sábado, 12 de febrero de 2011

Abanico literario


Familia de tres. Por lo tanto, en los viajes en micro me toca siempre ir solo o con un pasajero desconocido.

Voy del lado del pasillo. Mar del Plata ha quedado apenas en la memoria de mi cámara y en los alfajores y los libros que traigo de regalo. Me llama la atención que la chica que esta vez viaja a mi lado no se aturda el cerebro con el i-pod o el celular. Lee A sangre fría de Truman Capote y tiene otro libro en su regazo que, me parece, es de Cortázar.

De pronto cambia de libro y, sin aviso, se apaga el aire acondicionado. El sol del atardecer en la Pampa pega sin interrupciones del lado de la ventanilla. La chica lectora comienza a abanicarse con Julio Cortázar. «No se aguanta el calor», me dice.

Pizpeo el libro y alcanzo a leer en la tapa su título. Entonces le señalo la voluminosa novela de Capote y le digo sonriente:

—Es que para que te dé un aire más fresco, deberías abanicarte con A sangre fría y no con Todos los fuegos el fuego.

sábado, 5 de febrero de 2011

Verdura adolescente y anacrónica




Todos la deben tener presente. Hace un par de meses que anda dando vueltas la publicidad de una de las dos gaseosas de lima-limón más conocidas.

Presenta en Bariloche a un coordinador de viaje -tan típico como bizarro- dando un discurso conmovedor y plagado de lugares comunes a un grupo de estudiantes egresados.

No me importa el mensaje. Es gracioso y hasta positivo: «Que no se corte tu frescura adolescente». Los protagonistas, por lo tanto, se ven eligiendo una actitud (¿o pose?) suelta y espontánea 20 años después.

De fondo vamos escuchando «Una canción de despedida» del grupo español Los Lunes. Esa ñoña y ultra pop canción que empezaba: «Madrid a 6 de julio del '91...»

Sin embargo, me mata que en el final, el paródico coordinador arenga con la gaseosa en la mano: «Promoción '88, que no se corte».

Semejante anacronismo me obliga a dos preguntas:


*¿Era tan difícil encontrar un hit de los '80 que precisamente no contradijera en el comienzo la época?

*¿Cuál es la canción que hoy te avergüenza, pero que en tu adolescencia te enloquecía hasta el paroxismo?

Si no me contestás, entenderé que te fuiste de Pachanga con una rubia en el avión, directo a Brasil...

sábado, 29 de enero de 2011

De los portones al Arco, Sexta entrega


Sexta entrega:


Mano a mano


Los del Gordini verde están en ronda. Uno de ellos se encuentra lastimado. La mano derecha del conductor sangra y todavía debe tener alguna astilla de vidrio clavada. Todos visten de gaucho y cada uno sostiene un instrumento. Un bombo, un charango. La guitarra no aparece. Muy poco cuyano el grupo, pero en fin.

Los cosechadores suben al camión y le dan a entender a Juano que no lo haga. «Para evitar problemas con el patrón», le explican. Luego se acerca a los del auto y les pregunta cómo están. Allí se entera que el de la mano sangrante es el guitarrista, que iban para una fiesta en Beltrán y que, ahora así, no van a poder tocar.

—Yo puedo ayudarlos, como en «Volver al futuro», dice sonriendo Juano.

Entonces les explica que él, cuando chico, fue dos meses a guitarra y que sólo aprendió el rasguido de folklore y de los valsecitos peruanos.

—Y si me llevan con ustedes a la fiesta. Juano abre los ojos como unos incompletos puntos suspensivos.

Por lo tanto, Juano pondría la mano sana que faltaba para hacer ejecutar las posiciones que el guitarrista haría con la izquierda.

Ponen en marcha el Gordini y a los gruñidos comienza a avanzar.

—Es un milagro que haya arrancado, dice el del bombo.
—No hay nada más fiel en esta vida que un auto viejo, responde Juano.

Entonces comienza a contar la historia del Ami 8 y en su cabeza las verdes chapas del Gordini se van tornando amarillas, como si todo el otoño se hubiera posado de pronto en el camino; mientras una voz desde un futuro desconocido le sopla ventarrones diciendo: «Vamos, vamos, Juano, vamos».



Soundtrack: Johnny B. Goode, por Marty McFly & The Starlighters 


viernes, 21 de enero de 2011

De los Portones al Arco, Quinta entrega


Quinta entrega:


Golondrina


Cuando tenía unos diez años, él jugaba con su hermano mayor a los espejismos. Con sus padres venían de San Martín algún que otro fin de semana a la capital, y competían para ver quién era capaz de descubrir el primer lago de la ruta. Fijaban la vista en el camino y, con los reflejos del sol sobre el asfalto, un cristal de agua fluía adelante sin mojar. La madre oficiaba de juez imparcial porque a veces veían lagos con el cielo todo nublado. Es por eso que, cuando Juano mira que un camión Bedford con un ramillete oscuro de hombres disminuye la velocidad a su lado, piensa que un inusitado espejismo le grita que suba, que lo acercan un poco más allá de la Feria La Banana. Entonces se lanza hacia la baranda en movimiento y dos manos enguantadas lo ayudan a subir.

Mientras agradece, Juano observa diez rostros que en un comienzo le parecen hermanos. La tierra encima iguala a todos. Uno de ellos le pasa un tetra de tinto. Ahora estarían iguales por dentro. Pero el vacío en el estómago de Juano hace que mil afileres infectados se le revuelvan. Intenta una arcada y todos lo miran como si fuera un niño miedoso. Juano cierra los ojos y se empina un último trago.

—Voy para El Desaguadero.
—Nosotros estamos yendo siempre de un lado a otro. Somos golondrinas.
—¿Quieren unas tabletas, muchachos?

Juano les pasa uno de los paquetes y les cuenta algo de su historia. De la nota, del Ami 8, de Gala.

—¿Te gustaba?, pregunta uno.
—¿Mi mujer?
—No, si va a ser el Ami.

Todos tienen las tabletas en la mano con una sola mordida, la de compromiso. El viento y el estruendo del motor hacen que las frases salgan y sólo estén de paso por los oídos. Las burlas de los cosechadores son un breve alivio para él. Burlarse de la farsa de su mujer, eso la vuelve menos cierta. A la farsa y a Gala. «Ojalá yo fuera golondrina, siempre en el aire y para adelante, sin tierra conocida para pisar», le hace pensar el vino a Juano. Gala y el Ami 8 lejos. Las ilusiones borrosas, ésas que –tal vez- no volverán.

El camión pasa por la feria de artículos regionales, donde una banana de chapa amarilla, como las del Ami 8, con un tamaño extraordinario se ofrece a toda la ruta. Ahora toman un desvío hacia el sur, el camino hace una subida pronunciada que el camión apenas puede trepar.

—¿No se romperá esta torta?, pregunta Juano.
—Estos camiones nunca tienen frenos. Sólo se usan cuando la vendimia.

Entonces, el Bedford baja por el sur como en una montaña rusa. Un Gordini verde viene saliendo de una finca. Por un instante las dos trompas, la de chancho del Gordini y la de elefante del camión, se van a enfrentar sin remedio.

—¿Sabés saltar vos?
—¿Qué me querés decir?, grita Juano.

Cuando termina de rodar por la tierra, ve que el peso del elefante alcanza a pisotear de refilón toda la trompa del Gordini. Pero mientras se sacude la ropa, lo que quiere limpiarse es la sombría imagen de Gala que se le hizo presente cuando cerró los ojos para saltar al vacío, como un pájaro.



Sountrack: Ave de paso, de Sandro


viernes, 7 de enero de 2011

Arrastrada



Una mujer como escapada de una fotografía del año 1920 contempla, en el mármol grisáceo y familiar, las borrosas inscripciones de Aquiles Arrufat, Leonides Llegat de Arrufat y Robertito Arrufat. Todos muertos el mismo año y el mismo día. Y a la misma hora, piensa la vestida toda de negro, con un sombrero en forma de turbante y un bolso que asemeja a un higo más que podrido.

Hoy tampoco les traje flores. Disculpen. Pero si les contara que todo este tiempo fui otra, me entenderían. Jugué a ser madre, tía, justiciera. También a ser feliz. Y no la arrastrada que ustedes decían. Tampoco la que supo equivocarse y recibió nada más que odio y repulsión. Hoy terminé la ceremonia que empezó la mañana que les dejé el café preparado con veneno antes de salir de nuestra casa. Les gustará saber que, desde entonces, he sido una santa.


para Marco Denevi

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un poema para encenderse en las fiestas



el oyente espera


suena en medio de la cocina una radio
bate el parche del corazón de la noche
una música atrapasueños sin dueño
pero con inquilinos que no echan llave
a sus puertas late una frecuencia sin modulaciones
en la amplitud de la mesada con restos fósiles
de aves corraleras con la sal gruesa de un mar prehistórico
y el que escucha ausculta cada golpe sonoro
roza el pecho de cada palabra con el frío estetoscopio
de esta mano sin compañía

de pronto apaga todas las luces
para que las voces crucen el oscuro éter sin tropiezos
porque él en medio de la cocina se siente
una hornalla abierta que amenazante espera
esa chispa que encienda su corona de gas
a cambio de no envenenar el aire

domingo, 19 de diciembre de 2010

De los Portones al Arco, Cuarta entrega


Cuarta entrega:



Bolero inoportuno

«Hasta acá llegamos», había dicho Santi entre el humo. Precisamente esas eran las palabras que Juano hubiera esperado de Gala. Porque esa nota de veintitantas palabras que ella había dejado sobre la mesa no concluía nada. Tampoco prometía mucho. Algo muy lejano a la esperanza se alojaba en los últimos cuatro vocablos. «Quizás también a mí». Es más, de todas las palabras sólo una punza las sienes de Juano como una púa a un disco rayado. Quizás, Quizás, Quizás. Aunque mientras hace dedo, nunca se acordará de ese inoportuno bolero.

A veces los nombres esconden cosas de las personas. Gala se llama así sólo en parte. Su padre era maestro de primaria y jamás se pensó que el primer hijo pudiera ser una niña. Mientras la mujer hacía los trabajos de parto, barajaba nervioso en el sanatorio un manual Estrada. Veía sin leer las figuras de un caballero flaco y su grueso acompañante. Cuando la luz sobre la puerta de la nursery se encendió rosada, el maestro supo que su propio nombre no iba a continuarse. Bajó los ojos y leyó: «Miguel de Cervantes Saavedra es el más grande autor de la lengua castellana. Su obra máxima, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Más abajo observó. «Lo hace como novelista y dramaturgo; también como poeta. Así van apareciendo: La Galatea (1585), Las novelas ejemplares (1612)». Y más abajo comparó. «Los trabajos de Persiles y Sigismunda (póstuma, 1617)». Galatea, Sigismunda. Galatea, finalmente. Sin embargo, la niña sólo tuvo su nombre cuando con el correr de los meses el Galatea se fosilizó en el DNI y los últimos tres caracteres quedaron en la punta de la lengua de su padre y en el olvido de su madre.

En cambio, se sabe que Juano no es un nombre y, que en lugar de ocultar, muestra. La vocal final cierra este apodo y le da un equilibrio. Pero ya se ha dicho que los nombres o las personas guardan siempre algo bajo la capa. Juano verdaderamente es: Juan Orlando Salicio. Y no hay que explicar mucho sobre por qué su portador sólo tomó la primera letra del segundo apelativo, para olvidar sin piedad el aparatoso resto. Por eso cuando ellos dos se conocieron y dijeron sus nombres, en realidad se estaban intercambiando sus disfraces.

«Saludame a tu vieja, che», fue lo último que dijo Santi desde su enrevesado mundo, sin escuchar otra vez las explicaciones funerarias de su amigo. Así que mientras Juano camina hacia el este y espera que algún auto lo levante, puede verse que la cuenta es sencilla. Tres letras le faltan a Gala, una le sobra a Juano. Total, cuatro. Justo la misma cantidad que inquieta en la pérfida nota de despedida. «Quizás también a mí». Uno dos tres cuatro. Pasos de un baile solitario bajo el sol de verano.

Santi y la Torino habían sido repatriados a la ciudad por un camión remolque. Juano se vio tentado para volver. Pero recordó la promesa, recordó la sábana celeste y la cama vacía, recordó las tabletas de alcayota que acechaban desde su bolso. «Alguien me va a llevar», le había dicho a su chofer malogrado.

Ahora camina sin consuelo. Aunque cada paso lo acerca a Gala, al Ami 8.

Un elefante moribundo deja de ser un punto oscuro y se le aproxima lentamente. En este camión puede haber una posibilidad. Quizás, Quizás, Quizás.


Soundtrack: Quizás, quizás, quizás; por Gigliola Cinquetti y el Trío Los Panchos