? Ya en la época de los romanos, Virgilio fustigaba a los demás con: «Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido».


Mi madre me dijo hace tiempo en una pelea: «No seás desagradecido. La tía te ayudó muchísimo en tu casamiento» Y sí, era verdad, pero yo en su momento, allá por el 2000 (aunque estaba medio borracho, juro que me acuerdo), la abracé a mi tía, le zampé un sonoro beso y le di las merecidas gracias. Punto.

 

 Pero no. De ahora en más debo agradecer, retribuir y remunerar hasta mi último aliento los favores obtenidos, de ella y de otros. Mi libertad está mensurada por la ayuda recibida, y ¡ojo! no alcanza con devolverlo con el famoso «favor con favor se paga», que hemos escuchado decir en la calle; porque todos saben que la balanza de las gratitudes siempre se inclina hacia el lado de la culpa. Como nos quiere hacer reflexionar esa espantosa película Pay it forward, que aquí se tituló Cadena de favores. Allí aparecía el pibito de El sexto sentido, Haley Joel Osment, que se proponía mejorar el mundo ayudando a tres personas en algo que no podrían lograr por sí mismas, pero con la condición de que una de ellas repitiera la fatídica e interminable «cadena». Así le fue. Al final de la peli lo terminan amasijando unos matones desalmados. Osment tendría que haber reformulado la frase por la que se lo recuerda hasta el día de hoy: «Veo gente muerta… y desagradecida».

 

 Nos pasamos confundiendo, además,  gratitud con deuda moral. Estar agradecido, entonces, sería una experiencia a corto plazo, y más que positiva. Recibir un desinteresado favor de una persona que apenas conocemos, puede ser el comienzo de una hermosa amistad (¡ah, Casablanca!). Pero solo eso, el puntapié inicial para empezar a forjar una confianza que se extienda en el tiempo, y no una cicatriz en medio de la frente que duela y se ponga roja cuando haya humedad. En un inolvidable gesto de incorrección política, el francés Diderot decía enciclopédicamente: «El agradecimiento es una carga, y todos tienden a librarse de ella». Como también quedará en la memoria -Youtube mediante- esa frase aplanadora de Gustavo Cerati en la despedida de Soda Stereo en 1997 y que no dejó dudas (ni deudas): «Gracias totales». Y no nos pidan nada más, habrá pensado el cantante.

 

Borges tuvo que padecer la ceguera para luego llegar a la patética conclusión de que debía agradecerle a Dios los irónicos dones de «los libros y la noche», ya que había estado abrasado por la fiebre de la lectura desde niño y ahora se encontraba tan director de la Biblioteca Nacional como no vidente. Es cierto, no se puede tener todo en la vida. Como tampoco me convence la idea de andar agradeciendo como un perdulario a lo Oliverio Girondo que sabía vociferar con acidez: «Muchas gracias al humo/ a los microbios,/ al despertar/ al cuerno/ a la belleza,/ a la esponja/ a la duda…». Y si de situaciones literarias hablamos, me quedo con el capitán Nemo en La isla misteriosa (Julio Verne) que socorría con víveres y herramientas a unos náufragos, mientras se ocultaba en el fondo del mar sin pedir nada a cambio.

 

Que no hay nada peor que ser un desagradecido. Que olvidar una ayuda nos deposita en el círculo más oscuro y tortuoso del infierno. Que no hay tiento que no se corte ni deuda que no se pague. Frases hipócritas y paralizantes de nuestra sociedad temerosa donde siempre, como en una sutil cadena, caerán pesados los eslabones del reproche y uno pensará sin remedio posible: «es que le estoy eterna y condenadamente agradecido». 

 

 

HERNÁN SCHILLAGI

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un tanka a la intemperie





precipitaciones aisladas


he descubierto
ayer tu nombre escrito
en la ventana
ahora me doy cuenta
la última lluvia juntos



de La oscuridad de los ciruelos (inédito) 



HERNÁN SCHILLAGI

sábado, 20 de octubre de 2012

Un poema de herencia





la medianoche de los gallos


porque un padre tiene siempre
la última palabra picotea el teclado
en una riña contra las letras y la noche
como si fuera un gallo que indaga
la tierra en busca del sustento diario

así deja muescas sobre el planeta táctil
de los hijos un sistema braille
que ciega la memoria y perfora
punto por punto el mapa de la lengua
materna porque un padre siempre
improvisa la última palabra
para recibir mientras todos duermen
el primero de los silencios que vendrán


HERNÁN SCHILLAGI

miércoles, 10 de octubre de 2012

Variaciones a partir de las hormigas





 1.Mal bicho

Una mañana de lunes me levanté francamente incendiado. Mi cara en el espejo volvió a enumerarme los vasos de cerveza, las salsas picantes y la chocolatosa torta que mi hígado había tenido que soportar en el cumpleaños de una amiga. Cuando pude fijar la vista, noté sobre el blanco de la cerámica del baño, una fila interminable de hormiguitas negras exploradoras. Peregrinaban en imperturbable línea recta, de izquierda a derecha, como un renglón que le peleaba duro al hambre.

Enseguida recordé un mandato supersticioso que arrastro desde la infancia: «Las hormigas rojas son del Diablo y las negras, de Dios». Como no eran de las coloradas, aplasté con el dedo -sin temor a represalias demoníacas- las que más pude. Luego rocié con raid todo el impronunciable trazo que formaban hasta la banderola del baño.

           
2.Alma, si tanto te han querido
José Saramago

Era la siesta. Leía en el baño a José Saramago y se me entrecerraban los ojos: «Qué poder es ese el tuyo, Veo lo que hay dentro de los cuerpos...» Se me nublaba la vista, cabeceaba cada dos segundos: «Has visto el alma, Nunca la vi...» Entonces apreté derrotado los párpados y volví a abrirlos. Líneas y líneas de pequeñas hormigas de tinta intentaban redactar en las hojas del libro otro Memorial del convento. Manoteé hacia la mochila del inodoro, pero esta vez el insecticida era inocuo para esta clase de hormigas verbales que iban y venían sobre el papel. Algo sospechó de esto, seguramente, Anahí Mallol cuando escribió en un poema: «una hormiga/ se aventura/ más allá/ siempre más allá/ del límite marcado con su olor».

           
3.Mensaje en una botella

Me fui a la habitación un poco confundido. Unos versos de mi amigo Fernando G. Toledo se me venían empastados a la memoria y empujaban para salir. Busqué en mi biblioteca su libro Diapasón y leí como si ya lo viniese paladeando, «Me he preguntado quién/ En esta espera errónea/ Escribirá para otros/ Las cosas que yo necesito». El poema, en efecto, habla de posibles «emisarios» que tal vez andan por el mundo redactando las palabras justas para cada uno de nosotros. Entonces volví a pensar en las hormigas, en esa hilera indómita de puntitos negros sobre un fondo blanco, pensé en las palabras de los personajes de Saramago, en cómo las hormigas se retorcían mudas por el veneno y borraban para siempre esa frase sin idioma, que tal vez yo andaba precisando, pero que aniquilé sin piedad. ¿Es, acaso, la literatura -con sus escritores- un emisor involuntario e inesperado de señales que una a una vamos eliminando con el olvido o la distracción sin saber que nos estaban salvando?
           
Es posible que dentro de mi cuerpo de lector no tenga un alma. Pero de ahora en más voy a estar siempre atento. Ya que quizás, también los libros inoculen un veneno imperceptible que dura años en llegar al corazón del sistema nervioso, como una botella que flota sin rumbo hasta que alguien en una orilla destapa su breve pero potente mensaje y ya nada vuelve a ser como antes.


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 2 de octubre de 2012

Un poema para adelante





mecánico de la palabra


como una escena robada de una película
del cine nacional empuja con los dedos engrasados
de tinta su viejo auto bajo la lluvia
«para qué me sirve la poesía» repite «para qué»
si el motor no responde a sus bucólicas quejas
empuja puja y campuja vocablos contra el paragolpes
y las balizas le marcan la intermitencia
de su confundido corazón la indolencia
de su mecánica literaria ante el carburador
las oscuras transmisiones y los cables indiferentes
por eso empuja con el cuerpo entero
para llevar la mole de su torpeza hacia adelante
hasta que sin más toda la lengua le quede afuera


HERNÁN SCHILLAGI

martes, 25 de septiembre de 2012

Quieren rock



Acto único

ÉL: (con malicia) - ¿Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas?
ELLA: (desdeñosa) -¡Me arde! Me duele todo el cuero.
ÉL: -No te culpes, mi amor, si te falta valor. Porque nada es para siempre.
ELLA: (con furia) -¡Podés saltar de un trampolín!
ÉL: (reflexivo) -Comprenderás que es amor lo que sangra.
ELLA: -En esta sucia ciudad, no hay que dormir ni parar.
ÉL: (levantando el índice) -¡Casualmente, yo te conocí una noche como hoy!
ELLA: (con sorna) -¿Cuál es tu tumba, tu tumba?
ÉL: -¡Andá por la sombra y cerrá bien el portón!
ELLA: -Voy camino rumbo al sur, donde no cortan la luz.
ÉL: (arrepentido) -Te amo, te odio. ¡Dame más!

lunes, 10 de septiembre de 2012

Un poema para comprar una casa







un nuevo hogar


a ella le gustaba visitar casas en venta
a ella le sobrecogía el corazón sentir el eco
de sus pasos en los cuartos vacíos a ella también
le erizaba la piel sentirse amenazada por la presencia
única del vendedor inmobiliario en los pasillos oscuros

a él le gustaba que le tocaran clientas solitarias
a él le sobrecogía el corazón echarle llave
a una casa deshabitada a él además
le erizaba la piel el tono de voz de una mujer
con miedo en los pasillos sin luz

«aquí se podría gritar y nadie vendría
a mirar qué sucede» dijo ella
«salvo que los gritos fueran capaces
de derrumbar las paredes» dijo él

uno de los dos sonrió primero
pero la penumbra apresada dentro de  la casa
no permitió que alguien lo viera
para poder narrarlo tiempo después


HERNÁN SCHILLAGI