martes, 14 de junio de 2011

Borges en «Primera persona»

    

    si «bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola» mi cuerpo
es dos tres infinitos
fragmentos trizados en la noche

si la realidad se proyecta
como absoluta a mis manos
y me seduce con su sabor a pan
a olvido fruta y perdón
mis ojos son dos uno
ciegos ante un sol dormido

si mis palabras salen quebradas
de mi boca mis silencios también
y todas mis justas mentiras
se revuelcan en gritos sangre
odio hacia una muerte
que es una ninguna nada


para jorge luis borges, a 25 años de su muerte



*El poema apareció publicado en mi libro Primera persona (Ediciones Culturales de Mendoza, 2009), y parte de uno de los 17 haiku de Jorge L. Borges.

martes, 7 de junio de 2011

Exagerada quiromancia del nuevo mundo



La gitana le dijo por dos monedas que iba a morir si viajaba en avión, que nunca se le ocurriera subir a ese Boeing 747, porque terminaría en el fondo del mar Caribe.

Entonces, la reina se hizo católicamente la señal de la cruz, despidió a la adivina y por fin le concedió la audiencia a ese genovés que la esperaba hace una semana con un huevo en la mano.

viernes, 27 de mayo de 2011

Si lo sabe, silbe


Tal vez sea uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi infancia. Veo a mi madre en la puerta de la escuela acomodándome el guardapolvo a cuadrillé y revisando que a la bolsita de higiene no le falte nada, mientras me dice: «Ojo, no vayás a sacarte los mocos ni a silbar». Parece que antes de los cinco años me la pasaba todo el día dele que te silba por la casa, a punto tal de ser una de las prohibiciones de civilidad para poder ingresar a una institución educativa. Por lo tanto, ¿qué significa el silbido en la vida de las personas?

La asociación inmediata que uno puede hacer es, sin duda, con los pájaros. Los primeros homínidos probablemente imitaron el gorjeo de las aves que los rodeaban. Sin embargo, el silbido de un hombre de las ciudades en la actualidad -ya sea con la ayuda de los dedos o con los labios- no remeda ni por asomo a los plumíferos. En medio de sirenas urgentes, de alarmas asustadas y escapes tronadores, el «cantar sabroso no aprendido» de las aves –como proponía Fray Luis- se pierde sin retorno posible. Silbar hoy nos coloca a mitad de camino entre el canto verbal y la música instrumental. Es más, es un intento fugaz e inverosímil de fusionar a ambos. ¿Cuántos cantantes frustrados se consolarán con el silbido «como la ave solitaria»?

Llama bastante la atención abrir la ventana a la madrugada y oír a los obreros de la construcción o de las fábricas que silban sobre sus bicicletas. Les espera una jornada dura y mal remunerada, pero la enfrentan con la alegría de una milonga o una cueca entre los dientes. Pasa una mujer de curvas peligrosas y las palabras se pelean por salir de la boca, entonces un silbido ladino toma ventaja y emerge chicloso para hacer el despampanante recorrido femenil. Como también, todas las combinaciones posibles del abecedario se vuelven insuficientes para desaprobar un penal mal cobrado, una promesa hipócrita de campaña electoral, o una banda de covers que masacra algún clásico de la música popular; allí el silbido emergerá como un justiciero anónimo.

Sin demostración científica a partir de ningún estudio de la Universidad de Wisconsin, sospecho que los varones somos más silbadores que las mujeres. He consultado cara a cara a mis amigas y compañeras de trabajo. Todas coincidieron en que silbar no es parte de sus hábitos diarios. Es más, algunas confesaron no conseguir más que un soplido inaudible. ¿Será que para ellas el hecho de fruncir los labios es un gesto propio de colocarse rouge? Mi pregunta es menos machista que profunda. Intento demostrar que los intereses masculinos siempre están faltos de palabras y resultan cortos en la expresión. Aquí, silbar fragmentariamente una vieja canción se convierte en la oscura brea que maquilla los baches del silencio. Además, cuando alguien silba, resulta imposible diferenciar si lo hace un hombre, una mujer o un niño. Así y todo, si una dama se le ocurre desafiarme, prefiero irme «silbando bajito».

Sin embargo, la experiencia vital de encontrarse con alguien en la calle «silbando un tango oxidado», como cantaba Fito Páez, significa por lo menos una epifanía suburbana. Un pequeño milagro que se nos manifiesta ante los oídos, para luego seguir caminando con la certeza de que una parte de felicidad -la que se da naturalmente y sin vueltas- está en la punta de la lengua. El que silba está cifrando el arcano de las notas que ahuyentan las preocupaciones, como el flautista de Hamelin lo hacía con las ratas.

Entonces, si Bob Dylan se preguntaba (y nos preguntaba) «cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo», me animo a sugerir, mis amigos, que la respuesta está silbando en el viento.



Tres temas con silbido:

Vientos de cambio, de Scorpions
La vida es silbar, de Tumbao Habana
Silbando, Música Sebastian Piana/ Catulo Castillo. Letra José Gonzalez Castillo

sábado, 21 de mayo de 2011

Un poema para leer en el registro civil




doble espía


alguien busca sin suerte en el armario
entre los estantes hinchados de facturas
tíckets y boletas una identidad
que se corresponde lejanamente con su físico
o al menos con el rostro de ese adolescente inmortal
pero apresado entre los cuatro centímetros cuadrados
de una fotografía oficial alguien también
sin aviso puede dar un salto sobre su cabeza
y lograr verse a sí mismo como si fuera
una cámara de seguridad un testigo mudo
en blanco y negro que observa en sus movimientos
la furtiva soledad de los que se saben otros
y al mismo tiempo uno indivisible

alguien por si no lo sabías tiene el perverso deseo
de ajustar cuentas con su retrato
porque desde una traición alguien parte
para conocer el verdadero nombre
de su propia oscuridad


para Joaquín Giannuzzi

miércoles, 4 de mayo de 2011

Un tanka para los días de insomnio




el electricista despierta


a veces sueño
que he encontrado una caja
llena de focos
pruebo uno por uno
aunque sé que no encienden


de La oscuridad de los ciruelos (inédito)

miércoles, 20 de abril de 2011

De los Portones al Arco, Décima entrega



Décima entrega:


El vuelo de las reinas


La carretela rueda lentamente por la variante que evita atravesar toda la ciudad de Palmira. Es de noche y el Panza sabe que hay un nuevo basural detrás de los antiguos talleres ferroviarios. Los mismos trenes también parecen contenedores de residuos olvidados, sin más movimiento que la entrada y salida sigilosa de los ocupas. Una voz que desentona con el grupo rompe el silencio:

—¿Esa morocha es nuevita?
—Sí, Panza. Empezó ayer, le contesta la travesti de la boca torcida.
—Pero es más fea que chupar un limón. Decí que está oscuro; porque si no, se le notaba hasta la barba.
—Es que con esto del «Corralito» no nos han quedado ahorros ni para una «yilé» miserable. Y una risotada torcida asusta al caballo que da un relincho desaprobador.

Juano ahora es Juana. Las piernas rayadas le cuelgan de la carretela y sus tacos altos a veces rozan la calle. Como si ensayara un falsete sospechoso canta entre dientes: «Lejos, lejos de casa, no tengo nadie que me acompañe a ver la mañana». Aunque sea de noche, la canción no es caprichosa. Gala, cuando no salía a levantar la quiniela clandestina, colocaba inyecciones a domicilio. Todavía el recuerdo hace que Juano se sobe la parte trasera de su minifalda. Ella practicaba al principio con naranjas. Pero un día, Juano había echado las cascaritas en el mate y se había tragado hasta el último gajo de la única que quedaba sobre la heladera. Por lo tanto, Gala elevó la jeringa, trazó un cuadrante imaginario en la nalga derecha y Juano sintió el chirlo de su mujer como un trueno invertido que se había adelantado al fatídico rayo. Por eso, él a veces la abrazaba con suavidad, hundía la nariz entre sus rulos y le susurraba: «Ni que me dé la inyección a tiempo, antes que se me pudra el corazón». Sin piedad, la del rimmel lo interrumpe:

—Escuchame, «nena». ¿Te vas a presentar para reina?
—¿Reina de qué?
—Afiná la voz que se pudre todo con el Panza.

Con el rimmel siempre como una batuta, ella le cuenta que esta noche van a trabajar poco y nada, porque cerca del carril les espera su fiesta de la Vendimia. Allí saben hacer la elección de la reina entre las «chicas». Por eso traían ropa de más, un tetra de vino y algunos camotes para echarle a la olla. «A veces tiramos hasta unas cañitas voladoras», dice, y el borde negro de sus ojos chispea un poco. Aunque con la crisis, las noches de este verano han sido bastante más oscuras.

La carretela llega hasta el Chimbas. Un fuego improvisado al borde de la calle alumbra a un grupo de travestis que los reciben con gritos alegres. Juano empieza a preguntar por el taller de ese tal Soto que está cerca de las vías.

—Pará, che –le dice Gloria Trevi- ¿Pensás que va a estar abierto a la medianoche?

La olla compartida comienza a ser vaciada y el vapor del puchero entra en el cuerpo de Juano para darle un calor parecido al de ese hogar que nunca supo dibujar del todo bien. Alguien prende una cañita que hace una curva de dos humildes metros y cae cerca del grupo que da un salto como para volar, pero no. Un poco de luz artificial que acelera los corazones. Empieza la fiesta. Aquí solo hay bailes sin coreografías y ninguna voz en off que hable de «vides y pámpanos». Los autos de los clientes parecen carros demorados que no se animan a acercarse por miedo a tanto bullicio.

—Un voto para todas las reinas, se escucha y empieza el conteo.

Terminada la votación, «Juana» obtiene ese único y solitario voto de compromiso. El Panza ya se había ido y algunas chicas comienzan con la ronda nocturna. Entonces, Juano aprovecha para sacarse los tacos que le tenían escaldados los pies. De pronto siente que alguien se le acerca. Los pasos urgentes y decididos de un hombre. Él se da vuelta y se lleva la peluca a la boca para ocultarse. Unas manos fuertes lo toman de los hombros y lo hacen girar sobre sus talones ampollados. Juano se muerde la lengua para no gritar del dolor.

—Decime ¿Vos andás buscando a una colorada? Me llamo Soto y sé dónde puede estar.

Como una aguja intramuscular, esa noticia entra hasta el corazón de Juano que lo hace mirar hacia arriba, hacia un cielo dudoso de nubes, hacia la brillante cara de esa Galatea más dura que el mármol a sus quejas. Por eso, un solo deseo se le escapa por los labios todavía pintados: «que las sombras se hayan ido, nena».




Soundtrack: Eiti Leda, de Serú Girán

sábado, 9 de abril de 2011

Un poema para leer a la noche



lengua padre


sí lo descubrís justo ahora
cuando la noche era apenas un techo negro
con el brillo de las estrellas como una salpicada humedad
un cielorraso lejano y ondulante
hasta que sí justo lo descubrís ahora
elevaste al azar tu lapicera retráctil
contra una nube con forma de calamar
y un líquido oscuro comenzó a pesar sobre el resorte
a desbordar el pequeño tanque alargado hasta que por tu mano
un mar de tinta intenso te cubrió el brazo
y se filtró en tu pecho para que ahora justo lo descubrís
sí a este hombre que le escribe una carta a su hija
donde le cuenta que las luciérnagas
pueden apagarse cuando están en peligro
ocultar sus antenas tras la madreselva
a la espera de que una promesa voladora
les devuelva la luz en todo el cuerpo
y de esta lengua última sí ahora lo descubrís justo
solo vendrá tu herencia de padre
que haga de la sombra del futuro
un lugar menos solitario