Cartón piedra
La salida al Acceso Este no va a ser fácil. La Avenida San Martín atraviesa toda la ciudad y es por allí donde la caravana vendimial peregrina hacia el norte. El conductor de la Torino no pasa de segunda. Primera segunda freno, primera segunda freno. La aguja de la temperatura se mueve al ritmo de la decepción de Juano. Abre el bolso y ve los paquetes sin vender.
—¿Querés una tableta?
—¿Son de dulce de leche?
—No, de alcayota.
—¿Me viste cara de condenado?
—Tenés razón. El condenado soy yo.
Ahora están en los semáforos del cruce entre el Acceso Sur y el camino que llevará a Juano hacia el Arco. Santi insulta a los limpiavidrios, aunque finalmente les da unas monedas con una sonrisa. «De acá le metemos pata», dice. Se aferra al volante y calienta motores. Sin embargo, cuando todo es verde, la Torino da un relincho brioso en primera, un ahogo inmediato en segunda y continúa con una marcha discreta.
Juano mira hacia atrás y ve los carteles de gigantografía de un Peugeot de última generación. Él salta de la Torino y sube al auto cero kilómetro, tiene las llaves. Pero cuando lo quiere hacer arrancar, en vez de humo sale papel picado por el escape. La huida de Gala sólo le demuestra que ha vivido hasta entonces entre escenografías de cartón piedra, con tramoyas que se les veían los cables y con los tablados flojos. Pero sin un papel para representar. «Ahora tengo un papel», piensa. «Y la realidad».
—¿Che, extrañás el Ami? ¿Era rojo? Dice Santi.
—Siempre el mismo. Es amarillo. Y también una promesa.
Él recuerda cuando su padre decidió vender el Ami 8. Tenía en vista una rural Dogde cremita que lo volvía loco. Juano tenía diez años y con su madre hicieron un complot emocional para retener el viejo auto. Se abrazaron, lloraron, rogaron de rodillas. Sin embargo, el padre vendió implacable las idas a la pileta, las siestas comiendo mandarinas, los sueños mezclados con las películas en el autocine y la dulce amargura del maní con chocolate. Es decir, vendió sin más el Ami 8. Desde entonces, Juano le hizo una promesa a esos latones amarillos. Por eso cuando recibió una plata de la abuela como un modesto adelanto de herencia, comenzó una búsqueda frenética del auto que lo llevó hasta unos gitanos. Se acuerda y se le nubla la vista. Esas lágrimas parece que se le renuevan a Juano dentro de la Torino y ya no ve nada en la ruta.
—Hasta acá llegamos. Perdoname.
—¿Qué decís?, pregunta Juano tosiendo.
—¿No ves el humo? Encima estos cabrones de la GNC no me llenaron al mango el tubo.
—Pero recién estamos en el Puente de Hierro. No hemos hecho ni cinco kilómetros.
La montaña, la ciudad y sus luces de fantoche ya están atrás, muy atrás. Adelante, sólo quedan el llano y los oscuros ojos de Gala.
Soundtrack: Como yo te amo, de Raphael







