jueves, 15 de julio de 2010

Un poema para no desaparecer




primera antropofagia



uno a uno hasta completar los diez
arrasa en sus dedos con la tijera
lo poco que le queda de salvaje

años de evolución cosmética hicieron falta
para domesticar un filo primal las uñas saltan
de su mano por los aires sin mirar atrás
las uñas ha pensado provocan tajos
en las dimensiones de la luz
y portan una porción de tierra
de este lado del planeta hacia el azar

por eso este sujeto identificado y civil
busca barrer su faena busca el orden
de un destino prefijado pero las uñas
no asoman sobre la alfombra ni bajo la mesita ratona
las uñas no le pertenecen ya
son las primeras muescas de un cuerpo
que empieza a desaparecer

de algún modo este motivo
justificaría la tosca costumbre
que tienen algunos de comerse
como un caníbal en la ciudad las propias uñas

miércoles, 30 de junio de 2010

Suárez y la leyenda de las cosas perdidas



La lógica lo permite. Por eso un día, Suárez comenzó a encontrarse con todo lo que alguna vez había perdido. Al principio, cosas sin importancia como unas bolitas japonesas, las llaves de su primer auto, un magiclick gastado. Luego, las botellas que había consumido, los amigos de la infancia, las novias de la adolescencia.

El control remoto lo seguía como un perrito faldero, las monedas de cinco centavos se le abultaban en los bolsillos hasta no dejarlo caminar. Suárez se mudó a casas cada vez más grandes. Compró vastos baúles sin llaves, para no tener que extraviarlas y recuperarlas después. Modificó su rostro con dolorosas operaciones, pero los viejos amores y las amistades de antaño se las ingeniaban para cruzarse en su camino. Las acusaciones de poligamia, de latrocinio y de avaricia ya no cabían en su museo ambulante y personal.

Cansado de haberse convertido en un agujero negro donde ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz podían escaparse; Suárez estiró la mano, buscó sin titubear en cualquiera de los cajones de un armario y sacó un revólver para llevarlo hasta su frente. Disparó. Nada. El arma no estaba cargada. Rastreó las balas por sus habitaciones con una sonrisa irónica. Nada otra vez.

A las cuatro horas de revisar hasta debajo de las baldosas, Suárez se dio cuenta de que estaba curado, libre de su magnetismo impiadoso. Sintió nostalgia por un breve instante. Ahora le quedaba recuperar solamente la sorpresa de los pasos perdidos de su antigua vida entregada al azar.

lunes, 21 de junio de 2010

Fahrenheit 451 (o cómo festejar el día del libro)



Martes 15. Día del Libro. Me invitan de una escuela primaria para que los alum-nos de séptimo me hagan una entrevista. Si el libro tiene su día, el año –pienso- es un libro ajado y cada jornada es una hoja que vamos pasando, pero sin regreso.

Entro a una sala que parece la preceptoría o la secretaría, no sé. La escuela es un caos alegre, ya que las maestras han decidido hacer actividades extraordinarias al pizarrón y la tiza: el escritor invitado (o sea, yo)/ dramatizaciones de cuentos clásicos (Los tres chanchitos, La Caperucita roja, entre otros)/ ronda de cuentos y canciones.

Hago banco con un grupo de padres. De lejos se siente monótona la Oración a la Bandera. De pronto, una de las madres eleva un libro sobre su cabeza y lo deja caer ruidosamente sobre un escritorio de lata y le dice a un padre:

-¿Podés creer que tengo que dejar de hacer las cosas de mi casa para venir a leerle un cuento a mi hijo?
-A éstas se les ocurren cada cosas. Y eso que mi mujer da Lengua, dice el hombre.
-La verdad –contesta la madre desencajada- que los libros sirven para prender el fuego del asado. Todos los años los apilo, y nada.
-Sí, y para – entonces se detuvo. En ese momento mis orejas estaban a 451 grados fahrenheit-. No, tenés razón. Sólo sirven para encender el asado.

Si el libro tiene su día, ese martes fue una hoja arrancada. ¡Un aplauso para el asador!

domingo, 13 de junio de 2010

Milonga de Pereyra




Traiga cuentos el teclado
de cuando en Google buscaba
cantos del pop y de Abba,
de auriculares y un cíber;
éste es otro Boca y River
que empieza cuando se acaba.

Venga la historia de ser
un treintañero sin dueño
que arruga sin fe su ceño
frente a un monitor, un mouse
y como en un vals de Strauss
busca en videos un sueño.

Velay, además, la historia
de catorce adolescentes
que juegan en red sus mentes,
sus oídos e ilusiones;
y disparan a montones
un tiroteo inconsciente.

Suele hasta un blogger perder
la paciencia en este viaje
virtual, sin un equipaje
que ayude en esta contienda,
y desde el acné comprenda
un quinceañero sin traje.

Cuando este guapo Pereyra,
cansado del “no” sin “sí”
miraba a Julie Delpy
cantando al atardecer,
le gritaron sin temer:
"callate vo’ no existí".

Con demora y sin apuro
el guapo presionó pausa,
mas ser suicida con causa
no abulta la valentía
pensó: "la con… de tu tía,
el que se va, se encauza".

Así conté la verdad
veloz como un microbit
que sin la onda de David
hiere sin piedra a Goliat.


En la persona de Sergio, para todos mis amigos escritores que acuden a un monitor como una brújula. Feliz día y sigan escribiendo.

sábado, 29 de mayo de 2010

La felicidad en alquiler



Todo pasa porque la gente no tiene sentido del humor. Aparece un concurso de belleza para monjas en Europa y, en lugar de tomárselo como una broma novedosa, la gente se encona con vehemencia contra los organizadores, piden que excomulguen a las participantes y marchan inquisidoramente hacia el Vaticano para solicitar justicia divina. ¿Pero qué les sucede? ¿Soy yo, o es que nadie quiere ser feliz?

«Felicidad no tienes dueño…» decía una vieja canción. Es cierto, pero al menos lo que podemos hacer los simples mortales es alquilársela a los que saben dónde se esconde. Un ejemplo es la tolerancia. La persona que se escandaliza porque el vecino adolescente se peina el flequillo para un costado, tiene un piercing en la lengua y escucha música dark, no puede amargarse porque la «juventud está perdida». Ese es un tipo de infelicidad ilegal. Nadie tiene derecho a entristecerse porque el otro es feliz siendo como es.

Otro portero del conventillo de la felicidad sería, como dije al principio, el humor. Saber reírse de uno mismo y de las cosas que no tienen carácter de gravedad es la llave de la habitación donde la alegría nos espera con un mate listo y siempre dulce. Un chiste certero sirve para romper el hielo ante desconocidos, una buena broma distiende un clima tenso entre el empleado y su jefe, o, cuánto mejor es levantarse con una sonrisa luego de un tropiezo en la vereda. Los demás corren a ayudarnos y todos vuelven a sus hogares con el íntimo secreto de que la felicidad puede salir hasta debajo de una baldosa.

Ya lo dijo el director de cine Woody Allen, «estar entretenido semeja como nada la felicidad…». Por eso, amigos de las preocupaciones, es hora de ocuparse de la felicidad: la propia y la de los que nos rodean. Eso nos mantendrá siempre en una movilidad festiva y solidaria; entonces cuando queramos detenernos, una rueda de aplausos, risas y buena onda nos empujará para adelante, siempre adelante.

martes, 18 de mayo de 2010

Poema para leer a cinco metros de altura


botánica profana


cuando decidiste cruzar la calle
para treparte al tilo más alto de la plaza
una vecina se apoyó en su escoba
y chancleteó sobre la basura este pensamiento
salido de una botánica profana «el que busca
tranquilizarse con tecitos junta mierda adentro»

ahora por ese motivo un recuerdo
suspende en el aire como si fuera un colibrí
tu cosecha y si es cierto
que su corazón alado late tan rápido
que parece un zumbido tu sangre antigua
es un torrente sin freno
que te golpea con furia el pecho que se abre
hacia un niño y su desobediencia cerril
hacia los caracoles de una sopa fría hacia
todas las palabras ramificadas y unidas a una promesa

tus ojos ahora reverdecidos vuelven la mirada
hacia las terrazas ajenas la ropa tendida
que chorrea dudas los cables que parcelan las nubes
y tus pies cuelgan de una horqueta tan lejos del suelo
para decirte «vos de aquí no te bajás más»



para el barón rampante

jueves, 6 de mayo de 2010

La rebelión de los oscuros



A poco de empezar la crisis energética, los tecnosabios descubrieron que podía extraerse electricidad del dolor y las penas de la gente. Una usina melodramática permitiría seguir viéndonos por las noches el rostro en los espejos solitarios.

Sin embargo, la unión de dos bocas en la sombra hacía apagar las heladeras. El regreso de un hijo descarriado cegaba en el acto tres manzanas de la ciudad. Hasta que un apagón general aterrorizó a la Compañía Doloeléctrica. Un ejército, entonces, salió a cantar patéticos boleros a los balcones, a empujar cartas de despedida bajo las puertas, a vocear noticias de un apocalipsis inminente por las esquinas. Ni a los inútiles faroles lograron conmover.

Cuando de repente, una luz de esperanza llegó al comité directivo. La rebelión de los oscuros sería aplastada. Pero al brindar por la idea fue tanta la alegría, que la última de las afligidas lámparas se extinguió para siempre.