sábado, 21 de mayo de 2011

Un poema para leer en el registro civil




doble espía


alguien busca sin suerte en el armario
entre los estantes hinchados de facturas
tíckets y boletas una identidad
que se corresponde lejanamente con su físico
o al menos con el rostro de ese adolescente inmortal
pero apresado entre los cuatro centímetros cuadrados
de una fotografía oficial alguien también
sin aviso puede dar un salto sobre su cabeza
y lograr verse a sí mismo como si fuera
una cámara de seguridad un testigo mudo
en blanco y negro que observa en sus movimientos
la furtiva soledad de los que se saben otros
y al mismo tiempo uno indivisible

alguien por si no lo sabías tiene el perverso deseo
de ajustar cuentas con su retrato
porque desde una traición alguien parte
para conocer el verdadero nombre
de su propia oscuridad


para Joaquín Giannuzzi

miércoles, 4 de mayo de 2011

Un tanka para los días de insomnio




el electricista despierta


a veces sueño
que he encontrado una caja
llena de focos
pruebo uno por uno
aunque sé que no encienden


de La oscuridad de los ciruelos (inédito)

miércoles, 20 de abril de 2011

De los Portones al Arco, Décima entrega



Décima entrega:


El vuelo de las reinas


La carretela rueda lentamente por la variante que evita atravesar toda la ciudad de Palmira. Es de noche y el Panza sabe que hay un nuevo basural detrás de los antiguos talleres ferroviarios. Los mismos trenes también parecen contenedores de residuos olvidados, sin más movimiento que la entrada y salida sigilosa de los ocupas. Una voz que desentona con el grupo rompe el silencio:

—¿Esa morocha es nuevita?
—Sí, Panza. Empezó ayer, le contesta la travesti de la boca torcida.
—Pero es más fea que chupar un limón. Decí que está oscuro; porque si no, se le notaba hasta la barba.
—Es que con esto del «Corralito» no nos han quedado ahorros ni para una «yilé» miserable. Y una risotada torcida asusta al caballo que da un relincho desaprobador.

Juano ahora es Juana. Las piernas rayadas le cuelgan de la carretela y sus tacos altos a veces rozan la calle. Como si ensayara un falsete sospechoso canta entre dientes: «Lejos, lejos de casa, no tengo nadie que me acompañe a ver la mañana». Aunque sea de noche, la canción no es caprichosa. Gala, cuando no salía a levantar la quiniela clandestina, colocaba inyecciones a domicilio. Todavía el recuerdo hace que Juano se sobe la parte trasera de su minifalda. Ella practicaba al principio con naranjas. Pero un día, Juano había echado las cascaritas en el mate y se había tragado hasta el último gajo de la única que quedaba sobre la heladera. Por lo tanto, Gala elevó la jeringa, trazó un cuadrante imaginario en la nalga derecha y Juano sintió el chirlo de su mujer como un trueno invertido que se había adelantado al fatídico rayo. Por eso, él a veces la abrazaba con suavidad, hundía la nariz entre sus rulos y le susurraba: «Ni que me dé la inyección a tiempo, antes que se me pudra el corazón». Sin piedad, la del rimmel lo interrumpe:

—Escuchame, «nena». ¿Te vas a presentar para reina?
—¿Reina de qué?
—Afiná la voz que se pudre todo con el Panza.

Con el rimmel siempre como una batuta, ella le cuenta que esta noche van a trabajar poco y nada, porque cerca del carril les espera su fiesta de la Vendimia. Allí saben hacer la elección de la reina entre las «chicas». Por eso traían ropa de más, un tetra de vino y algunos camotes para echarle a la olla. «A veces tiramos hasta unas cañitas voladoras», dice, y el borde negro de sus ojos chispea un poco. Aunque con la crisis, las noches de este verano han sido bastante más oscuras.

La carretela llega hasta el Chimbas. Un fuego improvisado al borde de la calle alumbra a un grupo de travestis que los reciben con gritos alegres. Juano empieza a preguntar por el taller de ese tal Soto que está cerca de las vías.

—Pará, che –le dice Gloria Trevi- ¿Pensás que va a estar abierto a la medianoche?

La olla compartida comienza a ser vaciada y el vapor del puchero entra en el cuerpo de Juano para darle un calor parecido al de ese hogar que nunca supo dibujar del todo bien. Alguien prende una cañita que hace una curva de dos humildes metros y cae cerca del grupo que da un salto como para volar, pero no. Un poco de luz artificial que acelera los corazones. Empieza la fiesta. Aquí solo hay bailes sin coreografías y ninguna voz en off que hable de «vides y pámpanos». Los autos de los clientes parecen carros demorados que no se animan a acercarse por miedo a tanto bullicio.

—Un voto para todas las reinas, se escucha y empieza el conteo.

Terminada la votación, «Juana» obtiene ese único y solitario voto de compromiso. El Panza ya se había ido y algunas chicas comienzan con la ronda nocturna. Entonces, Juano aprovecha para sacarse los tacos que le tenían escaldados los pies. De pronto siente que alguien se le acerca. Los pasos urgentes y decididos de un hombre. Él se da vuelta y se lleva la peluca a la boca para ocultarse. Unas manos fuertes lo toman de los hombros y lo hacen girar sobre sus talones ampollados. Juano se muerde la lengua para no gritar del dolor.

—Decime ¿Vos andás buscando a una colorada? Me llamo Soto y sé dónde puede estar.

Como una aguja intramuscular, esa noticia entra hasta el corazón de Juano que lo hace mirar hacia arriba, hacia un cielo dudoso de nubes, hacia la brillante cara de esa Galatea más dura que el mármol a sus quejas. Por eso, un solo deseo se le escapa por los labios todavía pintados: «que las sombras se hayan ido, nena».




Soundtrack: Eiti Leda, de Serú Girán

sábado, 9 de abril de 2011

Un poema para leer a la noche



lengua padre


sí lo descubrís justo ahora
cuando la noche era apenas un techo negro
con el brillo de las estrellas como una salpicada humedad
un cielorraso lejano y ondulante
hasta que sí justo lo descubrís ahora
elevaste al azar tu lapicera retráctil
contra una nube con forma de calamar
y un líquido oscuro comenzó a pesar sobre el resorte
a desbordar el pequeño tanque alargado hasta que por tu mano
un mar de tinta intenso te cubrió el brazo
y se filtró en tu pecho para que ahora justo lo descubrís
sí a este hombre que le escribe una carta a su hija
donde le cuenta que las luciérnagas
pueden apagarse cuando están en peligro
ocultar sus antenas tras la madreselva
a la espera de que una promesa voladora
les devuelva la luz en todo el cuerpo
y de esta lengua última sí ahora lo descubrís justo
solo vendrá tu herencia de padre
que haga de la sombra del futuro
un lugar menos solitario

miércoles, 30 de marzo de 2011

De los Portones al Arco, Novena entrega



Novena entrega:


Los flamencos


La ropa sobre una piedra se está secando con el último sol de la tarde. Juano revisa su bolso y descubre, desnudo, que no le falta nada. «Lamentablemente», piensa; ya que las tabletas de alcayota sonríen babeantes desde lo profundo. Las cuenta una por una, mecánicamente, y le dice al aire del atardecer: «Me quedan tantas como para hacer dulce de leche». Y la contradicción repostera lo hace reír en voz alta por primera vez en esta historia de abandono, ruta y decepción.

—¿Quién se ríe solito por ahí? Pregunta una voz entre el yuyal.

Juano se viste rápidamente con las prendas apenas oreadas. Está de espaldas en el suelo, se sube el cierre del pantalón y avisa:

—Termino de vestirme y salgo.
—Disculpame, mi amor, pero nadie aquí se va a asustar por ver a un hombre en bolas.

Entonces, Juano se asoma agachado por entre los juncos y ve un grupo de piernas que se mueven trepadas a unos tacones inverosímiles para esa geografía, con unas minifaldas bien ajustadas a unas caderas confusas y envasadas en unas medias a rayas como las de los flamencos del cuento. Pero esto no es un cuento de la selva. Las pelucas, el maquillaje en caras de ángulos marcados y las risas de voces ambiguas provocan que piense que sigue aún en una farsa, o en una fiesta, pero de disfraces. Aunque siente que algo verdadero hay en estas travestis. Decide, entonces, acercarse y hablar:

—Me acaban de asaltar.
—Vos no tenés cara de que te puedan robar mucho, le contesta una con la melena a lo Gloria Trevi.
—Es cierto. Todo lo que tenía se fue en un Ami 8 y está muy lejos de aquí. Tengo hasta el lunes para llegar al Arco del Desaguadero y encontrarme con mi mujer.
—¿De que color era? Pregunta Gloria Trevi.
—Mi mujer se tiñe de un rojo que parece que las ideas le queman en la cabeza.
—¿Sos medio nabo, ah? Le grita otra con el rimmel en la mano. Te preguntamos por el auto, nene, el auto.
—Un Ami 8 Club, amarillo, modelo 75. Impecable.
—Parece un aviso clasificado ambulante este pelotudo, dice la del rimmel y lo apunta nerviosa hacia los ojos de Juano.
—Sí, yo soy vendedor ambulante. Aunque de tabletas mendocinas. Me quedan algunas. Bah, si quieren.
—Ahora no -le contesta una con la boca torcida tal vez por el inevitable asco-, puede ser quizá que en la madrugada pasara una colorada en un citrulo amarillo. Ya me acordé –y abre la mano como si sostuviera una foto-. La chica era linda, pero el Ami de «impecable» no tenía mucho.

Allí las voces se amontonaron como las pepitas de una granada en los oídos de Juano para decirle que el Ami no le arrancaba, que la colorada se veía furiosa, que no, que estaba triste, que unos hombres de una finca se ofrecieron a remolcar el auto hasta el carril Chimbas, que hablaron de un taller cerca de las vías, para ver si lo arreglaba un tal Soto. De pronto, la granada estalló:

—Necesito ir ya hasta el Chimbas. Ayúdenme.
—Tenés suerte. Nosotras vamos a trabajar para allá, o algo así.
—En media hora pasa el cartonero que nos lleva en su carretela, dice la de la boca torcida.
—Eso sí. El Panza es medio celoso. Va a creer que sos un cliente y no te va a dejar subir.
—Yo tengo la solución, dice Gloria Trevi a las risas, con una minifalda en la mano y unas medias rayadas.

Ya casi no quedan luces. Los bordes del río se ven apenas como unos finos labios que murmuran algo intraducible. Tal vez quieran contar en lo oscuro, entre las cortaderas, la imposible transformación de un vendedor ambulante en flamenco.


Soundtrack: Una canción diferente, de Celeste Carballo

lunes, 21 de marzo de 2011

Infantil literatura




Reunión del área de Lengua y Literatura. La coordinadora pregunta a las atentas profesoras:

-¿Qué libros les parece que demos en 1° de Polimodal?
-Para mí, este año tenemos que «ajustar» más, dice una de las profesoras en tono indignado.
-¿En qué sentido lo decís?¿En cuanto a los libros, la ortografia, o...?
-No, no -dice la profesora-. Dar libros de «calidad».
-¿Por ejemplo?, inquiere la coordinadora.
-Anoche estuve hasta las 3 de la mañana leyendo uno. "Pedrito" Páramo, se llama. ¡Es tan bonito!

Nadie pudo escuchar lo que alcanzó a decir la coordinadora antes de desmayarse. ¡Plop!

sábado, 5 de marzo de 2011

Un poema para leer sin filtro



arqueólogo del café


escarba escarba el frasco de café
y se vuelve instantáneo el recuerdo
sin filtro la comparación con ese coronel retirado
a quien el correo le retenía las palabras
como una esperanza que se sabe analfabeta como
toda una correspondencia en blanco
que flota inmóvil en su río sin descendencia
porque clava la cuchara hasta el fondo
una herramienta de arqueología que excava excava
en el pedregal de los granos molidos
para que frente a sus ojos el vapor de la pava
provoque la apertura de un sobre vedado
la historia soterrada de un hombre
que niega para sí el derecho a sentir dolor
encontrarlo en la calle refugiarlo en la casa
de su cuerpo y darle un nombre
como si fuera un perro veterano
que perdió el olfato y sus huesos