domingo, 3 de octubre de 2010

Un poema para contradecir la realidad



autonomía de vuelo

                                            Hay que ver,
                                            cuántas veces te advertí, gorrión…

                                            Rafael Pérez Botija, en Fruta verde



acaso no te dije es que cada mañana
levanto la mesa de la noche anterior
un autómata que registra sin ver la cera fría del plato
los cubiertos inútiles las ojeras pardas de la lechuga
y el vaso que se eleva como una torre sin princesa
con un solitario dragón adentro

es que en las mañanas acaso no te dije
las migas trazan sobre el mantel rojo
las huellas del pan de cada día el rastro
de un mapa descascarado los pasos sin dar
del chato milagro que divide y no multiplica

por eso cada mañana doblo ese rectángulo
de sangre para de la tela sacudir los restos
de una cena que perdió en el baile de tu silla vacía
así las cortezas vuelan bajo hasta hundirse
en el barro de la cuneta

sin embargo esta mañana acaso no te lo dije
el mantel se convirtió sobre mis hombros en una capa
y fui un rey destronado perdido entre los autos
las ambulancias los ladridos un súperman doméstico
con el pecho a prueba de baladas freddie mercury decolorado
con las raíces negras por la desidia
que alza su puño y desafina «somebody to love»

aunque una rápida traición de la cabeza me trasladó
hacia el áspero castellano «alguien para amar» sí
«alguien a quien amar»

no te lo dije acaso pero es que cada mañana
me cuesta cada vez más ser un superhéroe


                                                                              para rubén valle y su poesía

domingo, 26 de septiembre de 2010

Más clarín, echale agua


Atravieso en bicicleta una de las calles más largas de la ciudad. Serán unos 2 kilómetros. En el camino cuento unas 25 camionetas 4x4 estacionadas y otras 15 me habrán pasado rozando el codo.

El lector desprevenido pensará que vivo en San Francisco, con calles empinadas que exigen una tracción más potente de los vehículos, o que hay que atravesar guadales inaccesibles, que los pozos, tal vez, son la misma boca del infierno. Para nada. La Ciudadeseo tiene apenas un metro de pendiente en su extensión, la carpeta asfáltica cubre -con algún que otro bache, hay que decirlo- todo el casco céntrico y lo más insondable que puede salirnos al paso es un perro furioso y medio suicida.

¿Qué sucede, entonces, para que en plena urbe los conductores necesiten tan poderosos vehículos? Clavo los frenos, me acerco a una de las ventanillas de una hi lux y leo en una calco un poco despegada ya: "Estamos con el campo".

¡Qué mal pensado fui! Si esta honrada gente es del campo y necesita la doble tracción para recorrer esas huellas inhóspistas. Ahora entiendo todo: ellos están con el campo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La nave de cartón



La caja del viejo televisor de mi abuela, con las tapas abiertas como alas, hacía las veces de nave espacial intergaláctica. O bien podía ser una cápsula que se cerraba al vacío para los viajes sin rumbo por las estrellas. Siempre las comunicaciones con la base terrestre fallaban. A veces, el roce de la cola de un cometa me hacía dar vueltas por toda la cochera hasta dar contra el portón.

Juan verifica que todos los controles estén calibrados para el descenso. La nave que comanda despide hacia abajo unos chorros de humo gris que la hacen flotar con suavidad hasta tocar la corteza. Éste, sin dudas, es el planeta que siempre ha querido visitar.

Mi abuela me observaba. No quería que saliera lastimado de mis excursiones. Ella era un satélite atento con esa voz que se parecía a una luz intermitente en la noche. Enviaba mensajes cortos pero definitivos.

Juan pisa sin sentir el suelo. La atmósfera es un cartón que no le permite respirar bien. Su abuela le había dicho que el día que saliera de la Tierra la empezara a buscar como se busca un recuerdo. Juan nota que el volumen de oxígeno en el aire es escaso.

Estaba solo hacía mucho rato. Años luz para el niño asustado que yo era. Seguía adentro y nadie me llamaba. La cápsula había mutado de pronto en una marchita caja de un toshiba. Intenté hallar con los radares mal dibujados la voz de mi abuela en los límites de la cochera y el comedor. Nada.

Un poco antes de perder el conocimiento, Juan sintió en ese extraño pero deseado planeta, una voz que le decía «Vamos. Es hora de tomar la leche».

viernes, 3 de septiembre de 2010

Curiosas rimas en mi bliblioteca


Miro con apatía hacia mi biblioteca. Precisamente donde están los españoles. Me doy cuenta que el azar –con astucia y picardía- había ordenado tres libros para que yo me divirtiera. ¿De qué forma? Incliné mi cabeza hacia la izquierda y leí en los lomos idénticos de la colección GOLU sendos libros de Bécquer, Calderón y Cervantes: “Rimas”-“La vida es sueño”-“El celoso extremeño”. Una rima consonante de disposición gemela para unos ojos atentos (y algo tontos también) anunciadas por el título. Así que me puse a buscar otras rimas curiosas en mi biblioteca:

Los santos inocentes
Luna caliente


Saverio el cruel
La invención de Morel


Los conjurados
Visión del ahogado


El Amor
Poeta en Nueva York


Pendejos
Espejos



Contame, ¿cómo andan las rimas de tu biblioteca?

viernes, 27 de agosto de 2010

Un poema para ser colgado



eslabón de lujo


un niño ayuda a su padre a tender la ropa
juntos hacen una cadena efímera de manos y palabras
el niño pregunta y el padre cuelga las dudas
las aprisiona con los broches para que no se vuelen
para que sea más fácil luego plancharlas
pero el niño se queda solo en el patio eleva la cara
contra el sol así las gotas de las respuestas
golpean una a una en su cabeza esa piedra llena de poros
olvido y caricias húmedas de cien por ciento algodón
como si una fina lluvia en mangas de camisa
viniera a revelarle un deseo que ya conocía

y la piedra bajo un efecto de erosión inusitada
se abre para siempre

jueves, 19 de agosto de 2010

La máquina de hacer pasado


El presente se adelgaza más y más…
Marcela Basch

Mi vida es un flash. Cada movimiento lo capturo sin pensar y lo miro inmediatamente en el lcd de la pantallita. Mi cámara digital es la que viaja, la que baila, la que besa. Si ella no congela esas imágenes, la memoria de mi cuerpo apenas las registra. Mi presente cada vez se parece más a un hilo que pasa sin puntería por la aguja de mis emociones. Todo lo convierto en un ancho pretérito. Todo ya es pasado. «Yo fuiste aquel que hoy nomás decía», me digo -me dije- en este fugaz canto de vida y desesperanza.

sábado, 7 de agosto de 2010

Vianda terror delivery


La mañana es un cubo de hielo que todos vamos picando con la punta de los zapatos. ¿Qué querés, que en invierno haga calor? Me dice el carnicero. Le sonrío con el bigote lleno de escarcha y me voy con la bolsita colgando de uno de mis ateridos índices. En el camino, veo un 504 marrón estacionado frente a la casa de mi padre: el repartidor de la viandas.

Me acerco como para saludar y es inevitable comentar sobre el frío, la helada, los grados bajo cero, el peligro del monóxido, la hipotermia. Entonces, con la bandeja de los zapallitos rellenos aún en la mano, el repartidor nos larga -sin aviso- esta historia a mi viejo y a mí:

El auto del terror
«Mi barrio quedaba por las vías, donde pasa el canal matriz. No sé si por el lugar, o porque hace 20 años los inviernos eran más crudos, pero el frío era un tema serio allí. La cuestión es que siempre andaba un linyera que todos conocíamos de la canchita cerca del cañaveral. Una mañana lo descubrieron todo congelado y sin respirar, aunque había tratado de abrigarse con unos cartones y trapos. Entre los del barrio pagaron el sepelio y dicen que los de la cochería tuvieron que cagarle a combazos las piernas agarrotadas para que entrara en el cajón (cuando dijo esto, mi bolsa se volvió cenizas). Después fuimos con los chicos al velorio. Te acercabas al ataúd, estirabas la mano sobre el cadáver y sentías a 15 centímetros el frío que todavía le salía. Ah, buen provecho (aquí, los zapallitos explotaron)».

Así, el repartidor nos esboza una sonrisa gélida, cobra y parte en el peugeot; mientras con mi papá nos quedamos temblando, pero de otra cosa.